Abelardo Ahumada

Cuarta parte.

Por: Abelardo Ahumada.

DE LA ADMIRACIÓN AL ODIO. –

En el capítulo anterior terminé citando “la declaración del Generalísimo Allende” en la parte que dijo que cuando él y los demás insurgentes ya estaban “gobernando” en Guadalajara, el cura Hidalgo, llamado entonces “Alteza Serenísima”, no sólo mandó matar (o permitió que se asesinara) a otro importante grupo de españoles peninsulares de los que allí radicaban, sino que estaba actuando con “despotismo” y provocando con sus decisiones un gran cúmulo de males, por lo que él (Allende) y otros de sus allegados decidieron envenenarlo.

Si todo esto lo hubiera dicho cualquier enemigo del movimiento insurgente, o cualquier malqueriente del cura de Dolores no me hubiera extrañado nada, ni me hubiese sentido inquieto al leerlo, pero resulta que lo estaba diciendo el mismísimo personaje que invitó a dicho clérigo a sumarse y encabezar dicho movimiento. ¿Qué fue lo que lo llevó a declarar todo eso?

Picado por la curiosidad continué revisando las declaraciones que el oriundo de San Miguel el Grande emitió en Chihuahua, y resumo para ustedes lo más significativo que me encontré:

No desmintió Allende a Hidalgo en nada sobre la secuencia de los hechos que se verificaron desde el 15 de septiembre hasta la derrota del Ejército Insurgente en la Batalla de Calderón, acaecida el 17 de enero de 1811, pero conforme fueron avanzado las horas y los días del interrogatorio, muy claramente debió notar el juez (y noté yo como simple lector) cómo fue que, si Allende en un principio acordó con Aldama y los otros simpatizantes del movimiento convencer al señor cura Hidalgo de que participara en él y lo jefaturara, no tardó mucho en desencantarse de su liderazgo.

El 25 de febrero de 1811, tras una muy penosa travesía que hicieron desde Zacatecas hasta Saltillo, los jefes insurgentes fueron recibidos con música y vítores, excepto Hidalgo, quien, avergonzado por su degradación, solicitó “la gracia” de que se le permitiera llegar de noche para que la gente no lo notara.

De hecho, cuando expresamente le preguntaron por qué había él invitado a Hidalgo a participar en el movimiento, Allende expuso un interesante motivo: “[Lo invitamos] por “la mucha literatura y buen nombre que de público y notorio tenía”, y porque gracias a ese prestigio, él mismo había sabido que, para disipar “algunas dudas” [quizá de carácter teológico y canónico] otros clérigos de la región y hasta “los señores obispos de Valladolid, antecedente y actual” solían consultar al cura, y que en tan alto “aprecio” lo tenía también “el señor intendente Riaño, que deseaba fuese nombrado vocal” en la provincia de Guanajuato.

Otro momento en que Allende mostró su inicial admiración por Hidalgo, fue cuando le preguntaron cómo y cuándo concibió las ideas libertarias que lo motivaron a levantarse en armas, y respondió que tales ideas no eran “de su propio concepto”, sino que las había escuchado “de un hombre tan docto como era el cura Hidalgo; y de otros”, doctos también, “a quienes en conversación oyó opinar”. Y que las creía justas.

Pero el desencanto que el capitán Allende rápidamente tuvo del cura se empezó a notar cuando, tras de tomar el pueblo de San Miguel el Grande, que como quien dice aquél le había puesto a Hidalgo en bandeja de plata, porque ya lo tenía bien trabajado, el cura decidió, en vez de dirigirse a Querétaro, donde Allende ya tenía más “gente ganada” para la causa, dar la orden de dirigirse a Celaya. En donde rompiendo claramente el “contrato” (sic) que Allende, Aldama e Hidalgo habían concertado en el sentido “de caminar en unión sin diferenciarse uno del otro, ni determinar cosa que no fuese de acuerdo con los tres”, desde ese mismo momento y lugar, el cura “empezó a disponer por sí solo, y a abrogarse el mando superior”.

EL ROMPIMIENTO TOTAL. –

Ya vimos, en las declaraciones de Hidalgo cómo fue que éste dijo que, tras la derrota del puente de Calderón, “habiéndome retirado hacia Zacatecas” (ojo) “fui alcanzado en la hacienda de Pabellón, que está entre dicha ciudad y la villa de Aguascalientes, por don Ignacio Allende y algunos otros de su facción”.

Y que ya estando allí “Allende me amenazó con que, si no renunciaba a mi cargo, se me quitaría la vida, y así lo hice, verbalmente y sin ninguna otra formalidad. Habiéndome quedado desde esa fecha en el ejército, sin ningún carácter, intervención o manejo, constantemente vigilado por la facción contraria”.

Si revisamos con detenimiento cada una de estas frases, no sólo se confirma que había ya dos grupos completamente divididos en el ejército insurgente, sino que Hidalgo sabía muy bien que Allende y los militares que le obedecían LE IBAN A ECHAR LA CULPA POR LA ESTREPITOSA DERROTA que acababan de padecer, y previéndolo, prefirió huir y no darles la cara, pero como aquéllos se dieron cuenta de su ardid, se apresuraron a perseguirlo y lograron detenerlo. Siendo por eso que Hidalgo agregó: “[Al ser retenido, amenazado y obligado a renunciar al mando] me convencí de que se había dado orden de que se me matase si fuera descubierto intentando separarme del ejército […] Marchando, en consecuencia, más bien como prisionero que por propia voluntad”.

El juez Abella seguramente recordaba la narración de Hidalgo y, basándose en su contenido presionó al dicho Allende, preguntándole una vez más por qué lo siguió y firmó junto con el cura de Dolores varias proclamas. Las respuestas que el interrogado expuso no dejan de sorprender, porque varias veces dio a entender que o era casi totalmente iletrado, o no le gustaba leer, señalando que, aun cuando le diera vergüenza decirlo, él, por lo regular no leía las proclamas que los insurgentes publicaban, sino que “el licenciando (Ignacio López) Rayón”, le solía hacer “de palabra un resumen de su contenido” y como notara que le parecía bien lo que decía, les prestaba su firma.

Un mes y un día después fueron, poco a poco y por grupitos, capturados en Acatita de Baján.

Pero volviendo al punto de las desavenencias que tuvo con el padre Hidalgo, el juez Abella le preguntó qué pretendían hacer cuando salieron de Saltillo, y en la primera parte de su respuesta, muy triste dijo que, cuando él, su hijo Indalecio y otros militares y curas que también participaban en la lucha iban cosa de media legua antes de llegar al sitio de Baján, fueron sorprendidos por unos individuos a los que habían considerado amigos, y que, cuando trataron de hacer resistencia, le mataron a su hijo y a otros compañeros. En la segunda explicó que buscaban llegar “primeramente a Monclova”, donde pretendían “formar consejo de Guerra a varios de los principales que lo acompañaban por los malos procedimientos”. Y, en la tercera agregó que, una vez que aquéllos hubiesen sido “asegurados y castigados”, tenían el propósito de “dirigirse a Béjar (actualmente San Antonio, Texas) en donde se harían fuertes mientras” conseguían “las armas que necesitaban en los Estados Unidos”. Para volverse “enseguida a internar” en la “Nueva España, en prosecución de su empresa”.

Intencionalmente resalté con negritas la frase “formar consejo de Guerra”, etc., porque ligando un dato con otro, advierto que en esa expresión quedó implícito el deseo que desde Guadalajara tenían él (y otros de “sus consortes”, como dice el documento) de deshacerse definitivamente de Hidalgo. Aunque la captura de todos en Acatita les anuló la totalidad de sus proyectos.

Fray Gregorio de la Concepción, quien iba en esa comitiva y fue capturado también, no fue, sin embargo, condenado a muerte, y casi 20 años más tarde escribió lo que según él ocurrió en esos días.

DOS INTENTOS DE SALVAR LA VIDA. –

Hablando en términos muy humanos y sin atender (ni criticar o minimizar el comportamiento heroico que Allende y otros hayan tenido), es clara también la intención que tuvo Allende para intentar salvarse de ir al patíbulo o al paredón. Puesto que aun cuando éste no dio muestras de estar acobardado ante la sentencia severísima que con toda probabilidad le dictaminaría el juez Abella, sí hizo algunos esfuerzos parar evitar morir, señalando, por ejemplo, que estaba muy “persuadido”, de que así como alentó a varios de sus compatriotas para participar en la insurrección, así podría convencerlos de que depusieran las armas “mediante el afecto que aquellas gentes le” profesaban y por hallarse él ya muy “convencido de la justicia” del rey.

En un segundo momento ofreció que si por “la piedad del señor comandante general [se le…]  le conservase la vida”, se le enviara, “para recobrar su honor […] a uno de los ejércitos de España”, en donde se dedicaría a realizar “cosas de provecho”.

La suerte, sin embargo, no lo favoreció, y el 26 de junio de 1811, casi cinco semanas antes que el cura Hidalgo fuera fusilado, lo fusilaron a él junto con Juan Aldama, Mariano Jiménez y Manuel Santamaría.

“BAILANDO CON LA MÁS FEA”. –

Otro asunto que sigue intrigando a no pocos investigadores de esta parte de la historia es por qué, si Allende era el sucesor de Hidalgo en el mando del ejército insurgente, decidió ir, él en persona, a conseguir armas en los Estados Unidos en vez de comisionar a otros individuos de sus confianzas para que realizaran esa tarea.

En relación con ello, recuérdese que él sólo precisó que pensaban irse “a Béjar … en donde se harían fuertes mientras” conseguían “las armas que necesitaban en los Estados Unidos”. Para volverse “enseguida a internar” en la “Nueva España, en prosecución de su empresa”. Pero, por su parte, Hidalgo había dicho que tenía la sospecha deque Allende y Ximénez se habían puesto de acuerdo para alzarse con los caudales y dejar frustrados a los que los seguían”.

Pero un tanto al margen de lo que cada uno de ellos dijo, lo que se derivaría de ello era que si, por un lado, Hidalgo ya no tenía ningún mando, y Allende, por otro, se iba a llevar una parte del ejército hasta el poblado de Béjar, para conseguir armas y refuerzos, alguien se tenía que quedar al frente de la fracción del ejército que se quedaría en Saltillo, y sobre ese punto en concreto tenemos noticias de que los jefes insurgentes estuvieron deliberando el 15 de marzo de 1811:

A don Ignacio López Rayón le tocó la parte más pesada, puesto que, yéndose Allende hacia Tejas, lo dejó a él con el mando de un ejército maltrecho y desarrapado que habría de continuar la lucha.

Sin ensalzar a un caudillo o  minimizar a otro, fray Gregorio de la Concepción, religioso carmelita originario de Toluca al que le tocó insurreccionar a la gente de San Luis Potosí, y que estaba en Saltillo desde antes de que llegaran ellos ahí, al redactar sus “Memorias” en 1839, y declarar que él mismo fue tomado preso en Acatita de Baján, escribió que serían unos siete mil hombres los que quedarían, por lo pronto en Saltillo, bajo las órdenes del licenciado Ignacio López Rayón, mientras que serían cuatro mil los que se irían con Allende a Monclova y a Béjar. E incorporándose él, como jefe que también era, al grupo de Allende, añade: “En dinero y barras de plata llevábamos siete millones […] y nuestra mira era ir a traer gente y armas [a Tejas y a los Estados Unidos] porque infinitos de nuestros paisanos se habían enfriado con la pérdida de Calderón, y las más de las tropas estaban en contra nuestra por las mentiras que decían de nosotros en los púlpitos”.

Sobre este punto que acabo de resaltar tendré que volver en otro capítulo, pero me quedo por lo pronto con que el ejército se dividió y que una parte importante, pero con menos “caudales” (dinero) se quedó en Saltillo, bajo las órdenes de López Rayón.

Al referirse a la vida y la obra de este último personaje, el doctor Luciano Alexánderson Joublanc, comenta que aquel 15 de marzo, primero se propuso que el Mariscal de Campo Mariano Abasolo, antiguo compañero de armas del Generalísimo Allende desde que ambos militaban en el Batallón de la Reina, fuera el que se quedara el que se quedara con el mando. Pero que Abasolo declinó, prefiriendo irse con su amigo “para el otro lado”.  Igual comenta que el coronel José Rafael Iriarte Leitona se auto propuso para la jefatura, pero que como había militado antes bajo las órdenes de Calleja, no lo dejaron ser, y la mayoría votó porque lo fuera el licenciado Ignacio López Rayón, exsecretario particular de Hidalgo, y Encargado de Despacho del Gobierno Insurgente cuando estuvieron en Guadalajara.

A López Rayón, en consecuencia, le tocó, como se dice, “bailar con la más fea”, pues si esa parte del ejército estaba desmoralizada y no contaba ni con armas, ni con parque, ni con suficientes recursos para conseguirlas en las inmediaciones, le tocaba desandar las aproximadamente 85 leguas (unos 385 kilómetros), de terreno semidesértico y con muy pocos aguajes, que había entre Saltillo y Zacatecas.

Como no hay muchos aguajes por aquellos rumbos, a Rayón se le murieron de hambre y de sed muchos caballos y muchos de sus pobres soldados, y él mismo estuvo a punto de fallecer.

Junto con Rayón estaba, sin embargo, un gran acompañante que dirigía el grupo más apto y experimentado de los combatientes: me refiero a don José Antonio Torres, “El Amo Torres”, oriundo de Guanajuato; bajo cuyas órdenes militaban también otros insurgentes que en lo sucesivo estuvieron dando mucho que decir en las intendencias de Guadalajara y Valladolid: Miguel “El Lego Gallaga”, oriundo de la primera ciudad, y Calixto Martínez y Pedro Regalado Llamas, nativos de Colima.

Pero de todos ellos y de lo que sucedió después ya les platicaré otro día.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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