VISLUMBRES por Abelardo Ahumada

Capítulo XI

JUAN DE PADILLA, “EL INCANSABLE”. –

Al final del capítulo anterior les comenté que, cuando el capitán Francisco Vázquez de Coronado volvió a Compostela, ya sólo venían con él un poco más de cien castellanos de los aproximadamente 350 que habían partido en su compañía dos años y meses antes, pero hoy quiero resaltar que junto con ellos fue (aparte de fray Marcos de Niza), otro humilde fraile franciscano al que algunos compañeros suyos calificaron como “El Incansable”, y que mucho había tenido que ver con la vida de Colima y la Nueva Galicia. Se llamaba Juan de Padilla.

Este hombre, al que nos podemos imaginar con una muy magra y casi esquelética figura, fortalecida por los ayunos, las abstinencias y las enormes caminatas que había emprendido por nuestra región con su celo evangelizador, llegó a la Villa Rica de la Vera Cruz en agosto de 1524.

Sobre la actividad casi inmediata que desarrolló este peculiar frailecito, existe una versión, que no ha sido confirmada del todo, en el sentido de que, ya estando él en la ciudad de México, entonces en pleno proceso de reconstrucción, de algún modo se habría enterado que el capitán general, Hernán Cortés, iba a enviar (o acababa de enviar) a su primo, Francisco Cortés de San Buenaventura, a la Villa de Colima como su lugarteniente y como alcalde de la misma, para que, una vez tomada la posesión del cargo, y haciéndose acompañar con “indios amigos” de dicha provincia, saliera “en busca de la Isla de las Amazonas”, motivado por la existencia del pueblo de Cihuatlán, cuya traducción literal es “lugar de mujeres”.

De conformidad con esa versión, el fraile Padilla habría sido comisionado para participar junto con otros más, en la expedición que con dicho propósito tendría que organizar el capitán Francisco Cortés. Y que por tal razón debió de haber estado en Colima al menos en septiembre de ese mismo año, porque la expedición partió en octubre y concluyó al final de la Cuaresma del año siguiente, habiendo sido ellos los que, a los pocos días de haber iniciado su recorrido, pasando precisamente Cihuatlán, “descubrieron” la bahía en donde varios años después estaría el puerto de Navidad. Yéndose posteriormente hasta la orilla de un río muy grande, que ahora sabemos no es otro más que el Río Santiago, que desemboca cerca de Puerto Vallarta, y marca los límites fronterizos entre los actuales estados de Jalisco y Nayarit.

Con posterioridad a estos hechos, y gracias a los testimonios que redactó su muy famoso colega, fray Antonio Tello, se sabe que hacia 1530, fray Juan de Padilla  estuvo residiendo en un pueblo llamado Tenamascatitlán, (que debió de estar muy cerca de los Volcanes de Colima), desde donde solía salir a evangelizar, hasta que “juntó [en otro] pueblo que llamaban Tzapotlán Tlayolan”,  que hoy es Ciudad Guzmán, Jal., todas “las rancherías” de los alrededores. Fundando allí “un pequeño convento, del cual salían los religiosos a predicar el Santo Evangelio e instruir en las cosas de nuestra Santa Fe Católica a los indios de los pueblos circunvecinos”. Pueblos entre los que se encontraban Tuxcacuesco, Tuxpan y Zapotitlán (que hoy son del sur de Jalisco), en los que, en 1535, 1536 y 1540, respectivamente, habría fundado otros tres conventos.

Por un testimonio adicional sabemos que fray Juan de Padilla fue “condiscípulo de escuela y amigo de don Antonio de Mendoza”, y que, por eso, en cuanto supo que éste había sido nombrado primer virrey de la Nueva España, hizo un viaje especial hasta la ciudad de México, para saludarlo y pedirle algunos apoyos, habiendo logrado que el funcionario real le “facilitara unos arquitectos [que habían trabajado] en el convento de Huejotizingo (o Tlulancigo)”. Y unos jóvenes indios nahuas, de los que habían estudiado en el Colegio de la Santa Cruz de Santiago Tlatelolco, para que vinieran a enseñar música, al estilo europeo, a los niños y jóvenes de su querida Tuxpan.

Adicionalmente se sabe que, en cuanto sus superiores lo sacaron de allí, misionó también en los demás Pueblos de Ávalos, en los de Martín Monje (por el lado de Autlán), en los de Colima, y aún en los de Motines, allá por las abruptas costas michoacanas. Todo esto antes de irse junto con fray Marcos de Niza y otros dos frailes, con el capitán Francisco Vázquez de Colorando.

En el tercer tomo del gigantesco Diccionario de historia, biografía y geografía de México, que publicó la Editorial Porrúa en 1995, se afirma que: “Fray Juan de Padilla llevaba licencia de su provincial para permanecer en aquellas tierras” y que, aun cuando parece haberse inicialmente regresado con los sobrevivientes hasta Tiguex (Nuevo México), “determinó volverse a Quivira” para promover “la conversión de aquellos pueblos”. Y que “se quedaron con en su compañía fray Luis de Escalona, hermano lego; dos esclavos tarascos de Juan de Jaramillo; un negro de Melchor Pérez; algunos indios de los que le habían servido de guías, y un portugués llamado Andrés del Campo”. Menciona asimismo que fray Juan “se internó predicando y fue bien recibido al principio, pero a poco fue muerto a flechazos”. Agregando que “los que le acompañaban huyeron, y dijo Jaramillo que llegaron a la Nueva España por el [río] Pánuco. Lo cual prueba que atravesaron por Texas para salir a Tamaulipas”.

Coincidiendo con esto último, Charles Robert Goins y Danney Goble, don historiadores de Oklahoma, un estado por el que atravesó la comitiva de Vázquez de Coronado, nos dicen que, al poco tiempo de que aquél se había devuelto a México, fray Juan de Padilla volvió a cruzar por aquellas tierras nada promisorias, para intentar fundar la primera misión franciscana en los actuales territorios de los Estados Unidos, en favor de los indios Wichitas.

Y coinciden al explicar también, que junto con él iban dos indígenas ya convertidos al catolicismo, un marino portugués llamado Andrés do Campo y algunas otras personas más, pero que dicha misión no llegó a florecer, porque a las pocas semanas de haber llegado allí, otros indios, llamados Kaw, mataron al fraile y esclavizaron a sus amigos. De los que, un año después, los sobrevivientes lograron escapar, yéndose, con grandes dificultades y sufrimientos, hasta las costas del Golfo [de México].

Y finalmente, fue el Dr. Jesús Figueroa Torres, colimote radicado en Sayula, Jal., quien informa que, según los anales franciscanos a que tuvo acceso, el inquietísimo fray Juan de Padilla habría padecido el martirio el 13 de agosto de 1543. Justamente a los siete meses de que nuestro ya muy “mentado” Andrés de Urdaneta, había recibido la orden del virrey Mendoza de estar al pendiente de lo que sucediera en los mismos pueblos que aquél había evangelizado.

ANDRÉS, EL CORREGIDOR. –

Ya en otros capítulos presenté algunos detalles de la biografía de Andrés de Urdaneta, pero tomando en consideración la trascendencia de lo que incidentalmente le tocó hacer después, resumiré lo más básico y esencial de cuanto aquí se ha mencionado sobre su vida y su obra, comenzando por decir que su nombre completo era Andrés Ochoa Urdaneta Cerayuvenios, “natural un pequeño pueblo de la región de Guipuzcoa, que se conocía como Villafranca de Oria”, en donde habría nacido en 1508.

No se sabe cómo haya sido la niñez y la adolescencia de este insigne personaje, pero si se toma en cuenta que cuando abordó la nave en que Juan Sebastián Elcano iba a tratar de dar su segunda vuelta alrededor del mundo, sabía leer, escribir y conocía bastante de números y algo de astronomía, podemos inferir que estuvo inscrito en algún Seminario Tridentino próximo a su comunidad, puesto que los seminarios eran las únicas instituciones educativas que por aquel entonces enseñaban el “cuadrivium: aritmética, geometría, astronomía y música”.

El caso es que, habiendo sido parte de la expedición que partió desde La Coruña el 24 de julio de 1525, y yendo a bordo de la nao Sancti Espíritu, que capitaneaba Elcano, éste se fijó muy pronto en las capacidades de aquel muchacho (de sólo 17 años) y lo tomó como su pupilo, enseñándole durante aquel periplo el manejo de la brújula, el astrolabio y los demás instrumentos requeridos por las artes de la navegación. Enseñanza que supo aprovechar muy bien el joven, pues cuando finalmente falleció Elcano, Urdaneta se quedó con toda la información recabada durante el viaje, antes de encallar y caer preso en una de las muchas islas del Archipiélago de San Lázaro (posteriormente bautizado como Archipiélago de Las Filipinas).

Estando allí, Urdaneta combatió para defenderse y parece haberse enamorado de una bella nativa, con la que tuvo una hija a la que nombró Grecia, y a la que, en 1536, cuando finalmente pudo volver a su tierra, llevaba consigo.

Los mapas, la bitácora y demás apuntes que habían podido lograr Elcano y él mismo le fueron arrebatados por los portugueses que lo capturaron, pero, dotado con una excelente memoria, Urdaneta, ya de 28 años, explicó lo que recordaba a personas cercanas al rey Carlos V, quien le ordenó escribir y poner toda esa información en limpio. Dedicándose varios meses a trabajar en ello.

En 1538, coincidió que, habiendo él, al parecer, concluido esa labor, el capitán Pedro de Alvarado, obtuvo del rey el nombramiento de “Adelantado” y unas “capitulaciones” que le dieran poder para construir naves y expedicionar “por la Mar del Sur”, a partir de un puerto que de Guatemala.

No sabemos a ciencia cierta si, enfadado de estar en tierra, Urdaneta haya decidido ir a ofrecer sus servicios al “Adelantado”, o si éste, habiéndose enterado de su capacidad y conocimientos, le haya hecho una invitación personal; pero de lo que sí estamos razonablemente seguros es que ya en 1539, justo en el año en que Cortés hizo el esfuerzo de financiar su última expedición para explorar a fondo el Mar de California, Urdaneta estaba en Guatemala, dispuesto a participar en las expediciones marítimas que Pedro de Alvarado iniciaría por su cuenta, y que, habiendo viajado luego hasta el puerto de Aguatán-Navidad, “de la provincia de Colima”, todo el año siguiente estuvo allí, con Alvarado, trabajando para poner al punto los “doce navíos de buen porte” con que integraría su gran flota para zarpar en ellos hacia “las islas de oriente”.

Sabemos también que al suscitarse la Rebelión de Nueva Galicia, en 1541, y al recibir Alvarado demandas de auxilio de los pobladores de la “tercera Villa de Guadalajara”, Urdaneta y varios hispanos más se fueron con él “Adelantado” a brindar el apoyo de sus apesadumbrados paisanos requerían para repeler los ataques que los chichimecas rebeldes estaban realizando en su contra.

Y que cuando falleció Alvarado (en julio), Urdaneta siguió participando en la pacificación de aquellos indios, “gastando armas y caballos”, siendo simpático por ello al virrey, quien en hacia finales de 1542, lo nombró “corregidor de la mitad de los pueblos de Ávalos: Zapotlán, Sayula, Xiquilpa, Ameca y Amula” entre otros.

A partir de ese momento, y con otra responsabilidad adicional que Mendoza le agregó en febrero de 1543, Urdaneta entendió que, salvo sus esporádicas visitas a los puertos de Colima, ya nada tendría que ver “con la mar”, y se habría dedicado a realizar sus funciones como corregidor y visitador de todos los pueblos mencionados. Pero que, como en 1545, se descubrieron las minas de Purificación y sus alrededores, él mismo se dio a la tarea de reunir ciertos recursos para comprar una mina en “el real de Guachinango”, el cual estaba, para que nos entendamos mejor, muy cerca de los actuales límites de Jalisco con Nayarit, entre Ameca, Atengo, Mascota y San Sebastián del Oeste.

Según los apuntes publicados por José Miguel Romero de Solís, entre las labores burocráticas que Urdaneta tenía que desempeñar estaban la de recabar impuestos y la de revisar que los corregidores españoles y los caplisques (o alguaciles indios) se quedaran con ellos, o cometieran excesos contra los naturales a la hora de recaudarlos. Y tenía el poder para “llamar a todos los españoles que hubiera en toda la comarca, como a los gobernadores, los caciques y [señores] principales de los naturales”, cuando hubiere necesidad de utilizar las armas para apaciguar a quienes de algún o varios modos delinquieran o se rebelaran.

Así, pues, Urdaneta ejerció casi cinco años el gobierno en toda aquella amplia comarca, pero como que 1547, habiéndose suscitado un alzamiento muy importante en el Perú, el virrey quiso aprovechar la experiencia de Urdaneta como marino, y lo nombró almirante de una flota que desde las costas de la Nueva España iba a partir hacia allá, pero como la rebelión cesó, y ya no hubo necesidad de que zarpara la flota, Mendoza lo volvió a llamar, dándole el cargo de “Justicia Mayor en los pueblos de Ávalos y provincia y puerto de Colima”. Cargo que habría desempeñado al menos hasta 1549, que fue cuando Mendoza recibió una orden de España para convertirse en Virrey del Perú.

Todo esto porque un año después, según los reportes brindados por el “visitador real” Hernando Martínez de la Mancha, Urdaneta radicaba en Guachinango, en donde, ya retirado de sus obligaciones burocráticas, se había convertido en un hombre rico, puesto que muy cerca de su mina “tenía una casa grande, cubierta de paja y cercada de palos”, en donde vivía, más otras ocho construcciones en donde “tenía despensas y cocinas”, un resguardo o bodega para “cosas de metal” y algunas habitaciones para ciertos esclavos que trabajaban para él.

Dos años al menos parece haber vivido así, pero como que no estaba contento y tenía algunos remordimientos y pesadumbres porque en algún momento no precisado de 1552, largó, o vendió todo lo que tenía en Guachinango, y se encaminó hacia México con el propósito de meterse también de fraile.

Continuará.

PIES DE FOTO. –

1.- Fray Juan de Padilla, se fue con Vázquez de Coronado a tratar de instalar la primera misión católica en lo que hoy son territorios de los Estados Unidos.

2.- Unos indios lo mataron a flechazos muy cerca de donde hoy es la ciudad de Wichita.

3.- Compostela, hoy en Nayarit, fue el escenario en donde se prepararon esas expediciones.

4.- Y al cabo de un tiempo, olvidado de sus labores de corregidor, Andrés de Urdaneta se instaló como un rico minero, en el pueblo de Guachinango.

 

 

 

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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