¿Quieren los lectores entender un poco más lo que pasó durante el último año en Colima? No dejen de leer entonces, este largo, pero necesario capitulo que pongo hoy a su consideración:
Hasta mediados de febrero de 2015, y durante varias semanas previas de 2014, el hombre que iba puntero en todas las encuestas que el PRI había mandando hacer para conocer las preferencias de sus militantes, era el profesor Federico Rangel Lozano, alcalde en ese momento del municipio capitalino. Un hombre inteligente, memorioso, carismático y con muy buena química respecto al elector promedio.

Y, por el lado de la oposición, el mejor posicionado de todos era Virgilio Amezcua Mendoza, alcalde panista de Manzanillo, a quien la mayor parte de los analistas identificaban como el único que en ese preciso momento podría derrotar al candidato que pusiera el PRI, y él lo sabía. Pero tenía en su contra el antecedente de haber sido priísta también, y haber dicho en alguna ocasión que si el candidato que pusiera el partido tricolor fuera Ignacio Peralta Sánchez, él no contendería. Primero porque eran buenos amigos, y segundo porque esa designación implicaría el dedazo directo desde Los Pinos, y contra eso no quería pelear.

Mientras todo eso sucedía, Jorge Luis Preciado Rodríguez, coordinador de los senadores panistas y ¡ni siquiera salía en las encuestas!, o cuando salía, iba entre los menos favorecidos prospectos que la gente identificaba.
Sin embargo todo cambió, y los principales candidatos de la contienda terminaron siendo él, por el PAN; José Ignacio Peralta Sánchez, por el PRI, y Leoncio Morán Sánchez, del Movimiento Ciudadano, un partido casi inexistente en Colima.

¿Qué fue lo que sucedió para que se efectuaran tan singulares e inesperados cambios?
Para entender un poco lo que sucedió es indispensable hablar de la enemistad que el gobernador Mario Anguiano Moreno se había ganado con los miembros “del otro PRI”, encabezados por Fernando Moreno Peña, y desplazados del poder por el hoy difunto Silverio Cavazos Ceballos.

A sabiendas de todo ello Mario quería imponer, antes de irse, como había sido siempre en el PRI, su propio candidato a la gubernatura (“gobernador pone gobernador”, diría más tarde el famosísimo Rigo Salazar), y organizó una especie de pasarela de “pura raza priísta”, para elegir a su sucesor, en la que inicialmente fueron inscritos 10 nombres. Entre los que, como ya dije al principio, El Profe Fede iba siempre arriba de las preferencias. Ocupando Nacho, unas veces el segundo y otras el tercero, disputándoselo con la senadora Mely Romero, y con Rogelio Rueda, secretario General de Gobierno.

Pero resulta que Nacho era subsecretario de Telecomunicaciones, del gobierno federal, y amigo de Luis Videgaray, el Secretario de Hacienda. Por lo que tenía un contacto mucho más directo y frecuente con Enrique Peña Nieto. A quien por lo visto le caía muy bien.
A principios del año (me refiero al 2015), de repente se comenzó a hablar de que ya eran impostergables el “apagón analógico” y la implantación obligada de la “era digital” de la televisión. Y se le vio a Nacho, iniciar el reparto nacional de varios cientos de miles de pantallas digitales (mediante un programa que costaba miles de millones también, y que lo ponía en la mira de la gente más pobre de todo el país, incluido Colima). Por lo que no faltó mucho para que los más agudos analistas locales interpretaran aquello como una señal cuasi divina, impuesta sobre la persona de quien, no obstante ser un funcionario federal, se pasaba todos los días de fiesta, puentes, fines de semana y uno que otro día laboral grillando en Colima, y jugando a las carreritas.

Y, en efecto, al poquito tiempo, el feliz cónyuge de La Gaviota, le dijo a César Camacho Quiroz, su lacayo mayor en el Comité Ejecutivo Nacional del PRI: “Vete a Colima, diles que será Nacho”. Y Nacho fue.

Tal noticia, no por menos esperada causó conmoción en las filas priístas colimotas porque eso significaba que “el candidato del pueblo”, como ya le comenzaban a decir a Fede, había sido ninguneado por el amo y señor de Los Pinos.

Muchísima gente se desalentó en Colima, y tanto a Fede, como a los otros nueve prospectos (¿y “prospectas”?) ya no les quedó más que apechugar. Aunque algunos de ellos sabían desde “endenantes”, que los habían metido a la famosa pasarela de Mario de puro relleno.
Ya para esos días, Virgilio Mendoza Amezcua iba, por parte de las diferentes oposiciones, un poco más encarrerado, seguido en las preferencias estatales por Indira Vizcaíno, la bonita e inteligente alcaldesa perredista de Cuauhtémoc, Col., y por Leoncio Morán Sánchez, ex presidente municipal panista, también de Colima. Sin que para esas fechas, Jorge Luis Preciado Rodríguez, coordinador de los senadores albiazules, apareciera en las que encuestas que constantemente se publicaban.

Pero al enterarse de que su amigo José Ignacio había sido, finalmente favorecido por el presidencial dedazo, Virgilio tascó el freno y no sólo dijo “no voy”, sino que comenzó a operar en secreto para cambiar de chaqueta y dejarle el camino libre a Nacho. El cual, al no tener enfrentar a ningún candidato opositor que fuera suficientemente fuerte, llegaría, sin problemas, a convertirse en el sucesor de Mario Anguiano Moreno, como ya lo había sido antes en la alcaldía de Colima.
Y como premio por cambiar de chaqueta y dejar libre el camino a Nacho, el Partido Verde, obligado por el mismísimo presidente de la república, puso a Virgilio Amezcua Mendoza, como el número uno de su lista de candidatos a diputados federales plurinominales. Siendo ése el precio de su traición.

Entre los cálculos (equivocados, por cierto) que José Ignacio Peralta Sánchez, Virgilio Amezcua Mendoza y los apocados dirigentes del Partido Verde habían hecho, estaba el de que Indira Vizcaíno, la segunda mejor posicionada de los prospectos opositores, no tenía aún la edad que la Constitución local establece para que alguien se convierta en gobernador (a) y que el inquietísimo e intempestivo Locho, no tenía en su favor la simpatía del Comité Ejecutivo Nacional del PAN. Por lo que consideraron, como ya expuse, que Nacho tendría allanado el camino y que su campaña iba a ser como salir de excursión, a recorrer “de trámite” todos los principales pueblos y ciudades del estado. No más.

Entre las filas opositoras hubo, desde luego, un gran desconcierto, porque Virgilio había sido lo suficientemente capaz, para traidoramente darles atole con el dedo a todos quienes buscaban ese candidato fuerte que aglutinara a la oposición, e impidiera que nuevamente se entronizara el PRI en el gobierno estatal. Pero no contaban con que Pablo Emilio Madero, presidente nacional del PAN estaba preocupado con todo lo que estaba sucediendo acá, y pensando cómo contrarrestar esa mala racha.

En esos días un grupo de paisanos disconformes contra todo aquello que significara PRI, estaba tratando de conformar una organización política libre, que pudiese llevar el nombre de Ciudadanos Colimenses por el Cambio. Grupo en el que hasta Virgilio, Rogelio Rueda y Locho habían estado participando. Sólo que, como ya Virgilio tenía su plan bien tramado, él mismo invitó a Enrique Alfaro Ramírez, del Movimiento Ciudadano de Jalisco (y actual alcalde de Guadalajara), a venir a Colima para dar una conferencia a ese grupo, y se lo “cuchileó” después a Locho, quien, como andaba muy querendón con la idea de convertirse en gobernador, oyó el canto de las sirenas y le dijo a Alfaro: “Si ustedes aceptan que yo sea el candidato a gobernador, yo me comprometo a darle vida y vuelo en Colima a Movimiento Ciudadano”. Y así quedó establecido, llevándose detrás de él a numerosos militantes y simpatizantes panistas que, no habiendo de momento en quien más poner sus esperanzas, las pusieron en él.

La nota, aun cuando ni siquiera ocupó las ocho columnas de los diarios locales, sirvió, sin embargo, para desbaratar la incipiente organización de los Ciudadanos Colimenses por el Cambio, y como ya se había visto que el PRD no iba a candidatear a Indira, ni podría sacar otro candidato con suficiente fuerza; el desconsuelo de los opositores cundió, porque tampoco podrían irse a apoyar en masa al general Gallardo, impuesto como candidato por Andrés López Obrador a los escasos militantes de Morena.

Así, pues, al quedarse el PAN estatal sin la mejor carta con la que habían contado, y al ser dividido por dentro con la “emigración” de Locho, el Comité Ejecutivo Nacional decidió nombrar, ya casi en medio de la desesperación, a Jorge Luis Preciado Rodríguez como su candidato a gobernador por Colima. Designación que provocó la risa burlona de “los de enfrente”, porque cuando rara vez aparecía aquél en sus encuestas, estaba como quien dice en el sótano del edificio, en tanto que José Ignacio, se veía ya, encaramado en la suite más alta del edificio, como quien dice en el lujoso penthouse.

Y, en efecto, en la primera encuesta que se publicó ya con estos tres candidatos registrados por su partido, Jorge Luis apareció con 24 puntos debajo de Nacho, y debajo de Locho también. Pero bastaron menos de 30 días para que se comenzara a percibir un cambio notable en las tendencias y, así, aun cuando Fernando Moreno Peña, el principal jefe del “otro PRI”, vaticinó un triunfo holgado de su queridísimo candidato, resultó ser que, al final, y pese a la evidente intromisión de los delegados federales, del gobierno estatal y de algunos alcaldes priístas, Nacho sólo logró sacar 503 escasos votos por encima de Jorge Luis Preciado, el candidato que en un principio sólo le provocó una sonrisa burlona. ¿Por qué sucedió todo esto?

La respuesta creo que es bastante obvia: a pesar de que JIPS se formó en el ITAM y obtuvo una maestría en una universidad de Inglaterra, Jorge Luis Preciado es un mejor candidato porque, como él dice, se formó caminando en el surco, atravesando a pie la frontera de Tijuana, viviendo en Los Ángeles como cualquier “mojado” y yendo a la Universidad de Colima cuando a veces no tenía ni para pagar el pasaje ni para comprar una torta.

Hechos, trayectorias, vivencias que le hacen al electorado comparar y advertir que aun cuando el candidato priísta pueda ser un cerebrito para la economía (como lo tratan de describir en sus anuncios espectaculares), no entiende a la gente ni capta sus circunstancias. Mientras que Jorge Luis, siendo un hombre común, la entiende mejor, porque ha sufrido para comer, porque sabe trabajar y porque se pone en los zapatos (y en los huaraches) que calza la raza. Condición de empatía que valoran en grado sumo los electores.

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