Abelardo Ahumada

Por Abelardo Ahumada.

UN PERIODO DE LARGOS Y DIFÍCILES VIAJES. –

Antes de aportar mayores datos sobre las acciones que el obispo Cabañas y su clero emprendieron para promover la Guerra de Independencia en el occidente de lo que hoy es México, conviene sacar a la luz algunos importantes hechos que previamente ocurrieron en nuestra región y tuvieron que ver con las condiciones socioeconómicas y políticas que prevalecieron en Colima a finales del siglo XVIII y principios del XIX.

El primero de los asuntos al que nos vamos a referir se remonta a un antiguo pleito que por cuestión de límites traían los respectivos obispos de Michoacán y Guadalajara, y el segundo está relacionado con la percepción que algunos funcionarios del gobierno virreinal tenían respecto a la gente de Colima, diciendo que eran gente briosa, pendenciera, marrullera y libertina.

En ese contexto cabe mencionar que, según los diversos reportes que se han podido hallar en los amarillentos legajos que de la época virreinal conserva el Archivo Histórico del Municipio de Colima, las distancias que se recorrían por el Camino Real y sus ramales se contabilizaban “por parajes de arrieros, y que, por ejemplo, “desde Colima a su capital Valladolid”, había un total de 79 leguas y 16 parajes. Lo que equivale a decir que ese trecho se recorría en 16 días; mientras que de Colima a México se necesitaban 20 y de Colima a Guadalajara 5.

Y en relación con eso tenemos noticia de que, estando muy metidos en su problemática local y muy conscientes de lo difícil que resultaba realizar semejantes viajes, un día de 1781 o 1782, unos paisanos colimotes, hartos de que ninguno de los obispos michoacanos les hiciera caso desde el punto de vista religioso, y hartos también de que para arreglar sus problemas de carácter legal, como testamentos, herencias, querellas y demás cosas por el estilo se tuvieran que trasladar hasta Valladolid o a México, se pusieron de acuerdo, integraron una comisión y fueron hasta Guadalajara, que les quedaba muchísimo más cerca, para informarle a fray Antonio Alcalde, titular de aquel gran obispado, que hacía ya más de treinta años que ningún obispo de Michoacán los visitaba, y para quejarse de que la mayoría de los clérigos que residían en la Villa de Colima, en Almoloyan, en Ixtlahuacán de los Reyes, en Caxitlan y algunas otras comunidades no promovían su desarrollo, pero sí vivían, muy cómodamente por cierto, a sus expensas.

El presbítero e historiador colimense, Florentino Vázquez Lara Centeno, anotó que fray Antonio fue receptivo ante los solicitantes y que, como resultado de su demanda, en algún otro día de 1782 “solicitó a Carlos III, rey de España, la agregación de esta Provincia [de Colima] a la sede episcopal tapatía”, y que, aprovechando el vuelo, tal vez por haber escuchado similares reclamos, lo mismo hizo “con las provincias de La Barca y Zapotlán […] hasta entonces pertenecientes [también] al Obispado de Michoacán o Valladolid”.

Comenta igualmente que siete años parece haberse tardado el trámite puesto que sólo fue hasta 1789, cuando habiendo sido consultado incluso “el Real y Supremo Consejo de Indias […] Su Majestad reinante [resolvió], con Real Cédula del 17 de abril [de ese mismo año], se uniesen al Obispado de Guadalajara las tres citadas Provincias, desmembrándose del de Valladolid, por convenir así al mejor régimen espiritual de los naturales de su distrito”.

Al enterarse de que la solicitud del Obispo tapatío había sido escuchada por el rey de España (y tal vez hasta por la Santa Sede en Roma), todo parece indicar fray Antonio de San Miguel, obispo de Michoacán, se movilizó, que durante los últimos meses de 1788 recorrió las regiones de La Barca y Zapotlán, y que en enero de 1789 estuvo también en Colima y en Tecalitlán, pero todo fue en vano puesto que, aun cuando las mencionadas parroquias siguieron estando momentáneamente bajo su jurisdicción eclesiástica, la Alcaldía Mayor de Colima dejó de ser tal ese mismo año y, política y administrativamente hablando, sólo quedó como una subdelegación de la Intendencia (equivalente a gubernatura) de Valladolid.

UN ALCALDE CULTO CON VOCACIÓN DE MINERO. –

Esta última noticia debió de haber dejado atónito al capitán Miguel José Pérez Ponce de León, quien a la sazón se desempeñaba como Alcalde Mayor de la Antigua Provincia de Colima, y lo había hecho (con una sola y breve interrupción) desde 1774.

Al Capitán Miguel José Pérez Ponce de León le tocó la mala suerte de ser el último Alcalde Mayor de la Provincia de Colima.

La sorpresa lo hizo salir de su jurisdicción a mediados de abril de 1789, y tragándose su coraje, hay indicios de que el 30 o 31 de mayo hizo entrega del mando político a don Luis de Gamba González, el primer subdelegado que el Intendente, Juan Antonio Riaño y Bárcena, envió hasta Colima. Aunque, con el apoyo del virrey, Pérez de León se dio las mañas para conservar el poder militar y siguió ostentando el cargo de Comandante de las Milicias de la Provincia. Hecho que – se puede inferir- provocó el disgusto del recién nombrado subdelegado.

El capitán Ponce ya había dado varias muestras de no ser un individuo que se conflictuara por cualquier cosa y, como tenía varias minas de su propiedad en la Sierra del Alo (que va desde Pihuamo hasta la orilla sur del Lago de Chapala), decidió dejar a unos miembros de su Compañía de Lanceros bajo las órdenes de un teniente en la Villa de Colima, y se fue a vivir a Santa María de Guadalupe de Tecalitlán, el nuevo pueblo que él mismo había fundado quince años antes.

Él mismo fundó el pueblo de Santa María de Guadalupe de Tecalitlán en 1774.

Ponce de León no era, tampoco, uno de tantos militares ignorantes, sino un hombre bastante culto para su época y tenía un gran conocimiento de los aspectos políticos, económicos y aún geográficos de la provincia que durante dos largos períodos le había tocado gobernar, y a su pluma se debían tres de las más extensas y detalladas descripciones que jamás se hubieren hecho sobre toda esa hermosa y muy poco poblada parte del occidente de la Nueva España. Al igual que dos detallados mapas (más bien croquis) que nos muestran (y demuestran) que al menos hasta esas fechas, la Provincia de Colima que le tocó gobernar no era el triangulito geográfico al que quedó finalmente reducida, sino una extensión tres veces mayor que abarcaba varias regiones que ahora son de Jalisco y Michoacán, y que, entre otros, integraba los pueblos de Pihuamo, Tecalitlán y Xilotlán, junto con once “Reales de Minas que son el del Tabor, Pichiatlan, los Desmontes, la Catedral, San Pablo, Arroyo Seco, Huapala, las Plomosas (distinto de otro Real que está en el lindero), Tonantla, Río del Oro y Sombrero” […] “reconociendo también las haciendas de San Gerónimo, Uruapicho, San Antonio el de los Varelas, Aguanso, Huilimba, los Sauces, Huapala, las Chachalacas, Catachio, los Potrerillos, la Lagunilla, el Cascalote, las Cruzes, Aguejuyo, los Mezcales y los Mojos”, ubicadas en las colindancias con Apatzingán, Tepalcatepec y Jiquilpan. Como se mira en otro informe complementario que más adelante vamos a citar. Siendo, además, un hombre visionario con vocación minera.

GENTE BRIOSA Y PENDENCIERA. –

Buen conocedor, pues, de dicho ambiente, desde 1774 Ponce de León ya había decidido sacar de la sierra al Valle de Tecalitlán a un gran número de indígenas que “sin el conocimiento de Dios” vivían en pequeños grupos, y reunir a los rancheros criollos que vivían dispersos en dicho valle, para fundar ahí mismo un pueblo que llevaría ese nombre. Pero inmediatamente después, habiendo abierto la vieja mina de San Jerónimo Picietlan (en un cerro emplazado a medio camino entre Cotija y el nuevo pueblo de Tecalitlán), y habiendo encontrado otras vetas muy buenas, las noticias de su hallazgo se desparramaron por toda la región y “una gran copia de aventureros, hombres de empresa” y gente sin trabajo, “se arraigaron en la comarca minera y coadyuvaron en la repoblación de tan apartados yermos, en donde también había mucha piedra imán. Un nuevo tesoro del que – según palabras del mismísimo Ponce de León – hasta 1775 se ignoraba su existencia”.

La llegada de nuevos gambusinos y de gente deseosa de volverse rica en la primera oportunidad, multiplicó las tareas de exploración, y como resultado de todas ellas aparecieron algunas otras nuevas minas por aquellos rumbos, como la del Real del Espíritu Santo, la de Nuestra Señora del Favor, la del Río del Oro, la de Xilotlán, la de Las Plomosas y otras más, propiciando que, con el crecimiento de la población, se multiplicaran “los robos, las borracheras, las riñas y otros delitos” que tuvieron que combatir el capitán Ponce y sus lanceros.

Migración en la que igualmente participaron algunos de los pobladores de la Villa de Colima. Los que, según palabras del exalcalde Mayor, eran gente muy difícil de tratar, puesto que vivían “al arbitrio de sus pasiones”; eran muy dados a “los juegos, los adulterios y al uso de bebidas prohibidas”; y se manifestaban capaces de “agavillarse” por cualquier cosa, de “jurar y perjurar a voluntad de los que les dominan” y de vivir en el libertinaje, cometiendo “innumerables ofensas al Señor”.

Muy independientemente de cómo hayan sido en realidad los habitantes de Colima en esa época, quiero complementar esta información diciendo que las noticias de los hallazgos de nuevas minas en esa muy agreste porción de la provincia colimota llegaron a muy diversas partes, incluyendo, evidentemente, a Guadalajara y Valladolid. Y parece haber sido tan grande el argüende que, por increíble que hoy nos pudiera parecer, el mismísimo padre Miguel Hidalgo y Costilla se entusiasmó con lo que llegó a oír y decidió comprar o mando abrir en esos años una mina en el Real del Favor, a la que – según lo escribió el profesor Felipe Sevilla del Río- indistintamente se le mencionaba como Zapopan o Sapopa. Mina que, en 1791, un año antes de irse a radicar en la parroquia de Colima, tenía o llevaba “a medias” junto con “un tal don Antonio Becerra”, antiguo estudiante del “Colegio Seminario de San José, en Guadalajara”, que también fue su alumno de Teología Escolástica en el Colegio de San Nicolás, aunque nunca llegó a ordenarse como sacerdote.

Pero volviendo a la descripción que el capitán Ponce hizo respecto al carácter de nuestros ancestros, y suponiendo que alguien pudiera decir que habló así por estar prejuiciado por el trato que recibió de ellos, y por las amenazas de muerte que algunos le dirigieron, quiero citar otro testimonio, emitido en algún momento de 1791 por una persona distinta, y que también nos da señales del temple de nuestra tierra y del carácter de nuestros antiguos paisanos. Me refiero al que emitió el coronel español Diego de Lassaga (o Lazaga) quien varios meses antes de que Hidalgo arribara a la Villa de Colima hizo acto de presencia allí.

Basándose en los croquis de la Villa de Colima que tanto Ponce de León como Diego de Lassaga dibujaron entre 1789 y 1791, nuestro amigo Elías Méndez Pizano dibujó este otro antes de morir.

Este hombre parece haber recibido una orden expresa del virrey en turno para levantar un censo de los habitantes de toda la provincia colimota y, en cumplimiento de su función, parece haber recorrido la mayor parte de su territorio; demostrando ser un individuo muy observador que no se contentó con hacer un recuento simple por comunidades, sino que terminó redactando un muy interesante documento al que se le conoce con el título: “Descripción Geográfica del Partido de Colima”.

Entre los muchos y muy interesantes datos que dicho coronel aporta en su “descripción”, dice, por ejemplo, que la Villa de Colima tenía una traza ajedrezada que medía unas “ochocientas varas”, en el sentido Norte – Sur, y “como quinientas”, en el sentido Este – Oeste. Habiendo en ella una población muy heterogénea que rondaba las “mil novecientas treinta y nueve almas de españoles, ochenta y cinco castizos, de ciento ochenta y un mestizos y de dos mil ciento nueve mulatos, que su total asciende a cuatro mil trescientos catorce”; a los que se habrían de sumar los “tres mil trescientos veinte y nueve”, personas de casi todas las castas que habitaban “en los arrabales” de la villa y en los “ranchos y haciendas” del ámbito parroquial. Ámbito que por cierto abarcaba todo lo que actualmente son los municipios de Colima y Cuauhtémoc.

El reporte que don Diego redactó está fechado en la ciudad de México el 2 de enero de 1793, pero en alguna de sus partes dice haber estado en Colima desde 1791, por lo que se deduce que las observaciones y registros que hizo para elaborar su censo, las hizo entre 1791 y 1792. Lo que nos da a nosotros pie para inferir que durante algunos de los meses que él estuvo allí coincidió con los que estuvo también el padre Hidalgo.

Según el censo levantado por Lassaga, en la extensa parroquia de Colima habitaban 7,643 personas.

Y ya que hablamos de clérigos, Lassaga comenta que todas esas 7,643 personas eran atendidas por “un cura secular (que debió ser Hidalgo durante 8 meses) a quien ayudaban tres vicarios y el sacristán mayor”. Aparte de existir allí “un convento de la Merced y otro de San Juan de Dios, por lo que no hay escasez de ministros para el pasto espiritual, y las tres iglesias están bastante decentes”.

Añadiendo que las casas de la villa eran “bajas, muy húmedas y de ninguna comodidad ni aire, con grandes corralones”. Que la plaza era “cuadrada y de bastante extensión”, y que en su frente oriental estaban “la parroquia, [las] Casas Reales y el [edificio] que le llaman cárcel”, como se mira perfectamente en un croquis que también dibujó y yo me tomé el tiempo para “actualizar” (o dibujar al revés), ya que él puso el sur arriba de la hoja en que lo dibujó.

Complementando su descripción, Lassaga dice que dicha villa estaba “rodeada de montañas […] pero con circunferencia de unos planos espaciosos y admirables, con abundancia de aguas para la siembra de cacao, añil, caña, arroz, frijol, maíz y chile”.

Belleza descriptiva que no abarca a los habitantes de ésta, porque de ellos afirma que eran muy flojos y desidiosos, conformándose con cultivar sólo el maíz, el frijol y el chile que les eran absolutamente indispensables, junto con un poco de algodón para venderlo afuera, y con extraer “sales de la costa”, siendo éste “el ramo fuerte de su negocio”. Contentándose, “fiados en la amenidad” del paisaje, en su falta de hambre y “en lo poco que van vestidos”, con vivir “entregados a la desidia, dirigiendo [sólo] los absolutamente precisos esfuerzos para su subsistencia, sin pasar de esa línea”.

Datos que nos permiten darnos una idea de cómo eran nuestros paisanos de finales del siglo XVIII y de cuál era el ambiente que en esos términos prevalecía poco antes de que todos los pueblos de Colima quedaran bajo la jurisdicción de la Intendencia de Guadalajara.

Continuará.

NOTA. Todas estas notas corresponden al Capítulo 11 de “Mitos, verdades e infundios de la Guerra de Independencia de México”.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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