Abelardo Ahumada

VISLUMBRES por Abelardo Ahumada

Capítulo 4

EVIDENCIAS INTENCIONALMENTE ENTERRADAS. –

De conformidad con los antiguos códices y los muy viejos testimonios que mencioné en los capítulos precedentes, se puede concluir con que una buena parte de los pueblos que habitaron en la región circundante a los Volcanes de Colima eran descendientes de los toltecas, y que si bien fue cierto que esa primera tribu nahua fundó, entre otros pueblos, durante su peregrinaje, Xalisco (en el actual Nayarit), en 618 de nuestra era; Chimalhuacan-Atenco (junto al Río Ayuquila, en el estado de Jalisco) en 622; Tóchpan (donde hoy es la capital de Colima) en 627; Zacatula (junto al Río Balsas, en Guerrero) en 625; y Tula (en Hidalgo) en 713, ello no significa que hayan podido realizar dichas fundaciones nada más porque quisieron hacerlo, puesto que muchas de todas esas áreas ya habían sido pobladas por otras desconocidas tribus desde muchísimos años antes, siendo algo muy probable que no cedieran sus espacios sin oponer resistencia.

Con esto quiero decir que una gran parte de esta extensa región ya estaba habitada cuando, iniciando con los toltecas y terminando con los aztecas o mexicas, todas las “tribus nahuatlacas” (en un lapso de casi 800 años) realizaron sus recorridos por dicha región, siguiendo la ruta que los primeros habían marcado, dejando, como ya dije, ésos y otros más pueblos fundados. Y aunque se carezca de más documentos que nos pudieran servir para poder demostrar esta última aseveración, sí abundan, sin embargo, múltiples y diferentes hallazgos arqueológicos que afortunadamente, con el paso del tiempo, se han podido localizar en toda esa amplia zona.

Y, en relación con este último comentario quiero hacer referencia aquí a UN DATO SUMAMENTE CURIOSO Y REVELADOR que registró fray Bernardino de Sahagún durante el último cuarto del siglo XVI, y que, desde mi perspectiva es, tal vez, no sólo la primera mención que en nuestro país se hizo sobre lo que podrían ser los antecedentes del trabajo arqueológico, sino la revelación de que muchos de los objetos que han sido hallados por quienes se dedican a eso en dicha parte de México, FUERON INTENCIONALMENTE ENTERRADOS. Pero mejor véanlo ustedes, amigos lectores, y digan si coinciden o no con lo que al respecto expresé en el párrafo anterior:

“[Los toltecas] que fueron los primeros en llegar a tierras chichimecas, vivieron primero muchos años en un pueblo llamado Tullantzinco, EN TESTIMONIO DE LO CUAL DEJARON MUCHAS ANTIGUALLAS ALLÍ (las mayúsculas son mías) … [Después] se fueron a Tula, y de haber morado y vivido allí juntos hay señales de las muchas obras que allí hicieron [… como el palacio de] Coatlaquetzalli (o Quetzalcóatl), que son unos pilares de hechura de culebra […] y edificios viejos de sus casas”. En donde “hállanse TAMBIÉN BAJO TIERRA todavía hoy (se refiere a los tiempos del fraile) cosas suyas primamente (primorosamente) hechas: pedazos de ollas, de vasos, de escudillas […] joyas y piedras preciosas, esmeraldas y turquesas finas”.

[…]

“Pero no sólo en los edificios de Tula y Xicotitlan DEJARON EDIFICIOS VIEJOS Y COSAS ENTERRADAS LOS DICHOS TOLTECAS, [sino] en todas partes de la Nueva España donde se han hallado sus obras, así ollas, como pedazos de tejuelas de barro, [utensilios] de todo género de servicio, y muñecas de niños, y joyas y muchas otras cosas por ellos hechas; y la causa de esto es porque CASI POR TODAS PARTES ESTUVIERON DERRAMADOS LOS DICHOS TOLTECAS”.

De tal modo, pues, que no sólo los pueblos que fundaron quedaron como las evidencias más claras del paso esta hermosa región, sino la gran cantidad de OBJETOS QUE INTENCIONALMENTE DEJARON ENTERRADOS como mensajes directos a las generaciones venideras, entre las que, obviamente, nos encontramos nosotros.

UN CAMBIO DE PERSPECTIVA. –

Aunque haya tenido acceso a algunos libros de Arqueología, ignoro si los arqueólogos que han trabajado los espacios toltecas hayan leído alguna vez los párrafos de fray Bernardino que acabo de citar, pero, en cuanto a mí respecta, todos los estudios que sobre los sitios nahuas se han venido realizando adquieren una nueva significación, por cuanto, de conformidad con lo dicho por fray Bernardino, MUCHOS DE ESOS RESTOS ARQUEOLÓGICOS FUERON DEJADOS EN CADA UNO DE ESOS SITIOS CON LA INTENCIÓN DE QUE FUERAN POSTERIORMENTE HALLADOS POR LOS HOMBRES QUE VIVIRÍAN DESPUÉS EN CADA LUGAR. Con lo que se demuestra que tenían una muy clara perspectiva histórica.

Por otro lado, si revisamos con esta “nueva mirada” lo expuesto por fray Bernardino en los párrafos que estamos comentando, y lo relacionamos con lo que ya se nos había insinuado en la “Tira de la Peregrinación”, en el sentido de que los aztecas ¡llegaron también a Tula! (hacia 1197) y estuvieron viviendo allí durante dos décadas, antes de que algunos de ellos decidieran continuar su marcha, para llegar, finalmente, entre 1364 y 1365, al sitio en donde fundaron México-Tenochtitlán, más válida nos resulta entonces la información que los ancianos de Tlatelolco le pasaron al fraile, por cuanto que no sólo todos ellos eran nahuas (mexicas y tlatelolcas) y estaban “versados en las cosas de su antigüedad”, sino porque dentro de la memoria colectiva, que todos esos pueblos cultivaban con gran cuidado, se puede decir que el recuerdo de la estancia de los aztecas en Tula, era relativamente “fresco”. Aparte de que, según otras fuentes, seguían considerándola como un lugar de culto a Quetzalcóatl. El antiguo dios que se veneraba allá.

UNA VISITA A “LA QUEMADA”. –

Y ya que hablamos de la arqueología, permítanme los lectores comentarles algo que nos sucedió a varios compañeros cronistas de nuestro estado, pero muy especialmente a José Salazar Aviña (cronista municipal de Tecomán, Col.) y a mí, en tres momentos distintos de 2012, 2013 y 2014. Hechos cuya relación viene totalmente “al pelo” con el tema que hoy estamos abordando.

Iniciaré, sin embargo, por lo que nos sucedió justamente el 25 de julio de 2014: Era viernes y amanecimos en Zacatecas, ciudad a donde ocho cronistas colimotes y las respectivas esposas acabábamos de ir para participar en el XXXVII Congreso Nacional de Cronistas de Ciudades Mexicanas, con motivo del “Primer Centenario de la Toma de Zacatecas” durante la Revolución.

Nos levantamos y desayunamos todavía temprano. Y antes de las 9 ya íbamos en camino, en varios autobuses, hacia el municipio de Villanueva, Zac., cuna del famosísimo cantante mexicano Antonio Aguilar, y de nuestro anfitrión, cronista e historiador, Francisco González.

Ese día, terminando la ceremonia oficial que se llevó a cabo en la plaza principal del pueblo, y los trabajos y la comida, que se realizaron en una de las escuelas del lugar, abordamos nuevamente los autobuses para ir a un lugar que de primera vista me pareció insignificante, localizado en un lugar de aspecto semidesértico al que, tal vez no por menos, se conoce allá como el Valle de Malpaso.

En el programa del Congreso estaba previsto ese recorrido, pero como yo era ignorante de la importancia del sitio, no le puse interés, y lo mismo creo que le pasó a la mayor parte de mis compañeros, aunque luego nos sorprendió a todos, y más a los que pudimos ascender (por la única entrada disponible) hasta la cima de un cerro inmediato, para contemplar, embobados, una antiquísima ciudad amurallada encima de muy altos e inaccesibles riscos.

No creo exagerar si afirmo que aquella enigmática ciudad debió ser majestuosa, imponente, llena de templos, salones, terrazas y otras grandes edificaciones. Pero también debo admitir que, por más que hayan “tenido reportes de su existencia desde el primer tercio del siglo XVI”, según nos informaron en un museo de sitio que al pie del cerro existe: “Nadie sabe a qué tribus o pueblos pertenecieron sus primeros edificadores, quiénes fueron sus últimos habitantes y por qué decidieron abandonarla”.

SENSACIONES Y PERCEPCIONES. –

En cuanto comencé a subir el sendero que va desde el museo de sitio a la mencionada ciudad, y habiendo escuchado ya entonces la explicación que acabo de citar, experimenté una extraña sensación que sólo podría describir como una especie de “espanto intelectual”. Ya que, siendo esa obra tan verdaderamente prodigiosa, uno simplemente se queda en ayunas sobre quiénes pudieron haber sido los poderosos individuos que con tanto arrojo (y dificultades) lograron levantar tan enormes edificios en un espacio en el que hace cientos (tal vez miles) de años no ha vivido nadie.

Unos sesenta compañeros de todo el país se fueron saliendo del museo de sitio para iniciar la trepada de la empinada cuesta. Y, sólo Pepe Salazar y yo, de los ocho de Colima, nos decidimos a trepar también.

Desde la primera terraza que pisé se ve la ciudad cerril, mostrando varias otras grandes terrazas y coronada por enormes habitáculos, pirámides truncadas, plazas públicas, templos, miradores y un evidentísimo espacio destinado al famoso “juego de pelota”.

Llegamos a lo que parece haber sido un gigantesco salón que, según una placa explicativa, mide 32 metros de ancho por 41 de largo, y en el que todavía se ven once colosales columnas cilíndricas de más de metro y medio de diámetro y cinco metros de altura. Columnas que debieron de haber soportado un techo gigante, y que entre los años 500 y 900 de nuestra era debió dar cobijo a centenares de individuos que participaron en asambleas citadinas, en espectáculos típicos o en impresionantes rituales dedicados a sus dioses.

Al estar allí pude sentir, más que pensar, que estaba en un sitio tolteca o pre-tolteca, por la similitud que este gigantesco salón destechado guarda con otro, más amplio, que existe también en Tula (a donde habíamos ido un año antes). Todo ello sin mencionar aún que, formando parte de esa misma terraza, junto al salón ya mencionado existe una vasta explanada rectangular de aproximadamente unos 80 metros de largo por esos mismos 42 de ancho, que se desplanta de un nivel inferior de la ladera, situado como unos 15 metros abajo, y que se sostiene por un poderoso y bien conformado talud de piedra laja que en su conjunto (sumando a la explanada con el salón) abarca, fácil, 120 metros de largo. Todo eso por increíble y difícil les haya podido resultar construirlo a sus anónimos habitantes.

MÁS MISTERIOS AÚN. –

Ni los arqueólogos que han estudiado el sitio se han puesto de acuerdo sobre su posible origen: unos (siguiendo la idea expuesta por el jesuita Francisco Xavier Clavijero) dicen que, si en algún lugar se ubicó el muy legendario Chicomoztoc, tuvo que haber sido allí. Pero frente a éstos, hay otros que opinan que fue “un sitio caxcán, un enclave teotihuacano, un centro tarasco, un bastión contra chichimecas intrusos, un emporio tolteca o, simplemente, el producto de un desarrollo independiente y capital de todos los grupos asentados al norte del Río Grande de Santiago”. Pero yo me quedo con la impresión que ya dije: fue una ciudad pre-tolteca.

Algo que nos dejó muy impresionados fue el ver una muy alta y estrecha pirámide trunca a la que no se le ve un solo escalón. Y mientras yo estaba situado en uno de los miradores vi a varios de mis compañeros que, no habiendo podido subir al cerro, caminaron para irse a tomar una foto del recuerdo al pie de ese insólito monumento. Mientras que otros continuamos con el ascenso por escalinatas tan amplias y tan altas que parecen haber sido construidas por gigantes y para gigantes.

Todos los espacios edificados que allí se ven están hechos de lajas sobrepuestas a las que pegaron con una mezcla elaborada con barro y fibras vegetales, muy similar a la que se sigue utilizando en esas zonas para construir adobes.

Son más de diez plataformas las que alcancé a contar y entre veinte y veinticinco basamentos de lo que parecen haber sido otros tantos y más grandes edificios, así como algunos espacios habitacionales.

Me preguntaba por el agua, pero allí muy cerca, como a un kilómetro a lo sumo, se alcanza a ver un pequeño lago que se formó tras construir, hace poco, una presa sobre la corriente del Río Juchipila. Así que nada nos cuesta entender que los antiguos moradores de La Quemada saciaron su sed allí, y cultivaron todas las orillas humedecidas por las aguas del Juchipila.

Más o menos a 150 metros sobre el nivel del piso del valle, se abre, entre una serie de ocho edificios de gruesísimos muros, una muy amplia terraza-mirador desde donde es posible ver hasta unos setenta kilómetros de distancia. Y desde ahí se observa también cómo fue que varias de aquellas edificaciones dieron continuidad a los ya de por sí elevados riscos que tiene esa parte del cerro, embelleciéndolos, fortificándolos.

En este punto del sitio tuve la buenísima suerte de encontrarme con uno de los arqueólogos que trabajan allí, quien me hizo el favor de señalarme, allá abajo, cruzando el valle en todas las direcciones, una red de calzadas perfectamente visibles desde aquella altura, y quien me dijo que eran los caminos habituales por donde se movían los habitantes de aproximadamente unos 200 pueblitos y/o rancherías que durante la época de esplendor de La Quemada hubo en ese espacioso valle.  Caminos y calzadas que miden 170 kilómetros de longitud y nos dan seña de la magnitud de la urbe. Una urbe, por cierto, de la cual, el primer español que la reportó fue, curiosa y coincidentemente, Peralmíndez Chirinos (o Pedro Almíndez Chirinos), uno de los tres individuos que asumieron el gobierno de la Nueva España cuando Hernán Cortés hizo su famoso viaje a Las Hibueras; un sujeto que en agosto de 1527 estaba vendiendo esclavos en Colima; un soldado aventurero que entre 1530 y 1531 anduvo recorriendo esa porción de Zacatecas cuando se hallaba participando en las exploraciones y guerras de conquista que promovió el crudelísimo Nuño Beltrán de Guzmán, promotor también de la fundación de la primitiva Guadalajara.

Desde antes de llegar a terraza más alta abrigué el deseo de sentarme en una orilla de la misma, con mis pies colgando hacia el vacío, para contemplar todo aquel extraordinario conjunto arquitectónico en el más total de los silencios, pero resultó imposible, porque ya había allí otros compañeros más jóvenes y más ágiles que subieron antes, y porque continuaron llegando otros más. Así que, no habiendo modo de observar y meditar en la quietud, cinco minutos después di por concluida mi visita a la construcción más alta de La Quemada, solicitándole a un colega que me tomara una foto para poder algún día probar que “yo también estuve allí”.

Continuará.

Pies de foto. –

1.- En el municipio de Villanueva, Zacatecas, está el sitio que parece haber sido el original Chicomoztoc, cuna de “las siete tribus nahuatlacas”.

2.- La ciudad de Tula, en donde con toda intención los toltecas dejaron como evidencias de su pasaje “muchas cosas enterradas”.

3.- En “La Quemada” existe un espacio a todas luces precedente al que se puede ver en la cúspide de la pirámide en donde se hallan “Los Atlantes de Tula”.

4.- Con muros de casi tres metros de ancho se construyeron varios edificios de La Quemada. Nótese al fondo el espejo de agua de la presa construida recientemente sobre el Río Juchipila.

5.- Y “yo también estuve allí”.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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