Abelardo Ahumada

VISLUMBRES

Abelardo Ahumada

REFUERZOS PARA LEGAZPI. –

Cuando el galeón “San Pedro” atracó en la bahía de Acapulco seguían gobernando la Nueva España los integrantes de la Audiencia de México y el “Visitador Real” Jerónimo Valderrama, los mismos que poco más de un año antes le dieron a don Miguel López de Legazpi el rango de “Adelantado” y las órdenes de dirigirse a Las Filipinas, que el cosmógrafo no tuvo más remedio que acatar.

Al enterarse de eso y de que el patache de Alonso de Arellano había fondeado también en Acapulco cosa de dos meses antes, fray Andrés decidió, como ya se expuso aquí, quedarse unos días en Acapulco para dedicarse a dibujar su “Carta Náutica” y, habiéndose puesto de acuerdo con el capitán y los demás oficiales para que descargaran las bodegas del barco y se llevaran a México los fardos de las especias que habían logrado traer de las islas, escribió, a manera de informe preliminar, una carta en la que, entre otros detalles, anotó este corto párrafo: “[Y] Vino por capitán de la nao Felipe de Salcedo, nieto del General, el cual se hubo (o “desempeñó”) cuerdamente en su cargo…”

Con apenas dos renglones el experimentado Urdaneta no sólo le dio al joven Salcedo una excelente carta de recomendación ante las más altas autoridades virreinales, sino que se mostró muy agradecido con Legazpi al recomendar así a su nieto.

Cuando los integrantes del Ayuntamiento de la Ciudad, y de la Audiencia se enteraron del feliz retorno del “San Pedro”, al que gracias a la información de Arellano daban por perdido, se alegraron sinceramente y, cuando Urdaneta arribó a dicha ciudad, lo recibieron “con honores”. 

No se sabe nada de lo que en los días subsecuentes hayan podido platicar el padre Urdaneta, el licenciado Valderrama y los demás miembros de la Audiencia de México, pero, por lo que sucedió después, me queda claro que el fraile debió de haberles informado que en Cebú se quedaron guarecidos en un fuerte, poco más de 200 elementos con casi la mitad de las provisiones que la flota no había consumido, y que, en función de ello, era urgentísimo enviar otro barco grande allá con más gente, semillas, animales, plantas, pólvora y bastimentos.

Previsión que Valderrama y los otros ya habían tomado en cuenta, porque, según se supo enseguida, ya estaban acondicionando otro galeón con un propósito similar. Ese otro navío se llamó “San Jerónimo”, y era bastante similar al “San Pedro”. Así que, ya teniendo una de las copias de la Carta Náutica que el cosmógrafo les proporcionó, procedieron a elegir al capitán y a los pilotos que llevarían los refuerzos y, atenidos a las sugerencias que les brindó el fraile, lo programaron para el inicio de la primavera del año siguiente.

UNOS DÍAS EN SEVILLA. –

Pero volvamos al último viaje que él mismo realizó a España: Y en ese sentido tenemos que, en cuanto disipó las dudas que le pudiesen haber planteado los futuros tripulantes del “San Jerónimo”, sobre todo en lo concerniente al regreso desde Las Filipinas, el cosmógrafo se dispuso a partir hacia la Península Ibérica. Cosa que parece haber decidido a mediados de febrero de 1566. 

El primer tramo de aquel largo viaje lo llevó por el Camino Real desde México hasta Veracruz, en donde para esas épocas ya era muy usual que llegaran o salieran barcos con alguna frecuencia.

Nada sabemos respecto al nombre del navío que abordó, ni si éste se fue directo a la Península, o hizo etapas en los puertos de Cuba y Santo Domingo, pero de lo que sí hay vagos datos, es que desembarcó (muy probablemente a finales de marzo) en el puerto de Sanlúcar de Barrameda, situado en la desembocadura del río Guadalquivir.

Uno de los pocos historiadores que se tomó la molestia de indagar algo de lo que hizo el fraile mientras estuvo en España, sólo nos brinda muy escasas noticias. Entre ellas la de que “en abril ya estaba en Madrid”. Pero no hace ninguna mención de que haya estado en Sevilla, aun siendo obligado que todo viajero que llevara informes valiosos desde cualesquiera de los “dominios del rey”, tenía que llegar a entregarlos en la famosa Casa de Contratación de las Indias, ubicada en esa ciudad. 

Pero aun así podemos inferir que, como fray Andrés llevaba consigo una carta personal de Felipe II y las comisiones que le habían dado el virrey Velasco y los integrantes de la Audiencia de México, es muy posible que los funcionarios de la Casa de la Contratación lo hayan tratado con deferencia, y de ningún modo le exigieron que les entregara la información llevaba reservada para el rey. Aunque, para cumplir con las formalidades del caso, el cosmógrafo se haya hecho presente allí, como era su obligación hacer. 

En ese contexto, si tomamos en cuenta que fray Andrés y su galeón llegaron hasta Acapulco el 8 de octubre del año anterior, podremos muy lógicamente suponer que la noticia de su regreso desde Filipinas a la Nueva España, llegó a Sevilla en noviembre o diciembre de 1565, y que, por tanto, los ilustres señores de la Casa de Contratación sospechaban que el fraile no tardaría en presentarse ante ellos. Por lo que su arribo en abril ya no constituyó ninguna novedad, excepto por lo que él mismo, de viva voz, tuvo a bien referirles.

En ninguno de los diversos escritos que consulté para realizar este estudio dice si fray Andrés viajó solo, o acompañado desde México a Valladolid. Pero si nos detenemos a pensar en que su viaje sería larguísimo (con dos grandes recorridos por tierra y otro por mar); y que él era ya un “venerable padre” de edad avanzada, no podemos pensar que los superiores del Convento de San Agustín lo hayan dejado ir solo. Y, si, por último, consideramos que lo mínimo que pudo llevar consigo fue un baúl que contenía sus muy valiosos papeles y una maleta con al menos un abrigo, una cobija y un segundo hábito, tampoco podemos creer que no haya requerido ayuda para ello. 

Para llenar ese hueco informativo nos encontramos, afortunadamente, con una pequeña nota en la que se precisa que a su regreso a México iban con él otro fraile que se llamaba Andrés de Aguirre y un criado que, coincidentemente también, se llamaba Andrés de Zubicueta. Por lo que podemos deducir que igual se fue acompañado desde Veracruz hasta Sevilla al menos.

Y aunque todos esos sean detalles “muy simples” , de los que los historiadores profesionales no suelen ocuparse, creo que no debemos pasar por alto la posibilidad de que, tanto él como sus compañeros, debieron de presentarse en Sevilla ante sus superiores, y que lo mismo hicieron en los demás pueblos y ciudades en donde hubiera conventos agustinos.

Ante tales circunstancias no necesitamos ser muy imaginativos para suponer que en cada uno de los sitios a donde fray Andrés llegó (pero particularmente en Sevilla), aun dentro del rigor monacal que regía la convivencia de los frailes, éstos debieron darles una muy cordial recepción y “compartir con ellos el pan y la sal”, y tal vez algún vinillo añejo, del que solían guardar para celebraciones especiales.

En ese sentido me imaginó que, aun habiendo sido normalmente muy austeros en su vida cotidiana, todos esos frailes debieron de estar, en su momento, deseosos de escuchar los relatos que su famoso colega podría contarles. Y no tengo la menor duda de cuáles hayan sido los principales tópicos de aquellas interesantes conversaciones: en primer término, el del trabajo que los demás hermanos de la orden estaban llevando a cabo en los diversos territorios de la Nueva España y, en segundo, el de la misión que fray Andrés y sus compañeros fundaron en la isla de Cebú, tras de haber atestiguado el “milagroso encuentro de la preciosa imagen del Santo Niño de Cebú”, que se llevó a cabo el 8 de mayo del año anterior.

EN PRESENCIA DEL REY. –

Una segunda noticia nos dice que, por aquellos días de principios de abril de 1566, el rey no estaba en Madrid sino en Valladolid, y que, por esa causa, Urdaneta tuvo que trasladarse hasta allá.

Si los lectores hacen memoria, posiblemente recordarán que Felipe II había sido el principal promotor de la expedición en la que el cosmógrafo acababa de participar. Así que cuando supo que Urdaneta iba a su encuentro, el monarca debió de sentirse lleno de curiosidad por saber todo lo que aquel famoso individuo le podría informar. 

Ignoro si existe una crónica que describa los momentos cuando, rodeado muy posiblemente por algunos miembros de la Corte, el experimentado cosmógrafo fue recibido por su rey, pero imagino que, con todo y su atildado comportamiento, el hijo de Carlos V debió de haber sido muy cordial en el momento en que el agustino apareció con algunos rollos de papel bajo el brazo.

La única y muy escueta nota que he podido leer al respecto, dice que Urdaneta “le mostró y entregó [al rey] los mapas, relaciones, libros de navegación y otros documentos”. Pero me niego a creer que, si seis años antes el rey le escribió a Urdaneta para invitarlo que estuviera en la flota, lo haya recibido secamente y sin darle la atención y el trato que merecía por el trabajo que había realizado. Así que, aun cuando ni los biógrafos del fraile ni los cronistas del reino describan lo que sucedió en ese gran momento, me atrevo a pensar que el monarca lo recibió con sincera alegría, que fue muy cortés con él, que lo escuchó con gran atención y que hasta le aplaudió cuando terminó su relato. Invitándolo, tal vez, a comer o a cenar con él y los demás miembros de la corte que en esa memorable ocasión estaban presentes. 

Y, por último, cabe conjeturar que el más fresco informe que fray Andrés le entregó al rey, era el de que el galeón “San Jerónimo” ya debería estar surto en esos días en Acapulco, disponiéndose a partir hacia Cebú. Debiendo ser esta noticia otro gran motivo de satisfacción para su feliz monarca.

CON MIRAS AL DESENLACE. –

Al final de la carta que, el 24 de septiembre de 1559, le envió el rey a Urdaneta, dice que si él (el cosmógrafo) lograra encontrar la tan anhelada ruta del tornaviaje, él (Felipe II) se sentiría muy honrado y “servido”, y tendría “muy en cuenta” ese asunto, para que el fraile “recibiese la merced” que se requiriera. Con lo que, hablando en términos nuestros, se estaba comprometiendo a darle una gratificación proporcional a los esfuerzos que fray Andrés realizaría para conseguir la encomienda que se le estaba dando.

No he podido saber en qué, ni en cuánto haya podido consistir la “merced” que el agustino le haya podido solicitar al rey cuando éste le manifestó el deseo de cumplir la palabra empeñada, pero se puede inferir que el viejo fraile no ha de haber querido nada para él, y sí, tal vez, para su familia, que vivía no demasiado lejos de Valladolid, o para la orden religiosa en la que profesaba.

Pero como quiera que todo eso haya sido, el monarca no le permitió a Urdaneta descansar ni volver a la Nueva España, porque según las indagaciones de Antonio Mira Toscano, investigador de la Universidad de Huelva, luego de haber estado con el emperador, el fraile “fue puesto en contacto con una junta de cosmógrafos, a quienes [asimismo] mostró las [copias de las] cartas geográficas, las relaciones y los libros de navegación de sus viajes”. 

Por otro lado, en algunos extractos que de las crónicas agustinianas que me ha tocado ver, hay varias otras pistas que nos permiten enterarnos que el ya más famoso marino volvió a Madrid, en donde “el 2 de mayo de 1566” (un día después de que coincidentemente el San Jerónimo zarpó desde Acapulco con destino hacia Cebú) fue recibido por el Consejo de Indias”, cuyos funcionarios debieron, según creemos, de agasajarlo también, después que les entregó las copias de información que para ellos había destinado. 

A partir de ese momento, sin embargo, no hay una sola nota que nos dé la más leve pista sobre lo que pudo haber hecho fray Andrés durante los casi diez meses más que permaneció en España, y particularmente se me hace muy triste no saber si, movido por el amor, el hombre haya ido a su natal Ordizia, para visitar a sus familiares, y buscar, tal vez, a su hija Grecia, y a sus posibles nietos.

Pero muy al margen de esa carencia de datos, en abril de 1567 vuelven a surgir unas pocas referencias sobre fray Andrés, y éstas nos permiten entrever que, no sintiéndose bien, ni hallándose feliz en la Corte, habló, al parecer, con sus superiores, para pedirles permiso de regresar a México. 

Y, en ese sentido, hay un parrafito que nos indica que, una vez “cumplida su misión”, él, junto con fray Andrés de Aguirre y el criado que ya se mencionó, se trasladaron hasta Sevilla y Sanlúcar, en donde abordaron el barco que los llevaría de regreso al “Nuevo Continente”. Llegando a Veracruz el 13 de junio, y unos ocho (o diez) días después, a su muy querido convento, en la ciudad de México.

No hay nada más que se sepa sobre la vida conventual del fraile viajero, excepto que “entregó su alma al Señor el Día de la Santa Cruz” (3 de mayo) de 1568. Cuando estaba por cumplir (o había cumplido ya), los 60 años de edad.

PIES DE FOTO. –

  1. Independientemente de los excesos que haya podido cometer en su vida, el ayuntamiento del pueblo en donde nació mandó hacer un monumento a fray Andrés de Urdaneta.
  2. Los vascos y los españoles se sienten muy orgullosos del gran aporte que fray Andrés hizo a la navegación mundial, pero, lamentablemente, la mayor parte de los mexicanos nada sabemos de eso.
  3. Sin negar los méritos que tuvo Legazpi en la expedición que desde el puerto de Navidad se realizó hacia Las Filipinas, el mérito mayor es el de Urdaneta.
  4. Manzanillo y Colima también le deben un monumento al gran navegante, porque en cuanto el tornaviaje se completó, muchos de los barcos que hicieron el recorrido llegaron a “tomar refresco” en Salagua.
Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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