VISLUMBRES

Capítulo XIX

Abelardo Ahumada

CRONISTAS Y ESCRIBANOS. –

Desde que la Corona española financió los primeros viajes de Cristóbal Colón estableció la costumbre de que en todas las expediciones debía ir al menos un escribano, cuya principal obligación era la de llevar un registro de lo que aconteciera durante la marcha, y un tesorero que, así como debía llevar la contabilidad de los gastos durante el trayecto, también debía de llevar cuenta de los posibles ingresos que del viaje en cuestión se derivaran, y recabar “el quinto real”, que era un impuesto específico que el rey reclamaba hasta de los botines de guerra y de los descarados hurtos que los conquistadores solían realizar a los aborígenes de las tierras e islas que según ellos iban “descubriendo”.

Colateralmente, el capitán debía llevar una bitácora del diario acontecer, y el navegante un registro de la ruta seguida, en el que debía anotar los datos que mejor pudieran servir para que los siguientes viajes fueran más seguros y expeditos. Datos como la profundidad (que se medía en brazas) de las zonas del mar por donde iban pasando, la velocidad en nudos, la dirección y fuerza de los vientos, la frecuencia de los temporales, las corrientes marinas y sus direcciones, los cayos, islotes e islas, la posición de las estrellas, los grados y los minutos de cada lugar respecto a la línea del Ecuador, etc.

Y con ese cúmulo de datos las autoridades marítimas españolas fueron integraron gruesos legajos, cuya consulta y análisis les fueron sirviendo de base para posteriores conquistas y travesías.

Esa misma costumbre se aplicó puntualmente en el caso de la expedición de Legazpi y Urdaneta, y no por menos se les ordenó, como lo dijo una excelente investigadora española, que procuraran “adquirir relaciones y noticias de los chinos y japoneses [y] comprarles cartas náuticas [con el fin] de corregir los errores de las nuestras; adelantar los conocimientos geográficos y etnográficos; estudiar el régimen de los vientos y corrientes; escribir derroteros y descripciones; hacer información en que constara si los portugueses habían poblado o no en las Filipinas”. Y todo eso nos hace notar el enorme interés que el monarca y sus allegados tenían en que esta nueva travesía fuera exitosa.

La mayoría de esos documentos tuvo entonces el carácter de “secretos de estado”, y se procuró evitar que tan valiosa información cayera en manos de otras potencias enemigas de España; señalando a los responsables de recabarla que todo lo que se supiera en sus respectivos recorridos debería ser registrado y entregado directamente al rey, o a la gente que él designara.

Andando el tiempo el interés de mantener todo esto en secreto se perdió; pero como muchos de dichos documentos eran de carácter más bien técnico, no se publicaron nunca, y sólo son conocidos por ciertos y cuales expertos que han tenido el interés o la curiosidad de ver qué dicen. Y como en lo personal sólo me interesa saber la parte histórica del asunto, y divulgar lo que me parece más interesante, he ido entresacando lo que concierne a este aspecto, aunque, desafortunadamente, no he tenido acceso a todas las fuentes, o no he podido hallar las versiones completas, sino fragmentarias de las mismas, pero procurando siempre ser fiel a lo que éstas dicen. De tal modo que lo que aquí afirmo y narraré está debidamente sustentado.

NOVIEMBRE DE 1564. –

Desde al menos tres años atrás, fray Andrés había advertido a su monarca y a su virrey que, “si la salida [de la expedición] se realiza entre el 10 de noviembre y el 20 de enero [las naos] deberán ir al Sudueste, directamente hacia Nueva Guinea hasta llegar a una altura de veinte y cinco o treinta grados de la parte del Sur de la Equinoccial” (o del Ecuador, para que nos entendamos más fácil). Pero ¿cómo habría él decidido que en esas fechas se podría partir?

Si tomamos en cuenta que el marino Urdaneta llegó por primera vez al puerto de Navidad en 1540, y que vivió en nuestra región al menos hasta el año de 1552, cuando ingresó al convento de San Agustín, podemos muy lógicamente inferir que, si era tan buen cosmógrafo como se afirmaba que lo era, debió, en ese lapso, de haber tomado nota de que las costas de la Nueva España solían ser barridas por los ciclones (igual que sucede aún) desde mediados de mayo hasta finales de octubre, y que, en consecuencia, noviembre, diciembre y enero eran los mejores tiempos para zarpar.

Por otra parte, atenidos a los datos numéricos de los individuos que finalmente tomaron parte en la expedición, podemos también asegurar que desde a finales de aquel octubre, el muy precario villorio que se había levantado en las inmediaciones del astillero de Navidad se comenzó a ver cada vez más lleno de gente. Por lo que se tuvo que instalar un campamento militar allí.

Según otro preciso dato que habla acerca de la mala suerte que le tocó padecer en Navidad a otro fraile agustino, compañero de fray Andrés, tenemos bases para asegurar que tanto Legazpi, como Urdaneta y sus allegados no vivían en el campamento tal cual, sino que, aprovechando que los barcos ya habían sido terminados, solían dormir y permanecer a bordo  cuando no tenían necesidad de estar en tierra.

Y por los registros que se conservan, sabemos que la tripulación se integró con 150 marinos, más los oficiales de primero y segundo rangos. Y que junto con ellos fueron también, al menos 200 soldados y cinco frailes agustinos, sin contar con un número no mencionado de esclavos que la gente más rica llevaba con ellos para su servicio.

Existe además la referencia de que aun cuando “se contrataron pilotos experimentados en España” […] “La tripulación era casi totalmente mexicana”, o por mejor decir, “novohispana”. Lo que nos habla que la mayoría de los marinos y soldados ya eran criollos.

Y en cuanto a la flota tendríamos que decir que quedó finalmente integrada por cinco embarcaciones: la nao capitana, “San Pedro”, de 500 toneladas; la nao almiranta, “San Pablo”, de 400; el galeoncete “San Juan “, de 100; el patache “San Lucas “, de 40 toneladas, y un bergantín o goletilla (que había mandado hacer Carrión), que por pequeño sólo habría de llevar a cuatro tripulantes e iba a ser remolcado por la nao San Pedro. Siendo muy de llamar la atención que todos los navíos llevaran los nombres de algunos de los discípulos de Jesús. Nombres, sin embargo, que estaban muy en consonancia con las creencias religiosas de aquellas gentes, y con uno de los principales objetivos que la expedición llevaba, y de los que hablaré un poco más adelante.

Aparte de lo anterior, Blas Sierra de la Calle, ex director del Museo Oriental de Valladolid, afirma que a los cuatro barcos más grandes, ya mencionados por sus nombres, habría “que añadir un pequeño navío, el bergantín ‘Espíritu Santo’, que se le compró al capitán Juan Pablo de Carrión”, y que a la postre desempeñaría un papel importante en la expedición.

Este último dato me parece muy singular porque, como tal vez lo recuerden algunos lectores, el primer navío europeo que “descubrió” las bahías gemelas del actual puerto de Manzanillo, Colima, era también un bergantín, y se llamaba ‘Sancti Spiritu’, en latín, que traducido es ‘Espíritu Santo’. Mismo que el 31 de octubre de 1527 zarpó de Zacatula, en la expedición de Alvaro Saavedra Cerón (y  por órdenes de Hernán Cortés) para ir en busca de los barcos perdidos de Jofre de Loayza, formando parte de la primera expedición que desde la Nueva España intentaría cruzar la enormidad del Océano Pacífico. Pequeño navío también que se perdió en el inmenso mar a los quince días de haber salido del puerto.

LA GENTE DE A PIE. –

Entre la documentación que sobre los siglos XVI y XVII existe en el Archivo Histórico del Municipio de Colima, hay diferentes testimonios que nos posibilitan saber que cuando un barco se hacía presente por ejemplo en Salagua, los indígenas de los alrededores y “la gente de razón” (los blancos) que vivían en la Villa de Colima, solían trasladarse hasta el puerto arreando ganado mayor y menor, o diferentes productos de la tierra, comida y objetos manufacturados para ponerlos a la venta de los viajeros y de los marinos que llegaban en el navío de que se tratara. Por lo que no creo estar diciendo una mentira si afirmo que mucha de esa misma gente estuvo haciendo negocio, primero con los trabajadores del astillero de Navidad (que no producían lo que se comían), y posteriormente con los marinos y con los soldados que habrían de ir en la expedición. Debiendo de haber sido ellos también los que proveyeron de reses, cerdos, cabras, guajolotes y gallinas al tesorero de la expedición y sus ayudantes, porque para no tener que comer pura carne salada y bizcochos, los barcos debían llevar animales vivos para sacrificar y comer, al menos para las primeras semanas del recorrido.

Abona mi tesis “una relación de las mercancías” que los integrantes de la Audiencia de México le entregaron a Legazpi antes de partir éste hacia Navidad, y en la que puntualmente le indican: “Os encargaréis de [recibir y mandar acomodar …] toda la artillería mayor y menor, arcabuces, municiones, armas ofensivas y defensivas y otros pertrechos que Su Majestad tiene en el puerto, y de sus fraguas y las herramientas y [de los] negros oficiales [que trabajan] en ellas, y de todos los bastimentos que se han hecho para la dicha armada, así de bizcochos, cecinas, tocinos, vino, aceite, vinagre, pescado, habas, garbanzos”, [etc.] … Y de que una vez embarcadas todas las armas y los bastimentos, se hagan abundantes provisiones “de agua, de leña y todas las demás cosas necesarias para el viaje”.

Siendo por eso que, como lo expresó el profesor Felipe Sevilla del Río, durante los años de 1563 y buena parte de 1564, “toda la zona o comarca cercana a los puertos de Navidad y Salagua [lo que equivale a decir]: Colima, [Purificación], Autlán, Zapotlán, Amula, Tuspa, Tamazula, Guadalajara, etc.) vivió intensamente bajo la influencia de las actividades conectadas” a la cada vez más próxima expedición a las Filipinas.

UN AMBICIOSO A BORDO. –

Antes de contemplar la partida de los barcos del hermoso, pero muy rústico puerto de Navidad, conviene hacer referencia a una actividad que, aun cuando tampoco se menciona en ninguno de los textos consultados, debió sin duda de ocurrir: me refiero a que si los cinco navíos tenían que navegar forzosamente juntos, el navegante Urdaneta debió de haber convocado a los capitanes y a los pilotos de los mismos para detallarles con toda precisión el derrotero que desde su perspectiva tendrían que seguir las naos hacia Nueva Zelanda.

No me pregunten si esa junta fue en tierra, junto a los muelles, o en cabina del “Cosmógrafo de la Expedición”, porque mentiría con cualquier cosa que dijera, pero de que debió de realizarse es algo que no se puede negar, máxime por un muy significativo acontecimiento que se verificó en el amanecer del día primero de diciembre, apenas diez días después de la partida, y al que después me referiré también.

La lógica que explica esto es que, como no había entonces ni radio, ni telégrafo, ni nada por el estilo con lo cual pudieran los navíos comunicarse, era necesario que todos los capitanes y los pilotos estuvieran al tanto de la ruta que habrían de seguir, no sólo porque eso era lo más sano y aconsejable, sino porque, como ya había sucedido en otras expediciones, a veces los vientos, o las tormentas, o las corrientes los separaban y, obvio, si no sabían a dónde iban todos los demás, corrían el riesgo de perderse y no volver a verlos nunca.

En esa junta, pues, dentro de lo que hoy llamamos el orden del día, se habló del derrotero de ida, y de los lugares en donde las naos más adelantadas harían escala para esperar a los demás, llevando para eso, bien apuntados y/o memorizados, los grados de Latitud y Longitud en los que dichas escalas habrían de realizarse. Pero con lo que nunca pudieron contar ni Legazpi, ni Urdaneta, fue que entre los capitanes había uno, muy ambicioso, que tenía el plan, como se dice ahora, de “comerles el mandado”.

Continuará.

PIES DE FOTO. –

1.- De Legazpi de decía que era un hombre lleno de “cristiandad”, muy caritativo y servicial; pero nosotros bien podemos suponer que inspiraba temor a quienes sabían que había sido miembro del Tribunal del Santo Oficio.

2.- Desde todos los pueblos de la comarca llegó gente a Navidad, para llevar gallinas, cerdos, vacas y frutas frescas.

3.- En lo que hoy es un hermoso espacio turístico, y en las inmediaciones del astillero, se levantó un campamento militar que no duraría mucho allí.

4.- A mediados de noviembre ya estaba todo casi totalmente listo para zarpar. La nao capitana, el “San Pedro”, era el mayor de los navíos. Desplazaba 500 toneladas.

 

 

 

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.