Columna El Burladero por Fernando Herrera Rincón

Este Burladero se lo dedico a una raza en peligro de extinción, a un tipo de hombres de los cuales se forjaron mitos y leyendas, a los cuales los poetas les cantaban y los escritores les hacían novelas. Hoy dedico mi columna a los maletillas, aquellos valientes que solo armados con sus trastos de torear, un pantalón de mezclilla y un sueño se marchaban a un mundo incierto en búsqueda de oportunidades sin importarles el hambre, el sol y la sed, ellos llevaban en su espíritu la convicción de que el toro les saciaría la boca y les llenaría el estomago más que cualquier otra bebida o platillo.

En la actualidad se acostumbra a pagar por torear, decía el gran romántico Rodolfo Rodríguez «El Pana» que anteriormente alguien se metía de torero para comprarle una casa a su madre, mientras que ahora quieren vender la casa de su madre para meterse de torero; es irreal como en diversos lados como puede ser en México, el toro parece alejarse más y más del pueblo y se vuelve en una actividad cupular tal como en sus orígenes donde la nobleza conformaba el principal espectador.

Por lo anterior escrito es de admirarse la magia del maletilla, es de respetar esas batallas interiores que los obligan a anhelar, a soñar y a embarcarse en la mortal odisea de los campos bravos, las plazas de renombre y los festejos populares; ya sea saltando de espontaneo a sabiendas que parará tras las rejas pero con la fe en ser descubierto por algún apoderado y con la esperanza de sacarle unos hondos oles a los tendidos, o también entrando de noche a las ganaderías con el miedo de recibir el caliente disparo de un caporal, y en el caso de México y otros países americanos, buscando un animal rescatable en jaripeos de media casta o cebuceada para poder saborear por instantes lo que es dar un lance gallardo.

Me queda claro que el sueño de comer jamón y mantequilla por el resto de la vida y que el nombre propio en los carteles sea motivo para que se enchine la piel y vuelen los boletos, justifica sin ninguna duda el sufrimiento bohemio del maletilla, de aquel que es capaz de tomar huelga de hambre o peregrinaciones con tal de pedir a los empresarios una sola oportunidad. Desde mis tal vez insuficientes palabras admiro a aquellos valientes que tuvieron pantalones para hacer lo que yo y muchos otros solo hemos soñado, recordemos y admiremos a Conrado «El Eterno Maletilla», quien a su avanzada edad sigue viviendo ese espíritu incesante de pasión taurina, recordemos también a Palomo Linares, quien logró después de tanto sufrimiento llegar a ser figura.

Termino, amable lector, lleno de sueños frustrados y contemplando el hubiera, preguntándome en mi soledad, ¿es un alto precio a pagar tanta hambre, dolor y sed a cambio de obtener la posibilidad de la inmortalidad?

Fernando Herrera

Licenciado en Ciencia Política y Administración Pública por la Universidad Autónoma de Guadalajara y Secretario de la Peña Libre “Tomás Abaroa”.

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