Abelardo Ahumada

VISLUMBRES: PRELUDIOS DE LA CONQUISTA

Capítulo 15 por Abelardo Ahumada

Al final del capítulo anterior anoté que la Doctora Ana María Jarquín llego a la conclusión de que entre Teotihuacan y Almoloyan hubo relaciones comerciales. Y les comencé a decir, que en una de las páginas oficiales que el INAH tiene abierta en la Internet, nos dice que el desarrollo de la antigua ciudad colimota fue “paralelo al de Teotihuacan y Monte Albán”. Por lo que podemos dar por razonable la hipótesis o creencia de la doctora Jarquín.

Por otra parte, si ubicamos la temporalidad de las piezas que se fecharon en Almoloyan, y las correlacionamos con las cronologías que los arqueólogos (mexicanos y extranjeros) habían publicado sobre las culturas mesoamericanas antes de que se documentara la existencia de esa antigua ciudad, resulta totalmente claro y evidente que Almoloyan no sólo fue contemporánea de Teotihuacan, sino que alcanzó “su máximo esplendor”, poco más o menos al mismo tiempo en que Teotihuacan estaba iniciando su decadencia, y en el mismo lapso también en el que los toltecas estaban por irrumpir en la historia.

El hecho, sin embargo, de que se haya afirmado que Almoloyan iba transitando hacia su período de “máximo esplendor” cuando, inversamente, Teotihuacan iba perdiendo el suyo, no quiere decir que la ciudad colimota llegara a ser tan notoria y poderosa como la del altiplano, ni que ésta haya caducado porque ascendió la otra, ya que, según una puntual apreciación del Dr. Ignacio Bernal, autor de la “Guía Oficial, Teotihuacán”, publicada inicialmente por el INAH en 1985, aunque la fase de su decadencia inició “hacia el 600 d. C., todavía era sumamente rica”. Y no debemos comparar nosotros a la ciudad colimota con lo que fue esa urbe de proporciones totalmente fuera de lo común en su tiempo.

Pero con todo y que Almoloyan haya sido muy pequeña en comparación con Teotihuacan, eso no le puede quitar la importancia que seguramente llegó a tener en el Occidente de lo que hoy es México. Aunque de todo esto no hay, al menos hasta donde me he podido enterar, ninguna publicación que nos dé más luz sobre ese interesante tema.

CHAMANES Y SACERDOTES. –

De lo que sí he podido conseguir alguna información, digamos fidedigna, se refiere a que los desarrollos de Teotihuacan y La Campana sí parecen haber sido, si no coincidentes, sí al menos paralelos:

En 1999 el Conaculta y el INAH publicaron el libro: “GUÍA PARA MAESTROS. Museo Nacional de Antropología”, que en la página 45 alude a la “Sala de Teotihuacan”, y dice: “El periodo que comprende entre 100 a. C. y 800 d. C. es conocido como época Clásica y en el Altiplano Central se desarrolló el gran centro urbano de Teotithuacan”.

En lo que corresponde a la ciudad colimota ya se había dicho que “evolucionó entre los 250 años a. C. y el 950 d. C.”. Lo que de entrada nos llevaría a observar que, con todo y haber sido una ciudad muy modesta, Almoloyan habría sido más antigua y más longeva que la “Ciudad donde moraban los dioses”. Aunque, como bien se sabe, en el valle donde emergió esa gran ciudad hubo gente poblándolo desde muchos años antes de que ésta surgiera, y nunca dejó de existir en los alrededores luego de que decayó.

Mas como quiera que todo esto haya sido, la mencionada “Guía para maestros” añade que durante los primeros siglos de Teotihuacan “tuvo lugar el auge del régimen teocrático”. Un tiempo en el que los sacerdotes que allí existieron, no sólo “concentra[ron] las funciones religiosas y ceremoniales, sino las políticas y organizativas”. Llegando, incluso, a organizar “la producción y la distribución de bienes”.

Señalando asimismo que “la economía [de Teotihuacan] estaba basada en la agricultura y el comercio”. Así como “existía una marcada división social que abarcaba desde los sacerdotes gobernantes hasta los campesinos”.

No quiero hacer de lo anterior un dogma de fe, pero sí manejar la idea de que, si Almoloyan y Teotihuacan fueron contemporáneas durante algunos siglos, y eventualmente hubo algún contacto entre las dos, muy bien pudieron ser, pese a sus diferencias de tamaño y ubicación, muy parecidas en cuanto a su organización socio-religiosa, política y económica. Lo que nos llevaría a creer también, en la posibilidad de que, al menos durante algún tiempo, Almoloyan también fue regida por los sacerdotes, y que, guardando todas las proporciones del caso respecto a los de Teotihuacan, éstos pudieron actuar de manera muy parecida.

No tengo ninguna “prueba efectiva” de que así haya podido ser, pero baso la idea en que, si, como se afirma, Teotihuacán se convirtió en “una ciudad sagrada”, o en un “centro religioso de importancia mayor”, cuyas influencias de todo tipo llegaron incluso a Chiapas y Guatemala, no es imposible que al menos algunas de esas influencias hayan llegado hasta los pueblos del Occidente, entre los que, ahora sabemos, destacó de algún modo la ciudad de Almoloyan.

Aparte, como un apuntalamiento de lo anterior, quiero mencionar, a manera de claro ejemplo, el hecho de que tanto en Almoloyan como en Teotihuacan se veneraba a Tláloc. Tal y como los lectores que quieran lo pueden comprobar si visitan las ruinas que aún quedan de lo que fue el convento de San Francisco de Almoloyan (empezado a construir en febrero de 1554). Pues, allí, en lo que ahora son los cimientos del templo moderno, hay al menos tres piedras labradas que contienen típicas representaciones de esa deidad. Lo que asimismo nos sirve para comprobar que los albañiles indígenas, operando con un criterio travieso, aprovechándose de la ignorancia que tenían los frailes, ayudaron a construir un templo a “un nuevo Dios”, sin dejar de dejar constancia que seguían adorando al menos a uno de los suyos.

Hablando sobre otro aspecto de ese mismo tema, la Dra. María de los Ángeles Olay Barrientos, en 1996 publicó un “Catálogo de piedra arqueológica” localizada en el área de El Chanal, al que tituló  “Piedras sacras y profanas”, en el que, siguiendo una teoría expuesta por el arqueólogo estadounidense Peter Furst en 1966, nos dice que en una fase anterior a la aparición de lo que se llamó la casta sacerdotal, predominaron los chamanes, que no tenían, por decirlo así, un culto muy definido, pero que al llegar otros “grupos intrusos” que ya “tenían dioses concretos y visibles” en “figuras de bulto”, fueron imponiendo sus cultos y “la religión se volvió, por esta vía, una actividad fundamentalmente pública”. Para la que “los escenarios” en que se realizaban los actos, “necesitaron de pronto, revestirse de una majestuosidad digna de la magnificencia y poderío de aquellos a quienes se rendía veneración. Hicieron entonces su aparición los templos – moradas de los dioses en la Tierra-, y las plazas – espacio de congregación de los fieles-. Irrumpía por fin, en Colima, el espíritu sacro que dominó por siglos a Mesoamérica”. Todo esto sin que se nos olvide expresar que en dicho catálogo aparecen otras representaciones del ya mencionado Tláloc y algunas también de Ehécatl, el “dios del viento”, que para la doctora Olay implicaban “sin duda, la existencia de una religión oficial” al menos en El Chanal.

Ese libro, como ya se dijo, fue publicado en 1996, cuando apenas se estaban cumpliendo dos años de que iniciaron las exploraciones en La Campana. Pero si tomamos en cuenta que las piedras del convento de San Francisco fueron tomadas de basamentos que pertenecieron a esta otra ciudad, muy bien podemos abrigar la idea de que, siendo Almoloyan muchísimo más antigua que El Chanal, el culto a Tláloc inició en la primera y se trasladó a la segunda por simple sucesión de hechos.

Colateralmente, dando fuerza a lo que se acaba de expresar, el Dr. Ignacio Bernal, dice que “Tláloc, el dios de la lluvia, [era] la principal deidad de Teotihuacan, de la que dependían las cosechas y, con ellas, la continuada existencia de la ciudad”. Y, por si fuera poco, agrega: “Huehuetéotl, el viejo dios del fuego” se veneraba también allí, siendo “uno de los primeros dioses del panteón mesoamericano en definirse”.

Frase que quiero relacionar con la que los investigadores de La Campana escribieron en el sentido de que “la antigua urbe [… estaba] orientada al Volcán de Colima, lugar en el que […] habitaba el Dios Viejo del Fuego”, al que también se le conocía como Xiuhtecuhtli.

Así, pues, son los arqueólogos los que han encontrado esas coincidencias y yo sólo me encargo de presentarlas juntas.

EL DÍA EN QUE LOS “TOLTECAS” INVADIERON A TEOTIHUACÁN. –

Casi al final del segundo párrafo de este capítulo les comenté que, según las cronologías normalmente usadas por la gente del INAH, “los toltecas irrumpieron en la historia” poco más o menos al mismo tiempo en que la colimota Almoloyan iniciaba su periodo de mayor esplendor y en el que Teotihuacán comenzaba a decaer.

Complementando este dato, en la ya mencionada “Guía para maestros” dice: “A la caída de Teotihuacan (acaecida en el siglo IX), los focos de poder se desplazaron a otras regiones al haber una ÉPOCA DE REACOMODO que da paso a otras culturas”. Como la de Cacaxtla, Xochicalco y Tula.

Pero yo sólo me voy a referir a Tula y al pueblo tolteca, respecto del cual, fray Bernardino de Sahagún en su “Historia general de las cosas de la Nueva España”, afirma que fue “el primero de los pueblos nahuas”. Pueblo que, según las cronologías del INAH, se desarrolló durante el período llamado “Postclásico temprano: desde el 850 al 1 250 d. C.”, aproximadamente.

Todo ello no obstante que, como lo hemos venido diciendo en otros capítulos, hay algunos antiguos códices que hacen referencia a que “los toltecas comenzaron a emigrar en el año “ce ácatl” de su calendario (o 583 en el nuestro), “fundando Xalisco en el “10 totchtli” (610), etc.

Al observar esta aparente incongruencia compruebo que hay algunos arqueólogos del mismo INAH que, o desconocen el contenido de los códices, o dudan de la precisión calendárica que éstos aportan, o solamente dan por válidas las fechas de las “dataciones científicas” que aplican a las piezas que van estudiando.

Pero sin detenerme a discutir los motivos de esta incongruencia, la cronología oficial parece ubicar a los toltecas sólo a partir de que, por decirlo en términos teatrales, aparecieron en “la escena teotihuacana”. Puesto que tal y como el Dr. Ignacio Bernal, afirma (o nos da a entender), todo ello habría ocurrido poco más o menos en el 850 después de Cristo.

Y, en ese preciso aspecto, él señala que por aquellos años llegaron al espacioso valle unas tribus cuyos nombres y características no menciona, pero que, a la postre, se convirtieron en “los conquistadores” de la ya muy decaída ciudad, y que, si bien lograron habitarla (y dominarla), se instalaron en sus “ruinas […] en condiciones bien inferiores, con pisos de lodo y casas de adobe”. Habiendo tenido, sin embargo, “la posibilidad de vivir junto a los pocos teotihuacanos que allí permanecían”, aprendiendo seguramente de ellos, y aportándoles también lo suyo. De tal modo que “de la mezcla cultural de ambos se formó el periodo de la historia de México que llamamos tolteca”.

Yo no había sospechado siquiera que los pueblos a los que llamamos toltecas hubiesen podido invadir y conquistar a la ya muy debilitada ciudad, pero en este documento se les califica así, y agrega, además, que fueron estos “conquistadores” los que tomaron de la gran ciudad “numerosos rasgos culturales que pasarían más tarde hasta los mexicas”.

Aseveración que ahora me sirve para entender mucho del modo de ser de los aztecas, que cuando llegaron a los alrededores del lago de Texcoco, eran, en comparación con los demás pueblos, el más primitivo (o el menos civilizado) de todos los que por ahí existían.

Pero contengamos el ímpetu y no nos adelantemos, sino que sigamos revisando un poco más el asunto de los toltecas:

En varios libros de historia y/o antropología se afirma se afirma que un tal “Topiltzin Quetzalcóatl fue la figura predominante de Tula” (la primera gran ciudad netamente tolteca), y que, siendo “el personaje más ilustre de esta época”, no sólo “señoreó en Tula Xicotitlan”, sino que propició “el culto al dios Quetzalcóatl”.

Pero quienes hablan acerca de él ya no son tan claros cuando se trata de decir cuál fue su origen, y se justifican diciendo que ése fue un período en que se “revolvió la historia con el mito”.

Por tal motivo no conozco ni un solo párrafo que nos pueda dar luz para desentrañar ese enigma, pero IMAGINO QUE el famoso “Topiltzin Quetzalcóatl”, del que tanto se menciona en Tula, muy bien haya podido ser uno de esos grandes genios de la manipulación (de los que siempre han existido en el mundo) que, habiendo visto el grado de veneración que se le rendía a “La Serpiente Emplumada” en Teotihuacan, se quiso apropiar de su fama y llevó ese culto a Tula, convirtiéndose, por decirlo así, en su fundador allá, y en el primer “sumo sacerdote del mismo”.

Idea que manejo basado en la afirmación que el Dr. Bernal y otros que lo siguen hacen, en el sentido de que los sacerdotes de Teotihuacan solían organizar “grandes representaciones divinas […] en las que [salían] vestidos de dioses, o como los dioses […] portando tocados complicadísimos”, como se aprecia en los numerosos murales que afortunadamente se conservan en esa ciudad. Práctica que muy bien pudo replicar en Tula el mencionado Topiltzin Quetzalcóatl. Sin que se nos olvide el dato de que sólo fue un poquito antes cuando “los conquistadores de Teotihuacan”, al ver la magnificencia “de las colosales ruinas”, y al advertir – agrego yo- su propia incapacidad para edificar algo por el estilo, llegaron a la conclusión de que quienes construyeron tan grandiosos edificios no habían podido “ser hombres sino gigantes, o los propios dioses”.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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