Abelardo Ahumada

VISLUMBRES por Abelardo Ahumada.

¡Ay Dios!

Una fecha estremecedora.-

Para nadie era ya noticia que este último mes estaba siendo muy abundante en ciclones y terremotos en México, las islas caribeñas y los Estados Unidos. Pero lo que sucedió este 19 de septiembre habrá de marcar la historia del centro de nuestro país porque apenas habían pasado tres horas y pico de haber realizado un simulacro de evacuación para recordar el sismo devastador que nos estremeció el 19 de septiembre de 1985, cuando ¡oh sorpresa!, un nuevo terremoto casi tan fuerte y tan duradero como el que acababan de conmemorar sacudió a muchos de nuestros paisanos  y los llenó de pánico.

En el momento en que estoy comenzando a redactar estas líneas, los noticieros están hablando de 120 muertos en la ciudad de México y los estados aledaños, pero con todo y que las cifras pudiesen ascender incluso a varios cientos más, se puede afirmar que el terremoto de hoy no fue tan poderoso ni devastador como el de 1985, cuando las cifras de fallecidos ascendieron a miles.

Lo que sentimos acá.-

Hoy, como a la una y media de la tarde no fue sino una especie de vértigo instantáneo lo que experimentamos en Colima a causa del terremoto del medio día, pero hace 32 años, en cambio, la sensación fue pavorosa, y no creo que no haya viejos (como esta redactor) que hayan olvidado lo que sintieron en aquella ocasión: eran como a las siete de la mañana de un amanecer bastante soleado que contrastó con los nublados de los días previos, y todo comenzó con un movimiento leve como cuando se desliza la cama o la silla, para seguir de inmediato con un “acelerón” que no obstante haber durado 90 segundos, que nos parecieron eternos, no produjo en Colima daños de consideración, ni víctimas que tuviéramos qué lamentar.

Hoy trato de revivir lo que pasó después y tengo la impresión de que cuando la mayoría de nosotros vio que no se cayó la casa y que todos estaban bien en las familias, tomamos la decisión de enviar a los hijos a las escuelas y nos fuimos enseguida a trabajar como si fuera un día normal, pero todo eso porque no teníamos ni la más mínima idea de lo que desafortunadamente acababa de pasar, por ejemplo, en la Ciudad Chinampa.

En aquel tiempo (que para los jóvenes equivale a toda una vida y para los viejos es sólo una parte de su paso por el mundo) no había aún teléfonos celulares que nos facilitaran las comunicaciones, por ende, no eran tan inmediatas como lo son ahora, por lo que, quienes vivíamos en esta región, nos fuimos, como ya dije, a la escuela o a trabajar, ignorando en dónde se había localizado el epicentro del terremoto y qué tan terrible y devastador había sido en otras regiones.

Sin ir demasiado lejos, sólo fue hasta la tarde de ese mismo día cuando comenzamos a saber que  Ciudad Guzmán, Jal. había vivido una catástrofe, y que durante buena parte de la mañana estuvo flotando sobre su techumbre una densa una nube de polvo, debido a que se habían caído decenas de viejas casas hechas de adobe.

La televisión estaba muda.-

Así pasó casi la mayor parte de la mañana, pero había o se sentía algo raro en el ambiente, porque  ni las estaciones de radio, ni los canales de televisión de la ciudad de México estaban transmitiendo nada, debido a que, al parecer, se había ido la luz allá y, bueno, como nuestros antiguos teléfonos “alámbricos” tampoco estaban funcionando, comenzamos a suponer que muy posiblemente allá las cosas estaban del color de hormiga, como en efecto fue.

Mi padre, un señor de 73 años en aquel año, estaba impaciente en la casa con el televisor encendido en la pantalla oscura del más antiguo canal de Televisa, cuando de repente, hacia media mañana comenzó a brillar una barra de colores y a dar señal de que parecía que la transmisión suspendida estaba por recomenzar y salió entonces la imagen de Jacobo Zabludowsky, el más antiguo lector de noticias por televisión, con  la cara larga, saludando fuera de su hora habitual, para decirle al público del resto del país que, en efecto, en el De Efe parecía que casi se hubiera experimentado la víspera del fin del mundo. Dando comienzo así a un recuento puntual de los acontecimientos que duró hasta la media noche, y que continuó a raíz de que 36 horas después (a las 7 pm del 20 de septiembre) hubo una gran replica, que nosotros sentimos también, que acabó por echar a tierra a muchos edificios de la capital del país que evidentemente habían quedado muy dañados por el sismo de la víspera.

El papel de los celulares.-

Hoy, a sólo 32 años de distancia, no habían pasado ni cinco minutos siquiera cuando, gracias a los teléfonos celulares a los que hoy estamos tan acostumbrados, comenzamos a recibir noticias: “que tembló muy fuerte en Puebla; que también fue muy feo en Acapulco; que su epicentro fue en Morelos y… ¿obvio?, que en la ciudad de México se habían colapsado algunos edificios”.

Decenas de videos inundaron después las pequeñas pantallas luminosas: gente muy rica que tuvo la oportunidad de vivir la más estremecedora experiencia desde los penthouses de los edificios más altos de la capital del país fueron los primeros en difundir imágenes de las áreas de la ciudad donde se veían nubes de polvo muy bien localizadas, o escenas de los muy caros departamentos donde, asustadísimos, gritaban, con exquisito lenguaje: “¡Oh no, qué pedo, güey! ¿Qué está pasando?” Con aterrado asombro de ver a sus muebles caer, y esperando, tal vez, que sus lujosos departamentos se derrumbaran.

Estremecedoras fueron, también, las inmediatísimas imágenes que alguien “subió a la red” desde una trajinera en Xochimilco, en donde las aguas lodosas, por lo regular estancadas, de repente comenzaron a “chapalear” y a moverse, zangoloteando a los numerosos turistas que a esas horas, ya muy alegres por las cervezas ingeridas, reían con cara de estúpidos al ver semejante cosa.

Así, pues, la novedad de hoy no es que haya temblado en México, sino que en menos de diez minutos ya el resto del mundo estaba sabiendo lo que acababa de pasar aquí. Y lo mismo estaban sabiendo todos los mexicanos que por las razones que fueran estaban viajando o trabajando en cualquier parte de la superficie del globo.

Ya toca en Colima.-

Y ya que hablamos de tan estremecedores acontecimientos, tal vez valga la pena recordar que Colima está ubicada en una zona altamente sísmica, y que siempre debemos estar preparados para que en cualquier momento nos pueda ocurrir un susto como éste.

Por otra parte, y de conformidad con la ocurrencia, digamos histórica, que han tenido los sismos más bruscos desde que se comenzaron a registrar hace ya más de cuatro siglos, se puede conjeturar que “ya mero nos toca” el próximo, aunque no podemos saber cuándo sucederá, ni de qué magnitud será.

Pero ¿por qué decimos que “ya mero nos toca”? Pues porque hay un registro histórico que sin ser prueba científica nos indica que así ha sucedido antes, y que, por ende, es muy posible que siga sucediendo ahora.

Para documentar lo anterior, me voy a permitir compartir con ustedes, apreciables lectores, algunas anotaciones que sobre este tema he podido hacer:

El primer terremoto de que se tiene registro histórico en nuestro rumbo ocurrió el 27 de mayo de 1563. Éste, según datos recuperados por el profesor Juan Oseguera Velásquez, “tiró todas las casas de Navidad (hoy Barra de Navidad) por donde metían mantenimiento y municiones para la armada que se estaba preparando para zarpar a la conquista de las filipinas”.

Tres años más tarde, a partir del “Día de los Inocentes de 1566”, el padre franciscano Diego Muñoz dejó apuntado que hubo un “temblor grande”, el cual fue seguido de constantes réplicas durante nueve días continuos.

Muy rico en terremotos fue ese final del siglo XVI, pues hubo todavía otro entre la noche del 27 y 28 de diciembre de 1568, que “derribó muchas casas y templos de la comarca”.  Otro más el 10 de enero de 1585, el cual fue precedido por una “gran una erupción explosiva del Volcán de Colima”, cuya ceniza “cubrió un área de 30 kilómetros de diámetro” alrededor de su cono. El último de mayor importancia del siglo mencionado habría ocurrido “la noche del sábado 13 de enero de 1590 … afectó fuertemente a Autlán”, y estuvo igualmente acompañado “de una erupción que lleva (trajo) consigo una fuerte lluvia de cenizas”.

Debido a ello y a otras destrucciones padecidas no demasiado tiempo antes, mucha de la poca y descorazonada gente que entonces había en la pequeña Villa de Colima, amenazó con irse de aquí, dando pie para que el alcalde los  conminara no lo hicieran hasta obtener ayuda para la reconstrucción de las autoridades virreinales.

Pero como continuó temblando, “tanto los españoles que se quedaron a vivir en las márgenes del Río Colima… como los indígenas, aclamaron a las potencias celestiales para dominar esos fenómenos que sembraban la ruina y el espanto”, y decidieron elegir a un santo patrono.

Y fue así cómo, mediante unas curiosas elecciones, apareció San Felipe de Jesús en escena, y se convirtió, a partir de 1668, en nuestro “buen Patrono para temblores”, aunque cabe decir que nunca ha dejado de temblar.

Ya más cerca de nosotros hay varios impresionantes registros de los que, por falta de espacio, hoy sólo mencionaré un singular ejemplo, que a mí, por cierto, no me gustaría enfrentar. Me refiero al muy fortísimo terremoto del 25 de marzo de 1806, sobre el cual, el padre Francisco Ramírez de Oliva, párroco de San Francisco de Almoloyan, de puño y letra escribió un reporte que resumí para ustedes:

Ese día, “poco antes de las cinco de la tarde, envió Dios un terremoto tan terrible  que no hay memoria de que en nuestros días se haya visto algo semejante [porque] fue tan recio y tan veloz en su movimiento que nadie se pudo tener en pie [y porque] como suele un potro desbocado reparar para despedir al jinete, así eran los quebrados, desiguales movimientos de la tierra para arrojarnos de su superficie y sepultarnos en sus entrañas. Duró en tal fuerza y vigor este movimiento como cinco minutos y repitió, aunque con no tanta furia, cinco o seis ocasiones hasta las cuatro de la mañana… [De manera que] “no quedó en Colima casa que no padeciera [algún daño] y se arruinaron hasta casi por los suelos más de quinientas, verificándose mayor el estrago desde la plaza mayor a la de la Soledad, por lo que a la iglesia del Dulce Nombre (esquina noroeste de la manzana en donde fue la primera central camionera) llevaron los Santos y el Divinísimo Sacramento”.

Por ese temblor se cayó también el templo de La Salud, quedó muy dañado el de San Francisco de Almoloyan, se cayó el hospital de teja de Coquimatlán y se advirtieron en el volcán muchas erupciones de humo y cenizas… En Zapotlán (hoy Ciudad Guzmán, Jal.), se cayó la iglesia al tiempo que [muchísimos feligreses] estaban [escuchando] un sermón […] “y sepultó como dos mil almas. REQUIESCAT IN PACE AMEN”.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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