Abelardo Ahumada

VISLUMBRES 

PRELUDIOS DE LA CONQUISTA

Capítulo 27 por Abelardo Ahumada

Antes de terminar la lectura de “La Relación de Michoacán” caí en la cuenta de que los testimonios que los informantes le estaban dando en ese momento a fray Jerónimo de Alcalá ya nada tenían que ver con la  antigüedad de los primeros tarascos, sino con acontecimientos evidentemente históricos, ocurridos en fechas ya muy cercanas a su propia época. 

Hechos o acontecimientos que, desde mi perspectiva, muy bien pudieron suceder en el mismo lapso en que los aztecas estuvieron viviendo en Tula (1197 – 1215) y durante su posterior desplazamiento hacia las orillas del Lago de Texcoco. 

Por otra parte, al tratar de ubicar la vida de Tariácuri, fundador de la dinastía que reinó en Michoacán hasta la llegada de los españoles, vi que un buen número de los historiadores de aquel estado ubican su alumbramiento hacia 1350, y su muerte hacia 1408. Con lo que nos encontramos ya en un período que coincide cabalmente con el arribo de los aztecas al islote donde fundarían la ciudad de México- Tenochtitlan, acaecido en 1325, y que se prolongaría hasta poco más o menos la mitad del reinado de Huitzilíhuitl (de 1396 a 1417), segundo “emperador” del Pueblo del Sol. 

Habiéndose desarrollado a partir de entonces, una especie de curso “paralelo” en el devenir de ambos pueblos. Mismos que terminaron por convertirse en enemigos acérrimos. Todo ello sin importar que, durante su lento peregrinaje, al menos un grupo de los mexicas haya pasado por el territorio tarasco.

En ese mismo contexto me percaté de dos coincidencias más: La primera que Tariácuri, hijo de un chichimeca ucúsecha y de una mujer isleña, y educado muy severamente por tres sacerdotes dedicados al culto de Curíacaueri, inició, a partir de Pátzcuaro, su periodo de expansión y predominio entre los demás pueblos de la región, casi al mismo tiempo que, en el islote de México-Tenochtitlán, los mexicas o aztecas, iniciaban el suyo, al ir a solicitar también al “rey” de Colhuacan, que uno de sus nietos, Acamapichtli, gobernara entre ellos. Habiendo sucedido eso aproximadamente en 1375 y prolongándose su gobierno hasta 1395.

Y, la segunda, que todo eso sucedió también en la misma época en que, al occidente de donde Tariácuri estaba levantando su propio “imperio”, un gran grupo de pequeños pueblos, predominantemente nahuatlatos, a los que los michoaques solían llamar “tecos”, estaban dando inicio asimismo a la conformación de otra gran “Provincia” de la que lamentablemente no tenemos una relación propia, pero que, desde la perspectiva de los informantes del padre Alcalá, se resistió a la expansión michoaque, y que se llamaba Coliman. Hechos todos de los que así sea brevemente, hablaremos en su oportunidad.

HIRÉ TICÁTAME Y EL CULTO A CURÍACAUERI. –

Por otro lado, antes de dar por concluido el acercamiento que hemos venido realizando a las tres tradiciones que mencioné, y que respectivamente recogieron fray Jerónimo de Alcalá, fray Bernardino de Sahagún y fray Antonio Tello, entre otros, quiero señalar que, a diferencia de cuanto se habla, por ejemplo, en “La Tira de la Peregrinación”, o en “Los Anales de Cuautitlán”, los viejos informantes de Pátzcuaro y Tzintzúntzan NO HICIERON NINGUNA REFERENCIA A SUS MÁS LEJANOS ANCESTROS, ni a los lugares más remotos de su procedencia. Por lo que hemos de deducir que los alcances de sus “recuerdos” se remontaban (y de muy vaga manera) a sólo un poco más de dos siglos atrás, cuando habría llegado por aquellos rumbos un grupo de emigrantes chichimecas uacúsechas, y nahuatlatos, entre cuyos integrantes iba un individuo muy notable que llevaba consigo un arca o “petaca” en la que guardaba una “piedra negra”, obsidiana al parecer, que representaba a Curíacaueri, “deidad solar”, dicen unos investigadores, que era el dios más poderoso que reverenciaba ese grupo de recién llegados, y cuyo culto terminó imponiéndose a todos los pobladores de las islas y de las riberas del posteriormente llamado Lago de Pátzcuaro.

Ese individuo se llamaba Hiré Ticátame, y su modo de ser me llamó fuertemente la atención porque al menos en dos momentos explicó los puntos fundamentales de las creencias religiosas que seguían rigiendo la vida de los tarascos incluso cuando los españoles hicieron acto de presencia en el área. Y me refiero, en concreto, a que en sus templos o en sus “cúes”, esos uacúscechas, tenían que estar constantemente “quemando leña”, y realizando sacrificios de animales y de humanos, así como penitencias que implicaban ayunos y sangrase las orejas. Pero “escuchemos” mejor las palabras que supuestamente Ticátame, ya con poder en la zona lacustre, dirigió a ciertos mensajeros isleños: “Una cosa quiero que digáis a vuestros señores: es que yo con mi gente ando en los montes trayendo leña para los cúes, y hago flechas y ando en el campo por dar de comer al sol, y a los dioses celestes y de las cuatro partes del mundo y a la madre Cueráuaperi con (la sangre de) los venados que flechamos”.

Añadiendo que también hacían libaciones rituales “con vino” (aunque en realidad se refería al pulque), para buscar el perdón o “la salva de sus dioses”. Libaciones que –esto lo agregó el fraile-   terminaron convirtiéndose en gigantescas borracheras que, ya en su tiempo, criticó el muy sobrio Tariácuri, quien, investido asimismo como sacerdote de Curícaueri, llegó al extremo de ordenar la muerte de su hijo mayor porque se la pasaba constantemente borracho.

Y lo que me llama la atención en este asunto, es que dicho dios haya sido “alimentado”, como Huitzilopóchtli, primero con sangre de animales y posteriormente con la de cientos de seres humanos.

Siendo por eso, tal vez, por lo que, cuando el padre Tello habló de la presencia de mexicanos en los alrededores del lago, dijo que a los lugareños “se les pegó (sic) la idolatría que hasta entonces no habían usado”. 

¿UNA SAGA FAMILIAR? –

Dentro de ese contexto, y relacionando el dato con el tema principal de este trabajo, en el capítulo precedente les adelanté que una de las características más notables de “La Relación”, es que no mucho después de que El Petámuti iniciaba la recitación de “la historia que sabía”, ya no hablaba de hechos realizados por su pueblo en lo general, sino de los que habían realizado individuos muy concretos que ya eran perfectamente identificables por sus propios nombres y modos de ser “como el agüelo –decía- del Cazonci pasado”. 

Pero lo que no alcancé a comentar fue que son numerosas las páginas que en dicha obra se dedican a narrar y describir las acciones que por su cuenta realizaron el papá y un tío de Tariácuri; así como las aventuras en que él participó, y los acontecimientos en que tuvieron parte los hijos y los sobrinos de aquél, como si se tratara de una saga familiar en vez de la historia de todo un pueblo.

Pero sobre este punto en concreto quiero precisar que el desarrollo de todos los capítulos dedicados a narrar la vida y la obra de Tariácuri y su gente, se me antojan como una novela llena de intrigas, traiciones, pleitos, sexualidad, batallas campales y demás ingredientes de cualquier otra novela de acción. Con cuya recitación, me imagino, debieron de emocionarse no sólo los jóvenes que la escuchaban por primera vez, sino los que, no teniendo muchas más cosas en qué distraerse, la llegaron a escuchar repetidamente durante varios años, en la mencionada fiesta de Equata cónsquaro, o “de las flechas”. 

De ningún modo voy a referir aquí toda esa “novela”, pero me parece muy interesante señalar que dos de sus primeros protagonistas fueron dos “señores chichimecas” que, mientras estaban cazando, llegaron accidentalmente a las orillas del lago que por entonces todavía no se llamaba “de Pátzcuaro”, y vieron, no demasiado lejos, a un pescador subido en una canoa hecha de un solo tronco, que tranquilamente andaba pescando, y al que, por simplificar los diálogos, uno de ellos le gritó: “¡(Hey), isleño, ¿qué andas haciendo por aquí?” A lo que él le respondió: “Ando pescando”. Y dijéronle: “Ven a la orilla” (…) Pero dijo él: “No, no tengo que ir, señores, pues sois chichimecas y me flecharéis”. Cayendo inmediatamente en la cuenta de que ¡estaban hablando en “¡la mesma lengua de los chichimecas”! Aunque el pescador usaba muchos vocablos “corruptos y serranos”. Quedando inmediatamente impresionados.

Así las cosas, al percatarse también de que estaban hablando la misma lengua, el pescador se acercó a los cazadores, les compartió unos peces para comer, e igual que le compartieron a él un conejo asado.  Luego se dispusieron a platicar ya más en confianza, intercambiando datos que llevaron a uno de los chichimecas a exclamar: “¿Cómo es eso? ¿Parientes somos? Nosotros pensábamos que no teníamos parientes. Y somos parientes y de una (misma) sangre”. 

Los dos chichimecas se llamaban Vápeani y Pauácume, y el pescador, Cúriparaxan. Quien con el tiempo se convertiría en suegro de Pauácume, y abuelo del gran Tariácuri.

Dato que, como dije, me parece muy importante mencionar porque casi inmediatamente después, habiéndoles gustado esa tierra a los chichimecas recién llegados, fueron a buscar a su gente, y decidieron irse a fundar “un barrio”, dice “La Relación”, en Tarímichúndiro, un sitio que posteriormente formaría parte de Pátzcuaro. Todo eso junto con un conjunto de nahuatlatos.

ALGUNAS INTERESANTES REFERENCIAS. –

Creo que todos quienes hemos contado alguna historia incluso familiar, hemos tenido que utilizar algunas referencias de tiempos y lugares para contextualizar mejor nuestro relato, diciendo, por ejemplo: “Y en aquellos años no había aún carretera por aquí, y toda la mercancía y el pasaje se realizaba por El Camino Real, que llegaba desde Guadalajara a Colima por la calle que hoy es la Emilio Carranza, pasando por El Salatón de Juárez, hasta terminar en donde todavía está La Pila de la Sangre de Cristo”.

Y menciono todo esto para señalar que los informantes de fray Jerónimo de Alcalá le dieron algunas muy interesantes referencias para que entendiera mejor todo aquello que le estaban explicando, y él pudiera, a su vez, transmitir con la mayor claridad posible sus mensajes.

En ese sentido, y refiriéndonos únicamente a unos cuantos detalles que trascendieron hasta nuestra propia época, voy a mencionar ahora unas cuantas de esas referencias, comenzando por decir que cuando “los señores” Vápeani y Pauácume exploraron suficientemente la región, encontraron un sitio deshabitado, llenísimo de árboles, que les gustó para establecer allí su propio pueblo, y que, habiéndose ellos vuelto a donde había quedado acampada su gente, regresaron con ella desde “donde hoy está Santa Fe de la Laguna” y, siguiendo por toda la orilla del lago, se detuvieron, “obra de lengua y media”, en un sitio al que llamarían “Páscuaro”.

Al sitio aquel se le conocía también como Tarímichuríndiro y, ya estando allí, siguieron explorando para buscar un sitio en el cual pudieran edificar un “cu” para sus “dioses principales”, hasta que, no muy lejos de allí, se encontraron un lugar “cerrado de árboles y con encinas muy grandes”, oscuro de tanto monte, en el que había cuatro piedras muy grandes y buenas para labrar en ellas las figuras de sus ídolos. Entendiendo que ése “era el lugar que sus dioses les habían señalado”. Por lo que se dedicaron durante algún tiempo a “descombrar el sitio” para fundar dicho “cu” y esculpir las figuras.

Entreveradas con todas esas palabras, tanto los viejos como el fraile, insertaron algunas de las referencias que les comenté, diciendo, por ejemplo los viejos, que ese mismo sitio fue el que seleccionó “el señor obispo”, Vasco de Quiroga, para instalar su Catedral, y que ahí mismo terminó quedando “la fuente del patio del señor Obispo”. Y anotando el fraile que “en este susodicho lugar, tuvieron sus antepasados en mucha veneración, y dijeron que aquí fue el asiento de su dios Curícaueri”. No siendo por menos que –añadió: “El Cazonci pasado decía que en este lugar y no en ningún otro, estaba la puerta del cielo (sic) por donde descendían y subían sus dioses”.

Y dije que este asunto trascendió hasta nuestra época, porque en ese mismo sitio sigue estando la actual “Basílica de Nuestra Señora de la Salud”, fundada por don Vasco como la primera Catedral del Obispado de Michoacán, al que durante casi tres siglos completos pertenecieron las parroquias de Colima, y no pocas de las que estuvieron ubicadas en las riberas sur y oriental del lago de Chapala.

El detalle, sin embargo, con el que quiero concluir este capítulo, es que, llegada ya la época en que Tariácuri se convirtió en un jovencito, uno de sus tíos, hermano de su madre, que se llamaba Chánshori, decidió promover entre los caciques de los demás pueblos isleños y ribereños, una guerra en contra de Vápeani y Pauácume, resentido porque éstos habían realizado diferentes maniobras para ampliar sus dominios y someter a otros pueblos de la región. Pero abreviaré el relato diciendo que habiendo los señores uacúsecha terminado muertos, Tariácuri y su familia se vieron precisados a salir huyendo de Pátzcuaro, y a buscar escondites en el monte, con sólo unos cuantos guerreros a su favor.

Años después, ya robustecido su grupo y ya convertido él en adult, Tariácuri reapareció en el área, decidido a cobrar venganza. Pero de todo eso tendré que comentarles en mi primera colaboración del año que entra. Dato que aprovecho para desearles, a todos ustedes, amigos lectores y a sus familias, un año muy saludable, productivo y lleno de afectos, pues ¿para qué quieren más? 

PIES DE FOTO. –

  1. Cuando Tariácuri se convirtió en un poderoso guerrero, un cacique isleño le obsequió a una de sus hijas para tenerlo de su lado, pero “La Relación” dice que resultó ser “una mala mujer”. En el dibujo Tariácuri a la derecha, ella a la extrema izquierda. 
  2. El incremento del poder de Tariácuri coincidió, poco más o menos, con el reinado de Acamapichtli, primer “rey” azteca, que abarcó desde 1375 hasta 1395.
  3. En sus mejores años Tariácuri se dedicó a conquistar y unificar muchos de los pueblos no chichimecas de las islas y las riberas del hermoso lago al que le dijeron “de Pátzcuaro”.
  4. Y el sitio que Tariácuri y los suyos eligieron para edificar un templo a “sus dioses principales”, resultó ser, andando el tiempo, el mismo que don Vasco de Quiroga escogió para fundar su Catedral.
Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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