Rogelio Guedea

En el escenario político local empiezan las piezas a ocupar, nuevamente, sus lugares. Luego de las lecciones extraordinarias del pasado enero, las dos fuerzas políticas de mayor representatividad en el Estado (PRI y PAN) entraron en una fase de (ríspido) reacomodo. El PRI, pese a un sector reacio y desilusionado de su militancia, la ha tenido más fácil pues ha aprovechado no sólo el liderazgo del actual gobernador (Nacho Peralta) sino también la verticalidad de la rienda presidencial para alinear de un manotazo cualquier intentona de desestabilización por parte de los priistas inconformes. El PRI es de ascendencia despótica y esto le ha resultado, al menos, para mantener a raya a sus posibles revoltosos.

El PAN, por el contrario, al no tener una mano dura (ni a nivel estatal ni a nivel nacional), corre el riesgo de que sus diferentes grupos, grupúsculos y grupusculillos (ahí están, por ejemplo, los que azuza el mismo Pedro Peralta, a quien se le acusa de ser el más priista de los panistas) conviertan a este importante instituto político en un delicioso manjar para el PRI. Para decirlo más gráficamente, si los priistas colimenses no se alinean al gobernador Nacho Peralta así se las verán con la dirigencia estatal beltroniana, primero, y luego con la nacional, incluidos contra varios nombres del gabinete peñanietista. Los panistas, en cambio, no tienen todavía un líder de manada que los enfile en una misma dirección y les haga ver, por fin, la oportunidad histórica que tiene este instituto político de darle un vuelco a la política estatal. Jorge Luis Preciado podría muy bien serlo, pero para ello tendría que transcender la secretaría general panista y arribar a su dirigencia, lo que provocaría un reajuste de liderazgos tanto a nivel estatal como municipal.

Mientras más se impida esta toma de timón, más difícil será unificar al panismo local para las elecciones de 2018, pues en cada municipio brotarán militantes que se sentirán con méritos de portar la heroica estafeta, lo que derivará en un panismo desunido, atomizado y sin rumbo. El que eche un vistazo a los medios de comunicación se dará cuenta de que el instituto político que más conflictos internos ha tenido al día de hoy es el PAN, mientras que el PRI sólo muestra refunfuños o maldiciones entre dientes de militantes que no se atreven realmente a salirse del guacal.

El PAN tiene todo (ocho municipios y la mayoría del Congreso) para controlar el destino político y social del Estado, pero el PRI se lo comerá de no postular a una dirigencia estricta (no tiránica, sino estricta) que ponga fin a los que, sin mayores méritos, se siente dueños o franquiciatarios de este partido. Si el PRI ha sacrificado (incluso hasta degradado) a cuadros importantísimos dentro de su partido sólo para no perder su estabilidad interna, no hay razón para que la primera fuerza política del estado (el PAN) no lo haga, a menos que haya decidido no mirar más su porvenir.

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