Dr. Ricardo  Ramírez Ramírez.

Ya hemos platicado que  cuando nuestra comunidad celular recibe cantidades suficientes y adecuadas de nutrientes, agua y oxígeno, eliminando   oportunamente sus desechos, ella  hace el resto para que estemos sanos. Ancestralmente el organismo humano, ha enfrentado adversidades iguales a las de hoy, esas formas de vida, sin membrana ni capacidad para  relacionarse, alimentarse o reproducirse autónomamente, lo han visitado  siempre y los llamados  virus, han sido vencidos,  la mayoría de las veces, gracias a un buen ejército conformado por el sistema inmunitario. Ciertamente la historia registra muchas batallas contra ellos, con bajas humanas lamentables, tal es el caso de  la gripe española de 1918,  quien diezmara  entre 50  y 100 millones de seres humanos  desnutridos y con el estrés  postraumático de  la primera  guerra mundial, factores  que determinaron  que esto sucediera.  Los primeros cuatro años del presente siglo, nuestra civilización  ha conocido al coronavirus como causante de SARS(síndrome respiratorio agudo severo) posteriormente   al de la influenza  A H1N1, seguido del Dengue, Chikungunya,  Zyka, el  Ebola y nuevamente al virus coronado. Unos y otros han cobrado vidas, pero especialmente de personas mal nutridas, senescentes, quienes no activaron mecanismos  preventivos, o  bien  arrastraban otras enfermedades y   murieron con los virus, aunque no necesariamente por ellos. Hoy en día con  el SARS-Cov-2  debemos actuar, como lo hiciera el genial Descartes cuando su Duda Metódica “con precaución y cautela” ocupándonos, más  que preocupándonos; Recordando  siempre  que un sistema inmunitario competente, hace la diferencia entre  seguir sano , enfermar o morir, siendo  válido ahora , que regresó  éste veneno, que se cree rey,  por su corona y por la reverencia  que se le hace.

Todos los humanos nacemos protegidos  contra diferentes agentes patógenos del entorno, la nariz por ejemplo con su bosque de pelos, la saliva y las lágrimas con la lisozima , las vías respiratorios con el moco  y sus cilios, el jugo gástrico con su acidez destructora de gérmenes, la microbiota intestinal formada por  billones de microorganismos buenos compitiendo con los malos  y por último  la piel con su acidez, se suma a los otros, formando una barrera contra  cualquier intruso.  Ya dentro del cuerpo   disponemos de otros órganos o tejidos como: la médula ósea generadora de la eritropoyesis, las amígdalas, adenoides, placas de Peyer,  bazo, timo, ganglios y vasos  linfáticos, que conducen o alojan para su maduración,  o en tanto empiezan  la pelea,  a los leucocitos o glóbulos blancos producidos en el tuétano de los huesos  y que son   capaces de destruir rápidamente  a cualquier  germen  o inactivar sustancias  extrañas al organismo,  tan pronto  como se haya cumplido con un  sueño completo y dentro del horario, ejercicio físico moderado, equilibrio alimentario con predominio de alcalinos, control adecuado de las hormonas del estrés, positivo sistema de creencias  y exposición mínima a ondas electromagnéticas y radiaciones solares, o más lentamente, cuando hubo  omisión en el cumplimiento de alguno de los  pilares del edificio de la prevención. Por razones de espacio,  no  precisaré los detalles  inmunológicos que se activan en cada caso particular, sólo menciono  que hay leucocitos  especializados para destruir todos los agresores, sean bacterias, hongos, parásitos, sustancias  tóxicas, virus y tejidos ajenos, mediante el  enfrentamiento directo o por medio de armas químicas que los rechazan o exterminan. Los especialistas en virus se llaman linfocitos.

 Debemos entender que los  virus  no pueden vivir mucho tiempo fuera de una célula, ni pasearse impunemente dentro del cuerpo e introducirse en una de ellas  y manipular su material genético   con fines de multiplicación, tienen que ganarle  al interferón, una proteína intracelular que se opone a ese objetivo. Cuando  hay éxito en la invasión y replicación, los Linfocitos T  marcan la célula infectada para que  sus homólogos  Natural Killer (Nk) y otros compañeros especializados la exterminen. De lo anterior se deduce que la victoria dependerá de la capacidad inmunitaria que cada uno tiene y de la agresividad (virulencia) del invasor, por eso digo cuando se tiene un sistema inmunológico competente, no enfermamos casi de nada, de lo contrario  padecemos de casi todo. En consecuencia  nuestro propósito principal en estos días y siempre, es  fortalecer el sistema inmunitario mediante una serie de medidas generales que ya mencioné como pilares del  edificio de la prevención  y  otras  especiales que  en conjunto nos alejan de la enfermedad.

Una forma de fortalecer el sistema inmune, es  controlando el estrés crónico:  Una autovaloración honesta de cómo lo  enfrentamos, es un buen principio, para luego empezar  acciones que lo combatan, como reducir  el   número y duración de nuestras actividades, realizar éstas con estusiasmo y bajo atención plena, simulando una especie de meditación, aprender a delegar responsabilidades, adelantarse a las obligaciones, armonizar con familiares y  compañeros de trabajo, realizar ejercicios de relax como la técnica de respiraciones 4—7—8 del Dr. Harvariano Andrew Weil. Practicar yoga, incluir en la vida diaria recreación, hacer ejercicio físico para oxigenar el organismo, eliminar toxinas y producir las euforizantes serotonina, dopamina y las endorfinas o morfinas humanas, recordar siempre las vivencias positivas, escuchar música superior a 440, ejercer el amor, el agradecimiento y la bondad  en todas sus formas, y sobre todo dormir bien y dentro de horario para permitir  la liberación de la melatonina  quien facilita  los mecanismos de autofagia celular o  reciclaje orgánico.

Otra medida imprescindible,  es neutralizar el daño originado por los átomos que han perdido un electrón, me refiero a los radicales libres  u oxidantes  tanto internos como externos, cuantificados  en cientos de miles por día y su maldad consiste en robar un electrón  a quien se deje, dañando el material genético o la membrana celular del atracado, con las consecuencias que esto conlleva. A toda costa debemos impedir que el número de oxidantes supere dentro del organismo a los antioxidantes, originando el desastroso estrés oxidativo, lo que lograremos incentivando la producción de los antioxidantes internos  glutatión y ácido alfa lipoico  al que también llamamos ácido hialurónico,  mediante la ingesta diaria y abundante de: toronjas, mandarinas, peras, espinacas, brócoli, aguacate, cúrcuma-pimienta negra, manzana, espárrago, el superalimento espirulina que ayudan al antioxidante maestro glutatión. También ingerir buenas cantidades de acelgas, camotes, papas, nuevamente brócoli y espinacas, salmón, manitas de cerdo, cartílagos, hígado, corazón de animales  y huevo de gallina, orgánicos, estos últimos se solidarizan con el ácido hialurónico.

Otros alimentos   reductores o antioxidantes se encuentran en frutas y verduras de gran colorido, olor  y sabor resultado de sus fitonutrientes que hacen las veces del sistema inmunitario por eso es mejor que sean frescas, de la región y la temporada. Me refiero a los jitomates y sandias con su licopeno, a las brambuesas , moras y arándanos con su antocianina antiviral,      al propoleo  con la apigenina estimulante del sistema inmunológico, a las catequinas  del maravilloso té verde o Camelia Sinnensis,  al ajo fragmentado, a la cebolla y limón con quercetina y alicina, a la cúrcuma con su  curcumina que debe asociarse a la piperina de la pimienta negra para una buena absorción, a la canela con sus vitaminas c, b, magnesio y zinc, a la guayaba, naranja y kiwi con significativas cantidades de vitamina c, a la zanahoria con su vitamina a, al aguacate con  vitamina b, magnesio, hierro y acido fólico que lo hacen un alimento obligado, las hortalizas de hoja verde con su vitamina e. En otro grupo antioxidante todas las semillas fuente de micronutrientes como el zinc, magnesio y selenio ayudantes del sistema inmune, el orégano, la yerbabuena, anís estrella, el romero y el cacao contenido en el chocolate negro, la alga espirulina,  y  la poderosa astaxantina incansable donadora de electrones , contenida en algunas especies marinas como  la langosta, jaiba y langostinos  que se alimentan de algas y prácticamente son inmortales por la cantidad de telomerasa  que producen. Finalmente lo gloriosa vitamina D estimulante del sistema inmunitario contenida en los hígados de los pescados, el salmón, el atún de filete ,la yema de huevo, y los hongos. Como podemos ver  en nosotros está prevenir cualquier enfermedad , por algo el padre de la medicina  Hipócrates  dejó dicho “ que tus alimentos sean tus medicamentos”.

Si a lo anterior agregamos conductas  que aumentan las barreras externas de protección como aseos nasales con agua de mar, protección de los  ojos, vías respiratorias y piel, prescindimos de azúcares y harinas refinadas que alteren la absorción de nutrientes  e incluimos yogurth  en la dieta  para repoblar la microbiota intestinal, y restringimos la ingesta de medicamentos  bloqueadores de la acidez del jugo gástrico como los omeprazoles  y simultáneamente nos lavamos las manos frecuentemente, nos alejamos de las multitudes(el cubrebocas sirve a los enfermos para no contagiar, en los sanos  es de poca utilidad, de ser utilizado tendrían que considerarse también la utilización de lentes, porque las membranas de los ojos tienen capacidad de absorción) y  de aquellos potencialmente infectados por el virus de  moda. Estaremos salvados.

Dr. Ricardo Ramírez Ramírez

Médico Pediatra (UNAM); Presidente de la Asociación Colimense de Consumidores ; activista social.

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