VISLUMBRES por Abelardo Ahumada

 

Cuarta parte

 

CUANDO EL PUERTO DE NAVIDAD ERA DE COLIMA. –

En los meses de 1527 y 1528 la hoy importantísima ciudad de Guadalajara, México, no existía aún, y el puerto que más tarde se conocería como Puerto de Navidad tampoco se llamaba así, sino Aguatán, y pertenecía a la antigua provincia de Colima, tal y como se mira en la “Instrucción dada por Hernán Cortés a Álvaro de Saavedra Cerón  para el viaje a las Islas del Maluco” (sic), y que en una de sus partes dice que si no hubiese logrado encontrar a  frey García Jofre de Loaisa y Sebastián Caboto (los capitanes perdidos), tendría que enviar “los navíos cargados [con especias y plantas de las mismas] al puerto de Aguatán, que es término de la Villa de Colima”, con una carta que “escribiréis a Francisco Cortés, que reside en dicha villa”, dándole instrucciones “para que en cuanto lleguen al puerto, hagan sacar las plantas que habéis de enviar a tierra, y trasplantarlas para que no se pierdan, avisándoles de la manera” en que lo habrían de hacer, “unas en tierra húmeda, otras en parte seca; las que requieren riego o no; las de la sierra o el llano”, etc. Un dato que quizá no parezca importante para el tema que venimos desarrollando pero que, si le hubiera funcionado a Cortés, habría servido para cultivar, clavo, canela, pimienta, nuez moscada y otras especias tanto en Colima como en Tehuantepec, a donde Saavedra tendría que enviar otro de los barcos.

Pero el hecho fue que dos de los tres navíos que zarparon desde Zacatula hacia “las islas de la Especiería” se perdieron en el mar cuando apenas tenían mes y medio navegando, y que el capitán Álvaro de Saavedra, aun cuando logró encontrar a algunos de los compañeros de Loaisa en la fortaleza de Tidore, y cargó las bodegas de La Florida, con “setenta quintales de clavo” (que fue lo único que pudo conseguir), nunca pudo atravesar el Pacífico de regreso y sólo encontró la muerte.

Como quiera que todo eso haya sido, lo que quiero resaltar es que Saavedra Cerón fue el primer capitán europeo en atravesar todo el Pacífico desde las costas de la Nueva España, y que el mencionado puerto de Aguatán, Colima, siguió siendo considerado por Cortés y sus contemporáneos como un puerto propicio para iniciar desde ahí otras expediciones exploratorias. Entre las que al menos dos de ellas tuvieron el insistente propósito de encontrar la ignorada ruta de regreso desde Asia hasta las costas de la Nueva España, en lo particular, y América en lo general.

En los renglones que siguen vamos a tratar de exponer qué fue lo que sucedió en Aguatán y sus alrededores poco tiempo después, y quiénes fueron, y de qué modos participaron algunos interesantes personajes a partir de ese desconocido emplazamiento descubierto entre 1524 y 1525 por el capitán Francisco Cortés, lugarteniente de “don Hernando” en Colima.

NUÑO BELTRÁN IRRUMPE EN LA ESCENA. –

Ya habíamos dicho que hacia finales de diciembre de 1529, el licenciado Nuño Beltrán de Guzmán, presidente de la Real Audiencia de México (que fue el órgano creado por el monarca para quitarle el gobierno de la Nueva España a Cortés), decidió continuar las conquistas más allá de donde Cortés las había llevado y, habiendo logrado organizar un gran ejército con algunas decenas de españoles y con varios miles de mexicas, texcocanos, tlaxcaltecas y michoaques, se fue, por lo que hoy es la región de El Bajío, hacia Chapala y más allá, llegando, en término de casi año y medio, hasta Culiacán, desde donde se regresó a Tepic, en el intento de constituir la capital de su propio feudo, al que finalmente el rey le concedió el nombre de Nueva Galicia, con una gobernación propia.

Tras iniciar el año de 1530, y luego de haber apaciguado, esclavizado, hecho herrar y enviar a ciertas minas a los indígenas de los principales pueblos de la parte norte del lago de Chapala, Nuño y sus huestes se adentraron tanto en la amplísima región que hoy forman “los Altos de Jalisco”, como en  el intrincado nudo de montañas y barrancas que, partiendo inmediatamente al norte de la capital de dicho estado, se desparrama por una gran porción del vértice geográfico en el que convergen los límites de Aguascalientes, Jalisco y Zacatecas, llegando en su extremo poniente a Nayarit, y forman la famosa “región caxcana”.

Una región muy áspera y bella que por aquel entonces estaba habitada con algunos naturales seminómadas, pero que ya tenían ciertos pueblos fijos y algunos terrenos a la orilla de los ríos, que se dedicaban a cultivar en forma.

Varios de estos indígenas hicieron fuerte resistencia al paso de las huestes de Nuño, pero éste, dotado con el sanguinario espíritu que la mayoría de los conquistadores tienen, no se detuvo en consideraciones morales, y en donde quiera que fue resistido capturó cientos de esclavos y dejó un reguero de sangre, fomentando en los naturales un deseo de venganza que le habría de complicar más tarde la vida a los primeros colonos que él mismo comisionó, por decirlo así, para fundar una villa española en aquellos rumbos.

Se sabe, en este sentido, que después de haber vuelto de la conquista de la mitad de lo que hoy es el estado de Sinaloa, Nuño “puso su real” (se asentó) provisionalmente en Tepic, y que, estando ahí nombró a Juan de Oñate, un hombre de sus confianzas, para que junto con otros 46 individuos regresara a la región caxcana y fundara, en Nochistlán, hoy al sur de Zacatecas, aquella villa que se mencionó.

Oñate, quien había colaborado ya varios años con el también gobernador de Pánuco, sabía que éste había nacido en la ciudad de Guadalajara, España, y por halagar a su jefe, bautizó con ese mismo nombre la puebla que le tocó fundar algún día situado entre “los primeros de noviembre y el 3 de diciembre de 1531”.

Sólo un año y medio estuvo esa primera Guadalajara en Nochistlán. Luego de cambió a Tonalá y a finales de 1534 a Tlacotlán, un pueblo que hoy pertenece al municipio de Ixtlahuacán del Río, y que se halla ubicado junto a la espectacular barranca del Río Grande o Santiago.

Dejemos, sin embargo, pendiente este interesante tema y volvamos al que nos ocupa: pero para esto es preciso mencionar aquí que, en 1539, cuando la tercera villa de Guadalajara estaba en Tlacotlán, don Antonio de Mendoza, el primer virrey de la Nueva España, ya tenía casi cuatro años de haber llegado a la ciudad de México; había logrado conseguir un gran conocimiento acerca de sus condiciones socio-políticas y económicas del territorio bajo su mando y, siendo consciente que la figura de Cortés seguía refulgiendo entre los habitantes de aquel gran territorio, se había  empeñado en opacarlo y brillar con luz propia.

En una situación algo similar a la del virrey Mendoza, estaba, a su vez, Pedro de Alvarado, ex compañero de armas del Marqués, quien a pesar de tener el rango de “Adelantado” del gobierno español y fungir como gobernador de la Provincia de Guatemala, siempre estaba como “segundón” respecto a Cortés.

LA ÚLTIMA EXPEDICIÓN CORTESIANA. –

Y el ambicioso e hiperquinético Cortés, por su parte, sabía cuáles eran las ambiciones de aquéllos, pero él no cejaba en las suyas.

Era, pues, una gran disputa de personalidades, en la que tanto Alvarado como Mendoza tenían muy claro que, si querían alcanzar un mayor renombre que el del conquistador de la Nueva España, no les quedaba otro recurso que ir más lejos de donde aquél había llegado. De tal modo que cada uno de los dos empezó, casi en paralelo, a realizar sus propias maniobras para alcanzar dicho fin.

El primero que empezó con esto fue precisamente Alvarado, quien, con una flota bien provista de armas, había llegado incluso hasta el entonces naciente Virreinato del Perú, en donde tras enfrentarse con Francisco Pizarro, tuvieron a un acuerdo ventajoso para los dos y volvió a Guatemala un poco más rico.

Pero pese a los afanes de tan grandes contendientes, Cortés hizo, en 1539, un último intento de “alcanzar la gloria” que tanto anhelaba y, el 8 de julio de aquel año, envió, desde Acapulco tres suficientes navíos a explorar con mucho mayor detalle las costas del Mar Bermejo (Golfo de California o Mar de Cortés), que él mismo había recorrido con premura cuatro años antes.

Las naves se llamaban Santa Águeda, Santo Tomás y Trinidad, y quedaron bajo el mando de un excelente capitán que se llamaba Francisco de Ulloa, acompañado por “el piloto mayor Juan Castellón”; por un Francisco Terrazas como “veedor” o testigo real; por un Pedro de Valencia, como escribano; por tres frailes franciscanos que llevaban la consigna de evangelizar a los indios que se encontraran, y con “un vecino de Colima, Francisco Preciado”, que acabó redactando una “Relación del Descubrimiento que en el nombre de Dios …”, etc., hizo esa armada por dichas tierras.

No hubo en esta otra expedición cortesiana ningún fruto económico que se pudiera apreciar; pero se logró descubrir el puerto de Guaymas y la desembocadura del gran Río Colorado, llegando así a la convicción de que aquella era una península, y no una isla, como se había creído. Luego volvieron al diminuto pueblo de la Santa Cruz (hoy La Paz), que el mismísimo Cortés fundó el 3 de mayo de 1535; más tarde doblaron el Cabo de San Lucas y siguieron costeando por toda la parte occidental de la península. Llegaron a una gigantesca bahía (que muy probablemente es hoy la de Guerrero Negro) en donde avistaron cientos de ballenas, hasta desembarcar y reconocer una isla a la que denominaron Cedros. Logrando su piloto, Domingo del Castillo, levantar los datos topográficos del mapa más antiguo que de esta región existe. Todo eso antes de volver, con sólo dos de las naves sumamente maltrechas, al puerto de Santiago de Buena Esperanza, Colima, y luego hasta Acapulco.

A Santiago llegaron el 18 de abril de 1540, pero al desembarcar varios marineros a tomar agua y frutas y verduras frescas, fueron aprehendidos por los guardianes del mismo. Quienes al ser preguntados por qué motivo lo hacían, respondieron que por órdenes expresamente emitidas por el virrey Mendoza.

El Santa Águeda, siguió entonces hacia Acapulco, pero cuando se aproximó vio movimientos sospechosos y se dirigió al nuevo puerto de Huatulco, pero ahí también, aunque sí lograron desembarcar, más tarde llegaron los emisarios del virrey y fueron aprehendidos. Dando con eso fin a las expediciones marítimas del inquietísimo Hernán Cortés.

UN INUSITADO ACUERDO. –

El Marqués, que por esos días residía en Cuernavaca, evidentemente se encorajinó al recibir semejantes noticias, y como ya tenía varios meses de estar experimentando lo que consideraba agresiones directas por parte del virrey y sus lacayos, decidió, una vez más, irse a España a dialogar directamente con el rey, mientras que don Antonio por un lado, y Pedro de Alvarado por otro, se disponían, como anticipé, a continuar por sus respectivas cuentas las exploraciones que el multicitado Cortés había dejado truncas o pendientes.

Para ese tiempo, sin embargo, Pedro de Alvarado tenía un año de haber vuelto desde España y trajo consigo unas “capitulaciones” que le daban poder basto y suficiente para emprender algunas expediciones “por la Mar del Sur”, y para mediados de 1539 ya tenía montada una gran flota de “doce navíos de buen porte, bien abastecidos y bien artillados”. Con los que casi al término del temporal lluvioso se dirigió “al puerto de la Purificación”, como también le llamaron a Aguatán. Pero cuando algunos de sus primeros barcos arribaron a Huatulco para tomar agua y bastimentos frescos, que su ex capitán y amigo Hernán Cortés les proporcionaría, los agentes del virrey se los impidieron y tuvieron que seguir así, sin poder tomar puerto, hasta ese “puerto de Colima”, en donde ya no pudieron seguir adelante y tuvieron que anclar.

Viendo esa situación, todo parece indicar que Alvarado realizó el siguiente cálculo: “Yo tengo las naves y la gente, pero el virrey tiene el poder. Lo único que puedo proponerle es que pudiésemos llegar a un acuerdo benéfico para los dos”. Tomando enseguida la resolución de enviarle, por las veredas que muy pronto constituirían también el Camino Real de Colima, un emisario con una carta al Virrey, proponiéndole que se reunieran en un sitio digamos neutral a dialogar.

Ignoro cuándo y de qué modo haya respondido Mendoza a la propuesta, pero la inusitada reunión tuvo lugar en el pueblo de Tiripetío, Michoacán, muy cerca de Pátzcuaro y de donde no muchos meses después habría de nacer Valladolid, hoy Morelia.

La cita, como quiera, se verificó a finales del mes de noviembre de 1540. Podemos suponer que las conversaciones hayan durado dos o tres días, pero lo cierto es que el acuerdo se firmó el 29 de aquel noviembre, y que, cuando escribió Alvarado al respecto, dijo: “Nos concertamos e hicimos compañía en todo lo que [a partir de ese día] se descubriese, así por mar como por tierra”. Allí mismo “escogieron por capitanes a Juan de Alvarado”, sobrino del primero, y “a Ruy López de Villalobos, pariente del virrey”.

Pero don Antonio, al parecer, tenía dudas sobre la armada y deseos de conocer la remota Villa de Colima, por lo que tomó la insólita decisión de montar su propia cabalgadura e irse con su séquito junto con Alvarado en esa dirección. Llegando a dicha villa el 17 de diciembre de 1540. Lo que equivale a decir un día como ayer, pero hace 479 años.

Continuará.

PIES DE FOTO. –

1.- Esta es una “copia fiel” del primer mapa que el piloto Domingo del Castillo levantó durante la última expedición financiada por Hernán Cortes en el Golfo y la Península de California.

2.- Tras 20 años de batallar, la estrella del conquistador iba ya en declive, pero él no dejaba de pensar en nuevas exploraciones que le dieran fama y fortuna.

3.- A partir de 1538, y luego de unos meses de haber llevado una relación más o menos buena con el Marqués del Valle, don Antonio de Mendoza, el primer virrey de la Nueva España, ostensiblemente empezó a obstaculizarlo para restarle poder.

4.- Se puede afirmar que, hablando en términos económicos, la última gran expedición cortesiana no rindió ningún fruto, pero gracias a esos esfuerzos se repasaron geográficamente todas las costas de Sinaloa, Sonora, Baja California y Baja California Sur.

 

 

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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