VISLUMBRES por Abelardo Ahumada

A lo largo de la Historia se han hecho múltiples referencias a muy notables acontecimientos a los  que los testigos, los protagonistas e incluso las víctimas que los padecen han llegado a calificar como milagrosos. Y así se llegaron a considerar dos eventos al menos, que ocurrieron sucesivamente, la mañana de aquel memorable 28 de abril de 1565, cuando, habiendo sido impedidos por el cacique de Cebú para desembarcar en sus playas, los soldados que del Adelantado López de Legazpi se dispusieron a desembarcar por la fuerza. Siendo muy notorio para todos ellos (y para la tripulación y los pasajeros de las naves) que, tras escucharse el estallido de un cañonazo disparado desde uno de los galeones, se incendió el zacatal que había un poco más allá de la playa, y de inmediato cundió el incendio hasta las chozas de los cebuanos y hacia algunas de las partes donde los guerreros de la isla se habían parapetado, propiciando de ese modo su descontrol, su miedo o la huida.

Desde nuestra perspectiva de gentes del siglo XXI podríamos, quizá, calificar ese hecho como una simple combinación de circunstancias en la que, siendo el tiempo de secas y habiendo mucha maleza acumulada, el impacto  sumamente caliente de aquella pesada bala habilitó las condiciones para que el incendio se produjera, pero viéndolo con los ojos de criollos y españoles del siglo XVI, crédulos la mayoría, muy bien podríamos entender que vieran tal hecho como un acontecimiento milagroso.
Y si atendemos, por otra parte, que los cebuanos tal vez no conocían el poder de la pólvora, se puede explicar también el asombro y el miedo que hayan tenido al relacionar el súbito incendio de la maleza y de sus casas con un pavoroso trueno que acababa de producirse en uno de los grandes barcos que la víspera habían anclado frente a su pueblo. Miedo y asombro combinados que los llevaron a creer, igual, que los individuos recién llegados eran poderosos brujos, capaces de generar un gran incendio a distancia y tal vez otras cosas peores. Miedo y asombro que motivaron a varios de ellos a rendirse sin haber tenido siquiera la oportunidad de disparar una flecha, o de herir a nadie con una de sus lanzas.

Y si, ya por último, tomamos en cuenta que cuando todo se tranquilizó, el soldado Juan de Carnuz se en contró en una humilde choza “una imagen del Niño Jesús”, guardada todavía en una cajita, muy bien podremos admitir que tanto él, como sus superiores, los marineros, los frailes y los  funcionariosdel gobierno que estaban allí, llegaran a la conclusión de que todo lo que acababa de pasar ante sus ojos era “obra de Dios”, una “prueba evidente” de que la voluntad divina los había llevado allí.

EL SANTO NIÑO DE CEBÚ Y DOS TESTIGOS CONFIABLES. –
Ubicados en tales circunstancias y momento, y viendo además “el significado” que podría tener para ellos el insólito hecho de haberse encontrado  aquella figura religiosa de indudable manufactura europea, hemos nosotros de admitir que los participantes de  aquella larguísima y costosa expedición consideraron que habían sido escuchados por Dios, cuando, estando todavía en el astillero de Navidad, le rogaron que los llevara, vivos, a un buen puerto.

Urdaneta no era, pese a su demostrada lucidez, un individuo que fuese ajeno a todas esas creencias y, como durante el viaje que realizó con Juan Sebastián Elcano, debió de haber tenido muchas oportunidades de oír de la boca de aquel famoso capitán la narración de lo que a él y don Fernando de Magallanes les había tocado ver y “descubrir” a lo largo de aquella primera travesía en barco alrededor del mundo, no debe de habérsele olvidado que, un día de a principios de abril de 1521, estando precisamente por primera vez a Cebú, don Fernando le había regalado a Humamay, la esposa del “rey” Humabon, una figura del Niño Dios cuando éstos aceptaron ser bautizados y recibir nombres cristianos. Pero ¿era todo eso algo más que un invento del capitán Elcano?, o ¿fue un suceso que realmente sucedió?

Para dar respuesta a esto último quiero resaltar el dato de que entre las personas más notables que participaron con Magallanes en aquel primer intento que los reyes de España patrocinaron para darle en barcos “la vuelta al mundo”, iba un gran geógrafo y cronista veneciano que respondía al nombre de Antonio Alberto Lombardo Pigafetta, nacido en Vicenza, en 1480, quien se dedicó a tomar nota diaria de lo que ocurrió en el viaje, y que habiendo sido uno de los poquísimos hombres (18 de 265) que junto con Elcano regresaron a España, publicó un libro al respecto.

Con las dichas “notas”, en efecto, y firmándose ya nada más como Antonio Pigafetta, ese cronista publicó en 1524, en Roma, su “ Relazioni in torno al primo viaggio di circumnavigazione. Notizia del Mondo Novo con le figure dei paesi scoperti” , que traducido es: “Relación en torno al primer viaje de Circunnavegación [Y] Noticias del Nuevo Mundo con la figura (mapa) de los países (o lugares) descubiertos”.

Ese libro se convirtió en un “bestseller” del siglo XVI y, habiéndolo leído yo hace unos pocos años, puedo afirmar que Pigafetta fue un observador detallista, y que las notas que transcribió abarcan todo tipo de aspectos (algunos incluso fantasiosos), e inician desde su abordaje en agosto de 1519, y concluyen con el regreso a España en septiembre de 1522.

Pero además, y ya en relación al tema que hoy estamos tratando de desarrollar, contiene una muy puntual descripción del momento en  que su almirante, don Fernando de Magallanes, obsequió la estatuilla del Niño Dios a “la reina” de Cebú. Leamos su texto:
“[El día 14 de abril de 1521] el sacerdote [que nos acompañaba] y algunos otros nos fuimos a tierra, para bautizar a la reina, que se presentó con 40 damas. La condujeron encima de un estrado haciéndola sentarse sobre una almohada […] El sacerdote le mostró la imagen de Nuestra Señora y un Niño de madera bellísimo y una cruz, lo que la emocionó mucho […] Llorando pidió el bautismo.
Se le impuso el nombre de Juana, como la madre del emperador (Carlos V) …Se bautizaron 800 almas entre hombres, mujeres y niños […] La reina pidió el Niño […]. Sabiendo el capitán [Magallanes] que el Niño le gustaba mucho a la reina, se lo regaló y le dijo que lo colocase en sustitución de sus ídolos, porque era en memoria del Hijo de Dios. [Y la reina] dándole las gracias, lo aceptó de muy buena gana”.

Con este testimonio, pues, bastaría y sobraría para demostrar la historicidad del dato. Pero al respecto tengo todavía una hipótesis que trataré de sustentar y desarrollar ahora mismo:

Fray Andrés era, como ya lo he referido, un individuo que, al igual que Colón, le gustaba coleccionar todo tipo de información relacionada con asuntos marinos, y por ese motivo compraba cuantas bitácoras, mapas, descripciones y “cartas de marear” cayeran a sus manos y él estuviera en posibilidad de adquirir. Pero no sólo para tenerlas de adorno, como suelen hacer otros coleccionistas, sino para estudiarlas y ampliar sus conocimientos, que, dicho sea de paso, no eran tan pocos para un hombre de su época, pues desde niño aprendió a hablar y entender catalán y español, y desde jovencito leía en latín, era muy hábil para las matemáticas, y tenía nociones de astronomía, música y filosofía entre otras materias del conocimiento que casi con exclusividad se impartían en los seminarios católicos.
Y por si eso fuera poco, Urdaneta estaba dotado con una gran capacidad de observación, y una memoria que hoy se calificaría como fotográfica; puesto que fueron esas habilidades y todos esos conocimientos, los que tuvo que utilizar, primero, en 1525, para convertirse en un gran discípulo del navegante de Juan Sebastián Elcano, y para redactar, después, en 1536, cuando volvió a España, una muy extensa y bien detallada “relación” de cuanto ocurrió en la expedición de Jofre de Loayza, y para elaborar toda una serie de mapas, basándose únicamente en sus recuerdos, porque los portugueses que lo tomaron preso le arrebataron todas las notas y los mapas que el capitán Elcano le entregó antes de fallecer, y las que él mismo tomó y/o dibujó durante los casi diez años que vivió en aquellas remotas islas.
Así, pues, si tomamos en cuenta cómo era él, es de creer que cuando recibió en Sevilla el encargo de escribir esa relación y de dibujar esos mapas, haya preguntado en la corte, o a otras personas que consideró enteradas, si durante su larga ausencia se hubiesen publicado, o difundido, algunas otras novedades sobre la navegación y los descubrimientos marítimos.

Encontrándose con que, en efecto, hubo al menos dos importantes publicaciones: por un lado, el libro de Pigafetta que ya mencioné (publicado en 1524), y por otro, una obra en latín, titulada “ De Moluccis Insulin ” ( De las Isla Molucas ), publicada en 1522, por un tal Maximiliano Transilvano, secretario de Carlos V, en el que por órdenes del mismísimo, emperador consignó los comentarios que mediante entrevistas le transmitieron algunos de los sobrevivientes de la expedición de Magallanes. Libros que, me atrevo a pensar, el joven Urdaneta no tuvo interés en leer antes de embarcarse con Sebastián Elcano, pero que sí buscó cuando ya, más maduro y experimentado, estaba de regreso en España.

Pero independientemente de que fray Andrés los haya leído o no, el caso es que, aquel 28 de abril de 1565, él era, no sólo el principal navegante de esa nueva expedición, sino también el padre prior de los agustinos que habían sido enviados desde la ciudad de México para iniciar la evangelización de los moradores de aquellas islas y, por tal motivo, viéndole el lado, digamosp a los hechos que referí al principio de este capítulo, el religioso debió de haberse puesto a meditar sobre lo que se podría hacer en consecuencia, de manera que (antes de que lo venciera el sueño, o a primera hora de la mañana siguiente) parece haber tomado una decisión que comunicó a sus cuatro compañeros de orden, al capitán general López de Legazpi, al, escribano a los capitanes de los navíos y a toda la tripulación en general: la figura de aquel Niño Dios de Madera iba a ser bendecida por él mismo en una ceremonia especial, y venerada en lo sucesivo por todos los participantes de la expedición, en una capilla que por lo pronto sería provisional, pero que más tarde se convertiría en un templo con toda la forma.

Una decisión, por cierto, que hoy, a 455 años exactos de haber sido tomada, sigue impactando a miles de católicos de Cebú y las demás Islas Filipinas, por cuanto que aquella primera capilla de madera es la Basílica Menor del Santo Niño de Cebú, el templo más importante de ese archipiélago. Y cuya principal fiesta se conmemora, por motivos que desconozco, a mediados de enero de cada año.

LA “PACIFICACIÓN” Y LOS PREPARATIVOS DEL RETORNO. –
Cebú no es una isla demasiado extensa (pues mide 121.6 millas cuadradas o 315 km cuadrados), y en aquel entonces tampoco estaba densamente poblada, de tal modo que fueron suficientes los últimos dos días de abril y los primeros de mayo, para que, acompañados siempre por un oficial del rey, por un escribano y por uno de los frailes agustinos, los soldados salieran en busca de los cebuanos que se habían escapado tras del incendio del día 28 y, con ayuda del “intérprete malayo”, los convencieran para rendirse y volver en paz a sus casas, junto con Sicatuna, su jefe.

No sabemos cuál haya sido el mensaje que Urdaneta y/o Legazpi les hayan dirigido a Sicatuna y sus guerreros, pero todo parece indicar que, como se les habían anunciado desde el día 27, los inviaron a quedarse ya en paz y a colaborar con ellos tanto en la reconstrucción de las chozas quemadas, como en la edificación de la capilla en donde habrían de venerar al Santo Niño de Cebú, y en la construcción, asimismo, de las moradas en donde habrían de vivir los españoles y los  criollos mexicanos que se quedarían a radicar allí.

Así que, una vez tomados esos otros acuerdos, y mientras Legazpi y otros civiles se hacían cargo de la gobernación y diseñaban otros planes para “tomar posesión” de las otras islas, fray Andrés volvió a concentrarse en su misión principal y le pidió al Adelantado que le brindara su apoyo para lograr su crucial cometido: encontrar la ruta de regreso a las costas novohispanas.

Se sabe, sobre este punto, que cuando López de Legazpi aceptó la invitación para comandar la  expedición que venimos comentando, puso algunas condiciones mediante las cuales pensaba recuperar los cuantiosos gastos que se vería en la necesidad de hacer, y que una de esas condiciones (que le fue aceptada) era que, en el navío que viniese de las islas a la Nueva España el capitán tendría que ser designado por él. Y, para tales efectos, cuando le tocó platicar con el fraile y cosmógrafo, le propuso que a cambio de que él (Urdaneta) escogiese la nave, él (Legazpi) nombraría al capitán. Urdaneta estuvo de acuerdo y seleccionó al galeón San Pedro, por ser el de  mayor porte y un poco más rápido que su casi gemelo, el San Pablo. Mientras que don Miguel le dijo, con toda franqueza, que le interesaba poner como capitán a su nieto Felipe de Salcedo, no obstante ser él un jovencito de apenas 18 años cumplidos.

Y no se necesita ser un genio para entender que Urdaneta debió de aceptar (hasta con buen humor) el nombramiento de ese muchacho, ya que siendo él totalmente inexperto en las artes de la nvegación, quien verdaderamente llevaría la voz de mando sería él, porque con seguridad el abuelo le habría aconsejado al nieto: “Vos habréis de ser el capitán ante los marinos, pero no resolveréis nada sin consultar antes a fray Andrés. Así que, actuad con, discreción obedeced y haréis carrera”.
Continuará.

PIES DE FOTO. –
1.- El 28 de abril de 1565 se hallaron en una choza la imagen que todavía hoy se conoce como “El Santo Niño de Cebú” y se venera en la basílica que lleva ese nombre.
2.- El geógrafo y cronista veneciano Antonio Pigafetta iba en la expedición de Magallanes y describió en su libro el momento en Fernando de Magallanes regaló ese “Niño” de madera a la “reina de Cebú.
3.- Y para conmemorar algunos de los hechos aquí mencionados, el Ayuntamiento de Sanlúcar de Barrameda colocó en 2010, estos mosaicos con las imágenes de Magallanes y Elcano.
4.- Cebú, que por entonces era una isla con muy pocos habitantes hoy está muy densamente poblada, pero conserva algunas playas paradisiacas. Como la de esta fotografía.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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