Abelardo Ahumada

VISLUMBRES

Capítulo 48

Abelardo Ahumada

El epílogo de esta larga historia está por llegar, y en la defensa que traté de hacer sobre los datos que el profesor Ignacio Navarrete dio a propósito de “la Guerra del Salitre”, dije que “él no inventó el meollo de este otro tema, sino que lo tomó, tal vez sin mucho cuidado, de una o más fuentes que tuvo a la vista y que no referenció, y que con el tiempo (quizá) un día desaparecieron, como han desaparecido tantísimos otros documentos incluso de nuestras propias familias”.

Hablando sobre ese asunto, el profesor José Manuel Almaguer, mi compañero también de la Sociedad Colimense de Estudios Históricos, me envió un recado diciendo: “Yo leí un libro escrito en Roma por el historiador jesuita Andrés Cavo, en el que menciona los nombres de Tangaxoan Bimbicha” (…) “cazonci de Mechoacan”, y del general “Vehechilze o Wichilze” con idéntica ortografía”.

¿Andrés Cavo? Jamás había yo oído hablar de él, así que, motivado por la pista que me brindó mi amigo, me puse a investigar y descubrí que Andrés Cavo Franco nació en la Guadalajara, el 13 de febrero de 1739; estudió la carrera sacerdotal; fue ordenado en 1760, estuvo como misionero en la Sierra del Nayar y fue uno de los jesuitas que, en 1767, junto Francisco Xavier Clavijero y muchos otros más, salieron expulsados de la Nueva España por una orden del rey Carlos III. 

Desde Veracruz viajó hasta Italia, en donde, estando precisamente condición de exiliado, se puso a escribir varios libros, entre los que tuvo uno al que originalmente tituló “Los anales de la Ciudad de México, desde la conquista española hasta el año de 1766”, y que, por alguna razón no explicada, nunca llevó a la imprenta. Habiendo fallecido allá mismo en 1803.

Unos 30 años más tarde, don Carlos María de Bustamante, famoso historiador oaxaqueño, amigo al parecer de un hermano del padre Cavo, y de un obispo llamado Joaquín Madrid, recibió una copia manuscrita de los dos tomos que el historiador jesuita había dejado preparados y, viendo lo valiosos que eran, decidió agregarles un tomo más, y los publicó, en 1836, ya con el título “Los tres siglos de México durante el gobierno español, hasta la entrada del Ejército Trigarante”.

Obra, pues, sumamente valiosa para conocer toda esa época, pero que, habiendo iniciado con el  sitio de México Tenochtitlan, la captura y tortura de Cuauhtémoc y la transformación de Cortés en el primer gobernante español que hubo en esta parte del mundo, comenta asimismo que, al enterarse de todos esos acontecimientos en Mechoacan, el ya mencionado “Vehechilze” decidió realizar una visita al conquistador, que por esos días estaba habitando en Coyoacán, y que, casi inmediatamente después, “Tangáxoan Bimbicha” hizo, por decirlo de algún modo, una visita de estado también al conquistador. Como lo confirmó el mismísimo Hernán Cortés (aunque sin mencionar los nombres de sus visitantes) en una de sus “Cartas de Relación”.

Lo que quiero resaltar en este capítulo del padre Cavo no es que haya transmitido esa noticia por otros medios también sabida, sino que haya utilizado la misma ortografía que para esos nombres utilizó, alrededor de un siglo después, el profesor Navarrete. Hecho nada fortuito que me sirve para apuntalar la idea de que, aun cuando él tampoco las haya citado, hubo otra u otras fuentes documentales a las que también él tuvo acceso, y que tal vez se perdieron después.

Y como un detalle que puede significar mucho o nada en el análisis que estamos realizando, quiero mencionar que tanto el padre Cavo como el profesor Navarrete nacieron en Guadalajara, y que Navarrete lo hizo en 1837, un año después de que Bustamante diera a la luz también la obra del padre Cavo.

Y en cuanto a que hubo fuentes que se perdieron, me parece muy importante señalar que cuando el jesuita tapatío escribió el Prólogo de su libro se lamentó de un  hecho muy similar, refiriendo que, un día, cuando los primeros procuradores que envió Cortés a España llevaban su primera “Carta de Relación” y muchas muestras de oro, plata, plumería y otras riquezas de la Nueva España: “Cortés con sus soldados, movido de religión como otras veces había hecho, declaró la guerra a los ídolos de los mexicanos; y con este pretexto aquellos hombres ignorantes, destruyeron a sangre y fuego todo lo que juzgaban tenía alguna relación a las supersticiones de aquellas naciones. Entonces los códices mexicanos, apreciables así por las materias de que trataban, como también por la lindeza, y colores con que estaban pintados, fueron pábulo del fuego, y si algunos individuos de aquellas naciones, amantes de sus ritos, historias y ciencias no hubieran ocultado algunos, a riesgo de perder quizá la vida, careceríamos de estos monumentos. Pérdida que los literatos lloran, por el detrimento que aquellos conquistadores con celo de piedad causaron a las artes y ciencias, particularmente a la historia natural, y astronomía en que se señalaron los mexicanos”. Etc. 

Testimonio que me permite seguir considerando que hubo fuentes que contuvieron los interesantes datos que Navarrete transcribió, y de los que no hubiéramos sabido nada si él, pese a todo el descuido que tuvo de no citar las fuentes, no los hubiera transcrito o copiado.

En ese sentido, pues, y no creo que haya sido por menos, el también muy famoso historiador tapatío, don Luis Pérez Verdía, escribió (ya en 1910) lo siguiente respecto a la obra de Navarrete: 

“Tiene el mérito de haber sido el primero que ha dado un cuadro completo de los acontecimientos ocurridos en el Estado (de Jalisco) desde la Conquista hasta 1873”. (Aunque …) por desgracia está llena de errores”.

Con esa advertencia, entonces, reconozcámosle su mérito a Navarrete y tengamos algún cuidado para no incurrir en nuevas erratas. Pero una vez hecha esta otra precisión, vayamos ahora sí a conocer (o a recordar) …

LOS TESTIMONIOS DE LOS ANCIANOS DE AMOLE. –

Aun cuando se esforzaron en desacreditar “la teoría de la Confederación Chimalhuacana”, ni Muriá, ni ningún otro de los arqueólogos e historiadores que participaron en la preparación y en la redacción del primer tomo de la (nueva) “Historia de Jalisco”, negaron o refutaron la descripción que el profesor Navarrete hizo sobre “la Guerra del Salitre” y se conformaron con asegurar que no hubo pueblos en la región que se unificaran para combatir al enemigo común de todos, que fue el ya referido ejército michoaque. Pero ahora quiero insistir en la idea de que afortunadamente contamos con los testimonios que un buen número de ancianos tecos, michoaques y al parecer otomíes, expresaron acerca de ése y otros eventos, entre 1579 y 1581.

En otro capítulo dije que por disposición de Felipe II, y a sugerencia del Real Consejo de Indias, en 1577 se elaboró un extenso cuestionario de 50 preguntas, que se mandó aplicar a todas las alcaldías y corregimientos de la Nueva España. 

Las comunicaciones no eran, en aquellos años, rápidas o expeditas, por los que las copias que se imprimieron en algunos casos no llegaron siquiera a sus destinos, o llegaron, pero no se aplicaron, o llegaron y se aplicaron hasta dos, tres o más años después. Debiendo yo señalar que, tal y como me lo expresaron de viva voz el padre Florentino Vázquez Lara, el profesor Genaro Hernández Corona, y el director del Archivo Histórico del Municipio de Colima, Dr. José Miguel Romero de Solís, NO HAY, NO SE CONSERVA, O NO SE HA PODIDO HALLAR NINGUNA DE LAS “RELACIONES” QUE COMO RESULTADO DE LA APLICACIÓN DE DICHO CUESTIONARIO, SE HUBIESEN PODIDO TENER DE ALGUNOS DE LOS PUEBLOS DE LA JURISDICCIÓN ACTUAL DE COLIMA, pero sí varias de los pueblos de los alrededores, que de algún modo nos dan idea de lo que también sucedió aquí, y que por la importancia de sus contenidos habré de sintetizar aquí para ustedes.

Pero como son muchas esas relaciones, y sería muy enfadoso detenerme en la descripción de cada una de ellas, voy a servirme de las que se refieren a “La Provincia de Amula”, para ejemplificar con ellas el procedimiento general que se siguió para conseguir las demás. Y por eso me detendré un poco más en ellas, y abordaré ya muy ligeramente las otras, pero no sin invitarlos a ustedes a que, si tienen curiosidad, las revisen después por su cuenta a fondo, pues son una mina de datos que le pudieran también interesar.

“La Provincia de Amula”, como dije antes, correspondió poco más o menos con los actuales pueblos del Llano Grande del Sur de Jalisco, y según los redactores del documento, “partía términos (era colindante) con la de Colima” por el norte y por el occidente, y se extendía desde poco más o menos las faldas occidentales del Nevado hasta llegar casi hasta Cihuatlán, abarcando una buena parte de lo que hoy se conoce como la Sierra de Manantlán.

Y respecto al procedimiento que se siguió para aplicar allí el cuestionario del Real Consejo de Indias, y obtener las “relaciones” que resultaron de su aplicación, cabe señalar que, según lo notificó el “escribano nombrado (…) Bonifacio Martínez”, fue el 22 de agosto de 1579 cuando llegó a manos del “señor Alcalde Mayor (…) don Francisco de Agüero” un paquete en el que iban el cuestionario que acabamos de mencionar, y las instrucciones que llevaba para aplicarlo. Y que de todo eso levantó acta, estando “en presencia de mí (como…) testigos juramentados (…) según forma de derecho (…) Juan Bautista de Orozco, Juan Martín, e Cristóbal Gómez, españoles estantes al presente en dicha provincia”.

Todo eso antes de señalar que “el 4 de septiembre de 1579 (…) estando presentes Alonso Lucas e don Juan Bautista, alcaldes, e los demás principales deste dicho pueblo, se les mandó que digan e declaren (cuáles de) los indios (…) más antiguos en dicho pueblo, puedan dar verdadera relación de lo contenido en dicha Instrucción”.

A lo que “dijeron y declararon, mediante Juan de Acuña, indio ladino en la lengua mexicana y castellana, que la dicha relación la podrían hacer don García Padilla e don Baltasar (equis, pues no se menciona su apellido), indios principales e antiguos e hijos de los señores antiguos de esta provincia“.

Por lo que dicho alcalde “mandó comparecer a los susodichos, los cuales, mediante el intérprete, prometieron decir verdad de todo lo que supieran sin fraude”. Declarando, para empezar, que la suya era “la provincia de Amole y no de Amula, porque los españoles tienen corrupto el vocablo”. Y que el amole “es una raíz que en ella hay (…) con la que lavan ropa (…) y hace mucha espuma, como jabón”. Y que “el capitán que en esta provincia había antiguamente, se llamaba Amole, por causa de que cuando” se enojaba y peleaba en la guerra “echaba mucha espuma por la boca” …

Me voy a brincar las respuestas de las trece primeras preguntas para mencionar que al llegar a “la catorcena, dijeron y declararon que, antiguamente, en su gentileza” (cuando eran gentiles o no bautizados, quiere decir), gobernó a sus ancestros “un señor llamado Xiutlequtle”, al parecer muy longevo, porque habiendo él reinado – así dicen- “setenta y cinco años, poco más o menos (…) el Cazonci entró con su gente en esta dicha provincia y lo mataron”.

El testimonio que don García expuso fue corroborado por don Baltazar, y nos habla de que ellos sabían muy bien que el Cazonci entró a su tierra y mató a su gobernante. Pero su información no se detuvo allí, sino que, pese a lo corta y vaga que fue, todavía añadieron que: “Dicho Cazonci puso tres capitanes en esta provincia”, de los que no sabían o recordaban sus nombres, pero que, una vez vuelto el Cazonci a sus tierras, los capitanes se tuvieron que pelear con los habitantes de la provincia que no fueron sometidos, y que, para defenderse, e intentar repeler el ataque de los rebeldes, se “recogieron (o replegaron) en un pueblo de pocas casas que estaba” junto del suyo. Donde “estuvieron peleando con los demás pueblos, hasta que murieron”. Y que el señor que después de Xiutlequtle se quedó con el mando en Zapotitlan, se llamaba Teuqutlate Quemi, quien gobernó durante sólo un par de años, y al que sucedió “Mázatl, que quiere decir venado” … “padre de este declarante” (se refiere a don García), quien a su vez gobernó “hasta que vinieron los españoles y más adelante, ocho o diez años”.

Si nos ponemos, entonces, a hacer las cuentas, y restamos los aproximadamente doce años que gobernaron en Zapotitlan sus dos últimos gobernantes autóctonos, vemos que la información que brindan sobre la última entrada del Cazonci y su gente a la provincia de Amole, coincide, también poco más o menos, con el año de 1510 que mencionó el profesor Navarrete.

SEÑALES DE LA ORGANIZACIÓN POLÍTICA DE LA PROVINCIA DE AMULA. –

Don García y don Baltazar explicaron a sus entrevistadores que Zapotitlan era una muy nueva cabecera de dicha provincia, porque cosa de cuatros años antes, y debido a epidemias, guerra y otras causas, el pueblo de Amole se quedó casi sin gente, y que, motivados por eso decidieron congregarse en ese otro nuevo sitio varios de los habitantes de los pueblos que se habían quedado casi vacíos. No obstante lo cual,  en virtud que los de Amole habían tenido el mando, de sus autoridades dependían en esa fecha, varios otros pueblos más, a los que, según su decir “tenían sujetos”, y que eran: Copala, Toliman, Teutlan, Tozini (o Tocinique), Mazatlan, Tetlapani (o Tetapan), Xoquilpa (o Jiquilpan), y ya entonces “San Jerónimo y San Gabriel”, que serían los dos primeros pueblos de la región bautizados con nombres de santos.

Todos esos pueblos (algunos con sus nombres ligeramente cambiados) siguen existiendo en nuestros días, y lo mismo sucede con Tuxcacuesco, que fue descrito en este documento como la “segunda cabecera de esta provincia”, y de cuyos informantes tendremos que hablar en el próximo capítulo.

PIES DE FOTO. –

1.- En este libro, escrito en Roma hacia finales del siglo XVIII, se anotaron los antiguos nombres de Tangaxoan Bimbicha” y “Vehechilze o Wichilze”, con la misma ortografía con la que un siglo después los anotó el profesor Navarrete.

2.- Mapa de la Provincia de Amula que, de conformidad con las descripciones del siglo XVI, levantó la Dra. Isabel Kelly.

3.- El 4 de septiembre de 1579, se procedió a aplicar, en Zapotitlán, el cuestionario del Real Consejo de Indias, “a dos indios principales e antiguos” del entonces recientemente desaparecido pueblo de Amole. Foto de 2006.

4.- Lo mismo ocurrió, días después con dos ancianos de Tuxcacuesco. Esta foto del vado del Río Tuxcacuesco, a la entrada sur del pueblo, la tomé una tarde de abril o marzo de 2013.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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