VISLUMBRES por Abelardo Ahumada.

LA LLEGADA DE LA PRIMERA IMAGEN Y EL BOCHINCHE QUE SE ARMÓ. –

En mi colaboración anterior les dije que, debido al gran conjunto de incidentes catastróficos que padecieron los colimotes del siglo XVII, un día de principios de 1668 decidieron invocar la protección del cielo y eligieron como “Santo Patrón” a un casi totalmente desconocido fraile franciscano nacido en la ciudad de México en 1572 y martirizado en Japón, junto con otros misioneros, en 1597, cuando sólo tenía 25 años de edad.

Hurgando con gran ahínco y paciencia entre los numerosos y amarillentos legajos que se conservan en el Archivo Histórico del Municipio de Colima (que hoy es, por cierto, el más antiguo y mejor organizado de todos los archivos históricos del Occidente de México), el profesor Genaro Hernández Corona se encontró, hace ya varios años, un documento relativo a dicha elección, que a la letra dice:

“Habiendo elegido por Patrón y Abogado al Glorioso Santo Mártir San Felipe de Jesús para temblores y fuegos, los vecinos de esta Villa, y ofreciéndole celebración cada año, han traído a ella la hechura (imagen o estatua) del glorioso Mártir y se ha de colocar en una de las capillas de la Iglesia Parroquial de ella, el sábado que viene, que se contará primero del mes de septiembre de este presente año” (1668).

Hablando sobre ese tema, en 1923, el doctor Miguel Galindo Velasco, quien posiblemente ya había visto el documento anterior, escribió lo siguiente:

“Cuando se trajo a Colima la primera imagen de Sn. Felipe de Jesús, el Alcalde Mayor, Francisco Álvarez de Herrera, por bando que publicó el pregonero Nicolás de Grijalva, mulato libre, ordenó que se celebrara la colocación de aquélla en una de las capillas de la iglesia parroquial, el 1° de septiembre de 1668, con los festejos siguientes, (penando con 4 pesos al que no obedeciera, aplicados a la Cámara de su Majestad), los que se desarrollaron tal y como los mandó: A las ocho de la mañana todos (sic) se presentaron en las Casas Reales con sus arcabuces, y de ahí partieron en procesión acompañando al propio Alcalde Mayor que dirigió la comitiva, la que fue a recibir (se supone que la entrada del Camino Real) a la imagen que colocaron en el altar preparado de antemano. Después hubo solemnes vísperas a las que asistieron los vecinos de la Villa, y por la noche ésta presentaba un aspecto verdaderamente pintoresco” con todas las calles llenas de fogatas o luminarias que los vecinos “atizaban constantemente, a la vez que en las puertas y ventanas había candiles de aceite o de manteca, y las familias sentadas en las puertas, venerando al santo patrono con sabrosa charla y contemplando las llamas ondulantes y fuliginosas de las fogatas” … “Estas festividades continuaron celebrándose cada año; pero el fanatismo es llama que avanza y crece con mayor rapidez que el más voraz incendio, y después ya no fue sólo procesión, misa solemne, vísperas y luminarias, sino que se les agregaron detalles y más detalles y entre éstos algunos desórdenes graves, por lo que medio siglo después (1720), el Alcalde Mayor trató de reprimirlos y ordenó que no se verificasen actos públicos sin antes pedirle permiso”.

Las solemnidades religiosas, pues, cayeron en desuso mientras que los festejos profanos, igual que hoy, iban en aumento, y las capeadas y las jineteadas de toros se realizaban (aunque hoy nos parezca increíble) en un corral ubicado ex profeso para dichos asuntos, en nuestro muy bello y arbolado Jardín Libertad.

EL SIGLO XVIII INICIÓ TEMBLANDO. –

Los terremotos, sin embargo, no obedecen a causas que tengan que ver con factores religiosos, ni son “castigo divino” ni “cosa del diablo”, como algunos cuantos creyentes  pudiesen suponer y, por tanto, dado que, conforme lo que hoy se sabe, hay tres placas tectónicas rozándose continuamente entre sí, bajo el mar, frente a las costas de Jalisco, Colima, Michoacán, Guerrero y Oaxaca, el hecho histórico fue que, con todo y la devoción de San Felipe de Jesús, en nuestra tierra siguió temblando.

Y fue así como se conservaron algunos testimonios muy vívidos de los terremotos que siguieron sacudiendo a nuestra región, de los cuales hoy entresacaré algunos de los más notables, comenzando con uno que ocurrió en la tarde del 25 de marzo de 1806, no obstante que un mes y una semana antes, el Cabildo de la Villa de Colima había efectuado una sesión extraordinaria, precisamente para organizar la celebración de las fiestas cívico-religiosas que solían efectuarse cada año durante la función de San Felipe de Jesús, “patrono contra temblores”.

Sobre ese terremoto en particular fue el padre Francisco Vicente Ramírez de Olvida, cura de Almoloyan, que con el tiempo se habría de convertir en un hombre muy famoso en la región, quien escribió la reseña de tan increíble “susto”. He aquí la parte medular de su texto. Mismo que nos brinda importantes datos complementarios que nos hacen posible entender cómo era Colima en aquella época:

“En el año del Señor de 1806, día martes 25 de marzo, día de la Encarnación del Divino Verbo, poco antes de las cinco de la tarde, envió Dios un terremoto tan terrible como se deja ver por todas las circunstancias, que […] no hay memoria de que en nuestros días se haya visto otro semejante: lo primero fue tan recio y veloz su movimiento que nadie se pudo tener en pie sobre la tierra, que como suele un potro desbocado moverse en aquellos violentos corcovos para despedir al jinete, así eran los quebrados, desiguales movimientos de la tierra para arrojarnos de su superficie o sepultarnos en sus entrañas. Duró en la fuerza y vigor este movimiento como cinco minutos y repitió, aunque no con tanta furia, cinco o seis ocasiones hasta las cuatro de la mañana, aunque muchos estamos en la presunción de que fue continuado el movimiento de vaivén hasta dicha hora y que a ciertos intervalos aumentaba el movimiento que formaba el temblor.

 

No quedó en Colima casa que no padeciera una más que otras, y se arruinaron hasta casi por los suelos más de quinientas (siendo que no había ni 700, nota de A. A.) verificándose mayor el estrago desde la plaza mayor hasta [el templo de] la Soledad, quedándose la parroquia inservible pero no caída, y lo mismo dicha Soledad, por lo que a la iglesia del Dulce Nombre llevaron los Santos [Óleos] y el Divinísimo [Sacramento]. Entonces cayó [también] por el suelo la iglesia de la Salud. Aquí en Almoloyan no cayó la iglesia, pero quedó bien lastimada, y mucho más la torre. En Coquimatlán cayó el hospital que era de teja y buenas maderas […pero] en Zapotlán cayó la iglesia a tiempo que estaban en sermón de misión y sepultó como dos mil almas. Requiescat in pace. Amen.”

EL TERREMOTO DE LA INDEPENDENCIA. –

Hablando en sentido figurado, se podría decir que tan catastróficos o más que los terremotos, son los “movimientos telúricos” que las sociedades provocan sobre sí mismas. Como sería, en este caso, el estallido de la Guerra de Independencia y las secuelas que ésta provocó.

En cuando a nuestra región corresponde, cabe mencionar que a raíz de que el 17 de enero 1811, los casi 80 mil guerrilleros insurgentes que se habían reunido con Hidalgo en Guadalajara fueron derrotados en la batalla de Calderón, cerca de Zapoltanejo, se suscitaron un montón de levantamientos, combates, venganzas y persecuciones que por lo pronto comenzaron a llenar de luto a multitud de familias de casi todos los pueblos gobernados por los intendentes de Valladolid y Guadalajara, entre los que, como se sabe, estaban los de Colima.

Levantamientos, combates, venganzas y persecuciones que derivaron en el robo de los maizales, los frijolares y las hortalizas de los campesinos, así como de la caballada, las mulas y las vacas de los ganaderos. Y esto no nada más por parte de los insurgentes o alzados que se fueron a los cerros, sino por las milicias virreinales que, andando en busca de aquéllos, no tenían en donde abastecerse de víveres y agarraban de donde encontraban.

Todo ello sin contar aun que, tanto los unos como los otros, aprovechándose de las condiciones bélicas, violaban a las hijas (y a las esposas) de los rancheros, o se llevaban en la leva a sus muchachos. Por lo que una gran cantidad de rancheros y campesinos decidieron salirse de sus moradas habituales e irse a buscar refugio en los pueblos, villas y ciudades que les quedaban más cercanas. Con la consecuencia de que, mientras por un lado se iba incrementando la población urbana, por otro iban decayendo todas las actividades agropecuarias, mineras y forestales, y languideciendo el comercio.

Como un claro ejemplo de lo que sucedió en todos esos ámbitos, tenemos que, en Guadalajara, “al despuntar el siglo XIX” había entre 30 y 35 mil habitantes, pero ya en 1814 llegaron a los 60 mil.

Y mientras eso sucedía en la capital de la antigua provincia de Nueva Galicia, en el sur, Colima, Tuxpan, Zapotlán y muchas otras poblaciones aledañas comenzaron a padecer también las consecuencias de todo ese barullo revolucionario y, aun cuando era evidente la disminución del mismo, “el bienestar de su gente comenzaba a debilitarse”.

El año de 1815 transcurrió más o menos en idénticas condiciones, pero ya casi para finalizar 1816, las casi despobladas costas colimenses padecieron un tsunami. Pero de eso les hablaré después.

PIES DE FOTO. –

1.- El inicio del siglo XVIII fue excepcionalmente violento: su primer gran terremoto ocurrió el 25 de marzo en la tarde. Testigo presencial de él fue el párroco de Almoloyan, quien refirió la destrucción de la torre del antiguo templo.

2.- Aún hoy soy visibles las huellas de aquellos sismos. He aquí las del templo de La Merced, sobre la calle Gildardo Gómez, en Colima.

3.- Otra catástrofe muy significativa lo fue el estallido de la Guerra de Independencia, en la que se involucraron decenas de colimotes de ambos bandos.

4.- El luto, la muerte, la desolación de los campos, la disminución del comercio y la minería fueron, entre otras, las consecuencias de aquella guerra.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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