Abelardo Ahumada

VISLUMBRES

PRELUDIOS DE LA CONQUISTA

Capítulo 41

Abelardo Ahumada

En el Capítulo 39 hicimos referencia a que, “de conformidad con las tradiciones que (en Michoacán) llegaron hasta” el siglo XIX, se sabía que hasta un tiempo antes de la guerra con México, y con el “consentimiento de los tarascos, o en virtud de un tratado con los azteca, éstos tenían el derecho de tránsito por aquellos pueblos para ir a sus posesiones de Occidente”.

Y dije también que si nos detuviéramos a reflexionar en el significado y la trascendencia de esta expresión, lo menos que alcanzaríamos a descubrir sería que los aztecas o mexicas no sólo conservaban la memoria de los pueblos que habían fundado sus ancestros, sino que los seguían considerando suyos. Pero en realidad hay más:

Sin ser abogado he sabido que el derecho de paso (o servidumbre de paso) y el derecho de tránsito son dos de los más antiguos derechos por los que los seres humanos han luchado, viéndose ocasionalmente obligados a pelear, para conseguirlos, para mantenerlos, para recuperarlos o para arrebatarlos incluso.

En el caso que nos estamos ocupando había “el consentimiento de los tarascos”. Y eso significa que hubo al menos entonces un camino que iba desde México-Tenochtitlan hacia los pueblos situado al occidente de Mechuacan, por el que los comerciantes, los recaudadores y los soldados mexicas podían pasar de manera expedita. Y eso a la vez me señala que ambos pueblos estaban en paz, siendo no obstante feroces guerreros en lucha con otros pueblos. 

Ese primer dato, aparte, se puede comprobar por inferencia negativa, pues al no existir ninguna fuente histórica que afirme que estaban peleados antes de 1475, y al sí existir otras que nos indican que los aztecas y los michoaques comenzaron a pelear entre sí, durante los respectivos reinos de Axayácatl y Tzitzicpandácuare, es obvio que fue a partir de entonces que sus relaciones se echaron a perder y que ya no se vio muy bien que unos atravesaran, tan campantes, el territorio de otros.

Al tratar de ubicar el inicio de tal desavenencia, varios antiguos cronistas coinciden en señalar que todo eso comenzó a partir del momento en que el supuesto sabio Tlacaélel tuvo la infeliz  ocurrencia de incitar a su sobrino y pupilo Axayácatl, que apenas era un jovencito, a “ir a probarse” contra sus antiguos parientes de Pátzcuaro, con el propósito de arrebatarles víctimas para “la estrena de la Piedra del Sol”.

Y menciono esto último fue porque si durante siglos los michoaques y los mexicas no habían peleado entre sí (y se sabían parientes), muy mal debió caer a los primeros el hecho de que en 1476 los segundos hayan atacado a los matlazincas, sus vecinos y aliados. Y peor aún debió parecerles el hecho de que en 1479, sin haber motivos suficientes para declararles la guerra a ellos mismos, de repente se haya podido saber que los mexicas habían convocado a la formación de un gran ejército con tal propósito.

Aquéllas habían sido dos agresiones que ante los michoaques no tenían causa justificada, y como derivación de ello, uno puede muy bien entender que Tzitzicpandácuare haya decidido no cruzarse de brazos y actuar por su propia cuenta, atacando y conquistando, en represalia, la guarnición azteca del “reino de Zacatula”, y los pueblos tecos que vivían al occidente de Mechuacan, a los que, desde su perspectiva consideraba enemigos potenciales, por estar íntimamente emparentados de los aztecas. 

En ese mismo contexto, y en represalia también a los ataques que contra ellos y sus aliados hicieron los mexicas, todo parece indicar que el Cazonci decidió ¡cancelar el derecho de tránsito! que tecos y aztecas tenían para ir de un lado a otro, como lo habían tenido antes de que comenzara el pleito.

Este hecho tampoco está documentado, y no he podido encontrar a ningún historiador o cronista que lo mencione, pero yo lo derivé al reflexionar en las implicaciones que pudo haber tenido el injustificado ataque de los mexicas a los michoaques, y al interpretar el alivio y el sentimiento de orgullo que, como cualquier otro ser humano en similares condiciones, debieron de haber experimentado los michoaques al derrotar no nada más al ejército mexica, sino al que conformaron junto con ellos, los de Tacuba, Texcoco y sus poderosos aliados “de la Chinampa”.

LAS REFLEXIONES DE TZITZICPANDÁCUARE. –

Muchos de los historiadores tradicionales tienen la muy arraigada costumbre de no poner en boca de alguien expresiones que no quedaron escritas en algún documento. Y eso, en honor a la verdad, es correcto, pero no deja de ser una gran limitante para entender, a veces, lo que sucedió. Y por eso, contrariando sin dogmatizar esa idea, yo sigo un precepto lógico que nos enseñó el padre Roberto Urzúa Orozco, filósofo e historiador colimote, en su trabajo que precisamente tituló “Los tecos, un pueblo que no tenía historia”.

En ese bonito texto él dice que: “Los documentos son para la historia lo que los huesos son para el esqueleto”. Sólo que a los pobres huesos les falta carnita, sangre, piel, movimiento, sentimiento y pensamiento. Y para poder darles o atribuirles todo eso a los personajes de la historia, el único recurso que nos queda es hacer uso de nuestra imaginación, pero no a lo menso, sino inteligentemente, de manera lógica, y basándonos en algunos hechos e indicios que pudiera haber por ahí.

Así que, tomando en consideración los hechos que ya hemos comentado, imagino al Cazonci Zuangua, desvelado alguna madrugada en su lecho, en Tzintzúntzan, meditando en los acontecimientos más recientes y en las posibles implicaciones que pudieran tener, y casi lo he oído decir: “¡Eh, torpes mexicanos, tan bien que íbamos! ¿Por qué se les ocurrió la estupidez de venir a retarnos?”

Y todo esto no me lo imagino porque también sea cuentero y novelista, sino porque hubo un momento al que aludieron al menos un par de cronistas, en el sentido de decir que, unos minutos antes de que iniciara el combate entre los mexicas y sus aliados contra los michoaques y los suyos, unos emisarios del Cazonci se aproximaron portando algún distintivo de paz hasta donde el rey Axayácatl pudiera escucharlos y le dijeron: “Oh, gran señor: ¿quién te truxo (trajo) acá? ¿A qué fue tu venida? ¿Qué no estabas quieto en tu tierra? ¿Quién te fue a llamar y te truxo engañado? ¿Truxeronte (trajéronte) por ventura los matlalzincas que ha poco destruiste? Mira, señor, lo que haces, (creemos) que has sido mal aconsejado”. 

La idea de enviar emisarios era buena, y representaba el último intento que Zuangua podía realizar para evitar la guerra, pero respuesta que el joven e inexperto Axayácatl le envió de regreso no fue de aceptación y conciliación, sino al revés, desafiante y retadora: “Vinimos a probarnos contra ustedes, y no tengo la intención de dar marcha atrás”.

Y como no hay efecto sin causa, ante la respuesta tan poco cuidadosa que dio el joven monarca mexica, al cazonci ya no le quedó más que ordenar el ataque a sus guerreros, con la consecuencia de que “arremetió el exército tarasco con tanta furia, que en breve tiempo el exército mexicano empezó a desmayar y volver las espaldas”.

LA VENGANZA DE MOCTEZUMA. –

Ésos fueron los hechos, pues, pero como la noticia de tan tremenda derrota cundió por todas partes, el viejo Tlacaélel la consideró como una humillación personal y no tuvo más remedio que buscar el modo de paliar los hechos, mientras que por dentro se tragaba su propia bilis y esperaba la oportunidad de vengarse. Aunque la vida no le dio tiempo de cumplir su afán, puesto que falleció en tiempos del rey Ahuízotl, en 1487, teniendo, según Alvarado Tezozómoc “más de ciento y veinte años”.

En el ínterin, y como derivación, también, de lo ya dicho, la correlación de fuerzas en el occidente de lo que ahora es México cambió a favor de los tarascos, quienes poco a poco fueron convirtiéndose en el pueblo dominante y se dedicaron a ensanchar las fronteras de su territorio.

En relación a esto el gran historiador jesuita Francisco Xavier Clavijero, en su “Historia Antigua de México”, escrita a finales del siglo XVIII, escribió unos cuantos párrafos relacionados con el tema que estamos desarrollando, y de los que voy a entresacar uno en que se refiere a los límites que a principios del siglo XVI tuvo el dominio michoaque: 

“El reino de Michhuacan (sic), que era el más occidental de todos, confinaba por Levante (Oriente) y Mediodía (Sur) con los dominios de los mexicanos; por el Norte con el país de los Chichimecos y otras naciones bárbaras, y hacia el Occidente, con el lago de Chapallan y con algunos estados independientes. La capital Tzintzuntzan, llamada por los mexicanos Huitzitzilla, estaba situada a la orilla oriental del hermoso lago de Pátzcuaro. Había además otras ciudades importantes como las de Tiripitio, Zacapu y Tarecuato”.

Complementando y corroborando una buena parte de la información expuesta por Clavijero, don Nicolás León dice: “de la lectura atenta de las crónicas, sacamos que el reino de Michhuacan confinaba al Este con el reino de Tlacopan (Tacuba) y el imperio de México; al Noreste se extendía hasta Zichú (ahora en Guanajuato), al Norte su límite era el lago de Chapalla, y al Noroeste tenía estados independientes; al Sur contaba (en sus límites con) algunos pueblos en la provincia mexicana de Zacatollan, aunque el linde natural era el río Mexcalla; al Oeste con el reino de Colima, tocándole de la costa del Pacífico la intermedia entre las fronteras de Colima y el rio Zacatollan”.

La geografía política del principio del siglo XVI ya está frente a nuestros ojos. Pero el asunto que ahorita quiero resaltar es que “no olvidaron los mexicanos nunca la derrota sufrida en el reinado de Axayacatl, y trató su sucesor, Motecuhzoma II, de resarcirla”.

En relación a este “detallito” en que sí se fijó Nicolás León, Clavijero anotó que, ya iniciado el reino de Moctezuma (en 1502) hubo una guerra contra los tlaxcaltecas, en la que algunos de sus subalternos capturaron a un gigantesco, muy fuerte y valiente guerrero de aquel país, al que, admirado de su valor, decidió perdonarle la vida y dejó libre para que regresara a su pueblo. Pero que el guerrero, pundonoroso, no quiso aceptar y pidió que le permitiera morir en combate. 

“Entretanto – añade el jesuita- se encendió la guerra contra los de Mechhuacan, cuyas causas y pormenores ignoramos enteramente, (pero sí sabemos que) el rey encargó a Tlahuicole el mando de las tropas que envió a Tlaximalollan (o Taximaroa), frontera, como ya he dicho, de aquel reino”. 

“Tlahuicole correspondió a la confianza que había merecido, (pero) no habiendo podido desalojar a los Mechhuacanos (sic) del sitio en que se habían fortificado, hizo (sin embargo) muchos prisioneros, y les tomó gran cantidad de oro y plata”, y regresó a México, donde Moctezuma le agradeció y premió, y le dio permiso de regresar a vivir a Tlaxcala, pero Tlahuicole se reusó y durante tres años vivió en México con una mujere tlaxcalteca, hasta que, finalmente, se le concedió la oportunidad de morir peleando. Etc.

Por su parte, el cronista franciscano, fray Pablo Beaumont, explica que Tlahuicole llegó “hasta Tzinapécuaro”, pero que “de allí no logró pasar ni desalojar de sus posesiones a las tropas de Michoacán” y “tuvo que regresar a México con algunos prisioneros y ricos despojos”. Señalando, sin embargo que, más que (una) victoria (…) para los mexicanos esta expedición fue” otra derrota y, que, para borrarla, ordenó Motecuhzoma una segunda invasión. Tentativa en la que le fue peor, porque “cuando más colérico y picado por los pasados encuentros” estaba Moctezuma, mandó “alistar cuadrillas” para conformar “el más numeroso ejército que hasta entonces se había visto”, pero descuidó algunos aspectos. 

LOS ARDIDES DE TZITICPANDÁCUARE. –

Todo ese barullo no podía pasar desapercibido a los eficientes espías michoacanos, por lo que “la noticia de este formidable aparato de gente – sigue diciendo Beaumont- llegó con presteza a los oídos” del Cazonci Zuangua, quien, habiéndose puesto atento a los acontecimientos, empezó a temer que en esta otra ocasión no podría derrotar  a sus numerosísimos adversarios. Pero de ningún modo se quedó cruzado de brazos y, pensando en lo que eventualmente podría hacer para detener el avance de sus enemigos, él, o alguien de sus allegados, ideó una muy astuta estratagema:

Se sabía, por informes que le llegaban, que el numeroso ejército que había logrado formar Moctezuma estaba enfrentando grandes problemas y dificultades para conseguir suficiente abastecimiento para los guerreros en marcha, y que había ocasiones en que se pasaban la mayor parte del día en ayunas. Así que él y su equipo mandaron hacer acopio de abundantes “bastimentos de comida y bebida” para usarla el día en que él mismo tenía previsto ordenar el ataque. 

Los alimentos y el pulque (porque era pulque lo que se mandó acopiar), fueron transportados por numerosos tamemes durante la noche hasta situarse junto a un gran cercado que como fortificación tenían los michoaques en Taximaroa, y allí, tempranito, antes del amanecer, “en vez de escuadronar sus soldados, plantar sus estandartes y fijar sus pabellones, fueron tendiendo en el campo la comida y bebida, por todo el lienzo”. De tal modo que, cuando finalmente le dieron cara al enemigo y comenzaron a combatir, después de un rato los “tarascos dieron en correr, fingiéndose fugitivos”. Logrando que sus atacantes, creyéndose “victoriosos”, los persiguieran y saltaran la cerca, en donde “dieron de improviso con la comida y la bebida abundante que el campo les ofrecía”. Por lo que “ellos más hambrientos que belicosos, soltando las armas se entregaron a comer y a beber muy de propósito”. 

¡La trampa había funcionado! Y, cuando a “a los tarascos les pareció” que sus enemigos ya “tendrían enervadas las fuerzas con la abundancia del vino (pulque), volvieron muy de pensado sobre ellos, haciendo tal destrozo en el ejército, que los más quedaron muertos, e (hicieron) muchos cautivos de los tecos y matlatzincas” que los habían apoyado. 

Continuará.

PIES DE FOTO. –

  1. Francisco Xavier Clavijero, historiador jesuita, describió los límites del dominio tarasco a principios del XVI.
  2. Desde finales del siglo XIV, y tras la derrota de los aztecas frente a los michoaques, la correlación de fuerzas en el occidente se inclinó a favor de los últimos.
  3. Clavijero, Beaumont y varios otros cronistas refieren la existencia de un gigantesco y valiente guerrero tlaxcalteca que encabezó a las huestes de Moctezuma en el primer ataque que éste promovió en contra de los michoaques.
  4. Moctezuma, que había logrado la gran hazaña de convertirse en caballero águila y en sumo sacerdote, era, sin embargo, un individuo apocado y colérico ante ciertas situaciones que salían de su control.
Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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