VISLUMBRES por Abelardo Ahumada

Capítulo XVIII

INTRIGAS PALACIEGAS. –

Según datos que así lo indican, a principios de 1563 hubo algunos informes, quejas y tal vez hasta meros chismes que, habiendo llegado a oídos de Felipe II, no lo dejaron, al parecer, muy conforme que digamos con lo que estaba ocurriendo en el Virreinato de la Nueva España. Por lo que decidió enviar a un hombre de sus confianzas para que averiguara la realidad y se lo informara. El hombre había sido integrante del Real Consejo de Indias, fue investido como “Visitador Real”, dotado con amplios poderes y llegó a México en julio de ese mismo año. Se llamaba Jerónimo de Valderrama.

El enviado del rey fue recibido por Martín Cortés, el hijo del conquistador, y sorprendió a toda la clase pudiente hospedándose en la casa de aquél y no en el Palacio Virreinal, como era de suponerse. Con lo que dio señales de que no había llegado a México con la intención de establecer buenas relaciones con don Luis de Velasco y sus allegados.

Siguiendo los informes que seguramente llevaba, Valderrama comenzó a indagar y a tomar ciertas decisiones que incomodaron a don Luis, pero cuando éste falleció, el 31 de julio del año siguiente, el Visitador apoyó a los miembros de la Real Audiencia (que era como la Suprema Corte de Justicia de aquel entonces), que quedaron como gobernadores provisionales, para que, entre otras cosas, retiraran a Juan Pablo de Carrión, paisano y protegido del difunto, su nombramiento como almirante de la flota que iba a zarpar a Las Filipinas.

En su justificación de tal acto, Valderrama escribió al rey en el sentido de que de Carrión había “dilatado el negocio” de la construcción y el aprovisionamiento de los barcos y otros asuntos relacionados “por intereses propios”. Y, en consonancia con eso, más tarde se supo que uno de los cinco navíos que había en Navidad (no muy grande, pero nuevecito), era nada menos que del mencionado Carrión. Por lo que quienes lo conocieron tal vez llegaron a la conclusión de que para construirlo utilizó mano de obra, recursos y materiales que no le correspondía utilizar.

En el ínterin de todo esto, los miembros de la Real Audiencia y el licenciado Valderrama le pidieron a fray Andrés de Urdaneta que se hiciera cargo de la expedición, pero él se negó a ello por su condición de clérigo, y propuso en su lugar, como ya lo habíamos comentado, a Miguel López de Legazpi, pariente o paisano, suyo, que no tenía, sin embargo, conocimientos marítimos, pero sí don mando y gobierno.

LEGAZPI, “EL ADELANTADO”. –

Este interesante señor había nacido en el pueblo de Zumárraga, muy cerca de Ordizia (en donde nació Urdaneta) en la provincia de Guipuzcoa, en 1502. Por lo que era poco más o menos de la misma edad que el fraile. Perteneció a una familia bien acomodada y estudió leyes, pero como a su hermano mayor le tocó la herencia, vino, según eso a México, en 1528, a raíz de que su también paisano, el famosísimo Fray Juan de Zumárraga, había sido designado como Obispo de la Nueva España.

Con la protección y el apoyo del señor Obispo, Legazpi desempeñó algunos cargos administrativos y fue ascendiendo en la burocracia virreinal. Se casó en 1532 con una hermana del obispo de Tlaxcala, con la que llegó a procrear nueve hijos. Poco después comenzó a formar parte, tal vez como escribano, del Tribunal del Santo Oficio (la Santa Inquisición). “En 1535 el padre Zumárraga fue oficialmente nombrado inquisidor a propuesta de Alonso Manrique, arzobispo de Sevilla, autorizándole a que eligiese a sus oficiales. Estableció el Tribunal en las casas del Arzobispado. Nombró secretario a López de Legazpi; a Diego Barrera, fiscal; Agustín Guerrero, tesorero, y como alguacil a Cristóbal de Canego”.

Las funciones de Legazpi dentro de dicho Tribunal están fechadas “entre 1536 y 1543”. Más tarde llegó a ser secretario del Cabildo de la Ciudad de México, y en 1559, año en que también enviudó, era alcalde de la misma ciudad. Por lo que muy bien podemos deducir que tuvo frecuentes relaciones tanto con el virrey Velasco, como con fray Andrés de Urdaneta.

Más tarde se desempeñó con un alto cargo en la Casa de Moneda y su casa llegó a ser una de las más ricas de la capital novohispana, puesto que, según el decir de uno de sus hijos, “muchos hidalgos y caballeros pobres”, de los que iban llegando a México y no tenían a veces ni para comer “iban sin conocer a su casa (la de don Miguel), en donde por antigua costumbre que siempre en ella hubo, a tales personas se les dio de comer y vestir y lo necesario. Lo cual ha sido cosa muy notoria y sabida en todo aquel reino”.

Don Miguel, en efecto, llegó a ser bastante rico, puesto que “como reconocimiento a su trabajo recibió varias mercedes de tierras, al mismo tiempo que a título particular adquirió varios solares en la capital y en el lejano territorio tarasco de Michoacán”.

Estando, pues, en dichas condiciones, fue cuando el padre Urdaneta lo propuso para que encabezara la expedición a las Islas del Poniente y los oidores (integrantes de la Real Audiencia) le aceptaron la propuesta porque, como faltaban, además, varios miles de pesos para terminar de avituallar los barcos, era posible que Legazpi los tuviera y aportara, si a cambio se le ofrecía el rango de “Adelantado”, el que como bien se sabe, llevaba consigo la posibilidad de poblar y gobernar las islas que finalmente se “descubrieran”.

Podemos inferir que los oidores integraron una comisión para visitar al ex alcalde de la ciudad de México y hablarle del asunto. Y como asintiera, operó con rapidez y comenzó a vender algunos de sus bienes para obtener los recursos que necesitaba. De tal modo que hacia finales de agosto ya estaba casi listo para partir, acompañado, por cierto, de dos de sus nietos, menores de 20 años.

Dos o tres días antes de que concluyera ese mes, los oidores realizaron una última asamblea, y habiendo sido enterados de que Urdaneta insistía en que el derrotero de la expedición no debería ser a Las Filipinas, sino a Nueva Guinea, tomaron una decisión pública y otra secreta: la primera  consistió en otorgarle a Legazpi su nombramiento como “Almirante, General y Gobernador de todas las tierras que conquistase”, y la segunda, en entregarle, en un pliego cerrado y lacrado, la “Instrucción” que sobre el derrotero y otros asuntos relacionados, Urdaneta y él deberían seguir, previa advertencia a Legazpi de que dicha “Instrucción” sólo podría ser abierta “en alta mar, cuando se encontrasen a unas cien leguas de la costa.”

LA COMITIVA Y SU TRAYECTO. –

No hay (o al menos no conozco) ninguna relación del viaje que Legazpi realizó entre la ciudad de México y el puerto de Navidad, pero sólo pudo haber sido por dos vías: por el Camino Real de México hacia Acapulco, y desde ahí por mar hasta el puerto colimote; o por el Camino Real de Colima, que por aquel entonces iba desde la capital de la Nueva España hasta la Villa de Colima, con un segundo ramal que iba desde dicha villa hasta el puerto de Navidad.

Conociendo la mayor parte de este más largo trayecto, y teniendo a la mano la lista de las jornadas y de los “parajes de arrieros” que había también en la mayor parte del Camino Real de Colima, me inclino a creer que tomaron la ruta de Cuernavaca, Taxco, Iguala y Chilpancingo, porque por la otra, harían cuatro jornadas hacia Valladolid, dieciséis desde ésta a la Villa de Colima, y tres o cuatro más desde aquélla hasta Navidad.

En todo caso muy bien nos podemos imaginar que fue durante la madrugada de uno de aquellos primeros días de septiembre cuando, llevando muy bien asegurados el pliego de la Instrucción, su nombramiento y una caja de caudales en un baúl, Legazpi, sus nietos y una gran comitiva seguida (o precedida) con varias recuas de mulas que llevaban sus menajes y sus bastimentos, emprendieron el difícil camino hacia la costa acapulqueña, en donde, como bien se sabe, Hernán Cortés se había reservado para sí la bahía cercana que aun hoy se conoce como Puerto Marqués.

Y señalo lo anterior, porque nunca me ha tocado ver que algunos de los historiadores colimotes, jaliscienses o españoles que han abordado el tema digan una sola palabra sobre el posible paso de la comitiva de Legazpi por Colima. Ausencia de datos que en este caso nos permite llegar a la conclusión de que, lo más probable es que el “Capitán General” de la flota haya llegado hasta Navidad en uno de los barquitos que desde unos pocos años atrás hacían las funciones de transporte de carga y pasaje entre los puertos de lo que hoy llamamos “El Pacífico Mexicano”, o uno que ellos pudieron haber fletado ex profeso.

Como quiera que todo haya sido, hay bases para creer que Legazpi debió llegar hasta Navidad en ese mismo mes de septiembre, y que, durante octubre y los primeros días de noviembre, se dedicó a conocer lo que desconocía, platicando con Urdaneta y los demás oficiales que, instruidos por el navegante, habrían de ir al cargo de la flota. Y a constatar que todo estuviera listo para la expedición.

Y al referirme a “los demás oficiales”, quiero hacer especial mención de un tal Alonso de Arellano, quien desempeñaría un especial pero irregular papel en la expedición, y del que en su oportunidad hablaremos más largamente.

LAS REACCIONES DE JUAN PABLO DE CARRIÓN. –

Por otra parte, tal y como lo mencioné párrafos atrás, hemos nosotros de inferir que, en cuanto Juan Pablo de Carrión se enteró de que su paisano y protector, el virrey Velasco, se había enfermado de gravedad y estaba en trance de muerte, debió de haberse puesto a pensar que su cargo y tal vez hasta su pellejo quedaron en gran peligro; no sólo porque tuviera opiniones contrarias a las de fray Andrés de Urdaneta, ni porque tuviera algunos malquerientes en el pequeño puerto bajo su mando; sino porque lo habían cachado cometiendo algunas trácalas y abusos que, según el propio licenciado Valderrama, habían demorado la partida de la expedición. Así que, cuando arribó a Navidad el barco en donde iban Legazpi y sus acompañantes, bien nos podemos imaginar que Carrión no debió de haberse sentido muy a gusto que digamos, dado que, para empezar, el nombramiento que llevaba “El Adelantado” anulaba al que le había dado a él el virrey Velasco, y porque, si le descubrían sus malos manejos, corría el riesgo de ir a parar a la cárcel, cuando no al tribunal de la Santa Inquisición, en el que, como se recordará, Miguel de Legazpi había sido un miembro influyente.

No dispongo, cabe repetir, de ningún documento que me sirva para fundamentar todo esto, pero ¿qué otra cosa podría haber hecho cualquiera de nosotros de estar en el lugar de Carrión?

En la historia digamos “científica”, no cabe hacer este tipo de suposiciones, pero como yo creo que la historia basada puramente en documentos no basta, en ocasiones, para darnos una idea más clara y completa de lo que pudo haber sucedido, me tomo la libertad de “llenar algunos huecos” con inferencias y suposiciones lógicas y que no se opongan al desarrollo de los hechos que, en demasiadas ocasiones, la “historia científica” nos narra en forma extremadamente limitada.

Y, una vez hecha esta “aclaración”, colateralmente debo añadir que aun cuando Juan Pablo de Carrión debió de haberse sentido en ese momento humillado por los oidores, tuvo seguramente que apechugar y dar por buena su suerte por el hecho de que no lo hayan tomado prisionero en el acto. Todo ello aparte de que, según otros datos muy vagos que por ahí existen, debió de haber tenido todavía la oportunidad de vender el pequeño navío que por sí (y para sí) mismo había mandado construir.

Y, ya por último sobre su persona, debo añadir que cuando los navíos de la expedición finalmente partieron y él se quedó en tierra, se fue a vivir a la Villa de Colima, en donde, luego de un poco tiempo de radicar, se consiguió una novia que se llamaba “Leonor Suárez de Figueroa, viuda de Juan de Almesto”, con la que se casó en 1566. Cometiendo, en consecuencia, el muy penado delito de bigamia porque, como tal vez lo recordarán algunos de los lectores que hayan repasado esta secuencia de hechos, Carrión se había casado en 1559, en Sevilla, con doña María Salcedo y Sotomayor, a la que, como buen marino, casi inmediatamente largó y sin apenas decirle adiós.

Dicho delito permaneció por lo pronto en secreto, y aunque había algunas personas que estaban enteradas de su anterior casamiento, se abstuvieron de denunciarlo. Aunque cosa de un lustro después fueron llamados por el Santo Oficio para atestiguar en el juicio que por bígamo se tuvo que enfrentar el antiguo tesorero del Arzobispado de Toledo.

La vida, pues, del también experto piloto, dio un inesperado vuelco por sus marrullerías, pero como de algo tenía que vivir, en 1565 ya estaba metido en el lucrativo negocio de la ganadería, asociado con Pedro Bernaldo de Quirós, un clérigo medio marrullero también, a los que “el gobernador y los [indios] principales de Tamazula  acusaron ante el Alcalde Mayor de Tuxpan y Zapotlán, y el de los pueblos de Ávalos”, porque los ganados de dichos señores, al no tener cercos que los contuvieran, les destruían sus labranzas y hortalizas. Actividad que, aun cuando duró varios años realizando, no le impidió tener, posteriormente, nuevas y emocionantes aventuras, de las que, por ejemplo, habla un texto que se titula: “El español que derrotó a los samuráis”. Pero que por falta de tiempo y espacio no voy a reseñar aquí.

Y concluyo por hoy diciendo que durante las primeras tres semanas de noviembre de 1564, terminaron de llegar hasta Navidad las últimas decenas de personas que habrían de formar parte de la expedición hacia las “Islas del Poniente”, y que, como resultado de ello, aquel pequeño villorrio se atiborró con un inusual gentío.

Continuará.

PIES DE FOTO. –

1.- Al morir el segundo virrey, los integrantes de la Real Audiencia de México le quitaron el cargo de almirante a Juan Pablo de Carrión y se lo dieron a Miguel López de Legazpi.

2.- Legazpi era de Zumárraga, un pueblecito del País Vasco, muy cercano al de Ordizia, en donde había nació Urdaneta. Esta es la casa donde se supone que Legazpi nació y creció.

3.- En septiembre de 1564, Legazpi, sus nietos y su comitiva debieron de haber tomado el Camino Real de México hacia Acapulco, y ahí abordaron un barco que los llevó hasta Navidad.

4.- En las primeras semanas de noviembre de ese mismo año terminaron de llegar al pequeño villorrio de Navidad las últimas personas que participarían en la expedición.

 

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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