Abelardo Ahumada

VISLUMBRES

PRELUDIOS DE LA CONQUISTA

Capítulo 43

Abelardo Ahumada

De conformidad, pues, con la crónica del padre Beaumont, el ejército de Moctezuma Xocoyótzin fue dos veces derrotado por el del Cazonci Zuangua. Y en abono del segundo episodio Beaumont señala  que a él mismo le tocó ver,  como si fueran un “funesto monumento” de la victoria que obtuvieron los michoaques, “innumerables huesos (…) en el campo que media entre Maravatío y Tzitácuaro.”

El problema, sin embargo, es que el padre Beaumot no le puso fecha a esas dos batallas, y como las menciona literalmente una tras otra, cualquier lector podría creer que pudieron haber sido organizadas en el lapso de un mes o de unas pocas semanas, cuando lo cierto es que, dadas las circunstancias que prevalecían entre los mexicas y sus aliados de aquella época, no era nada fácil reponer a los guerreros muertos o cautivados, y eso los llevaba a esperar incluso años para que crecieran los muchachos que estarían en aptitud de sustituirlos, tal y como sucedió cuando en 1479, los aztecas intentaron solemnizar “la estrena de la Piedra del Sol”, ofreciendo, sin conseguirlo, la sangre de guerreros michoaques a Huitzilopochtli.

Así, pues, si tomamos en cuenta esos datos, saltan a la vista al menos dos cosas: una, que con todo y la mucha prisa que pudiera tener Moctezuma para vengarse de Zuangua y los suyos, debió de esperar un tiempo prudente para poder integrar un segundo ejército más numeroso que el anterior, y otra, que el dicho Zuangua, advertido de la presencia activa de algunos tecos y matlazincas en plan de aliados de Moctezuma, algo debió de hacer en contra de ellos para castigarlos.

A este último asunto, sin embargo, le daremos un enfoque posterior, y nos ocuparemos en buscar otros testimonios que nos puedan enriquecer la información que hasta ahorita hemos podido presentar. 

En este mismo sentido quiero comentarles que tanto fray Juan de Torquemada, en su “Monarquía Indiana”, como fray Diego Durán, en su “Historia de las Indias de la Nueva España”, coindicen en dedicar todo un capítulo a Tlahuicole. Pero si bien el primero señala que luego de haberle Moctezuma perdonado la vida por su enorme valor, lo invitó a conducir su ejército en contra de los michoaques, con los resultados que ya vimos en el capítulo anterior, el segundo no hace ninguna referencia a la participación del gigante tlaxcalteca en la guerra contra los michoaques y, contra las demás versiones, él afirma que, estando muy triste el gigante de no ver y no estar con sus hijos y sus mujeres, un día se subió al del templo de Tlatelolco (el que según se ha dicho tenía 101 escalones) y se dejó caer desde lo más para morir.

Y en cuanto al segundo ataque y al muy gran ejército que Moctezuma habría enviado contra los michoaques ninguno de los dos agrega tampoco nada. Y el único que ubica temporalmente lo hecho por Tlahuicole en contra de aquellos es el autor de la “Monarquía Indiana”, diciendo que todo eso sucedió “pocos años antes que llegaran los españoles a estas tierras”. Y así no nos saca de ningún apuro.

QUE MOCTEZUMA  QUISO ESTRENAR SU PROPIA PIEDRA DE SACRIFICIOS. –

Un segundo asunto en el que coinciden Torquemada, Durán y Fernando Alvarado Tezozómoc, es en el de que, comportándose casi como lo hacen los presidentes y los gobernadores del México actual, los hueytlatoanis mexicas que iban ascendiendo al poder querían lucir o brillar más que sus antecesores, y que para lograrlo intentaban hacer cosas más grandes, aunque no fueran originales sino copiadas, señalando, por ejemplo, que cuando Moctezuma vio terminado el templo mayor que había mandado construir, se le hizo pequeña e insignificante la piedra de los sacrificios que había mandado hacer su abuelo, y ordenó hacer otra que, siendo muy pesada, requirió de muchísima gente que la arrastrara y que, cuando iban tratando de hacerla pasar por un puente, se les cayó a la laguna, “llevándose tras (de) sí (a) su sacerdote mayor, que la iba incensando y (a) otro grande número de gente que dio más presto en el infierno que la piedra en el suelo del agua”. 

Respecto a ese punto Torquemada explica que a Moctezuma todo lo que habían hecho sus antecesores en el cargo le pareció que debía ser superado, y que por lo mismo “la piedra (de los sacrificios) que había puesto su abuelo (Axayácatl) era chica y baladí, y no correspondía con la grandeza y autoridad de México”. Por lo que mandó buscar y esculpir “la piedra más ancha y espaciosa que se pudiere hallar en la provincia”, urgiéndole a los mejores canteros de la región que fueran a trabajar en ella, con la idea de tenerla lista para “la fiesta del desollamiento”. Señalando que la gran piedra fue hallada en Chalco, “en un cerrillo, junto al río que baja de Amecamecan”, y que le nombraron “Temalácatl, que en nuestro romance quiere decir ‘piedra redonda’”. 

Advirtiendo ambos que la caída de la piedra desde el puente a la laguna, se interpretó como “uno de los mayores azares y agüeros que los mexicanos tuvieron de su desventura, porque allí creyeron que ya su dios los desamparaba”.

No obstante lo anterior, también hay coincidencia en señalar que la “Temalácatl” fue sacada del agua y llevada hasta “el templo de Huitzilopochtli (…) con grandísimo trabajo”. Y que en su “estrena” murieron todos los “cautivos que de muchas provincias” habían sido trasladados. Estrena que habría ocurrido en el “décimo año de su reinado”. Lo que nos lleva a decir que fue entre 1512 y 1513.

EL VERDADERO CARÁCTER DE MOCTEZUMA. –

Y como una buena parte de lo que sucedió después en nuestra región se derivó de un capricho de Moctezuma, conviene que revisemos algunos de las descripciones que hicieron sobre su persona: 

Fray Diego Durán, refiriéndose al momento en que se realizaron los funerales de Ahuízotl, y la inmediata elección de Moctezuma como su sucesor, transcribió los discursos que antes de coronarlo pronunciaron al menos tres grandes personajes: su tío Tlilpotonqui, hijo de Tlacaélel, quien ejercía como gobernador o Cihuacóatl; Nezahualpilli, monarca texcocano y Totoquiuhaztli, rey de Tacuba, representantes todos de la Triple Alianza y únicos facultados para instruir al nuevo monarca sobre sus deberes.

En ese sentido, y aun cuando sean memorables todos, sólo me referiré a un par de aspectos del que pronunció el último de los tres. Siendo muy de notar el imperativo de justicia social que se mira en la parte inicial de su discurso: 

“Ya has oído, hijo mío, las razones que te ha dicho el Rey de Texcoco; pero mira que hay muchas otras que te son encomendadas (…): acuérdate de los viejos y de las viejas que gastaron el tiempo de su mocedad (juventud) en servicio de la república y, ahora, vueltos sus cabellos blancos, no pudiendo trabajar, mueren de hambre. Ten en cuenta a los pobres macehuales (la gente de las clases bajas), porque estos son (como) las alas y las plumas, los pies y las manos de las ciudades”. 

Y, siendo muy reveladora también la instrucción que el viejo Totoquiuhaztli dio a Moctezuma sobre  la guerra que entre ellos era una actividad frecuente: “Ten (muy en) cuenta honrar a los señores (de los pueblos aliados), pues éstos son las fuerzas contra Tlaxcala, Mechuacan, Meztztitlan y todas las demás fronteras enemigas de los mexicanos, contra los cuales has de estar siempre remendando tus armas, enderezando tus flechas y componiendo tu espada (…) pues has de ser pobre con los pobres, y llorar con los afligidos, poderoso con los poderosos;  abstero (severo) con malos y pecadores, y piadoso y misericordioso con los que se humillaren a ti”.

Mensajes que el nuevo monarca pareció haber escuchado con suma atención, pues terminó llorando apesadumbrado por “la carga que al elegirlo le habían puesto encima”. Mensajes, sin embargo que –esto lo digo yo-parecen haberle entrado por un oído y salido por el otro, puesto que cuando sólo tenía unos pocos días de haber asumido el cargo empezó a obrar en sentido contrario. Ya que, según lo manifestó el cronista, mandó llamar al Cihuacóatl, se encerró con él en un aposento y le dijo que quería cambiar a todos los auxiliares que, desde los barrenderos hasta los jefes de barrio “y a todos los oficiales reales de la ciudad”, que había tenido su tío Ahuízotl, por considerarlos “gente baja”. Y manifestando que toda su servidumbre, desde el más encumbrado hasta el más bajo, debían ser hijos de grandes señores, de gente noble. Y que no deberían ser ni más altos ni más chaparros que una vara que puso de medida; no viejos, sino “mancebos de poca edad”, porque los quería “criar y hacer (conforme) a mis mañas y costumbres, conforme a mi voluntad y corazón”. Mandato que en cuanto se puso en práctica provocó la esperada repulsa de todos los que, creyendo haber estado haciendo bien sus trabajos, fueron despedidos injustamente. Dando oportunidad para que el verdadero carácter de Moctezuma se manifestara, puesto que según comenta Durán, mandó matar a los rebeldes:

“Y si no es falsa otra relación que en la ciudad de México me dieron, diré que los mandó matar a todos, que ninguno quedó vivo, de cuantos sirvieron al rey Ahuízotl, y no me maravillaría que hubiese usado esa crueldad, porque fue desde que empezó a reinar, el mayor carnicero que había habido”.

Señalando como correlato temporal lo siguiente: “Empezó a reinar este gran señor el año de mil y quinientos y tres, el cual año entraron los españoles a la isla de Cuba y la conquistaron”.

TENER A LOS ENEMIGOS CERCA. –

Con diferentes palabras y enfoques tanto fray Diego Durán como Fernando Alvarado Tezozómoc, coinciden nuevamente en señalar que, después de haber sido electo como “rey”, pero antes de ser coronado como tal, Moctezuma salió con su ejército “a probarse con algunos de sus enemigos” y a conseguir las víctimas necesarias para la ceremonia de coronación. Agregando que, cuando volvió ya con suficientes cautivos, ordenó que se les cuidara y alimentara. Llamando a continuación al “Cihuacoatl Tlilpotonqui, (y) a todos los principales mexicanos”, a quienes reunidos en asamblea les dio a entender que no le parecía que su asunción al trono pudiera ser desconocida e ignorada por los pueblos sometidos y menos por sus enemigos. Señalando enseguida que, como no se había aún “celebrado su fiesta de nombramiento (…) mucho quisiera que enviáramos convidar para ésta mi fiesta a nuestros enemigos los Tlaxcaltecas, Tliliuhquitepecas, Huexotzinco, Cholula, Cuextlan, Meztitlan, Yopitzincas, y los de Mechoacan (… para que vengan a) nuestra ciudad, y (vean…) la manera que a nuestros dioses servimos y reverenciamos con nuestros sacrificios, y (conozcan) la manera de ser (…) del gran imperio mexicano”. 

Pidiéndoles inmediatamente que nombraran mensajeros para ello, “de los cuales fueron escogidos los más valientes y animosos, y con ellos los mercaderes, tratantes y arrieros (de tamemes)”, a los cuales indicó que cuando llegaran a los respectivos lugares que les tocara visitar, les dijeran a los reyes y señores de cada pueblo (o ciudad), más o menos lo siguiente: 

“Señor nuestro, nuestra embajada es, que el rey nuevo de México, y todos los demás principales, os envían muchas saludes, y os ruegan, que para que vean la manera de que se hace la coronación, fiesta, alegrías y sacrificios a los dioses, se vayan a holgar (gozar, divertir) algunos días (a México-Tenochtitlan), dejando aparte las enemistades y guerras civiles entre nosotros, como es la Xochiyáoyotl (guerra florida). (Con el compromiso de que) la valentía de los unos y los otros, (estará a) salvo (durante) esta fiesta y convite”. 

Los dos redactores añaden que la mayoría de los señores invitados respondió que sí irían, o que, si no pudieran, enviarían a representantes de alto nivel, podríamos decir nosotros hoy. Y que, para recibirlos con todo decoro, el Cihuacóatl ordenó preparar “las casas reales, que eran catorce salas limpias, encaladas, pintadas de mucho género de pinturas, petates muy galanos, asentaderos para los señores principales convidados, candeleros altos”, etc.

Y luego dice Tezozómoc que, previendo que a los habitantes de la ciudad pudiera no parecerles bien que los invitados enemigos aparecieran de repente allí, les pidieron que se disfrazaran con otras ropas para que pasaran desapercibidos, y que a los convidados michoaques en particular, y a otros que llamaban Yopicas, los condujeron “por detrás de las casas reales” para que entraran “en palacio por otra calle”, ordenando a quienes habrían de atender a esos “señores principales”, que no hubiera en sus aposentos grandes luminarias por las noches, sino  “braseros grandes con mucho carbón, (para) que no fuesen vistos por la gente baja de los mexicanos”. Advirtiéndoles que si no cumplían con tales instrucciones, perderían sus vidas o serían destruidas “sus casas y haciendas”, debiendo comportarse siempre con el mayor secreto. 

Así, pues, dice Tezozómoc, que se les ofreció la mejor comida, y se les brindaron los mejores espacios para que observaran todos los eventos de la fiesta, incluidos, por supuesto, los sacrificios humanos, de los que gustosamente les compartirían, para comer, las carnes de suficientes cautivos. 

Siendo muy de notar que “encima de (un gran) jacal” anexo, en el que había músicos y bailarines, “estaba la divisa de las armas mexicanas con una peña pequeña, de papel, pintada naturalmente, (con un) tunal (nopal) grande encima, y sobre el tunal, una águila real, teniendo con un pie una gran víbora despedazada”. 

ZUANGUA ATACA DE NUEVO. –

Antes de que se nos pueda olvidar, y pasemos sin darnos cuenta ante un hecho que parece haber tenido fuertes consecuencias y profundas implicaciones, recordemos que al iniciar este capítulo señalé que, de conformidad con lo expuesto por el padre Beaumont, Zuangua se percató de que algunos tecos y algunos matlazincas actuaron como aliados de Moctezuma en los ataques que su ejército  realizó primero en Tzinapécuaro, y luego entre Maravatío y Tzitácuaro, y que, conforme a la lógica de los acontecimientos, él mismo debió hacer algo en su contra, para castigarlos.

En relación a ello el padre Beaumont refiere que a todos los tecos, matlazincas, mexicas y demás guerreros aliados que los michoaques capturaron en dicha batalla, el cazonci los mandó sacrificar, y sus soldados terminaron comiendo sus carnes. Pero como el espacio ya no me da hoy para más, continuaremos hablando de esto después.

PIES DE FOTO. –

1.- El más grande protagonista de este episodio lo fue, en todos sentidos, el gigante Tlahuicole, que así aparece dibujado en el libro. 

  

2. – De conformidad con las descripciones que varios cronistas del siglo XVI hicieron de Moctezuma, éste fue un monarca “muy especial”, diríamos, que al mismo tiempo que era muy devoto de sus dioses, mandaba matar gente con el menor pretexto.

3.- Y dicen que a Moctezuma se le hizo chica la piedra de los sacrificios que había mandado labrar su abuelo, y decidió que se esculpiera otra piedra mucho más grande.

4.- Se considera que entre 1502 y 1503, Zuangua haya podido realizar otra incursión guerrera hacia el oeste de Mechuacan, llegando incluso a un punto (tal vez el Río San Juan de Dios) “donde hoy es Guadalajara”. 

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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