Hace ya muchos años, cuando en la población de Quesería no había agua potable, las mujeres del pueblo acudían al arroyo de Santa Mariana y a la Barranca, que está en los límites del pueblo, a lavar su ropa.

A falta de agua en el pueblo, se había establecido una especie de reglamento, en el cual tanto mujeres como hombres tenían su día especial para acudir a bañarse. Las mujeres acudían los sábados y los hombres los domingos. De esta manera se respetaba la intimidad de ambos sexos en sus días especiales y así como el hombre evitaba pasar cerca de los lavaderos en sábados, las mujeres no se presentaban los domingos.

Ese eren el reglamento, pero como habrán de suponerlo, había personas mal intencionadas que no lo respetaban y que con toda la alevosía y toda la ventaja acudían especialmente a ver a las mujeres bañarse en ropa interior.

Con todo y lo que se pudiera pensar acerca de que eran jóvenes los que acudían a las orillas de los arroyos, será insólito tan siquiera pensar, pero también acudían hombres adultos y casados.

Este es el caso de dos de ellos que, pese a tener esposa e hijas que pudiesen haber observadas por otros granujas, no les importo acudir cada ocho días al baño erótico, como ellos le llamaran, de las mujeres en el rio.

Cuenta el mismo Roque que hubo ocasiones en que, no solamente observaron a las mujeres, sino que hasta las tocaron cuando estas se encontraban enjabonadas frente al zarzal donde ellos estaban escondidos. Agregan que hasta se pensaría que muchas de ellas lo hacían a propósito, pues sabían que muchas veces los descubrieron, pero que no hicieron nada que señalara que les incomodara y que hasta utilizaban poses para seducirlos.

Un sábado por la mañana los amigos se pusieron de acuerdo para ir al arroyo de Santa Mariana por la tarde. Para ello0 acordaron que después de regresar del corte de caña, se separarían de los demás trabajadores y bajarían por una vereda hasta llegar al arroyo. Se compraron litros de alcohol y se llevaron unos limones para preparar la bebida acostumbrada en aquellos tiempos (el “rebajado”, también llamado “chango”).

Y efectivamente, así sucedió. Cuando todos los compañeros dejaron de trabajar para regresar a sus casas, ellos se separaron argumentando que irían un poco más arriba en busca de berro y cualcomecas.

Entre brindis y brindis pasaron las horas y, cuando eran ya las cinco de la tarde, los amigos acordaron acercarse al lugar donde lavaban y solían bañarse las mujeres. La hora era ideal, pues como ellos bien lo sabían, las mujeres iban al arroyo con el fin de lavar la ropa sucia de la familia y casi siempre al terminar de hacerlo se bañaban.

En muchas ocasiones era ya de noche cuando las señoras regresaban a sus hogares cargando una pesada tina o un chiquigüite lleno de ropa.

Con mucho sigilo y procurando hacer el menor ruido que los delatara, Roque y Severino llegaron al arroyo tras el encubrimiento del espeso follaje que existía en el sitio. Para esa hora, en el extenso arroyo, ya había tres mujeres bañándose dentro de su ropa interior. Sin desaprovechar el momento, los amigos se acercaron lo más que pudieron para presenciar todo aquel ritual del baño.

Luego de que las primeras se marcharon, otras más empezaron a bañarse, de tal manera que el par de amigos se la pasaron sumamente entretenidos observando y haciendo comentarios de cada una de ellas.

Empezaba a oscurecer cuando la risa de tres jóvenes que se encontraban en la parte de arriba del arroyo llamaron la atención de los dos amigos. Agazapados y caminando en cuclillas se fueron acercando hasta que las vieron a unos veinte metros más arriba de donde se encontraban ellos. Las hermosas chicas jugueteaban arrojándose agua entre risas y comentarios, al mismo tiempo que se perseguían por el arroyo tratando de alcanzarse entre sí.

Mientras tanto los dos amigos extasiados ante la juventud y belleza de las muchachas, buscan un mejor ángulo para observarlas en aquellas blancas y transparentes ropas, que no dejaban nada a la imaginación.

Luego de unos minutos, una de ellas se salió del agua y se cambio de ropa a no más de cinco metros de donde ellos se encontraban agazapados.

-Era como si estuvieses viendo en lo más íntimo de su vida a una Diosa- comento Roque.

Con una larga y bien cuidada cabellera que le llegaba hasta la cintura, la escultural chica se quito sus ropas mojadas y se seco poco a poco cada una de las partes de su cuerpo, para poco después vestirse y retirarse.

Luego de marcharse la primera mujercita, las otras dos entre juegos y risas, y sin que los amigos lo notaran, empezaron a caminar más y más hacia arriba del arroyo. El sol ya se había ocultado y las sombras del follaje ocultaban a los mirones que no desaprovecharon el momento para acercarse más a las jovencitas que seguían jugueteando con el agua.

Para estos momentos, hubo ocasiones en que las chicas estuvieron a menos de un metro de distancia de sus observadores, los cuales entre el follaje estiraban sus brazos para tocarlas.

¡De pronto el agua del arroyo empezó a burbujear al mismo tiempo que una espesa niebla empezó a cubrirlo todo!

De momento tal acontecimiento no mortifico en nada a los amigos, los cuales calcularon que de esa manera estaría más cerca de las chicas sin que lo notaran, pero poco después todo fie diferente: ante la presencia de los amigos, las dos chicas empezaron a sufrir una transformación. Al mismo tiempo que sus cuerpos se empezaron a tornar transparentes, sus ojos mostraron dos cavidades profundas de las cuales emanaba una luz roja que, combinada con los cadavéricos rostros, evidenciaba lo que antes eran unas hermosas mujeres a dos espeluznantes seres del mas allá.

Con los ojos desorbitados, los amigos no daban crédito a lo que estaban observando. Sus músculos se tensaron en una acti9tud de terror y, por más que lo intentaron, no pudieron retroceder tan siquiera un paso.

-Ave María purísima- balbuceo Severino con el rostro desencajado por el terror, luego de que una de las mujeres empezó a gritar el nombre de Mariana.

-¡Maaarrrriiiaaaaaaaaaaanaa!- continúo gritando una de las mujeres, mientras la otra flotaba sobre ellas aguas en rápidos movimientos de un lado a otro como en busca de algo.

Roque jalo de la camisa a Severino, que temblaba de pies a cabeza, y entre aquella voz de ultratumba que no paraba de gritar “!Maaaaaaaarrrrriiiaaannna”, lo arrastro entre los arbustos para alejarse del lugar.

Dicen los amigos que intentaron rezar, pero que en esos momentos no se acordaron de ninguna oración.

Con los cabellos erizados, los ojos desorbitados y los rostros desencajados por el terror, cuentan que hasta entre ellos mismos se asustaron de lo feo que se veían.

Implorando a Dios y a todos los Santos, los amigos lograron retirarse del sitio y llegaron a sus casas sanos y salvos. Bueno, eso contaron, pero la gente dice que, después del acontecimiento, duraron 15 días encamados a causa de una fuerte fiebre que les pegó.

La verdad es que desde entonces no han vuelto a Santa Mariana y todavía hay noches que se despiertan escuchando aquella escalofriante voz de ultratumba gritando “!Maariiiiaaanna! ¡Maaaaaarrrrriiiiiaaaaannnaaaaaaaa!

Comunidad: Quesería, Cuauhtémoc, Colima

Libro: los fantasmas de mi pueblo

Recopilación: Arturo Cuevas Aguilar

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