VISLUMBRES por Abelardo Ahumada
Entre las notas de Esteban Rodríguez y Rodrigo Espinosa hay una precisión importante: la de que habiendo zarpado desde la isla de Cebú el 1 de junio, no fue sino hasta el 3 de agosto cuando, habiendo seguido “los vientos del monzón en dirección Noreste”, llegaron a los 39 grados de Latitud Norte y doblaron a la derecha, hacia donde sale el Sol, siguiendo ya totalmente sobre “la
Corriente Negra” (o Kuro-Shivo), y atravesando una amplísima zona del mar a la que ninguna  embarcaciónhabía, posiblemente, recorrido jamás.
Pero ya para entonces, y habiendo transcurrido dos meses con dos días, se les había enlamado el agua, se les habían terminado las frutas y verduras frescas, y los alimentos que ingerían estaban húmedos y llenos de moho, por lo que, como ya también se dijo, unos empezaron a enfermar y otros a morir.
Y entre los muchos que durante el trayecto cayeron enfermos, cayó también, ya estando muy avanzada la travesía,
el primer piloto, Esteban Rodríguez, quien la noche del 14 de septiembre, antes de quedar incapacitado, hizo esta escueta anotación: “[Hoy] viernes 14, anduvimos dieciséis leguas al Leste” (sic).
Pero un día o dos después, sanos y enfermos empezaron a ver ramas flotando en el agua, y aves surcando los aires, como señales indubitables de que ya se estaban aproximando a unas tierras
que, sin embargo, ignoraban cuáles podrían ser.
Dos o tres viajeros más fallecieron antes de avistar las costas, y sus cuerpos, amortajados con sus  propias sábanas o cobijas, fueron arrojados al mar después de que alguno de los dos frailes rezara
unas oraciones para “encomendar sus almas a Dios”. Pero como las aves, los lobos marinos y otras señales eran cada vez más abundantes, muy bien nos podemos imaginar las ansias que unos y
otros debieron tener al saber que, luego de mes y medio no ver ni un solo islote, verían tierra.
Rodrigo de Espinosa, el segundo piloto, relevó a Esteban Rodríguez en la conducción del barco y en la redacción de la crónica, y gracias a él que sabemos que fue el 18 de septiembre, cuando los
viajeros del San Pedro  vieronaparecer los perfiles de una isla que no habían visto jamás y, un poco más lejos, perdiéndose entre la bruma, las cimas difusas de una sierra igualmente desconocida.
Por lo que se supo más tarde, la isla a que dichas notas hacen referencia era la misma a la que Juan Rodríguez Cabrillo, el primer explorador de las costas de la Alta California, bautizó, en 1542, como
“La Deseada”, y a la que algunos historiadores consideran que es la actual isla Catalina, situada muy cerca de Los Ángeles.
El resumen que yo tengo de esas notas no dice si llegaron a alguna parte para “hacer aguada” (llenar sus barriles con agua fresca), pero nada nos impide considerar que así fue, porque les urgía
beber agua limpia. Además, si se esforzaron por bajar unas lanchas de remos para transportar algunos barriles a donde hubiesen localizado la desembocadura de algún río o arroyo, es factible afirmar que, como lo hacían usualmente, mientras unos llenaban los barriles, otros se hayan  dedicado a tratar de cazar algunas piezas y/o a recoger bayas y frutas silvestres.
LA MUERTE DEL PRIMER PILOTO. –
Aunque los documentos que nos han servido de base para reconstruir esta historia no son pocos, carecen de información suficiente para que tengamos una visión completa de los hechos y, como ya lo habrán apreciado los lectores, hemos tenido que “llenar esas lagunas”, y “atar los cabos
sueltos” con inferencias y suposiciones con cierta base lógica. Así que, haciendo otra inferencia más, llego a la convicción de que Esteban Rodríguez no debió ser “cualquier persona” para fray Andrés, porque, reconociéndolo como excelente piloto, él mismo lo seleccionó entre los casi doce, más para que condujera el
San Pedro en el incierto viaje hasta la Nueva España.
A partir de esa suposición, y apoyándonos en los apuntes de Rodrigo de Espinosa, es válido creer que el cosmógrafo debió sentirse triste cuando vio que su buen colaborador había caído enfermo y ponerse, como quien dice, “en trance de muerte”.
Por otro lado, y tomando en cuenta que la última anotación de la Rodríguez fue hecha cuatro días antes de que avistaran la mencionada isla, podemos lícitamente asumir que, enfermo y todo, al piloto-cronista se le concedió el gusto de ver las tan ansiadas costas, aunque, como solían decir aquellas gentes, haya, finalmente, “entregado su alma al Señor”, unos pocos días después.
Y, para complementar lo aquí dicho, citaré las palabras de una investigadora que tuvo la suerte de leer, completas, las crónicas de Rodríguez y Espinosa. Ella se llama Ma. Montserrat León Guerrero,
y sobre ese punto dice: “
El sábado 22 se encontraban al Norte de la punta del Morro Hermoso. El lunes siguiente pusieron rumbo Sudoeste para doblar la punta de San Lázaro, o Cabo Blanco, donde finaliza California, lográndolo durante la noche del 26 al 27 de septiembre”.
En el transcurso de esa triste noche falleció el piloto Esteban Rodríguez, a quien creemos que fray Andrés debió dedicar algunas oraciones a manera de exequias, antes de que, algunas leguas al sur de donde hoy está el famoso balneario de Los Cabos, al igual que los demás difuntos, se le diera como húmeda tumba, el mar.
Los reportes que Espinosa nos siguen diciendo que el día 28 vieron las Islas Marías, y que el inmediato estuvieron muy cerca de unas costas vírgenes que, al parecer, no son otras más que las
del actual Puerto Vallarta. Pues para precisar su posición, Espinosa anotó que todo ese día (y el posterior), unas entreveradas corrientes entorpecieron la navegación del San Pedro : “Domingo 30
[…], cuando amaneció vimos la costa arriba dicha y no conocí la tierra por no haber estado en ella, pero por la figura de mi carta (un mapa que llevaba) hallé que estaba entre el puerto de la Navidad
y el cabo de Corrientes, y aquí nos calmó el viento y conocí que iban las aguas al Noroeste”.
Esta última condición marítima les dificultó en algún grado la navegación, pero no se las impidió, porque, otra vez según sus propias palabras, el “lunes 1° de octubre […] amanecimos sobre el
puerto de la Navidad, y a esta hora miré en mi carta y vi que había andado 1,892 leguas desde el  puerto de Cebú y […] me fui [con] el Capitán y le dije que a dónde mandaba que llevase el navío,
porque estábamos sobre el puerto de la Navidad, y él me mandó que lo llevase al de Acapulco y obedecí a su mandato”.
“SE SALIÓ CON LA SUYA”. –
Si nos detenemos un momento a considerar esa interesantísima anotación del piloto Espinosa, habremos de caer en cuenta que fue en el preciso amanecer del aquel 1° de octubre de 1565 cuando el famosísimo “tornaviaje” ¡por fin se había completado! Y no el día 8, como
equívocamente, afirman algunos historiadores. Pero ¿de qué o de dónde deriva ese equívoco tantas veces mencionado?
A mi ver deriva de los siguiente: que, al encontrarse ya frente a unas costas plenamente identificadas, el cosmógrafo, sabiendo que el primer puerto que habrían de ver sería el de Navidad, buscó el modo de convencer al joven e inexperto capitán Felipe Salcedo, para que no se quedaran en el puerto colimote, y se dirigieran, en cambio, hasta Acapulco, a donde, en efecto, llegaron el día 8. Pero ¿Por qué urdió el fraile esa pequeña trama?
Si los lectores que me han seguido hasta aquí lo recuerdan, resulta que el deseo del fraile de irse hasta Acapulco era un deseo muy antiguo, y que se puso de manifiesto cuando, cinco años atrás,
cuando estuvo en el astillero de Navidad para supervisar el avance de la construcción de las naos que habrían de integrar la flota expedicionaria, les envió una carta al rey y al virrey, proponiéndoles
que trasladaran el dicho astillero hasta Acapulco, argumentando que allí era un mejor sitio, y que por estar más cerca de México, se facilitarían más las cosas, se apresuraría la construcción de las naos y les saldría más barato todo.
En aquella ocasión ni el monarca ni su representante en la Nueva España le hicieron el mínimo caso, pero en ésta él era el único que podía decidir al respecto y, como por otra parte pudo demostrar al capitán, a los pilotos, al contramaestre Francisco de Astigarribia, al maestro Martín de Ibarra y al escribano Asensio de Aguirre (“oficiales del rey”), que si no todos, la mayoría de sus cálculos resultaron ciertos, no hubo en la nao quien lo contradijera, y todos los que iban a bordo (colimotes incluidos) le tuvieron que decir adiós al puerto en donde habían vivido un tiempo, y desde el que habían partido casi once meses atrás.
Evidentemente no sabemos cuál pudo ser la motivación más profunda que tuvo fray Andrés para emitir esa orden, pero si nos remitimos a los casi once años que vivió en los suelos de Nueva Galicia y Colima, hemos de entender que debió de haber tenido recuerdos muy amargos de
cuando, “sosteniendo armas y caballos” tuvo que pelear contra los indios caxcanes; o de cuando tuvo mando político y militar “en los pueblos de Ávalos” debió de reprimir más indios y criollos rebeldes; de cuando se convirtió en minero y propietario de esclavos en Guachinango y Purificación, o de, cuando tal vez, tuvo amores y desamores en algunos de aquellos rumbos. Pues
algo así es lo que se logra entrever en el siguiente párrafo que aparece en su relación: “A primero de octubre llegamos enfrente del puerto de la Navidad; é no queriendo [YO] entrar en él, pasamos
al puerto de Acapulco, por ser muy mejor puerto, y estar muy más cerca de México que no el puerto de la Navidad con más de 45 leguas”.
Al tomar esa decisión, Urdaneta no sólo se “salió con la suya”, sino que puso las bases para que su puerto preferido se convirtiera en el principal de toda esa costa de la Nueva España, y en el foco de
la navegación y el comercio marítimo que, a partir de ese momento, empezó a desplegarse desde la misma capital del virreinato, opacando, de pasada, el brillo inicial que había tenido el de, Navidad hasta el grado de que pronto cayó en desuso y casi no volvió a saberse de él durante el resto de la época virreinal.
LA ENORME SORPRESA QUE LES PROVOCÓ EL PATACHE. –
Pero dejemos al cosmógrafo con sus recuerdos y meditaciones y, aprovechando que el San Pedro
ya iba pasando muy cerca de donde hoy es Manzanillo y que su proa apuntaba en dirección a Zacatula y Acapulco, tratemos de reconstruir los últimos acontecimientos en que se vio involucrado el capitán Alonso de Arellano, a quien, como los lectores recordarán, dos meses atrás  lo habíamos dejado en
el puerto que muchísimos años después se habría de transformar en la futura meca del turismo en México , convertido, por decirlo de algún modo, “en la figura del momento”.
Arellano en efecto había llegado hasta Acapulco dos meses antes, sin haber enfrentado ningún  otrocontratiempo desde que salió, ya con su pequeño navío reparado, del astillero de Navidad. Y

aun cuando quizá no llevaba las bodegas repletas de mercancías para comerciar, sí llevaba mucha canela, algo de pimienta y algunas otras especias que se mencionan en su relación, y que, como

hemos dicho varias veces, se cotizaban muy alto tanto en Europa como en la Nueva España.
En ese contexto, y como nadie lo había acusado aún de cometer el delito de traición que más tarde se le achacó, es válido suponer que, tras de haber hecho muy buen negocio con las especias, se
trasladó a la capital del virreinato, en donde muy probablemente volvió con sus familiares y se instaló durante algún tiempo.
El patache, por otra parte, no era de su propiedad, sino que, habiendo sido construido con fondos públicos y por órdenes del virrey Luis de Velasco, le había sido asignado (o concesionado). Así que,  una vez que se presentó a rendir cuentas frente a los integrantes de la Audiencia de la Nueva España, se liberó también de esa responsabilidad y lo más probable es que el barco se haya
quedado anclado en la bahía de Acapulco antes de que se decidiera su suerte y tal vez fuera puesto a la venta.
Menciono este dato porque cuando entró finalmente el San Pedro  por la bocana y se aproximó a la playa del diminuto puerto, la silueta del San Lucas , anclado allí, con sus velas arriadas, debió de
sorprender a los marinos y a los pasajeros del galeón, quienes desde diciembre del año anterior lo habían dado por perdido.
LOS ÚLTIMOS APUNTES. –
Pero por lo que toca a las condiciones en que Urdaneta y su gente se encontraban en ese
momento, las notas de Rodrigo de Espinosa dicen que cuando pasaron frente a Navidad “en la nao
[…] no había más [que…] diez é ocho hombres que pudiesen trabajar, porque los demás estaban
enfermos”. Todo eso antes de completar su crónica diciendo que ocho días después, “el lunes 8 del
presente mes de octubre, llegamos a este puerto de Acapulco […] con harto trabajo que traía toda
la gente.”
Y, en relación a él mismo, un tal “
Gaspar de S. Agustín dice que, aunque [Espinosa] no murió en el
viaje, [en los últimos días] iba tan debilitado que no le sirvió a Urdaneta de mucha ayuda”.
Por otro lado, sin abundar en detalles, el fraile escribió algo muy parecido: “Pasamos mucho trabajo a la vuelta con tiempos contrarios y enfermedades”. Y agrega que, aparte de los criollos y los españoles que habían muerto en el mar, se murieron cuatro al llegar a Acapulco, y habían fallecido también “un indio de las Islas de los Ladrones que envió el General” [López de Legazpi] y “otros tres indios que envió de la isla de Cebú”. Dato que nos viene a corroborar la hipótesis de que habían traído consigo algunos isleños que con toda probabilidad les sirvieron de guías durante la primera parte del viaje.
Continuará.
PIES DE FOTO. –
1.- La gran travesía se completó totalmente en el amanecer del lunes 1° de octubre de 1565, cuando el piloto Rodrigo de Espinosa, reconoció estar de nuevo “frente al puerto de Navidad”.
2.- Pero Urdaneta no quiso que el San Pedro arriara sus velas en Navidad y ordenó seguir hasta Acapulco.
3. – Dos meses antes de que se verificara el arribo del galeón San Pedro a la bahía de Acapulco, el capitán Alonso de Arellano se fue por el Camino Real hasta la “muy magnífica” capital del Virreinato.
4.- Gran sorpresa debió ser para los recién llegados el hecho de encontrarse con el patache San Lucas flotando, con sus velas arriadas, muy cerca de la playa de Acapulco.
Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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