Rogelio Guedea

A casi un mes de que el PRI ganara las elecciones en Colima, convirtiéndose en la única fuerza política que ha gobernado ininterrumpidamente esta pequeña entidad por más de 86 años, los saldos arrojados hasta ahora acusan un inevitable comentario no sólo por lo que significan para este nuevo sexenio sino, sobre todo, porque en ellos podrá atisbarse la mecánica priista para las próximas elecciones.

Como se sabe, en Colima hubo dos elecciones: la ordinaria, que ganó por poco más de quinientos votos el candidato priista José Ignacio Peralta Sánchez contra su más cercano adversario, Jorge Luis Preciado, y que fue anulada en virtud del intervencionismo del Estado, y la extraordinaria, que ratificó el triunfo de Peralta Sánchez a la luz siempre de la sospecha de un fraude electoral.

Por primera vez en la historia, el panismo logró hacerse del Congreso del Estado y de ocho de los diez municipios que conforman la localidad, borrando prácticamente al PRI del mapa electoral.

Sólo un fraude electoral, reconocido a todas luces por los ciudadanos que vivieron de cerca el pasado proceso electoral del 17 de enero, pudo hacer que el PRI retuviera la gubernatura, que hoy cumple casi un mes bajo el mando del priista Peralta Sánchez.

Pero ¿cuál es la situación al día de hoy tanto de la fracción priista en el gobierno como de un panismo que estuvo cerca de cumplirle a la sociedad colimense el anhelo de la alternancia política y democrática?

Con respecto al PRI, lo más visible ha sido que el mandatario estatal, Nacho Peralta, como se le conoce, empieza a abrir una enorme brecha entre lo que prometió en campaña y lo que empieza a ser su personal estilo de gobernar. Para decirlo en términos coloquiales: no ha cumplido ninguna de sus promesas de campaña hasta ahora. Prometió, por ejemplo, que tendría un Gabinete bien equilibrado de hombres y mujeres, y no fue así. Afirmó, además, que en su Gabinete estarían los mejores, y en realidad privaron más los compromisos políticos que la meritocracia profesional.

Dijo que no se correría a nadie de sus empleos, que sería su responsabilidad velar por el futuro de la ciudadanía, y hace unos días se anunció el despido de casi mil quinientos trabajadores. Dijo que investigaría y encarcelaría a los causantes reales de la millonaria deuda que azota al Estado, y al día de hoy no se ha pronunciado al respecto. Prometió que los colimenses vivirían seguros, y la violencia relacionada con el crimen organizado se ha exacerbado sin que todavía se tenga una clara estrategia de seguridad. Etcétera, etcétera.

En una suerte de limbo y somnolencia se encuentra, a este día, la gestión del gobernador José Ignacio Peralta Sánchez, frente a una población que se siente usada y descaradamente engañada.

Con respecto al PAN, lo evidente es que este instituto político está a punto de perder su liderazgo en el estado de no caer en la cuenta real de que sin unidad y sin rumbo no podrá convencer a la población de que se han convertido en la primera fuerza política de la entidad. Lleno de traidores lanzados en pos de un interés puramente personal, el PAN en Colima corre el riesgo de desmoronarse de no haber un líder (estatal, nacional) que lo ponga a trabajar en un objetivo común.

El único que podría conciliar estas inercias divergentes es, en este momento, el ex candidato a la gubernatura Jorge Luis Preciado, cuyo capital político pesa todavía en el Estado, pero tiene que hacerlo ya antes de que ese capital político sea disuelto entre las manos de otros militantes que ansían dicho liderazgo.

El PRI y el PAN en Colima, pues, tendrán que reconsiderar sus fortalezas y debilidades porque ello nos arrojará en quién recaerá en los próximos tres meses la gobernanza del estado y, por supuesto, el perfil que tendrán las elecciones de 2018, en donde veremos si el PRI (ahora sin el Congreso del Estado y sin ocho municipios) se recupera del tremendo descalabro que le dejó la pasada jornada electoral.

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