Abelardo Ahumada

VISLUMBRES: PRELUDIOS DE LA CONQUISTA

Capítulo 12 por Abelardo Ahumada

En el capítulo anterior terminamos diciendo que, muerto el doctor Galindo en 1948, y muerto “El Maestro Cheto”, en 1954, “el velo del olvido volvió a cubrir” los anhelos de explorar las muy antiguas ruinas de lo que había sido Molone o Almolonia, pero…

Y, luego, a principios de 1976, el gobernador Arturo Noriega Pizano decidió construir una amplia avenida entre las parcelas y los potreros que había al norte y al poniente de la ciudad de Colima y del pueblo de Villa de Álvarez, para propiciar el desarrollo urbano de aquellas zonas y, como por aquel tiempo ya no había nadie que tuviera el conocimiento y los bríos de aquellos dos personajes, las motoconformadoras arrasaron varias “lomas” del “Potrero de la Campana” sin que nadie dijera o reclamara nada. Y las únicas personas que de momento aprovecharon aquella amplia y desierta avenida fueron unos ladrilleros que pusieron sus hornos allí, y unos vendedores de materiales para la construcción, que se dedicaron a recoger decenas de camionadas de piedras del supuesto “lomerío”, para que fueran utilizadas en los cimientos de casas nuevas, y en los empedrados de algunas calles de Colima y Villa de Álvarez. Mientras que sigilosamente actuaban algunos “moneros” de escasos recursos, que les llevaban a vender vasijas, metates, estatuillas y verdaderas joyas prehispánicas a ciertos “moneros de la clase popof” que solían negociar con ellas. Moneros catrines a los que, aun cuando me han sido mencionadas sus identidades, no los nombraré aquí, porque todavía existen sus hijos o sus nietos, que quizá no sepan nada del daño que con su ambición provocaron al patrimonio cultural de Colima.

Colateralmente, a finales de 1976 se supo que el gobierno federal había decidido que hubiera un Instituto Tecnológico de Colima, y para esto se comenzaron a buscar los terrenos necesarios. No habiendo encontrado otro mejor que el que aún hoy da cabida a dicho instituto, y cuyos edificios, inaugurados en junio de 1979, se construyeron en un espacio ya netamente arqueológico. Sin que, al parecer, a la misma SEP todo eso le importara nada.

UNA SINGULAR ADVERTENCIA DE OTRO “ARQUEÓLOGO LÍRICO”. –

En abril de 1987, un poco antes de la Semana Santa, la gente del municipio de Colima fue gratamente sorprendida por la apertura de un centro turístico que originalmente llevó el nombre de “Cascadas de Tampumachay”, situado en el bordo de la barranca del arroyo de Los Ortices; en el cual, rodeando a una bonita alberca y a un restaurante de varios niveles escalonados, se organizó el que sería el primer “museo de sitio” de toda nuestra entidad, pues había toda una exposición de metates, molcajetes y muchas otras piezas prehispánicas más que su propietario, el señor Fidencio Pérez Vega, fue coleccionando a lo largo de varios años, y que mantenía con un registro del INAH.

Pérez Vega había comenzado a trabajar incidentalmente desde su juventud como ayudante de unos arqueólogos profesionales (incluyendo, según se decía, a la doctora Isabel Kelly. Pero éste es un dato que no he podido comprobar).

El hecho fue que, andando en esos trabajos, Fidencio empezó a tener un marcado interés por las cuestiones de tipo arqueológico y se aficionó a ellas, hasta el grado de convertirse en otro “arqueólogo lírico”, capaz de localizar “entierros” y demás vestigios por el estilo, conservando alguna amistad con ciertos arqueólogos profesionales que lo conocían, y eventualmente lo llamaban a hacer equipo.

Y, conversando de todo esto hace unos meses con mi amigo y compañero cronista, José Salazar Aviña, muy aficionado también a estos temas, recordó algunos detalles relacionados con sus acciones, presentándome un ejemplar del “Diario de Colima”, correspondiente a la edición del jueves 18 de junio de 1987, en donde se publicó una entrevista que el reportero Efrén Cárdenas Rangel, hizo en “Tampumachay”, a Fidencio Pérez Vega y a “los arqueólogos  del INAH, Samuel Mata Diosdado y Fernando Fuentes Salazar”, quienes le revelaron que, de conformidad con lo que ellos tres habían estado analizando, “en el estado de Colima existe un gran potencial arqueológico”, con “más de 100 sitios que se han investigado”. Señalando muy en concreto que “en la zona denominada La Campana, en el municipio de Villa de Álvarez, es uno de los centros arqueológicos más grandes del estado”, en donde habría existido “una gran ciudad” que originalmente llegaba hasta “el barrio de San Francisco”.

Y, haciendo alusión a lo destruido por las máquinas al irse abriendo los espacios del Anillo Periférico, Pérez Vega, agregó: “El Chanal es un centro que ha sido destruido por la propia civilización; la cual debería tener más conciencia y respetar estos centros arqueológicos para que puedan ser estudiados a fondo, así como el de La Campana y otros más”.

Un año después, Pérez Vega donó al INAH una gran colección de los materiales que había reunido a lo largo de algunos lustros de trabajo y exploraciones, y, en noviembre de 1988 invitó a varios reconocidos personajes locales a integrar la Sociedad de Investigación, Rescate y Conservación de las Culturas Precolombinas, que también se pronunció por preservar el patrimonio arqueológico que evidentemente yacía bajo las “lomas” cubiertas de maleza que había en el Potrero de la Campana. Pero, pese a que dicha asociación integró a connotados personajes, y a que inicialmente fue presidida por el ameritado profesor Juan Oseguera Velázquez, ninguna autoridad hizo el menor caso de aquel llamado. Por lo que, durante los seis años siguientes, en toda la parte sur del todavía casi desierto Periférico, se asentó al menos una “colonia de paracaidistas”, se vendieron manzanas completas de “lotes en breña” y fue proliferando la construcción de viviendas populares, mientras que, en la parte oriental de aquella moderna rúa, todos los terrenos ubicados en paralelo con ella, empezaron a ganar una enorme plusvalía.

UN CONTRATO DE COMPRAVENTA

Así, pues, poco a poco se fue poblando la zona sur de La Campana, pero como en esa otra parte, las construcciones eran más bien precarias, no había existido ningún inversor que se fijara en los terrenos aledaños para construir algún negocio, y los únicos edificios que hacia finales de los 80as seguían existiendo por allí, eran los del ya mencionado Tecnológico.

Pero en la década de los 90as un “golpe de suerte” que supo usar el alcalde villalvarense, convirtió en un atractivo ese terreno y, ahora sí, los desolados espacios del multimencionado potrero, empezaron a subir de valor.

El golpe de suerte a que me refiero sucedió cuando, siendo gobernador de Colima el licenciado Elías Zamora Verduzco, y presidente municipal de Villa de Álvarez, el profesor Jerónimo Polanco Montero, se supo que un poderoso grupo empresarial llegado del centro del país, andaba buscando un terreno al oriente de la ciudad de Colima, para establecer allí una gran tienda departamental y un fraccionamiento de lujo, en el que habría un club con instalaciones deportivas, una alberca olímpica, un buen restaurante y un hotel de una cadena internacional. Pero de repente, también, empezaron a correr los rumores de que no habrían de instalarse allá, sino en un predio de Villa de Álvarez, justo en el sitio a donde nosotros, de niños, como lo comenté antes, íbamos a cortar guamúchiles y huicilacates.

Deseando precisar la veracidad de este dato, el 7 de febrero de este desgraciado “Año del Covid”, entrevisté telefónicamente al profesor Jerónimo Polanco Montero y, al interrogarlo sobre ese asunto,  me dijo que, en efecto, a él le había tocado, durante su gestión como alcalde (del 1 de enero de 1989 al 18 de mayo de 1991), sugerirle “al gobernador Zamora que, en vez de que dichos señores invirtieran en el oriente de la ciudad de Colima, donde todos los terrenos eran ejidales, mejor invirtieran en Villa de Álvarez, donde todos los terrenos eran particulares”. Y que el gobernador aceptó su propuesta y lo conectó con los empresarios.

El alcalde, los regidores otros integrantes del gobierno municipal, tuvieron la oportunidad, pues, de platicar con los socios capitalistas, quienes “se interesaron en el Potrero de la Campana” y, tras conseguir la intermediación del “profesor Jorge Cárdenas Cortés (otro ex presidente municipal), se logró encontrar a los miembros de una familia Barney, que eran los herederos de aquel terreno. Con los que, habiendo llegado a un acuerdo conveniente para las dos partes, se firmó el contrato de compraventa. Y todo eso fue desde principios de los noventas” – precisó el ex alcalde.

Lo que, sin embargo, no me supo (o no me quiso) decir Polanco Montero, fue quiénes eran los “socios capitalistas” a que había hecho referencia, pero yo ya tenía un interesantísimo antecedente, porque un día de principios de aquella década, mi gran amigo y compañero de página, Hugo Alberto Gallardo Virgen (q. p. d.), miembro o simpatizante de la mencionada Sociedad de Investigación pro Rescate y Restauración de las Culturas Precolombinas, me comentó que en el “Diario de Colima” no le habían querido publicar un reportaje porque en él decía que, según informes que le acababan de pasar, “el potrero de La Campana” había cambiado de dueño, y porque de conformidad con dichos informes, sus nuevos empresarios eran “del Distrito Federal, y se apellidaban Occelli”. Apellido que lo llevó a considerar que fueran “los cuñados de Carlos Salinas de Gortari”, el presidente espurio.

La nota, pues, no se publicó tal cual, pero luego la deslizamos entreverada con otros asuntos, y aun cuando no tuvo el impacto que nosotros hubiéramos querido que tuviera, poco a poco se comenzó a comentar sobre ese tema, aunque no se pudo frenar la parte inicial del proyecto.

SEGUNDO GOLPE A LA CIUDAD SEPULTADA. –

Pasaron, sin embargo, casi dos años para que se empezaran a realizar los trámites correspondientes a la instalación de la mencionada tienda, y no fue sino hasta a primavera de 1993 cuando (siendo gobernador el licenciado Carlos de la Madrid Virgen, y presidente municipal de Villa de Álvarez, el médico veterinario zootecnista Luis Gaitán Cabrera), se presentó, creo que equívocamente, ante el Ayuntamiento de Colima, el primero de muchos documentos que se requerían para proceder a iniciar los trabajos correspondientes: me refiero a una “solicitud de licencia de uso de suelo” que, dirigida, como dije, al “Ayuntamiento Constitucional de Colima”, y sin sello de recibido, está sin embargo resguardada en el Archivo Municipal de Villa de Álvarez, que acaba de incorporar a su nombre el del recién fallecido doctor en historia José Luis Silva Moreno.

No hubo tiempo ni modo de revisar toda la caja que contiene los trámites relacionados con “la tienda departamental” de la que estamos hablando, pero me consta que la “solicitud de licencia de uso de suelo”, que dice para efecto “comercial”, no la hicieron los supuestos “cuñados de Carlos Salinas”, sino, tal vez, una de tantas “empresas fantasmas” que, según se afirma hoy, estaban de moda en aquellos años, y que apareció con el nombre de “Inmobiliaria Colasta, S. A. de C. V.”

Los trámites, como quiera, se continuaron en la alcaldía villalvarense, y aunque tampoco pude revisar los planos doblados en hojas azules, lo que sí vi fue otro documento fechado el 14 de septiembre de 1993, mediante el que la Dirección de Obras Públicas de dicho ayuntamiento, autorizó la construcción “de edificios de comercios y oficinas” en el mencionado predio. Sólo que la empresa que recibió la autorización ya no era la misma que la anterior, sino otra que se identificó como “Compañía de Bienes Raíces FERBA, S. A. de C. V.”

Y casi inmediatamente después aparecieron las famosas máquinas motoconformadoras que empezaron a deshacer lomas y aplanar un enorme espacio, muy cerca de donde el Potrero de la Campana tenía su límite oriental con el arroyo de Pereira.

Para esas alturas ya teníamos conocimiento de que aquel sitio era eminentemente arqueológico, pero como ningún profesional de esa materia dio la voz de alarma, y como ni a Hugo Alberto Virgen, ni a Fidencio Pérez, ni a la Sociedad de Investigación les hicieron ningún caso, la construcción de la dichosa tienda departamental, siguió adelante, porque “esa gran inversión convenía al desarrollo económico de Colima y Villa de Álvarez”.

Pero la solicitud que la “Inmobiliaria Colasta” presentó el 30 de abril, ya contenía un aspecto mayor, al que de momento no atendió la Dirección de Obras Públicas: me refiero a que la supuesta ubicación del predio se hallaba en la Av. Tecnológico, sin número a la vista, de un supuesto (e inexistente) “Fraccionamiento Diamante”. Que era el fraccionamiento de lujo que ahí se pensaba hacer.

La segunda destrucción del sitio arqueológico inició, pues, sin traba alguna, y la tienda a que me he venido refiriendo no fue otra más que una sucursal de la Comercial Mexicana.

LA MODERNIDAD SE IMPUSO. –

Debo admitir que la llegada de “La Comercial” constituyó una gran novedad para los compradores de todo el estado, y de los pueblos vecinos de Jalisco y Michoacán, quienes por miles hicieron viaje especial para ir a comprar en ella, desde el momento en que se llevó a cabo la inauguración. Y sin que les importara gran cosa, o sin que siquiera se dieran cuenta de que, a sólo unos metros de la malla ciclónica de la barda perimetral de su amplio estacionamiento, se mostraban los cortes realizados a una pirámide y a otros edificios prehispánicos.

Colateralmente, no sé si desde el primer día de sus operaciones, o a los pocos días de su apertura, en la entrada principal de la abarrotada tienda, se colocó una mesa gigante, en cuya superficie se puso en exhibición una enorme maqueta que representaba las calles, los jardines, el club, la alberca y hasta un campo de golf que, según explicaba una leyenda al calce, contendría el mencionado “Fraccionamiento Diamante”.

Pero el megaproyecto, como se verá después, no prosperó…

PIES DE FOTO. –

1 y 2.- PONERLAS JUNTAS. El Profr. Aniceto Castellanos y el Dr. Miguel Galindo fueron grandes defensores del patrimonio indígena de Colima. Los dibujos de sus rostros fueron realizados por mi amigo Álvaro Gabriel Rivera Muñoz, quien amablemente me los proporcionó.

3.- Fidencio Pérez Vega, al centro arriba, advirtió a las autoridades culturales sobre la existencia de una gran ciudad prehispánica en el Potrero de la Campana.

4.- En 1986, el mismo Pérez Vega empezó a construir, en la barranca de Los Ortices, lo que sería el primer museo de sitio en Colima: el balneario de Tampumachay.

5.- Fueron los integrantes del cabildo municipal de Villa de Álvarez, encabezado por Luis Gaitán Cabrera, los que autorizaron el inicio de la construcción de la primera gran tienda departamental que hubo en todo Colima, y que se instaló justo en un rincón del Potrero de la Campana.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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