Rogelio Guedea

PARACAÍDAS por Rogelio Guedea

Tengo dando clases desde hace casi 25 años ya. Empecé a enseñar en el bachillerato de Tecomán, de la Universidad de Colima, posteriormente mudé al bachillerato 2 y de ahí para adelante (Nueva Zelanda, Estados Unidos, Japón, España, India, otra vez México). Mi vida se ha hecho en las aulas de las universidades y en las bibliotecas, siempre en contacto con jóvenes estudiantes en formación o en consolidación de su formación. La actividad docente la he combinado con la investigación y con mi carrera como escritor, siempre estoy a caballo entre artículos científicos y escritura de novelas, poemas o traducciones. He intentado prepararme mucho porque me gusta no sólo transmitir a mis estudiantes el mejor conocimiento dentro de mi área de especialización (la poesía), sino también porque quiero que mis estudiantes encuentren en mí (en lo que digo, en lo que muestro con los actos) respuesta a sus inquietudes, sus interrogantes, sus miedos, sus confusiones. Cuando uno ama lo que hace, no hay obstáculos para hacerlo. Hay escritores que han escrito sus obras maestras en las peores condiciones imaginables, y de igual modo lo han hecho pintores y músicos. El hambre o la miseria en la que vivían no los ha detenido. Por eso, la situación que nos ha impuesto la pandemia actual no ha sido para la Universidad de Colima, mi alma máter y donde enseño, una barrera para poder continuar con su actividad esencial, que es transmitir el conocimiento. Si bien hemos tenido que darle completa o parcialmente la vuelta a la manera de enseñar, los encargados de esta vuelta de tuerca en nuestra casa de estudios han estado a la altura de las circunstancias, y todos los que estamos a bordo, en mayor o menor medida, hemos estado con el mejor ánimo para darle continuidad a esta nueva forma de formar a nuestros estudiantes, ayudados de todas las herramientas que nos aporta la noble tecnología, que también para cosas positivas es que se ha inventado. Es verdad que nada, nada, y eso me queda claro, va a suplir el contacto personal entre el maestro y el alumno en la clásica forma que ya lo conocemos, pero también es cierto que habrá momentos (como los que vivimos ahora) en que tendremos que ser creativos para llegar a los mismos objetivos a través de otros medios, y seguir estando igual de cerca que antes aun cuando no seamos capaces de tocarnos, pues al final del día los sentimientos no se ven (¿no?) pero sí se sienten. Por mi parte, esa es mi aspiración. Esta experiencia me ha traído grandes riquezas y enseñanzas, me ha renovado muchísimo, fue la mejor oportunidad para transformarme como maestro, y espero que mis estudiantes así lo sientan, aun con todos los yerros que uno pueda tener, pues uno vive equivocándose. Aprendí (luego de un poco de sufrimiento, la verdad) a usar plataformas de enseñanza a distancia desconocidas para mí antes (ya que no me eran necesarias) y ahora me ha encantado poder echar mano de varias de ellas para estar en contacto (incluso más cercano) con mis estudiantes. Hago vídeos y los comparto con ellos. Les envío documentos y libros, notas de clase, etcétera, a través de ellas, y establecí canales de comunicación efectivos para que nadie pierda lo esencial del conocimiento a compartir. Aunque no todos los estudiantes tienen la misma disposición tecnológica (que son los menos), con los que carecen de ella también es posible ajustar los medios tecnológicos para sacarle jugo a esas deficiencias. Me he hecho, digamos, más esencial. Le he quitado la paja a muchas cosas y he reducido muchos conocimientos a lo esencial, para que así sean más rápidamente transmisibles. Ha sido mucho trabajo de mi parte ponerme al día con todas estas nuevas plataformas, pero mis conclusiones son satisfactorias. En lo sucesivo, cuando todo vuelva (primero Dios) a la normalidad, estas herramientas tecnológicas de la enseñanza a distancia habrán llegado para quedarse y serán un complemento ideal (al menos para mis clases) para darle mayor eficacia a nuestra enseñanza. La educación ocupa un lugar fundamental en esta pandemia, sin ella no hay sociedad que pueda salir de cualquier crisis (incluidas las espirituales. Ojalá que los gobiernos lo sigan entendiendo así e inviertan más en ella: siempre.

Rogelio Guedea

Poeta y académico

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