Abelardo Ahumada

VISLUMBRES por Abelardo Ahumada

Capítulo 5

OTRA VUELTA DE LA ESPIRAL. –

En Europa hubo una época en la que, según añejísimos testimonios, se afirmaba que “todos los caminos llegaban a Roma”, cabecera de un gran imperio.

Guardando las proporciones del caso, y luego de revisar y comentar para ustedes algunos códices y testimonios del siglo XVI, tengo la impresión de que hubo un tiempo (en lo que hoy es México), en el que asimismo “todos los caminos llegaban a Tula”, pero no porque los toltecas hubiesen organizado otro gran imperio, sino por la finura con que lograron realizar muchísimas de sus obras escultóricas, pictóricas y arquitectónicas, y por el culto que rendían a Quetzalcóatl, y que al parecer lograron difundir entre muchos de los pueblos mesoamericanos.

No me quiero meter, sin embargo,  en mayores averiguaciones sobre cuándo, dónde y hasta qué lejanas tierras llevaron los toltecas su bagaje artístico y religioso, pero si tomamos en cuenta que, como dijo fray Bernardino,  “CASI POR TODAS PARTES ESTUVIERON DERRAMADOS” (sic); me parece muy lógico considerar que, aun cuando ellos no hayan construido con sus propias manos los edificios de otros pueblos; ni hayan cincelado todas las esculturas, o modelado las vasijas, utensilios y demás que se han encontrado en ellos, tal vez se debió a que algunos extranjeros aprendieron sus refinadas técnicas y las aplicaron en sus tierras.

Pero, muy aparte de lo que hasta hoy he dicho, una cosa ha sido leer las páginas que otros autores han escrito sobre Tula, y otra, muy distinta, la posibilidad de estar allí; de ubicarnos en el sitio; de ver, oler e imaginar el escenario original a partir de la observación de lo que aún existe. Como nos pasó un día de principios de agosto de 2013, cuando tuvimos el enorme gozo de subir hasta donde majestuosamente se yerguen …

“LOS ATLANTES DE TULA”. –

Ignoro quién fue el entusiasta que impuso ese equívoco nombre a las colosales esculturas que adornan la cúspide de una de las estructuras más altas de la antigua ciudad tolteca, pero supongo que quien así lo hizo enredó en su cabeza la mitológica “Atlántida” con esas esculturas tan impresionantes. Pero como quiera que todo haya sido, resulta que, ese día que les comento, luego de haber estado en Pachuca, Hidalgo, participando en los trabajos del XXXVI Congreso Nacional de Cronistas de Ciudades Mexicanas, tuvimos la suerte de ser trasladados a la actual ciudad de Tula.

Éramos como 200 compañeros de todo el país y 20 o 25 personas que componían el equipo de apoyo. Viajamos en siete y ocho autobuses, atravesamos por una región árida y ventosa en la que casi sólo crecen huizaches y plantas xerófilas, pues es muy poco lo que llueve allí. Luego divisamos algunos escarpados montes y una evidente nube de smog que se desparramaba a baja altura por decenas de kilómetros de lo que parecía ser un extenso llano verde y, conforme nos aproximábamos allá, comenzamos a ver cientos o miles de hectáreas cubiertas de fecundos maizales y verdísimos alfalfales, cuyo origen simplemente no se podía explicar ante la ausencia de lluvias.

Fiel a mi costumbre en tales andanzas, le pedí al chofer de mi autobús que me permitiera viajar en los escalones de la entrada. El hombre accedió y, ya instalado allí, pude constatar que la nube de humo procedía de las chimeneas de una gran refinería que Pemex opera cerca de la ciudad a donde nos dirigíamos.

Luego le pregunté al chofer cómo era posible que hubiese tantísimos maizales espigando si, como nos habían dicho algunos colegas del estado de Hidalgo, ahí escasean las lluvias, y su respuesta fue clara: “Esos maizales se deben a las aguas [negras y grises] que vienen desde la ciudad de México, utilizando como canal de riego el cauce del río Tula. Si no fuera por esas aguas no habría nada de esto aquí”.

Comprobándose una vez más el dicho de que “no hay mal que por bien no venga”.

Pero pese a las grandes expectativas que llevaba, la Tula del siglo XXI, no me gustó. Tal vez porque los choferes nos llevaron por un laberinto de callejuelas angostas y saturadas. Por otra parte, aunque me da pena decirlo por los colegas que tanto se esforzaron por ser nuestros anfitriones, el único edificio del centro que me llamó la atención fue el de su gran catedral, con almenas alrededor de la nave y con su amplísimo patio digamos que “amurallado”. Muralla y almenas que le dan al notable edificio un aspecto muy similar al de los primeros “conventos-fortalezas” que construyeron los entusiastas misioneros franciscanos durante los siglos XVI y XVII, para defenderse de los indígenas belicosos que no habían sido aún cristianizados. Pero, más al rato, luego de almorzar, nos trasladaron a una especie de “concha acústica” (o teatro casi al aire libre), para escuchar una magnífica conferencia dictada por Robert H. Cobean, Doctor en Antropología por la Universidad de Harvard e investigador de la Dirección de Estudios Arqueológicos del INAH, quien ya para entonces tenía casi 30 años de estar explorando el área donde están los edificios del recinto ceremonial de Tollan-Xicocotitlan.

Aun con su acento gringo, el doctor Cobean nos explicó, en muy buen castellano, que la ciudad prehispánica de la que tanto he venido hablando, tuvo, entre el 1100 y el 1150 (su época de mayor esplendor), de 16 a 20 kilómetros cuadrados de extensión, muchos barrios y varios miles de habitantes.

Más al rato, fuimos llamados a subir nuevamente a los autobuses y, en apenas un poco más de los 20 minutos, ya íbamos acercándonos a la cima de un cerro no muy alto que está cerca de allí.

Los grandes vehículos se estacionaron sobre una preciosa calzada bordeada de mezquites y pirules. Los integrantes del grupo de apoyo nos condujeron, primero, por un bonito sendero enladrillado y, luego, por una larga escalinata, hasta un interesante museo de arte tolteca, en donde nos brindaron algunas explicaciones más y, casi enseguida, agrupados en secciones de cuarenta compañeros (y con un guía para cada grupo), nos fuimos adentrando en el hermoso Parque Nacional de Tula, donde prevalecen plantas del semidesierto, y en donde pudimos ver unos ominosos letreros: “No se salga de los senderos porque aquí abundan las víboras coralillo y los crótalos o serpientes de cascabel”.

Debo admitir, en descargo de los organizadores, que la mayoría de los cronistas y acompañantes nos mostramos desobedientes y ansiosos, porque los grupos se deshicieron, y cada cual se fue por donde quiso hacerlo, respetando, eso sí, la advertencia sobre las víboras y los coralillos.

Antes de subir a las pirámides vi a Toño Magaña y a Roberto George, caminando sin sus mujeres. Mientras que la mía iba junto a la de Pepe Salazar, quien, habiéndose puesto muy listo, se incorporó al grupo que guiaba el Dr. Robert H. Cobean, para interrogarlo, tal vez, o para disfrutar las explicaciones que, gozoso, iba dando sobre la marcha.

En el trayecto volví a coincidir con Miguel Chávez Michel, pero también lo dejé atrás, y en el apuro por sumarme al grupo que guiaba el eminente arqueólogo, no recuerdo haber visto al resto de los compañeros colimotes.

Caminamos aproximadamente unos 800 metros y, cuando llegamos hasta la primera explanada y comenzamos a ver los restos de las antiguas pirámides y los edificios y templos anexos, las charlas se detuvieron en seco para producir los “¡Oh!”, los “¡Ah!, los “¡Mira nada más!” Y otras exclamaciones admirativas que promovieron en nuestros ánimos aquellas extensiones cubiertas de altas y gruesas columnas; el enorme juego de pelota; el “Templo Quemado”; la indudable plaza del tianguis y, por supuesto, las dos muy altas pirámides que dominan el poderoso conjunto arquitectónico.

Sin despegarnos del Dr. Cobean, trepamos por una de las empinadas escaleras a una de esas dos pirámides, quedando inmediatamente asombrados por el paisaje que desde ahí se percibe, y que nos mostraba, por el norte, la silueta de un cerro muy largo que en uno de sus extremos tiene la figura de un seno de mujer; por el oriente una gran planicie cubierta de matorrales y plantas del semidesierto; y por el sur y el poniente, dos o trescientos metros más abajo que el nivel de dicha cima, la Tula del siglo XXI, como avergonzada de no poder exhibir el esplendor que hace mil año tuvo la original.

Íbamos, por supuesto, “respirando grueso” después de subir tantos escalones. Y tal vez por esa misma causa nos quedamos algunos minutos sin hablar, esforzándonos para “recuperar el resuello”. Pero, en uno de aquellos instantes, un compañero le preguntó al investigador del INAH por qué él había insistido en sus charlas en denominar al “Tollan-Xicocotitlan”. Y él, levantando su brazo izquierdo, nos señaló el cerro que les acabo de describir, diciéndonos que es un cerro de origen volcánico, al que actualmente nombran Jicuco, pero que “antes fue Xicococ, de donde deriva Xicocotitlan”. De modo que cuando los antiguos decían “Tollan-Xicocotitlan”, estaban diciendo: “Tula, la que está junto al [cerro] Xicococ”. Habiendo cobrado así un mayor sentido algo que tiempo antes me había tocado leer, y que decía que, al parecer en 1940, uno de los arqueólogos andaba precisamente en busca “de la mítica Tula”, había llegado a la conclusión de que si en algunos documentos llevaba el nombre de Tollan-Xicocotitlan, tal vez podría ser porque implicaba una referencia geográfica. Por lo que, según eso, se trasladó a la ciudad actual, en donde luego de haber realizado algunas indagaciones, tomó nota de que a al cerro que les comenté, “le decían Jicuco, y que podría haber sido, Xicococ”. Por lo que, entusiasmado, comunicó su descubrimiento, y él otros arqueólogos continuaron su búsqueda ya mejor orientados, hasta que felizmente dieron con unas lomas muy singulares, de aspecto casi geométrico que, al parecer ya habían sido exploradas antes, y que tras ser despojadas de la tierra y la vegetación que las cubría, resultaron ser estos extraordinarios edificios.

No hubo posibilidad, sin embargo, de corroborar esto con el experto, y tuve que dejar las cosas en ese punto. Pero, unos minutos después, al estar ya sobre la cúspide de la gran pirámide en donde se hallan los monumentales “Atlantes”, no pude menos que guardar silencio ante la magnificencia de aquellas esculturas milenarias de 4.60 metros de altura, y observar, después, y no sin sorpresa, que esa pirámide guarda, respecto al cerro que les comento, casi la misma relación geográfica que guardan  las cúspides de los centros ceremoniales de La Campana y de El Chanal respecto al (también cónico) Volcán de Colima. Relación que, según admiten algunos de los arqueólogos que han estudiado los dos sitios colimotes (y que yo comparto), no se puede entender como una pura y simple coincidencia, sino, más bien, como el resultado de una búsqueda intencionada que aquellos magníficos constructores hicieron para cimentar después los adoratorios en que honraban a sus dioses.

EL AGUA Y OTROS INTRIGANTES DETALLES. –

En el capítulo anterior, al comentarles sobre el sitio arqueológico de “La Quemada”, en el municipio de Villanueva, Zacatecas, les dije que me pareció un pueblo pre-tolteca, y que el gigantesco salón en donde todavía hay unas enormes pilastras de piedra laja podría ser el precedente de una técnica constructiva que, ya perfeccionada, se utilizó también en Tula. Y tal afirmación la hice porque nuestra visita a esta última ciudad fue realizada un año antes que al sitio zacatecano, y llevaba yo, todavía muy frescas, en mi mente, algunas de las imágenes que ustedes podrán ver en las fotos anexas.

Y estando en la cima del cerro de La Quemada, igualmente les comenté: “Me preguntaba por el agua, pero allí muy cerca [está…] la corriente del Río Juchipila. Así que nada nos cuesta entender que sus antiguos moradores saciaron su sed allí, y cultivaron las orillas humedecidas por sus aguas”. Cosa que asimismo observé al estar sobre las pirámides de Tula, por cuanto que el río del mismo nombre discurre junto a la base del cerro en donde la ciudad se halla.

Respecto a los colosos de piedra que en Tula fueron también pilares, hay quienes afirman que “se trata de representaciones de guerreros toltecas, ataviados con un pectoral de mariposa, átlatl, dardos, un cuchillo de pedernal y un arma curva” de la que no se sabe ni su nombre ni su función. Pero, al observar que están tan estilizadas esas esculturas, no han faltado quienes afirmen que son representaciones de unos “gigantes extraterrestres” que habrían visitado a los toltecas, y les enseñaron algunas técnicas. Gigantes alienígenas a los que los moradores de Tula habrían considerado dioses.

Y aunque no quiero creer en eso y me niego a meter en el terreno de las especulaciones, no dejo, sin embargo, de manifestar mi asombro al ver que esas enormes columnas, cuyo material -dicen- es el basalto, hayan podido ser labradas con supuestos y primitivos “cinceles de piedra”.

Desconozco, además, la geografía del estado de Hidalgo, pero sabiendo que, en el municipio de Huasca de Ocampo, situado conforme a un mapa del estado a unos 80 o 0 kilómetros en línea recta de Tula, hay, todavía, unos famosos “prismas basálticos”. Se me hace muy difícil creer en la posibilidad de que las piedras en las que fueron esculpidos los famosos hayan sido transportadas (¿a pie?) desde tan lejano sitio. Siendo que de por sí ya constituyó una hazaña el hecho de llevarlas hasta la cima del templo en donde finalmente quedaron.

¿Cómo hicieron, pues, para cincelarlas y desde dónde fueron llevadas hasta la cúspide de la pirámide más alta de Tula?

En este mismo contexto, viendo un mapa de las inmediaciones de la muy antigua ciudad, me llamó muchísimo la atención que, no demasiado lejos de allí, existen algunos pequeños pueblos que se llaman Xochitlán, Sayula, Atengo, Tepetitlán y Alpuyecan, entre otros. Nombres que inmediatamente asocié nuestro Suchitlán, del municipio de Comala; con el Sayula y el Atengo del Sur de Jalisco; con El Alpuyeque, del municipio de Colima, y con el desaparecido pueblo de Tepetitlán (o Tepetitango) que en nuestra región existió entre los actuales linderos de los municipios de Coquimatlán y Manzanillo. ¿Puras coincidencias también? O ¿pruebas indirectas de que, como se dijo antes, los toltecas pasaron por nuestra región, fundaron ciertos pueblos, y dieron pie para que sus descendientes, al crecer en número, se dispersaran de los originales y fundaran otros?

Continuará.

PIES DE FOTOS. –

  1. Cronistas de Colima y esposas, posando en Atlitalaquia, ciudad muy cercana a Tula, donde “La Tira de la Peregrinación” apunta que vivieron también los aztecas, entre los años 1216 y 1225.
  2. A reserva de equivocarme, creo que los restos arqueológicos de La Quemada (en la foto), podrían ser los antecedentes de las construcciones de Tula. Aparte de que la vegetación y las condiciones topográficas de ambos sitios se parecen muchísimo.
  3. De conformidad con lo que algunos arqueólogos afirman, el nombre de este cerro (Jicuco = Xicococ) fue el que les dio la pista para encontrar a la antigua Tula.
  4. Admitiendo como cierta la cronología que el INAH suele manejar entre sus expertos, la cultura tolteca, fue posterior a la teotihuacana, pero coincidente (en su fase final) con el inicio, o el surgimiento de la cultura azteca.
  5. En cuanto a mí concierne (y admitiendo mi ignorancia el tema), no puedo entender cómo es que los toltecas pudieron esculpir, ¡con “cinceles de piedra”! tan perfecta y estilizadamente, estas grandiosas esculturas.
  6. Algunos arqueólogos afirman que, ya para irse de Tula, sus habitantes decidieron incendiar lo que dejaban atrás, como apreciaron al estudiar esta enorme estructura, a la que llaman “El Palacio Quemado”.

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