Abelardo Ahumada

VISLUMBRES: PRELUDIOS DE LA CONQUISTA

Capítulo 22 por Abelardo Ahumada

Antes de seguir adelante con lo que el padre Tello averiguó sobre el origen de los indios que vivían en las provincias de Nueva Galicia y Colima, quiero agregar a la biografía del fraile otros datos sueltos que, aparte de Florentino Vázquez Lara, otros tres historiadores colimotes registraron sobre su quehacer en nuestra tierra.

El primero de esos datos fue aportado por el muy meticuloso y entusiasta investigador “empírico” (o mejor dicho autodidacta), Profr. Felipe Sevilla del Río, nacido en Colima el 12 de febrero de 1910 y muerto allí mismo el 28 de noviembre de 1981.

Felipe Sevilla fue uno de esos lectores extremadamente voraces que de cuando en cuando aparecen en cada uno de los pueblos del mundo, y asombró a sus contemporáneos con la cultura enciclopédica que, sin presunción, demostraba tener. Y también fue una especie de alumno y continuador de la obra de Miguel Galindo y Aniceto Castellanos, dedicando buena parte de sus indagaciones a tratar de conocer el pasado indígena y todo cuanto aconteció en Colima durante la época virreinal.

Pero sin meternos demasiado en otras honduras, y hablando únicamente de su conocimiento sobre  la vida del padre Tello, quiero precisar que, andando en una de sus muchas averiguaciones archivísticas, el Profr. Sevilla lo encontró participando en una defensa legal que los habitantes de la Villa de Colima continuaban haciendo frente a las autoridades virreinales para defenderse de un decreto emitido en su contra en 1612, en el que se les ordenaba “la tala total de sus palmares”, y que simultáneamente estableció la prohibición para seguir fabricando el ya entonces muy popular “vino de cocos”. Bebida que en realidad no era un vino sino un tipo de aguardiente que se elaboraba con tuba y agua de coco fermentadas, utilizando ciertas técnicas secretas traídas a Colima por unos “indios filipinos”.

El opresivo decreto, que fue promovido por los importadores del verdadero vino de uva que por ese entonces se traía directo de España, golpeaba la ya de por sí precaria economía de los colimotes, quienes se defendieron como pudieron en contra de semejante infamia, y el pleito se prolongó durante casi tres décadas.

En ese contexto, el hecho fue que, el 23 de julio de 1635, a  solicitud del “alférez mayor Juan Ochoa de Victoria, procurador general desta villa”, el padre Tello fue requerido como testigo a favor de la gente colimota, y tuvo que presentarse ante “el Capitán Juan Bautista de Carassa, alcalde mayor desta provincia por su Magestad” para, en su calidad de “padre predicador y guardián del convento de San Francisco”, dar testimonio de lo que sabía.

Según el acta que levantó el escribano público Clemente Hidalgo de Agüero, fray Antonio se presentó en el tiempo que fue requerido y, habiendo “prestado juramento in verbo sacerdotis y puesta la mano en el pecho… prometió decir verdad… Y puesto en interrogatorio dijo”, entre muchas otras cosas, “ser de edad de cuarenta años poco más o menos” y que, que según diversas pláticas que él había sostenido con sus fieles y vecinos, “tuvo noticia que por el año de 1626 (justo el 29 de octubre), corrió en esta provincia de Colima y sus valles, una borrasca de huracán, viento y agua que derribó y arrasó (prácticamente todas) las huertas de cacao que tenían los vecinos… en el valle de Caxitlan”, y que, “como persona que hace algunos años asiste en esta provincia, ha visto, oído y entendido que después de dicha pérdida”… y al quedar alteradas las tierras, ya no pudieron reponer las huertas de Caxitlan, ni las que tenían “en el valle de Alima”, por lo que lo único que les quedaba como sustento económico era el cultivo de las palmas de cocos y la producción del vino que se mencionaba, rogando a las autoridades que no los obligaran a talar sus palmares.

Dice varias y muy interesante cosas más el padre Tello en ese testimonio, pero las omitiré por no venir a cuento, dejando esto únicamente como constancia de que también “estuvo aquí”, y fue reconocido como testigo de calidad por la feligresía y autoridades de la época.

En otro tenor, tanto el padre Roberto Urzúa Orozco, como el historiador Carlos Pizano y Saucedo, citan varias veces a Tello y lo describen como el primer individuo que hizo mención escrita del “Rey de Coliman”. Pero tampoco diré más ahorita, porque posteriormente dedicaré un capítulo a comentar este otro asunto.

EXTRAORDINARIAS Y MUY INTERESANTES COINCIDENCIAS. –

Volviendo, sin embargo, al punto en que terminamos el capítulo anterior, permítanme los lectores decir que, cuando acometí la lectura del Capítulo III del Tomo II, de la “Crónica Miscelánea de la Sancta Provincia de Xalisco”, me encontré con la novedad de que, usando diferentes palabras, el padre Tello escribió lo mismo que dice el “Códice Boturini”, también conocido como la “Tira de la peregrinación”. Un hecho que inicialmente me llenó de asombro, y sobre el que, al ponerme a meditar en ello, deduje que todo eso sólo pudo ser posible por una de dos vías: ya fuera porque el fraile tuvo a la vista una copia de tal códice, o porque algunos de los viejos indígenas con los que le tocó convivir durante los 34 años que sirvió en los conventos de la región se lo transmitieron de viva voz. Todo ello sin olvidar que cuando el doctor Jesús Figueroa Torres leyó el tomo completo, dijo que en uno de sus párrafos Tello comentó haber visto “unos Anales que tenían los indios”.

Pero para que ustedes, lectores, vean con sus propios ojos que esto que les comento es cierto, los invito a que analicen comparativamente ambos textos:

Uno A: Tello (en la referencia citada) dice que: luego de haber permanecido tres años “en un lugar al que llamaron Hueyculhuacan”, los mexicanos adoptaron el culto a Huitzilopuchtli y la práctica de los sacrificios humanos, antes de disponerse de nuevo a caminar, investidos ya como guerreros del dios.

Uno B: La Tira: (primeras tres láminas, más el texto del “Códice Aubin”): “Allá estaban en Colhuacan. Eran habitantes de allá. Así atravesaron desde Aztlán”. No se habla, pues, de “Hueyculhuacan” sino Colhuacan, pero uno puede entender que  aun cuando hayan sido escritos de diferente manera, se refieren, evidentemente, a un mismo lugar…

Dos A: Tello: “el demonio” (Huitzilopuchlti), un poco antes de reiniciar la marcha, les habría mandado también, “numerar las familias”, dividiéndolas  “en cuatro partes”, a las que les asignó “capitanes y señaló sacerdotes y demás ministros del culto infernal y mandó llevar en andas a su ídolo a la última familia…

Dos B: La Tira: Los aztecas querían ir solos, pero ocho grupos más les pidieron que los dejaran acompañarlos, y se fueron caminando en “cuatro grupos”.

Tres A: Tello: Y los mexicanos siguieron caminando “hasta que pararon en un llano acomodado, adonde había un árbol bien copado, para poner a sus sombras las andas y el ídolo…”

Tres B: La Tira: “En una primera etapa se asentaron al pie de un gran árbol (…)” Probablemente un ahuehuete o una ceiba.

Cuatro A: Tello: “aquí dijo el demonio a todas las familias, que las tres que iban” en calidad de acompañantes “prosiguiesen su viaje, porque él quería quedarse con la mexicana”.

Cuatro B: La Tira: “Les habló entonces Huitzilopochtli y les dijo que en este lugar (los mexicanos) se tenían que separar de los otros barrios”.

Cinco A: Tello: A ese “puesto llamaron Chicomoztoc… (y) estuvieron poblados los mexicanos diez años, sin ocuparse de otra cosa que sembrar maíz y conquistar algunos indios de los naturales de esa tierra y sacrificándolos a su ídolo”.

Cinco B: La Tira: Y permanecieron mucho tiempo después “al pie del árbol”. Aunque en la lámina siguiente se mira a los aztecas sacrificando a otros hombres sobre unas biznagas.

Como lo habrán observado, amigos lectores, las coincidencias textuales son evidentes y se advierten más si uno las compara con las imágenes que de “La Tira” se publicaron como “edición especial”, en el # 26 de la revista “Arqueología Mexicana”, con comentarios al calce del eminente Dr. Patrick Johansson K., conductor, durante ya varios años, del “Seminario de Cultura Náhuatl” en la Universidad de Colima. Y al que, precisamente este jueves 19 de noviembre que acaba de transcurrir, la UNAM le entregó, por cierto, EL PREMIO UNIVERSIDAD NACIONAL, por las aportaciones que ha hecho a la hermenéutica (o interpretación) de los textos y los documentos pictográficos en náhuatl.

Yo tengo, por otra parte, las fotografías de cada una de las páginas que aluden a lo ya dicho en la obra de Tello publicada en 1891, pero terminada de escribir en 1653.

No sé cómo les parezcan a ustedes, lectores, éstas que para mí fueron unas EXTRAORDINARIAS Y MUY INTERESANTES COINCIDENCIAS, pero en este momento quiero detenerme un poquito para explicar porqué me lo parecieron así:

Si tomamos en cuenta que todo lo que expuso Tello lo terminó de escribir apenas en 1653, y que NO HAY ANTES DE SUS LIBROS NINGÚN OTRO INDIVIDUO QUE HAYA HABLADO SOBRE ESTOS TEMAS EN LO QUE FUERON LAS PROVINCIAS DE NUEVA GALICIA Y COLIMA, hemos de entender que, como lo afirmó el Profr. Felipe Sevilla del Río, Tello fue el “Protocronista del Occidente de nuestra República”, o como muy regionalistamente dicen José María Muriá y otros, “el primer historiador de Jalisco”.

Pero al observar, por otra parte, que tampoco hubo en esta región ninguna otra persona que antes del padre Tello hubiera escrito algo tan antiguo sobre el origen de los indios que habitaron todos estos rumbos, tendríamos que admitir, asimismo, que fue el primer cronista español que se refirió a “las peregrinaciones de los mexicanos” en estas mismas latitudes, y que, para poder escribir todo eso, sólo pudo hacerlo, como lo mencioné atrás:  porque tuvo a la vista un códice que le tradujeron o interpretaron los señores indígenas que lo resguardaban, o porque le hicieron esa relación de viva voz, recitando lo que de memoria habían aprendido.

UN GRAN VACÍO EN LA HISTORIA DE LOS AZTECAS.-

Pero volviendo al códice que estamos comentando, cabe recalcar el hecho de que, si bien éste relata una buena parte del recorrido que los aztecas hicieron desde Aztatlán hasta su arribo a las orillas del lago de Texcoco, en un período de 197 años, es muy notorio que entre sus muy ilustrativas láminas hay, por decirlo llanamente, un gran hueco, o vacío histórico de cuando menos unos 29 años, en los que no dice nada de nada, y en el que simplemente “se brinca” desde el sitio en que “cambiaron su nombre de aztecas por el de mexicanos”, hasta aparecer, de repente, ya en Tula.

Colateralmente, los redactores del # 26 de la revista “Arqueología Mexicana”, que ya cité arriba, hicieron una acotación que me parece de suma importancia, pues dicen: “En un estudio comparativo que realizamos entre tres manuscritos en náhuatl y la pictografía del Códice Boturini encontramos semejanzas que no podrían ser fortuitas, y por tanto concluimos que existía una relación entre” ellos. Calificando a esos tres como “versiones alfabéticas” de “la variante pictórica”. Pudiendo haber sido algo similar, entonces, lo que, según mi propia deducción, posibilitó al padre Tello para  escribir lo que escribió.

Todo esto sin mencionar aún la posibilidad de que fray Antonio haya tenido, durante algunos de los momentos que pasó en el Convento de San Francisco, en la capital de la Nueva España, acceso a la monumental obra de fray Bernardino de Sahagún, que ya para entonces, estaba resguardada allí. Puesto que Sahagún había muerto en febrero de 1590, poco más o menos en el mismo año en que  Tello nació.

Pero más allá de todas éstas posibilidades, lo que sí quiero resaltar como cierto en este punto es que, a diferencia del vacío histórico que se percibe en lo que dicen el “Códice Boturini” (versión pictográfica) y el “Códice Aubin” (versión alfabética) de la peregrinación azteca, la relación que hace el Padre Tello NO TIENE ESE VACÍO, porque nos aporta una gran cantidad de datos que, si los sabe uno leer y valorar, sirven para entender otros sucesos que acontecieron después, y a los que nos tendremos que referir en su oportunidad. Así que, para ya no dar tantas explicaciones ni rodeos, resumiré para ustedes al menos una parte de la valiosísima información que sobre lo ya dicho añadió Tello de forma mucho más explícita:

“Luego que (los aztecas) salieron de este pueblo de las siete cuevas, atravesaron los llanos que había, hasta que tocaron las serranías circunvecinas a la provincia de Tzinaloa, y entraron por Petatlán, Culiacán, Chiametla, Tzenticpac, Xalisco”, etc. hasta llegar a “Chapalac y Xocotepec”. Señalando que desde antes de que pasaran los aztecas por allí, “todas estas provincias estaban pobladísimas”, y que, por tanto, se abstuvieron de guerrear “por venir en tropas no suficientes para pelear, contentándose con el sustento que hallaron”, y con enseñarles, según eso, a todos los que quisieron escucharlos, “los ritos del demonio que traían recientes”. Como si sus cuatro sacerdotes hubieran operado como misioneros de Huitzilopochtli, ante pueblos que “antes no adoraban más que al sol, la luna y las estrellas”.

Dice igualmente que, como se convirtieron en excelentes pescadores cuando vivían en Aztatlán, “adiestraron a los naturales (de algunas de los pueblos mencionados) en las pesquerías”.

Pero señalando que, “como eran pocos, se avecindaron en estas provincias y, olvidando” su lengua original, “se acomodaron a las de los naturales de ellas, COMO CONSTA POR TRADICIÓN DE LOS INDIOS DE ESTA PROVINCIA DE XALISCO”.

Continuará. –

PIES DE FOTO. –

1.- El 23 de julio de 1635, a  solicitud del “alférez mayor Juan Ochoa de Victoria, procurador general” de la Villa de Colima, el padre Tello se presentó a declarar en contra de “la tala total de los palmares”.

2.- En la cuarta lámina de “La Tira de la Peregrinación” dice que después de haber sacrificado a unos indios llamados mimixcoas, Huitzilopochtli les cambió el nombre de aztecas por mexicas y los convirtió en guerreros.

3.- En el techo cóncavo de una especie de kiosco que está al final del embarcadero de Chapala, hay una bonita recreación de lo que Tello narra en el Capítulo III del Tomo II, de su “Crónica Miscelánea”.

4.- De conformidad con la tradición a la que aludió el padre Tello, en el segundo párrafo que aparece en esta placa histórica de Chapala, dice: “en su largo peregrinar los aztecas pasaron por aquí”.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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