Abelardo Ahumada

Por: Abelardo Ahumada.

Estamos por concluir el “Novenario de San Francisco de Asís”, y gente de Villa de Álvarez y Colima me ha preguntado ¿Cuándo y de qué manera habría iniciado la tradición que implica el título de este trabajo?

En relación a ello cabe precisar que dicho pedimento sólo se acostumbra hacer en la cabecera municipal de Villa de Álvarez, y nada más durante los mencionados días del novenario. Pero la duda que aún queda en el aire es cuándo comenzó a procederse de esa manera y quiénes, en su caso, la habrían iniciado.

Desde hace unos 40 años empecé a oír decir que debió ser alguno de los frailes que habitaron el convento de San Francisco de Almoloyan, Colima (cuya fundación data de febrero de 1554 y persistió como tal hasta 1767), el que inventó, o trajo de fuera, las empanadas a que nos referimos. Y nada tendría eso de extraño, pero lo cierto es que ninguno de los historiadores locales que me ha tocado leer ha expuesto ningún documento que lo demuestre, y eso me impide aceptar que la fabricación de las empanadas haya ocurrido como esta versión sostiene, y menos que la petición que comentamos provenga desde aquel entonces.

En otro documento que sí conozco y fue escrito por fray Antonio de Ciudad Real,  quien estuvo de paso por esta región, en febrero de 1587, dice que algunos de los indios “de la Guardianía de San Francisco Colima”, y en varias partes de las guardianías de Zapotitlán, Zapotlán y Sayula, ya sabían fabricar “pan de Castilla” (lo que vale decir pan al estilo castellano o español), que incluso les dieron a probar; mientras que en otras partes les regalaron también “pan de la tierra”, que no era otra cosa más que sopes o tortillas de maíz rellenos con frijoles o con algún guisado. Productos que en todo caso se podrían considerar como los antecedentes remotos de las empanadas que comentamos, pero nada más.

Todavía hasta la década de los 60as las fiestas patronales de San Francisco de Asís en Villa de Álvarez estaban enfocadas en su aspecto religioso y no había nada, o era muy poco el folclore que se le ha venido adicionando.

Atendiendo, sin embargo, a los materiales de que están hechas nuestras empanadas, resulta que las originales solían ser hechas a base de harina de trigo, azúcar, leche, huevos, mantequilla y coco rayado; por lo que bien podemos asegurar que son casi cien por ciento europeas, porque, excepto el coco, que fue traído a Colima desde Filipinas en 1568, todo lo demás fue traído por los españoles. Incluyendo la tecnología que usaban para producir el pan.

Pero después de ver las cosas en ese contexto histórico, ahora me toca decir lo que yo mismo sé o vi cuando mi niñez en el diminuto pueblo que por aquel entonces era Villa de Álvarez, donde nací en enero de 1954:

De conformidad con los datos que arrojó el Censo de 1960, que corresponde el año en que yo estaba ya en segundo de primaria y comencé a ir a las clases del catecismo, en la cabecera municipal sólo había 3,963 habitantes, mientras que en el medio rural había muchos más que hoy, y en cuanto a los “amasijos de pan”, como les decían antes a las panaderías, sólo había tres en La Villa: una, a la que le decían “La panadería de Don Lupe”, que era en realidad de don J. Jesús Gutiérrez Iglesias, mejor conocido como Cacheto, en Manuel Álvarez, 42; otra de don Ángel Palacio Jiménez, apenas unas poquitas casas más allá, en el número 64, y la de don Ignacio, o Nachito Torres Figueroa, ubicada en la Independencia 109, muy cerca del Callejón de los Puercos (actual calle 5 de Mayo) que según recuerdo, no vendía empanadas, pero que solía irse junto con los salineros cada año, durante la temporada de zafra, a Cuyutlán.

La gente de La Villa y de todos los ranchos y rancherías de los alrededores llegaba al templo parroquial a participar en “la función de San Francisco de Asís”, su santo patrono.

Y de mis recuerdos, insisto, traigo a colación la imagen de don Ángel Palacios pasando todas las tardes por la calle Independencia (la principal entonces, donde yo vivía) cargando unas tiseras o tijeras de palos u mecates en un hombro, y un ancho chiquihuite en la cabeza. Mismo que se detenía en cada tramo donde la gente lo llamaba para comprarle su excelente pan, que consistía en conchas, puerquitos, bonetes, volovanes, cuernos, espejos y unas cuantas empanadas de coco y de leche.

El Cacheto se iba por la calle Matamoros (donde por cierto conoció a la muchacha que se convirtió en su novia y más tarde en su mujer), y tampoco llevaba mucho más que eso. Pero mentiría si dijera por dónde se iba Nachito, aunque tengo la vaga impresión de que él no salía a vender, sino que la gente que le gustaba su pan iba directamente a comprarle su producción.

Y en cuanto al asunto de “padrino mis empanadas” recuerdo que así como mi tía Carmen Ahumada Salazar, encargada de la pequeña oficina de correos de La Villa, nos mandaba cada año por estos días, para que fuéramos con don Ángel o con don Jesús a pedirle que le preparara y le apartara una cierta cantidad de empanadas para regalarle a sus sobrinos y/o ahijados, había otras personas que acostumbraban hacer similares pedidos, pero nada de que, se pusieran decenas de vendedores en el jardín a ofrecer empanadas de otras formas, colores y rellenos como se venden hoy. Teniendo, en ese sentido la idea que fue a principios, o a mediados de los 60as, cuando otras dos o tres personas (que supongo eran antiguos empleados de don Ángel, don Lupe o don Jesús), empezaron a sacar sus propios cajones o chiquihuites con empanadas, aprovechando que para celebrar “la función de San Francisco”, llegaba un montón de gente de todos los ranchos y rancherías del municipio, llegaba primero al templo y después a la plaza, así como visitantes de Comala y Colima que ya también desde entonces solían hacer viaje especial a La Villa para saborear las deliciosas paletas que elaboraban Leobardo Dueñas y su señora, o para cenar sopitos, tostadas, tamales o pozole con las venduteras que se ponían junto al jardín, o bajo el techo de teja del curato, según fuera a llover o no.

Las empanadas NO ERAN en ese entonces un elemento significativo del “novenario de San Francisco”, pero sí comenzaban a venderse más en esos precisos días.

Colateralmente debo añadir que, un día de principios de marzo de 1986, acompañado con mi excelente amigo, Hugo Alberto Gallardo Virgen en calidad de fotógrafo, fui a entrevistar a don J. Jesús Gutiérrez Iglesias, Cacheto, el más antiguo y famoso panadero que en ese tiempo había en todo Villa de Álvarez, quien, entre muchos otros detalles me contó lo siguiente:

“Nací en el veintiuno (1921) en La Armonía, me metieron a la escuela que estaba junto al templo de San Francisco [de Almoloyan]. Pero sólo estuve hasta cuarto, porque se murió mi mamá, nos quedamos huérfanos y tuve que empezar a trabajar… Mi papá Lupe había fundado una panadería en La Armonía desde los tiempos de la Revolución, así, pues yo vengo de una familia de panaderos. Con él aprendí algo. Luego, en el treinta y cuatro, trabajé con mi tío Ubence Gutiérrez en la panadería que tenía por la calle Independencia de Villa de Álvarez, frente a la tienda de El Paso del Norte, que tenía el papá de Carlos Peña … En el treinta y nueve mi hermano agarró la panadería de Los Cerritos, pero no pudo seguir, y en el cuarenta y uno la agarré yo. Antes era de don Ángel Palacios, y luego decían “la panadería de don Lupe”, mi papá, pero en realidad ya era mía… Y al poco tiempo mi mujer (que en la entrevista estaba muy cerca de nosotros) me echó las trovas y luego me case”.

“Yo soy Jesús Gutiérrez Iglesias, nací en 1921, mi padre puso una panadería en La Armonía en 1921. Vengo de una familia de panaderos”.

Llenos de risa los tres, le pregunté: “¿Cómo fue eso?” – Es que yo repartía el pan a pie, cargando con mi chiquihuite, y cuando iba pasando por su casa, por la calle Matamoros, yo le regalaba pan, le gusté y nos casamos…”

La entrevista se publicó en el suplemento dominical de un diario local el 9 de marzo del año en comento, pero unos meses después, aprovechando la confianza que me empezó a tener desde que lo entrevisté, volví a ir a la panadería y con toda intención le pregunté sobre el asunto de las empanadas. Me contestó: “Eso de padrino mis empanadas no se usaban antes”. Y entonces yo supuse que dicho saludo sólo fue una especie de extensión o copia del que la gente mayor nos ha dicho que se usaba en la Feria de Colima: “Padrino mis perones”.

“Eso de padrino mis empanadas no se usaban antes”. Me comentó Cacheto en marzo y en octubre de 1986.

Por otra parte, lo principal de esas fiestas no era, de ningún modo, la producción y venta de las empanadas, sino “la función” o fiesta patronal del pueblo, enmarcada en la figura de San Francisco de Asís, en sus diferentes aspectos devocionales, como las peregrinaciones, las misas, las prédicas que de manera especial llegaban a dar curas o frailes de la misma orden religiosa. Mismas que culminaban el meritito 4 de octubre, cuando el piso del templo amanecía cubierto con ramas de pino, manojos de Santamaría y hojas de laurel, llenando toda la nave con una muy hermosa combinación aromática.

Con todo esto no quiero minimizar ni criticar las formas que durante las últimas cuatro décadas ha venido tomado la tradición asociada con las fiestas patronales de San Francisco de Asís en Villa de Álvarez, sino ponerla más sobre sus verdaderos y cercanos antecedentes.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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