VISLUMBRES

Abelardo Ahumada

Si exceptuamos a las ceremonias cívicas obligatorias de los planteles escolares y a los desfiles deportivos tradicionales que cada vez se miran más vacíos de “contenidos patrios”, casi podríamos dar por muertos los conceptos que sirvieron para conmemorar el inicio de la Revolución Mexicana. Gesta popular de la que cada vez menos información tienen los políticos y los gobiernos del siglo XXI, a los que vemos repetir, como pericos ignorantes del significado de lo que hablan, gastados y mal hechos discursos que, en vez de redactar, copian y pegan desde las páginas de la Internet (mediante avanzadísimos smarthphones), sus muy modernos asesores.

Aunque este olvido casi generalizado no es algo que me asuste, porque inclusive es algo lógico tomando en cuenta el tiempo que ha pasado desde entonces, sí debo mencionarlo porque los ideales que los revolucionarios enarbolaron sirvieron para orientar los sucesivos gobernantes que nuestro país tuvo, al menos desde mediados de los años treinta hasta mediados de la década de los ochenta, cuando desde los más modestos alcaldes para arriba, y los grandes y pequeños líderes del partido oficial se llenaban la boca con los “principios revolucionarios”, al pronunciar los discursos del 20 de Noviembre y otras grandes fechas del calendario cívico escolar, propiciando (debo reconocerlo) que una gran parte de los ciudadanos de todo el país comulgara con ellos y viera a ese partido no sólo como dueño de los colores patrios y sus diversos significados, sino como la encarnación viva de la “revolución actuante”.

Dichos conceptos, sin embargo, no sólo se fueron diluyendo en la mente de los políticos de nuevo cuño, sino que, por la muy mal hecha Reforma Educativa de 1972, ya casi ni entraron en las mentes de los niños mexicanos, porque la mismísima SEP decidió, ese año, contrariando inclusivo el impulso ideológico que movía al presidente Luis Echeverría, desaparecer de las aulas la enseñanza directa del Civismo y  la Historia de México (junto con la Historia Universal), para “modernizar el conocimiento a través de la enseñanza por áreas” (y no “por materias”), como le dijeron pomposamente entonces, a través del estudio global de las Ciencias Sociales. Entre cuya vastísima información se difuminaron las referencias netamente históricas. Propiciando con ello que, durante los veinte años que duró la aplicación de tal proceder, los alumnos que cursaron la educación primaria y secundaria sólo pudieron recibir brevísimas cápsulas de la historia de México.

Todo ello sin agregar aún el dato de que el propio discurso oficial se fue apartando “de la revolución y sus logros”, a partir de que el presidente Miguel de la Madrid Hurtado inició su errático sexenio, plegándose a los dictámenes que, acogotado por la deuda pública, para su gobierno emitían desde Wall Street y desde el Fondo Monetario Internacional, forzándolo a reducir la intervención del estado en la economía del país, y obligándolo a seguir las políticas macroeconómicas por su parte impulsaban el presidente Ronald Reagan y la Reserva Federal de los Estados Unidos.

EL “NACIONALISMO REVOLUCIONARIO” Y EL GRAN VIRAJE QUE DIO. –

El hecho de comentar todo esto no nace del propósito de “manchar la memoria” o “echarle tierra” al sexenio de nuestro paisano Miguel de la Madrid, sino de referir nuestra historia cercana con la mayor objetividad posible y, en este sentido vale la pena comentar que aun cuando durante su toma de protesta, el presidente MMH, como gran orador que era, pronunció un vehemente discurso en el que puntualizó que su guía y regla sería “el régimen jurídico nacido de la Revolución Mexicana” y que no habría de “plantear nuevas doctrinas, porque tenemos la que legitima nuestra historia”, en cuanto comenzó realmente a gobernar, lo hizo bajo las directrices que aquellas grandes instituciones bancarias le impusieron, y con las doctrinas económicas y macroeconómicas que había aprendido en Harvard, olvidando los ideales revolucionarios que según eso lo impulsaban.

Y la mejor muestra de todo ello fue, sin duda, la inmediata devolución de los bancos “nacionalizados” por José López Portillo a sus antiguos propietarios (y a nuevos banqueros-políticos que aprovecharon la racha), y la “reprivatización” de algunas de las más grandes empresas paraestatales, que un sexenio después culminaría el chaparrito Salinas.

En ese discurso inicial que menciono, De la Madrid todavía se atrevió a decir que él y sus colaboradores actuarían “bajo el principio de rectoría de Estado y dentro del régimen de economía mixta que consagra(ba) la Constitución General de la República”, pero las únicas empresas estatales que no se atrevió a privatizar fueron Pemex, la CFE, Telmex, los Ferrocarriles Nacionales, y una que otra por ahí, de las que se consideraban todavía “estratégicas”. Disimulándolo tamañas acciones en un discurso que aun cuando seguía hablando del “Nacionalismo Revolucionario”, estaba impulsando a las mismísimas “fuerzas vivas del Partido Revolucionario Institucional” al olvido de su herencia política, para que su sucesor pudiera “incrustar a México en una economía de mercado”. Como de hecho ocurrió.

SALINAS, EMILIANO Y LOS EJIDATARIOS. –

En una de las múltiples entrevistas que Carlos Salinas de Gortari dio todavía como candidato presidencial declaró a su vez que él estaba tan interiorizado con los “principios revolucionarios” que no conforme con haber escrito su tesis de licenciatura sobre la participación política en el campo, puso a uno de sus hijos el nombre de Emiliano, en recuerdo precisamente de Zapata, el gran revolucionario que luchó por el reparto de la tierra. Pero lo cierto fue que, ya como secretario de Programación y Presupuesto, se convirtió en uno de los más conspicuos miembros del gabinete delamadridista que más y mejor impulsó el proceso de reprivatización de las empresas paraestatales. Habiendo sido ése el motivo por el que los candidatos presidenciales de la oposición (Heberto Castillo, Rosario Ibarra de Piedra y Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano) le dirigieron durísimas críticas como entreguista.

Colateralmente, y muy enfocado con el tema que hoy estamos tocando, Carlos Salinas de Gortari decretó que los ejidatarios ya no eran “sujetos de crédito”, iniciando con ello la privatización de los ejidos, y ubicó al PRI, todavía como su candidato presidencial, como un partido “de Centro-Izquierda, abandonando la ideología revolucionaria que lo había caracterizado y que, pese a ser “un partido de estado”, sin ser extremo como el ruso o el chino, solía decirse que era de izquierda, y tenía tratos con otros de muy parecida ideología a través de un organismo ideológicos que desde finales del siglo XIX se conoció como “la Internacional Socialista”.

Contra ese movimiento desde la izquierda hacia el centro, habían combatido al interior mismo del PRI, Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez y Cuauhtémoc Cárdenas desde unos pocos años atrás, por lo que fueron expulsados del mismo.  Siendo ése, también, el motivo por el que el 5 de mayo de 1989, ellos y los demás participantes izquierdistas de las elecciones del 6 de julio de 1988, decidieron nombrar a su naciente partido como Partido de la Revolución Democrática.  Para revivir, decían, los ideales jamás (o sólo parcialmente) concretados por los gobernantes del PRI y sus partidos satélites.

A Salinas, sin embargo, le valió grillo que los combativos integrantes del entonces novedoso PRD hubiesen reclamado como suya la ideología de la Revolución Mexicana, y como si le hubieran atizado sus intenciones con eso, aceleró los cambios que quiso, para insertar al país en el “mercado global”, y continuó la privatización de las empresas estatales que aún quedaban (entre ellas Telmex, los ferrocarriles y Mexicana de Aviación). Absteniéndose de privatizar la CFE y Pemex sólo porque presintió que, de hacerlo, podría tal vez provocar una revuelta armada, peor que la que a principios de enero de 1994, iniciaron los neozapatistas en los Altos de Chiapas.

Salinas, pues, ante el azoro de los propios priistas, tan acostumbrados a disciplinarse ante los desplantes del mandatario en turno, se había rodeado de un gran número de economistas y administradores públicos egresados Harvard, Yale y (mínimo) del ITAM, ubicando, como ya dije, al PRI como un partido “de centro izquierda”, y abandonando, de paso, ya casi definitivamente, los muy vapuleados conceptos de la Revolución Mexicana.

Yo vi, en aquel entonces, a muchos priistas sorprendidos por tan radicales cambios. Pero cuando nosotros les señalábamos que todo eso estaba sucediendo por decisión de Salinas, ellos nos calificaban como “enemigos del régimen”, pues no alcanzaban a comprender que hubiese mexicanos capaces de publicar críticas tan cáusticas en contra de un presidente de la república, al que todos ellos, en cambio, veneraban como los antiguos aztecas veneraron a sus hueytlatoanis.

LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO. –

Quiero parafrasear este título de una obra de Oscar Wilde, para comentar que aun cuando también fue uno de los seguidores de Miguel de la Madrid, y secretario de Programación y Presupuesto, con Salinas, Ernesto Zedillo Ponce de León, “el menos priista de los presidentes priistas”, tuvo la dignidad de no fingir que era seguidor de Villa o Zapata y, sin negar su formación en Yale, le metió las ganas a su mandato para arreglar lo más que pudo los desbarajustes económicos y macroeconómicos perpetrados en contra de México y su gente por sus malhadados antecesores sin comprometer su ideología y sin prometerle al pueblo nada que no pudiera cumplir.

Dentro de ese mismo sexenio, sin embargo, y porque desde al principio de su gobierno expulsó a Salinas del país y declaró que mantendría “una sana distancia respecto del PRI”, sus líderes y sus decisiones, Zedillo se fue ganando poco a poco el respeto y de la simpatía de una buena parte del pueblo apartidista, y la malquerencia de sus correligionarios, a los que les extrañaba que él ya casi no hablara de “los postulados de la Revolución Mexicana”, no obstante que durante su corto periodo como Secretario de Educación, él fue quien, habiendo escuchado las quejas de los maestros, decidió que se volviera a enseñar en las aulas historia, civismo y geografía “por materias”, como se sigue enseñando hasta hoy.

HACIA EL “BUEN FIN”. –

En el 2000, con la derrota del muy corrupto y tramposo candidato presidencial tricolor, Roberto Madrazo Pintado, y con la asunción a la presidencia del inefable Vicente Fox Quesada, el discurso revolucionario quedó reducido a eso: un simple discurso carente de fogosidad y sustancia. Pero el desdén o el olvido sobre las grandes conmemoraciones nacionales no sólo impactó a las concernientes a la Revolución Mexicana, sino que abarcó a casi todas las más importantes de ellas, cuando la misma SEP, y dizque para “promover el turismo y dinamizar la economía”, se acomodó el calendario cívico para construir los mejores puentes vacacionales de que se tenga recuerdo, decretando que si el 16 de septiembre caía en martes, por ejemplo, se hiciera un puentazo desde el viernes anterior; o que si el 20 de noviembre caía en un jueves se hiciera lo mismo hasta el lunes siguientes, etc., sin importar que ninguna de esas fechas, o el 21 de marzo se conmemorara realmente o no.

A eso se le agregó (ya no recuerdo si el último año de Fox o el primero de Calderón) la idea de adelantar un mes una parte del aguinaldo para “dinamizar también la economía”, propiciando las ventas del “Buen Fin”, en una fecha consonante con el 20 de noviembre, como ocurrió este fin de semana pasado, quitándole su valor y significado a esa importante efeméride, y reduciéndolo todo a la compraventa desaforada de artículos para hacerle creer a los mexicanos que están dando buen uso a sus escasos emolumentos. Festejo del “Buen Fin”, con el que, a como van las cosas, dentro de muy pocos años se les dará mate a las conmemoraciones de la Revolución Mexicana.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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