Abelardo Ahumada

VISLUMBRES PRELUDIOS DE LA CONQUISTA

Capítulo 17 por Abelardo Ahumada

En el 2006 escribí el libro “Mitos y realidades de la conquista y fundación de Colima”, que me publicó la U. de C., en el que, como su nombre lo indica, traté de desmitificar algunas creencias que sobre dichos temas se habían arraigado entre los integrantes del magisterio, y que, no teniendo la conciencia clara de ello, seguían multiplicando en las aulas, gracias a que llevaban como libro de texto una obra plagada de erratas que, sobre la historia y la geografía locales, publicó la SEP por primera ocasión en 1994.

Cuando se repartieron las invitaciones para la presentación de mi libro, estaba casi seguro de que me iba a encontrar a más de un colega que de inmediato tratara de refutar algunas de las aseveraciones que yo había hecho sobre tan polémicos temas, pero resultó que no hubo tal y, como quien dice, “la libré” sin daño. Pero unos pocos días después, acudí a una cita de trabajo en un restaurante de la ciudad, en donde me encontré a un docto y afamado colega que no asistió a la presentación, pero que, sin embargo, ya me había hecho el favor de comentar otro de mis libros e, intrigado, le pregunté por qué no había asistido a ésta.

Su respuesta me sorprendió, pues dijo: “Es que tú estás cambiando toda la historia que nos habían enseñado nuestros maestros”. Y yo le respondí que como la historia no ha terminado de escribirse, debemos estar suficientemente abiertos como para no creer en ella como si fuera un dogma, y que tampoco debemos acometer su estudio empañados por prejuicios que cada uno de nosotros pueda tener. Así que, con esas bases por delante, los invito a seguir leyendo lo que resta de este capítulo y los que aún faltan de publicar.

SE ABRE UNA NUEVA SENDA. –

Lo que he tratado de hacer en los últimos capítulos de este trabajo es: resumir de la manera más clara posible, los esfuerzos que algunos inquietos paisanos y algunos arqueólogos  profesionales han venido realizando, para desentrañar el origen y la identidad de los desconocidos alfareros que produjeron las numerosísimas piezas cerámicas que, durante décadas, han sido extraídas de los cementerios prehispánicos en casi todo el territorio situado al sur y al occidente de los Volcanes de Colima, y para develar los misterios que igualmente ocultan los sugerentes vestigios arquitectónicos que han sido desenterrados en El Chanal y La Campana, por mencionar los dos principales sitios arqueológicos de toda esta área.

Antes de eso, basándome en los análisis que algunos expertos han hecho sobre el contenido de muy valiosos códices, en los primeros capítulos traté también de demostrar que algunos antiguos colimecas fueron toltecas, o estuvieron emparentados con ellos, porque según lo que tales códices indican, si no todas, sí al menos algunas de las famosas “peregrinaciones de las siete tribus nahuatlacas” pasaron por nuestra región. Habiendo tenido, precisamente los toltecas, la oportunidad de fundar un pueblo suyo aquí, al que nombraron Tóchpan.

Uno de esos códices dice en concreto que: “los toltecas comenzaron a emigrar en el año “ce técpatl” (“uno pedernal”, correspondiente a 596); fundaron Xalisco en el 618; Chimalhuacan Atenco en 622 “y de ahí pasaron a fundar Tóchpan”, donde hoy está la ciudad de Colima – agrego yo- el “6 ácatl (o ‘seis caña’, o 627), siendo entonces su jefe Mazátzin”.

Por otra parte, los arqueólogos del INAH afirman que: “La Campana, Almoloyan o como se le quiera decir” existía desde cuando menos unos 200 años antes de Cristo, y que “entre el 700 y el 900 de nuestra era” fue el período en que “alcanzó su máximo esplendor”.

Complementando esto último, en los primeros días de marzo de 2018, el arqueólogo “Enrique Martínez Vargas, quien, junto con Ana María Jarquín Pacheco, titular del Proyecto Arqueológico La Campana, dirige (o dirigía) labores de supervisión, registro e investigación en superficie, enmarcadas en la primera fase de construcción del parque arqueo ecológico La Campana”, se ganó un buen espacio en algunos periódicos locales y en las revistas “National Geographic” y “Arqueología Mexicana”, al revelar que durante todos los años que habían estado trabajando allí, se habían encontrado “108 petroglifos con iconografías, dimensiones y filiaciones culturales distintas, y que en su conjunto abarcan un horizonte temporal de casi tres mil años”, y que en la temporada de trabajo que inició en noviembre de 2017 (y terminaría en abril de 2018), habían localizado también un “entierro capacha fechado entre el 1800 y el 1700 a.C., integrado por seis individuos y 18 objetos de dicha cultura del occidente mexicano”. Precisando que dicho entierro aún se encontraba “en fase de exploración”.

Complementariamente (y sorpréndanse los lectores, si quieren), el arqueólogo declaró que habían podido localizar “un petroglifo con rasgos teotihuacanos y una temporalidad que va del 400 al 600 d.C.” Petroglifo que, “por su cercanía a” cierta “estructura arquitectónica” podría ser considerado como “un marcador para indicar que en dicho edificio habitó o fue depositado un individuo procedente de Teotihuacán”.

Cuando leí esta nota me alegré y sorprendí positivamente, porque me confirmó el hecho de que ambos especialistas (esposos además) habían seguido trabajando en La Campana, pero cuando lo releí caí en la cuenta de algo que me pareció de extraordinaria importancia, por cuanto que, derivado de todos los estudios que ellos han realizado allí, llegaron a la conclusión de que ese sitio arqueológico es, nada más y nada menos que: “uno de los pocos en el país con evidencia de todas las etapas culturales de Mesoamérica”. Lo que lo convierte en un sitio especialísimo por su antigüedad y permanencia.

En cuanto a mí corresponde no tengo ningún motivo para considerar que las afirmaciones de los tlacuilos (pintores de códices) y las de los arqueólogos sean equívocas, y las doy por ciertas. Pero si analizamos las implicaciones que ellas traen consigo, me parece muy lógico suponer que, si los toltecas pasaron efectivamente por esta región, y pretendieron fundar un pueblo en ella, lo hicieron cuando Almoloyan ya estaba comenzando a ser “la ciudad más grande” de todo lo que hoy es el Occidente de México. Por lo que no es creíble que los “peregrinos” (fuereños, extranjeros o advenedizos por lo demás) hayan podido pasar por sus inmediaciones, y menos fundar un pueblo en sus cercanías, sin haber solicitado y conseguido la autorización de quienes dirigían el gobierno de dicha ciudad. Máxime si consideramos que el pueblo que deseaban fundar no sería levantado en algún espacio marginal de la región presuntamente dominada por Almoloyan, sino prácticamente en una orilla de ella. Tanto que, por decirlo en términos muy actuales, constituiría un suburbio de la misma, o si se prefiere un barrio.

Al esbozar esta idea entiendo que estoy cometiendo una especie de herejía histórica, por atreverme a insinuar que los muy famosos y admirados toltecas no sólo hubiesen tenido que pasar por la Almoloyan colimota o colimeca, sino por estar manejando la posibilidad de que se hayan decidido a conformar un barrio de ésta, al ser la primera ciudad “en forma” que vieron en su vida, y mucho antes de haber llegado ellos a Teotihuacan y de fundar su propia y primera ciudad, que, según se afirma, fue Tula.

Pero todo esto no es una simple y tonta o alocada ocurrencia mía, sino una idea que se deriva del nada simple hecho de analizar ese desconocido periodo de la historia luego de haber sabido que desde mucho antes de que existieran Tula, Tenochtitlan y El Chanal, en el hoy Valle de Colima había ya una ciudad que con el tiempo se fue despoblando y terminó por ser sepultada por el polvo de los siglos.

Esta nueva idea no tiene porqué chocar en contra de nada de lo que ya se ha escrito sobre el Occidente de México y la Meseta Central, sino que nos da (o nos debería dar) una nueva luz también para revisar al menos ese período de nuestra historia, tal y como tendríamos que revisar la historia de nuestra familia si de repente alguien toca la puerta y nos dice ser hijo de nuestro padre, mostrándonos no nada más su acta de nacimiento, sino un parecido tan grande que sería imposible de no ver y admitir.

Así, pues, si de la existencia de la ciudad sepultada en el “Potrero de La Campana” sólo comenzamos a enterarnos fehacientemente en 1993, hoy tendríamos que admitir que su descubrimiento nos obliga a revisar y/o replantear la historia de (cuando menos) la región cercana a los volcanes, y a tener que contemplar, en dicha revisión, la idea de que, como dije antes, los toltecas en particular, y algunas de “las siete tribus nahuas” en lo general, tuvieron no sólo que haber pasado por aquí, sino que Almoloyan fue el primer espacio urbano al que les tocó conocer.

Y si tomamos por válida esta inferencia y nos remitimos al hecho de que los arqueólogos que empezaron a desmalezar Almoloyan se encontraron con efigies de barro y piedra que representan al dios Tláloc, muy bien podríamos entonces deducir también que el culto a dicha deidad pudo haber iniciado allí, o como decíamos, en el capítulo 14, haberse aprendido (por no decir copiado) en Teotihuacan, donde al parecer era “la deidad principal”.

Datos y reflexiones que nos obligan a transitar por una senda que, en Colima, en materia histórica, NO SE HA TRANSITADO NUNCA, pero no porque entre quienes nos antecedieron no hubiesen existido estudiosos capaces para transitarla, sino porque NUNCA TUVIERON ellos la conciencia (como la tenemos hoy), de que en Colima existió esa otra ciudad sepultada.

Y si nos atrevemos a transitar por esa nueva senda, una de las primeras incógnitas que deberíamos plantearnos tendría que ver no sólo con la desconocida identidad de esos antiguos ancestros, sino con los papeles que desempeñaron en la región tanto los fundadores, los gobernantes y los habitantes de Almoloyan, Tóchpan y El Chanal.

ALIMAN, LA OTRA POSIBILIDAD. –

En los “renglones” inmediatos al momento en que el mencionado códice señala la fundación de Tóchpan en el 627, se nos da a entender que, después de haber durado seis años ahí, y dejar alguna gente suya establecida en el sitio, los toltecas habrían continuado su camino y fundado en 633 un nuevo pueblo cuya ubicación no señalan, pero que debió de haber estado muy cerca de la costa colimota, por cuanto que lo denominaron “Quiyahuistlan Anáhuac”. Término que según la traducción que me brindó un colega versado en náhuatl (y que luego confirmé en un diccionario especializado), significa “lugar situado cerca/o junto al agua salada”.

Todo eso antes de continuar diciendo que, luego de pasar por “unas islas y brazos de mar”, fundaron “Zacatlán” (o Zacatula) en “ce ácatal” o 635.

Por otra parte, y como a cualquier grupo de caminantes le es indispensable llevar agua consigo o tenerla muy a la mano, supongo que durante los seis años que transcurrieron desde la fundación de Tóchpan, los toltecas aprovecharon el tiempo (como debió de haber sido en las anteriores etapas de “la peregrinación”) no nada más para aprender a vivir en el nuevo lugar, y a convivir con sus también nuevos vecinos, sino para recorrer y explorar los alrededores. Esto último con el ánimo de seguir caminando más adelante, como, según su creencia, “les había ordenado su dios”. Y así, conociendo yo mismo la geografía local no nada más en los mapas sino “a ras del suelo”, creo que cuando ya decidieron que unos deberían seguir su camino, lo hicieron yéndose muy cerca de la margen occidental del pequeño río que nosotros conocemos como “El Salado”, y luego por la orilla también del más ancho y fuerte Coahuayana, hasta llegar a su desembocadura y cruzarlo. Todo esto antes de continuar su ruta muy cerca de la orilla del mar, para tener también segura su alimentación.

Lo muy poco que el códice indica no nos posibilita saber con exactitud en donde pudo haber estado “Quiyahuistlan Anáhuac”, pero al enterarme de que era un “lugar situado cerca/o junto al agua salada”, eso me lleva a considerar la posibilidad de que, habiendo cambiado de nombre con el paso del tiempo, dicho pueblo pudo haber sido uno muy grande que estuvo en el Valle de Aliman, que se menciona muchísimas veces en los documentos del siglo XVI, y en el que, según los informes que recogió en su recorrido por la región (entre 1551 y 1554) el visitador real, Licenciado Lorenzo Lebrón de Quiñones, “hubo una gran poblazón” antes de la llegada de los españoles.

Todo esto sin dejar de considerar un dato interesantísimo que Carl Sauer anotó en el libro que la Universidad de Berkeley le publicó en 1948: “He caminado sobre las ruinas de un gran pueblo aborigen, el cual parece ser el original Alima. Ruinas de habitaciones y montículos se extendían por cerca de una legua”.

No habiendo existido (hasta donde he podido indagar) ningún otro pueblo prehispánico más grande y notable que éste en toda la actual costa michoacana.

Y si, por último, nos remitimos al dato de que después de estar allí, los toltecas continuaron su camino y, tras de haber pasado junto a “unas islas y brazos de mar”, fundaron “Zacatlán” (o Zacatula) en 635. Nada nos impide afirmar que todo ese tránsito transcurrió por la costa michoacana, como lo podrá corroborar cualquier viajero no dormilón, y cualquier chofer medianamente observador que haya viajado por la carretera desde Tecomán, Colima, hasta Lázaro Cárdenas, Michoacán, donde la asfaltada rúa literalmente serpentea, subiendo y descendiendo cerros desde los que se miran algunos islotes, así como atravesando pequeños valles y no pocas desembocaduras de ríos cuyos estuarios parecen, efectivamente, “brazos de mar”.

Y, por si todo esto fuera poco, tendríamos que mencionar que el pueblo de Zacatula todavía existe, y está situado casi en los límites interestatales de Michoacán y Guerrero, pegadito al caudaloso Río Balsas y muy cerca también del puerto Lázaro Cárdenas. Por lo que estaríamos confirmando en la geografía actual la ruta marcada en la primera parte de “Los anales de Cuauhtitlán”. Códice del que había hecho más amplia mención en el Capítulo 3.

Continuará.

PIES DE FOTO. –

1.- Los más recientes trabajos realizados en La Campana implican, entre otros muy interesantes hallazgos el de “más de una centena de petroglifos con iconografías, dimensiones y filiaciones culturales distintas, y que en su conjunto abarcan un horizonte temporal de casi tres mil años”.

2.- Otro de los más nuevos hallazgos ha sido “un entierro capacha con una temporalidad fijada entre 1800 y 1700 a.C., integrado por seis individuos y 18 objetos cerámicos de dicha cultura del Occidente mexicano”.

3.- El códice que establece la ruta de los toltecas después de pasar por Colima, habla de haber cruzado junto a unas islas, y pasado unos “brazos de mar”, por la actual costa michoacana.

4.- Ese mismo documento señala que fundaron Zacatlán (o Zacatula) en 635. Pueblo que todavía existe en la frontera entre Michoacán y Guerrero.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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