Abelardo Ahumada

VISLUMBRES  por Abelardo Ahumada.

Capítulo 3

EL ORIGEN DE LOS COLIMECAS. –

Desde que estábamos en primero de Secundaria nos enseñaron que la Historia es la narración de los hechos de la humanidad a partir de que se inventó la escritura. Y que Prehistoria es todo lo que le ocurrió a dicha humanidad desde que apareció el primer hombre hasta que se inventó la escritura en cada lugar.

En ese sentido, aun cuando no esté muy de acuerdo con esa distinción, debo admitir que los temas que estamos abordando no tienen nada que ver con la Prehistoria de Colima, y sólo son algunas aproximaciones a su periodo histórico.

Una vez hecha esta precisión, permítanme recordarles que en el capítulo precedente afirmamos que, al haber podido apoyarse en el testimonio directo de 22 (o 24) ancianos muy “versados en las cosas de su antigüedad”, la obra de Fray Bernardino de Sahagún es “la más amplia e importante fuente primaria de información” a la que podemos acudir para consultar esos temas. Pero tampoco es la única, puesto que existe muchas más (escritas en náhuatl desde antes que llegaran los españoles, o en castellano y en náhuatl hasta principios del siglo XVII). Fuentes originales cuyo contenido nos sirve para que podamos tener una visión muchísimo más completa de la que nuestros propios antepasados indígenas tuvieron sobre sí mismos.

No es el momento, sin embargo, para enlistar siquiera todas esas fuentes, por lo que me concretaré, como dije antes, a tratar de dilucidar lo que sobre la historia de Colima se ha podido atisbar en ellas.

En ese mismo sentido, y aunque pudiese parecer que nada tiene que ver con Colima, mencioné que, de conformidad con lo que los informantes de fray Bernardino le dijeron, los primeros en llegar hasta el Valle de México fueron los toltecas, procedentes de un mítico lugar al que denominaban “Tamoanchan”, donde “durante largos tiempos habían tenido señoríos”. Pasando posteriormente a otro sitio al que llamaron “Xomiltépetl” (que pudiera ser el famoso “Cerro de los Xumiles” en el actual estado de Guerrero), en donde, “su dios les había dicho que no iban a estar siempre […] sino que habrían de seguir más adelante […] y así fuéronse poco a poco hasta llegar a Teotihuacan”. [Pero] que antes “vivieron allí, donde se dice Tollanzinco. Enseguida pasaron a Xicotitla y después a Tula”.

Colateralmente, en la versión nahua de dicho “cantar”, se asevera que “los toltecas llevaron la ventaja todo el tiempo, hasta que vinieron a acercarse a tierra chichimeca”, después de haber vivido “en el interior de las llanuras [del norte, en un lugar en donde había…] siete cavernas, en las que hicieron sus templos”.

Más tarde alude a otras tribus nahuas, otomíes y chichimecas y describe sus características, pero como no viene al caso hablar de ellas, me detendré en comentar dos “pequeños detalles: el primero se refiere a que fray Bernardino escribió (en su castellano del siglo XVI) que “los toltecas eran oficiales primos”. Queriendo decir con eso que eran unos excelentes trabajadores manuales, pues: “Los dichos toltecas sabían casi todos los oficios mecánicos, y eran tan curiosos y tan únicos [al desarrollarlos] que eran primos oficiales”. Y no era por menos que los demás pueblos los consideraban como los artistas por excelencia.

El segundo aspecto en el que quiero detenerme, dice: “Resta por decir que TODOS LOS QUE HABLAN CLARO LA LENGUA MEXICANA, QUE SE LLAMAN NAHUAS, SON DESCENDIENTES DE LOS TOLTECAS”. Dando a entender, inmediatamente, que muchas de aquellas gentes (que habitaban en pueblos fundados por los toltecas) “se quedaron y no pudieron seguir [hacia donde su dios les había indicado], como los viejos y las viejas, o los enfermos, las paridas, o los que por su voluntad se quedaron”.

Esta precisión que fray Bernardino tuvo el cuidado de hacer me parece sumamente importante, no sólo porque nos indica que la famosa “peregrinación” NO FUE MASIVA NI OBLIGATORIA, sino porque en el “poco a poco” que se menciona, nos indica que TAMPOCO FUE APRESURADA. Por lo que no es ilógico deducir que FUE UN MOVIMIENTO MIGRATORIO DEBIDAMENTE PLANEADO, en el que, habiéndose varias veces detenido en lugares que les parecieron favorables, se dieron tiempo para fundar varios y sucesivos pueblos. Aunque los ancianos con los que conversó ya no recordaran la totalidad de sus nombres.

Y un tercer detalle que por consecuencia salta a la vista, es que todos esos pueblos estaban emparentados, y que, por tanto, se reconocían entre sí, aunque a veces tuvieran pleitos unos con otros.

Un poco más adelante, el meticuloso fraile añade algo que a primera vista nos podría parecer increíble, pero que no lo es: me refiero que algunos de los “michoacaque” (o michoacanos) eran nahuas también, y que se les decía “michoacaque cuando son muchos, y michoa, cuando es uno”. Siendo el significado de dichas palabras: “hombres que viven en donde abundan los peces”. Dato sobre el que volveré a comentar después.

En ese mismo contexto, si recordamos que, para los purépecha o tarascos, “teco, simple y sencillamente significaba mexicano”, y lo asociamos con lo que acabamos de comentar, creo que el origen de los colimecas históricos ha quedado documentalmente probado. Y que los tecos (en general) y los tecocolimecas, o colimatecos en particular, si bien ya no eran toltecas “puros” sí eran sus descendientes. Y una prueba más de esto que se afirma son los nombres que todavía llevan algunos de los pueblos más antiguos de la región (junto con algunos que ya desaparecieron, pero perviven en los documentos), que son reconociblemente nahuas, como Ixtlahuacan, Comallan, Tzacualpan, Xochitlan, Quetzalapan, Nahualapan, etc.

Pero…

¿DE DÓNDE VENÍAN TODOS ESOS PUEBLOS? –

La pregunta es añejísima, y de las respuestas que se han dado, unas difieren y otras coinciden en algunos puntos, pero para no embrollar las cosas, me referiré otra vez a lo que hacia 1770, el padre Francisco Xavier Clavijero, escribió en el sentido de que, desde muchísimo antes de que los toltecas pudieran llegar a Teotihuacan, “del país de los Zacatecas bajaron hacia el sur por Ameca, Cocula, Sayula a la provincia marítima de Colima y después a la de Zacatula, desde donde volvieron a subir hasta Malinalco y de ahí a Tula”.

Ignoro de qué códice (o códices) se valió el maestro del cura Hidalgo para afirmar que “bajaron desde Zacatecas hacia el sur”, pero, aunque la trayectoria que menciona no sea exacta, sabemos que coincide con algunos puntos que otras tradiciones señalan. Y también a esto me referiré más tarde.

En ese mismo sentido, poco más de un siglo después que el docto jesuita escribiera lo expuesto, don Alfredo Chavero, eminente nahuatlato de finales del siglo XIX, al que le tocó redactar el voluminoso tomo que habla de la época prehispánica en la monumental colección “México a través de los siglos”, afirmó que una parte (hoy extraviada) de “Los anales de Cuauhtitlán”, que él tuvo en sus manos, “no sólo se ocupa de la peregrinación azteca”, a la que algunos historiadores de su época (y de la nuestra) solían reducir la historia antigua, sino que “este manuscrito comienza su relato desde la peregrinación chichimeca en 583 (d. C.) y […] se extiende […] más de diez siglos que otras relaciones”. Y que, aun cuando finalmente se refiere de manera más amplia y concreta a los nahuas de Cuauhtitlán, en esa parte “se ocupa el manuscrito de varios [otros] pueblos”. Agregando por ejemplo que, tras una sequía o una guerra que hubo en las llanuras norteñas, “los toltecas comenzaron a emigrar en el año “ce ácatl” de su calendario (o 583 en el nuestro), “fundando Xalisco en el “10 totchtli” (610); Chimalhuacan Atenco en “Ce Tochtli” (622) “y de ahí pasaron a fundar Tóchpan”, donde hoy está la ciudad de Colima, el “6 ácatl (627), siendo entonces su jefe Mazátzin”.

Sitio del rápidamente algunos se retiraron y, luego de atravesar por unos “brazos de mar”, y fundar otros dos pueblos, continuaron su avance por esa costa, hasta establecer, pasando el caudaloso Río Balsas, el pueblo de “Zacatlan” o Zacatula. Pueblo que aún hoy existe en la costa de Guerrero, para llegar finalmente hasta Tula, después de muchos otros trabajos y pueblos fundados, en el año “ce calli”, o 710.

Al llegar a este punto Chavero tuvo muy claro (como Sahagún en su época) que ninguno de estos pueblos fue totalmente abandonado, y que cuando los líderes de estas tribus consideraban que debían de seguir avanzando, “dejaban allí a [los individuos] que no podían [o que no querían] seguirles”. Por lo que quedaron estos pueblos como las evidencias más claras del paso de los toltecas por esta hermosa región.

Si los lectores conocen un poco de la geografía del Occidente de México, o miran algunos nuevos mapas del área, seguramente que podrán observar que el Xalisco que se menciona está hoy en Nayarit; que si bien ya no existe Chimalhuacan, hay un Atengo junto al Río Ayuquila, en el occidente del estado que tomó el nombre de aquella antigua población (Jalisco); que el Tochpan del que se habla fue el segundo pueblo del que se apropiaron los conquistadores españoles para fundar la Villa de Colima, y que “los brazos de mar” a que el antiguo documento se refiere, no son otra cosa más que la desembocadura de varios ríos que, descendiendo por las laderas de los cerros de Michoacán, desembocan en el Pacífico, como lo hace también el ya mencionado Río Balsas.

Yo he tenido la suerte de viajar varias veces por las costas de Jalisco, Colima y Michoacán, y en las de este último estado he visto, siempre con admiración, los hermosos deltas que, casi siempre entre cerros, exhiben los ríos michoacanos, pareciendo, efectivamente, “brazos de mar”.

Pero ¿a qué quiero llegar con esto?

La idea es demostrar que los toltecas no sólo pasaron por todos esos sitios, sino señalar que de los pueblos que ellos establecieron, luego sus descendientes fundaron otros. Pero no nos adelantemos y revisemos un solo documento más: me refiero al llamado “Códice Aubin” que entre los estudiosos de la antigüedad mexicana se conoce más bien como:

“LA TIRA DE LA PEREGRINACIÓN”. –

Éste es un documento importantísimo que, para el tema que estamos revisando nos va a proporcionar algunos interesantes datos. Y, según sus estudiosos, entre los que se halla el Dr. Patrick Johanson, excelente amigo de mi compañero cronista José Salazar Aviña, con el que gracias a él he tenido también oportunidad de conversar y presentar uno de sus libros en la Universidad de Colima, dicho códice da la impresión de ser, o una copia de un documento autóctono al que se le hicieron anotaciones en castellano; o un códice original, elaborado por un tlacuilo anónimo que ya había tenido algún contacto con los frailes franciscanos, y que decidió hacerlo (muy tempranamente en relación a la conquista de México Tenochtitlán), para que no se olvidara el origen de los aztecas.

La “Tira” fue dibujada sobre papel amate, mide cinco metros y medio y está “dividida en 22 láminas de 19.8 X 25.5 cm, pintadas por un solo lado”. Pero más allá de sus características físicas (de las cuales les presentaré dos muestras), nos aporta algunos datos relacionados con nuestro tema. En primer término, menciona que a la última de las tribus nahuas que participó en la migración que comentamos se les decía aztecas, porque venían de un lugar llamado Aztlán, y que iniciaron su movimiento en el año “uno pedernal o Ce-tecpatl”, que corresponde a 1168.

La historia que pretende reseñar abarca un período de 197 años. Pero es evidente que, después de marcar con cierta precisión el principio del recorrido, se brinca muchos lugares, y nombra otros, como Colhuacan (“tierra de los abuelos”) cuya ubicación no se ha podido identificar, para, de repente, decir que, 29 años más tarde ¡llegaron también a Tula! En donde estuvieron viviendo durante dos décadas, antes de algunos decidieran continuar su marcha, para llegar, finalmente, entre 1364 y 1365, al sitio en donde fundaron México-Tenochtitlán.

Sobre el Aztlán que se menciona (y significa “lugar de garzas”), hay todavía una polémica y si bien algunos historiadores afirman que fue un lugar mítico, que no existió, otros afirman que era un pueblo que, como después lo sería México-Tenochtitlan, estaba situado en una isla. Y lo relacionan con la isla de Mexticacán (o Mescaltitlán), que aún existe en Nayarit.

Y uno de los primeros en hablar de ese sitio fue el ya mencionado Alfredo Chavero, en 1885. Mismo quien habiendo tenido también a la vista la parte del “Lienzo de Tlaxcala”, donde se narra la entrada del conquistador Nuño de Guzmán hasta Sinaloa, se percató de que, curiosa y coincidentemente, cuando salió Cortés (desde Salagua, Colima) en busca de los barcos que le robó Nuño de Guzmán: “Siguió el mismo camino [que siguieron los aztecas], pero en dirección opuesta”, y que si bien los aztecas “salen de Aztlán, penetran en Michoacán y llegan al Valle [de México]. Nuño atraviesa Michoacán y llega como conquistador a Aztlán” o Aztatlán. Como se mira en el mencionado “Lienzo”.

Retomando, pues, ése y otros datos más, Chavero concluye con que “el poblado incógnito [de Aztlán…] estaba entre Xalisco y Chiametla, sobre la costa del Pacífico, […] en la laguna de Mescaltitlán o Mexticacán”. Aseveración con la que básicamente coincido. Pero no sin añadir que, como la misma “Tira” afirma, en algún momento de su travesía, los aztecas fueron convertidos en mexicas, y que es casi seguro que tuvieron que pasar por el territorio colimeca, o colimateca (que ya estaba poblado desde la Prehistoria), antes de que, como Chavero asegura, pudieran “penetrar en Michoacán”.

Continuará.

PIES DE FOTO. –

1.- “La Tira de la Peregrinación” nos muestra, en su primera lámina, la salida de los aztecas, en el año “Uno Pedernal”, luego de que Huitzilopochtli, su dios, (encerrado en una cueva-templo) le dijo al sumo sacerdote (en la canoa) que deberían partir.

2.- En la segunda, relaciona la tribu azteca (a la derecha) con todas las que los precedieron (fila de la izquierda) y nos los muestra yendo solos por órdenes de su mismo dios.

3.- Con base en los datos referidos, hace 15 años elaboré este mapa de “La Ruta de los Toltecas”, para señalar que, habiendo llegado al actual territorio de Colima, fundaron Tochpan, en 627 d. C.

4.- Y como cerrando el círculo de la tradición a que hicieron referencia esos antiguos códices, “El Lienzo de Tlaxcala”, narra la conquista de Aztatlán por parte de la gente de Nuño Beltrán de Guzmán.

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