Abelardo Ahumada

“VISLUMBRES: PRELUDIOS DE LA CONQUISTA” por Abelardo Ahumada

Capítulo 13 

Aun cuando la autorización que brindó el Ayuntamiento de Villa de Álvarez para iniciar los trabajos que derivarían en la construcción de la Comercial Mexicana fue emitida el 14 de septiembre de 1993, tuvieron que pasar varios meses para que sus instalaciones se terminaran. Pero en el ínterin “aparecieron las famosas máquinas motoconformadoras que empezaron a deshacer lomas y aplanar un enorme espacio, muy cerca de donde el Potrero de la Campana tenía su límite oriental con el arroyo de Pereira”.

De mis andanzas infantiles por aquellos rumbos, recuerdo que había árbol muy grande de huicilacate encaramado en la cima de lo que para nosotros era una “loma” más alta que las demás, y que ahora supongo pudo ser una pirámide. Estaba como a unos cuarenta metros del cauce del arroyo y, que, según mis cálculos, debió de estar, poco más o menos, en donde se construyó uno de los locales externos de la Comercial Mexicana, que después tuvo una farmacia del ISSSTE. “Loma” a la que las poderosas máquinas arrasaron sin ninguna dificultad. Como también lo hicieron los buldóceres con otras que había unos poquitos metros más más abajo, en 1976, cuando se abrió la que hoy es Avenida Tecnológico. Todo esto sin que, como dije antes, a nadie le importara el patrimonio cultural que se estaba destruyendo.

Y, como una prueba más de esto que afirmo, a los pocos días de que se llevó a cabo la inauguración de La Comercial, las máquinas volvieron a operar; esa vez para abrir, como a 80 metros de su enorme estacionamiento, la muy amplia calle que, conforme a la maqueta que se expuso a la entrada de la tienda, habría de ser el acceso principal del “Fraccionamiento Diamante”.

En ese momento muchos colimotes, comaltecos y villalvarenses pudimos observar la destrucción de otros montículos más, y los cortes que quedaron de otros que fueron parcialmente dañados. Pero con lo que no contaban los inversionistas, fue con que un grupo de solicitantes de tierras del Partido del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional ya le había puesto los ojos también a esos terrenos, para que se los otorgaran a un grupo de sus militantes que, según eso, carecían de viviendas.

Los cardenistas, en efecto, viendo que las máquinas ya estaban “despejando el terreno” para iniciar la construcción del fraccionamiento de lujo, se fueron a detener las obras y, para abreviar trámites y trabajo, primero le prendieron fuego al zacatal que cubría las “lomas”; luego delimitaron con mecates y estacas los que podrían ser algunos lotes y, ante la posible reacción del gobierno en apoyo de los dueños del predio, se apoltronaron sobre la calle recién abierta, levantaron un precario campamento y empezaron a fincar algunas “casas” con palos, cartones y lonas de plástico. Sin que tampoco a ellos les interesara, o sin que supieran siquiera, que allí mismo hubiese una antigua ciudad prehispánica sepultada.

Yo fui a dicho campamento a documentar sus propósitos; platiqué con algunas de esas pobres gentes y, como había “intereses económicos muy importantes” y cierto factor político detrás del fraccionamiento en cuestión, el gobernador (creo que ya lo era Carlos de la Madrid), envió a unos emisarios para negociar con “los paracaidistas” la dotación de unos “lotes en breña” para sus anheladas viviendas. Y como ellos, al parecer, no querían otra cosa, se conformaron con los que les ofrecieron, no sé si en la Colonia Solidaridad o en algún otro espacio disponible. Pero el caso fue que al gobierno le salió barato el arreglo y “los paracaidistas” cumplieron con su viejo anhelo.

Pero mientras se resolvía ese problema, se supo también que algunos de los antiguos herederos (o de los nuevos propietarios) del extenso predio de La Campana, se inconformaron con los términos del contrato que se había firmado, y se inició un conflicto legal que tardaría años en destrabarse.

UNA LLAMADA MISTERIOSA. –

Saltándome algunos puntos que harían muy larga esta relación, no quiero dejar de anotar, sin embargo, que el actual “sitio arqueológico de La Campana”, era, en el tiempo que estamos comentando, desconocido para las autoridades del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), y que fue un día memorable de septiembre de 1993 cuando, hallándose en el De Efe, la doctora en arqueología Ana María Jarquín Pacheco, recibió un citatorio de la Coordinación Nacional Antropología del mencionado Instituto, pera que se presentara en la oficina de su jefe y colega, el  Dr. Alejandro Martínez Muriel:

“Yo llegué ahí ignorando de qué se trataba el asunto, y sin sospechar siquiera lo que significaría para mi esposo y para mí ese llamado” – me comentó la doctora en una larguísima entrevista que tuve con ella el 6 de octubre de 2012. Y luego siguió diciendo:

“El doctor Martínez Muriel – ahora ya fallecido- me dijo que unos días atrás había recibido ‘una denuncia telefónica hecha desde Colima por una persona mayor, del sexo femenino, que no quiso dar su nombre’. Pero que él suponía que pudiera haber sido la Maestra Griselda Álvarez Ponce de León, ex gobernadora de aquel estado, y persona aún influyente”.

“La denuncia iba en el sentido de que tras de haberse iniciado la construcción de un moderno centro comercial al norte de Villa de Álvarez, Col., se procedió a meter maquinaria en un predio aledaño, con el propósito de abrir las calles y las avenidas de lo que pretendía ser un fraccionamiento de lujo; pudiéndose observar, a simple vista, que se estaban destruyendo, rápidamente, algunas estructuras prehispánicas grandes”.

“No sé -añadió la doctora- si fue el tono con que le habló esa señora al doctor Martínez, o si su creencia de que fuera la ex gobernadora la que le llamo; pero el hecho fue que se motivó para enviarme a constatar la destrucción de que se hablaba. Aunque ya muy confianza me dijo que me hiciera acompañar de mi esposo (Enrique Martínez Vargas, de la misma profesión); que tomáramos el primer vuelo del viernes a Colima; que viéramos el sitio; que calibráramos lo que hubiera allí y, suponiendo él que fuera muy poco interesante, nos fuéramos después, a pasar el fin de semana en Las Hadas”.

Corroborando y ampliando más tarde la confesión que me hizo, en diciembre de ese mismo 2012, la pareja de arqueólogos publicó un libro titulado “La Campana de Colima, Historia Breve y Catálogo de Piezas arqueológicas del antiguo asentamiento de La Campana, Colima”, en el que presentan un resumen de sus años de trabajo en el área, y en cuya Introducción ella dice que una gran parte de los arqueólogos del país “desconocíamos a los colimotes” y que, por ende, ella y su esposo vinieron a cumplir, como quien dice “de trámite”, aquella inicial revisión:

“Es preciso confesar que pensábamos más en el mar y en los mariscos que en monumentos arqueológicos”. Para añadir a continuación que, cuando “impacientes llegamos a Colima, queríamos de manera rápida cumplir con nuestra comisión”.

Narra que un chofer (y al parecer unos funcionarios menores) de la Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado los fueron a recibir al Aeropuerto de Buenavista en una camioneta “combi”. Y que, luego de entrar a la ciudad, y avanzar un tramo por la avenida Tecnológico, “de repente una voz dijo: ‘Llegamos a La Campana’. Y hasta ahí llegó nuestro absurdo desinterés”.

SE ABRE LA POSIBILIDAD DE DESENTERRAR LA CIUDAD SEPULTADA. –

“El contacto con la realidad de la arqueología de Colima fue impactante, estábamos ante los vestigios materiales de una antigua urbe prehispánica de carácter monumental”- añade en la página 16.

Una ciudad de la que ellos, insisto, no tenían una sola noción de su existencia. Pero volviendo al momento de nuestra entrevista, le pregunté:

  • ¿Supo después quién era esa señora?
  • No, pero suponemos que debió de haber sido de Colima o Villa de Álvarez, porque cuando habló con el doctor le dijo que desde niña venía a jugar con sus hermanos aquí, y que frecuentemente se hallaba ‘monitos de barro’.
  • Llegaron, pues, y ¿luego?
  • Pues nada que La Campana me atrapó desde que la vi.
  • Pero ¿cómo, si estaba todo esto cubierto de maleza y escombros?
  • Pues porque yo ya tenía más de veinte años de experiencia en otras exploraciones y excavaciones, y el ojo entrenado para detectar algunos elementos que pudiesen pasar desapercibidos a la mayoría de las personas… Inmediatamente procedimos a detener las obras que estaba desarrollando la inmobiliaria. Lamentablemente ya no pudimos evitar que se construyera el centro comercial, pero lo demás se paró, no obstante que había aquí intereses muy fuertes, dado que el fraccionamiento incluso iba a contar con campo de golf y cosas así. Se iba a llamar, creo, Esmeralda o Diamante… Los dueños nos demandaron. Se inició un litigio en nuestra contra, pero contra todo ello el INAH nos apoyó. Me preguntaron que, si quería venirme a trabajar acá, les dije que sí. “Preséntanos, entonces, un proyecto” – me dijeron-. Se los presenté. “Ve y habla con el gobernador (Lic. Carlos de la Madrid), explícale”. Lo hice, y también con el rector de la Universidad de Colima, entonces Fernando Moreno Peña. Conversé con ambos. Conté con su apoyo también, e iniciamos las primeras exploraciones con recursos aportados por las tres instancias… La Campana se comenzó a revelar y, yo, como quien dice, a tener un diálogo con los edificios y las estructuras que poco a poco hemos ido desenterrando. Ha sido asombroso lo que nos encontramos. Es algo de lo que deben estar orgullosos los colimenses. Algo que deben esforzarse por preservar, porque los litigios siguen, y porque el espacio que hasta la fecha tenemos explorado superficialmente no sólo abarca estas seis hectáreas que llevamos trabajadas, sino que alcanzaría ciento treinta y ocho.
  • Después de estar, como usted dice, ya casi veinte años dialogando con estas piedras y estos edificios, ¿qué conclusiones ha podido sacar?
  • Que aquí fue la ciudad prehispánica más grande del Occidente de México, y que muy posible se llamó Almoloyan.
  • ¡¿La ciudad más grande del Occidente?! ¡¿Almoloyan?! – Exclamé ahora asombrado yo.
  • Sí, la más grande. Al menos mientras no se localice otra con mayores dimensiones. Porque tenemos conocimiento de que esta ciudad prehispánica abarcó no sólo estas 138 hectáreas que les comento, sino MUCHAS MÁS QUE LLEGABAN HASTA DONDE POCO MÁS O MENOS HOY ESTÁ EL TEMPLO DE SAN FRANCISCO, QUE FUE CONSTRUIDO SOBRE UN BASAMENTO PREHISPÁNICO. Y porque al cotejar todo esto con algunos documentos del siglo XVI se habla de un antiguo pueblo que se llamaba Almoloyan, o Almolonia, cuya etimología, de origen nahua, quiere decir, ‘lugar situado entre agua que corre’. Dato que a nosotros nos parece muy evidente, o muy coincidente, al estar situado este centro ceremonial entre el arroyo de Pereira y el río Colima (‘aguas que fluyen’) … Un sitio geográficamente perfecto en el que, por las lluvias y por el riego se podían producir hasta dos cosechas de maíz al año”.

La visión, pues, que, tras casi dos décadas de exploración llegaron a tener los doctores Ana María Jarquín Pacheco y Enrique Martínez Vargas sobre la ciudad sepultada bajo los terrenos del Potrero de la Campana y otros aledaños, coincidió con la que en su momento tuvieron el profesor Aniceto Castellanos, el doctor Miguel Galindo, la doctora Isabel Kelly, y hasta Fidencio Pérez Vega. Pero en su libro agrega un dato que yo desconocía, cuando dice que, según informes que ella consiguió, la idea de que existía “una zona arqueológica” en todo ese espacio “no era nueva”, porque “en 1917 el ingeniero Gutiérrez Santa Cruz (sic) levantó el primer plano topográfico de parte de lo que él consideró un importante y antiguo asentamiento prehispánico”. Aunque lamentablemente no mencionó el nombre completo de dicho señor, ni notificó dónde o con quién encontró esa referencia. Pero a cambio de esa omisión, sí dice que “en 1922, un bendito ‘loco’, el doctor Miguel Galindo Velázquez (que en realidad era Velasco), realizó la primera investigación arqueológica (sin ser arqueólogo, señalo yo) en una de las estructuras en la parte central del asentamiento, señalando la importancia del lugar”.

LOS PRIMEROS “DATOS FUERTES”. –

Así, pues, la doctora Jarquín Pacheco fue suficientemente humilde para reconocer que “un bendito ‘loco’” les había mostrado el camino. ¿Pero cuáles son los datos que, ya profesionalmente hablando, aportaron ella y su equipo?

Dentro del gran contexto mesoamericano, uno de los primeros resultados que los autores del mencionado libro nos brindaron es el siguiente:

“La antigua urbe se localiza en la zona noroeste de la capital del estado de Colima, en el municipio de Villa de Álvarez, orientada al Volcán de Colima, lugar en el que”, desde la perspectiva de sus constructores y sus habitantes, “habitaba el ‘Dios Viejo del Fuego’”, o Xiuhtecuhtli, “bajo cuya tutela evolucionó, de un humilde asentamiento en el Preclásico Tardío (250 años a. C., aproximadamente), a una urbe de gran importancia durante el Periodo Clásico y Epiclásico”, que a su vez abarcaron desde el 250 al 950 d. C.

Y, más adelante, en la página 29 dicen que, luego de admitir como válida la “secuencia cerámica de la región [central] de Colima […] establecida por Isabel Kelly”. Ellos se encontraron con que “las piezas cerámicas” que catalogaron luego de “las exploraciones [hechas] en la zona arqueológica de La Campana […] corresponden a las fases cerámicas de Ortices, Comala, Colima y Armería”. Las que, en su conjunto, como se recordará, abarcarían desde el año 100 a. C., aproximadamente, al 1,150 d. C. Por lo que estaríamos evidentemente hablando de una ciudad mucho más antigua que la de El Chanal, y que como mínimo duró activa bastante más de un milenio.

Yo, que ni soy arqueólogo, ni historiador profesional, me emocioné grandemente al escuchar primero, de labios de la doctora, y al leer después, esta interesantísima noticia. Y desde luego que empecé a atar cabos y a vislumbrar algunas conclusiones. Pero como mi espacio, por hoy, ya se terminó, de todo les empezaré a contar en el siguiente capítulo.

PIES DE FOTO. –

1 y 2. – (PRESENTAR JUNTAS CON EL MISMO PIE DE FOTO). Al poco tiempo de que se inauguró La gran tienda, las máquinas empezaron a abrir calles para un fraccionamiento de lujo, pero unos “paracaidistas” en demanda de terrenos para viviendas, se posesionaron de los terrenos.

3.- Cuando se destrabó el problema, ayudados por un gran equipo de trabajadores manuales, los arqueólogos empezaron a descubrir las estructuras arquitectónicas que, tras de más de 1000 años de abandono, la maleza y el polvo se encargaron de sepultar.

4.- La doctora Ana María Jarquín Pacheco fue la encargada de coordinar todos esos trabajos. Foto del sábado 6 de octubre de 2012.

5.- “Para conocer los secretos que encierran todas estas piezas se requieren muchas horas de paciente trabajo”. Dr. Enrique Martínez Vargas. Sábado 6 de octubre de 2012.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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