Abelardo Ahumada

Vislumbres del 10 de febrero de 2021

VISLUMBRES

PRELUDIOS DE LA CONQUISTA

Capítulo 33

Abelardo Ahumada

UNA VISIÓN TEXCOCANA. –

De conformidad con lo que las fuentes mexicas, tlaxcaltecas, texcocanas y tlatelolcas que revisó fray Juan de Torquemada, cuya obra citamos en el capítulo anterior, debió ser en 1476 cuando Axayácatl fue herido en una pierna mientras combatía contra “Tlilcuetzpalin, señor de Xiquipilco”, miembro del pueblo matlazinca que por aquella época tributaba al cazonci Tzitzicpandácuare. 

Y al correlacionar esta otra información con la que nos brinda la “Relación de Michoacán”, podemos entender ahora que, más allá de las supuestas motivaciones religiosas que tanto el monarca mexica como el michoaque esgrimían para emprender sus guerras, lo que realmente estaba en el fondo en ese momento, era el deseo que ambos tenían para reclamar los tributos que podrían brindarles Taximaroa, Xocotitlan, Xiquipilco, Tollocan (Toluca) y otros pueblos matlazincas. Pueblos que, como se recordará, fueron invadidos por los michoaques un poco después de la prolongada hambruna que se padeció en la región a raíz de la gran sequía de 1450 y 1451.

Ubicándose también en ese contexto, la “Relación de Texcoco”, de Juan Bautista Pomar (1582), aporta unos detalles muy interesantes dichos en lo general, pero que nos permiten saber cómo se integró, en lo particular, el frente comandado por Axayácatl, en virtud de la famosísima “Triple Alianza” que desde 1528, México Tacuba y Texcoco acordaron para derrotar al rey de Atzcapotzalco, que los tenía sometidos: “Cuando iban a la guerra, siempre iban tres ejércitos: el uno, desta ciudad; el otro, de México, y el otro de Tacuba”. 

Todo esto mientras que junto con la gente del cazonci: “Iban (también, según los informantes de Pátzcuaro y Tzintzúntzan) los de Mechuacan; los chichimecas; los otomíes que el Cazonci tenía sujetos; los matlazincas; los uetaméchas (de Huetamo); algunos chontales (hoy extintos, del actual estado de Guerrero), y los de Tuspa, Tamazula y Tzapotlan”. Pueblos de los que los últimos tres son hoy del Sur de Jalisco, y que en su tiempo eran considerados “tecos”, por los michoaques.

Pomar agrega que, una vez tomada la decisión respecto a los pueblos contra los que habrían de pelear, los generales comisionados por los reyes de la Triple Alianza: “concertaban el modo y orden que habían de tener, y lo cual guardaban entre sí inviolablemente (… marchando) en concierto en formados escuadrones”, y llevando siempre el cuidado de vigilar “donde hubiese temor o sospecha de que enemigos pudiesen turbar e inquietar su camino. El cual hacían con mucho recato, teniendo para ello muy fieles y diligentes espías que, de mano en mano, avisaban a los generales de lo que había”…

“En las jornadas largas, donde era menester llevar bagaje y servicio (comida, agua, ungüentos, toldos, etc.), iban soldados viejos (y experimentados) tanto en la vanguardia como en la retaguardia, llevando en medio a los soldados nuevos y a la gente de servicio con el bagaje, echando siempre por delante corredores, hombres ligeros y valientes para descubrir el campo y ver si los enemigos les ponían celadas o emboscadas (…) Y de noche, procuraban alojarse en lugares seguros y aventajados, velándose con guardias que tenían de mucho cuidado y vigilancia”.

Y algo que no me extrañó, pero llamó la atención, fue que: “Los soldados que iban a la guerra no aguardaban paga ni salario (…) sino el premio digno de sus obras que, con muy cierta esperanza aguardaban del rey, (que se los devolvía) con muchas honras y favores”. Aparte de lo que, por supuesto, podían saquear cuando las condiciones se prestaban para ello. 

Por otra parte: “Los que escapaban (de morir, pero quedaban) heridos o lisiados, eran sustentados y curados a costa del rey”. Y todos debían guardar una gran “disciplina y orden militar, so pena de muerte por parte de sus capitanes”. Pero los más “eran fidelísimos y constantes en toda adversidad, padeciendo con extraña paciencia todos los trabajos de la guerra. Y no temían la muerte, sino hacer cosa infame y afrentosa”, como mostrarse cobardes. Tal y como asimismo vimos cuando revisamos los preparativos de la guerra que realizaban los tarascos.

Y en cuanto a su modo de combatir, el cronista texcocano añade: “La orden y manera de su pelear era, principalmente, con rodela (escudo redondo y delgado que solían cargar con la mano izquierda) y macana guarecida de navajas o pedernal, con que daban grandes cuchilladas” a sus enemigos. También usaban “picas (lanzas) con puntas de pedernal, y arcos y flechas”. Pero éstas últimas, por ser arrojadizas, sólo eran utilizadas antes de que se trabara la lucha cuerpo a cuerpo, con las rodelas y con las macanas, porque “peleaban de pie con los enemigos, y porque, como ya se ha dicho, procuraban haberlos (capturarlos) vivos a fin de sacrificarlos” (a sus dioses después). Y no era sino por pura necesidad que los llegaran a matar, ya sea en defensa propia, o porque no hubiera quien les ayudara para capturarlos.

Pero, finalmente, en cuanto a la guerra que nos interesa en este momento, Pomar sólo anotó lo siguiente: “(Y así fue como lograron tener) sujeta casi toda la tierra… hasta cerca de Guatemala…, salvo a Michuacan, porque como nación valerosa y de gran provincia (los ejércitos de la Triple Alianza), no pudieron sujetarla, antes (por el contrario) vinieron de allá rompidos (sic) una vez que intentaron entrar en ella”.

DESCRIPCIÓN DEL ESCENARIO. –

En este sentido es claro también que Pomar redujo a un solo momento el largo conflicto que en su rivalidad mantuvieron los mexicas contra los michoaques, pero tal y como se los advertí al final del capítulo anterior, las crónicas que revisó fray Diego Durán, y las entrevistas que seguramente realizó para complementarlas, le dieron pie para ser mucho más explícito a la hora de diferenciar los momentos y describir los detalles, como veremos a continuación: 

En el encabezado del capítulo número XXXV de su Historia de las Indias de la Nueva España e Islas de la Tierra Firme”, este otro cronista franciscano dice: “De como los de Tenanzinco pidieron socorro a los mexicanos contra los de Toluca y Matlazinco, y de cómo se les envió y fueron destruidos”.

Pero como la ubicación geografía de los matlazincas es, sin embargo, incluso hoy, desconocida para la mayoría de los mexicanos, elaboré un croquis que aquí anexo, y me detendré un momento para describir brevemente esa región, con el propósito de que los lectores que desconozcan el área ubiquen el escenario de las acciones bélicas que estamos tratando de revisar:

Tomando como referencia el lago de Texcoco, en cuya parte centro occidental se hallaba México-Tenochtitlán, yendo directamente hacia el Sur, y luego de pasar por la Sierra del Ajusco, llegaríamos a Cuauhnáhuac (hoy Cuernavaca). Pero yendo hacia el Suroeste desde México-Tenochtitlan, llegaríamos al valle de Toluca.

Una vez puestos allí, caminando hacia el norte, llegaríamos primero a Tamoaya, luego a Xiquipilco y un poquito después, cargándonos ligeramente al Noroeste, a Xocotitlan. Mientras que yendo desde la antigua Toluca hacia el Sur, como con rumbo a Taxco, en primer término nos encontraríamos con Tenango (hoy Tenango del Valle), y luego con Tenanzinco (o Tenancingo), que en una línea digamos horizontal, estaría más o menos a la altura de Cuernavaca. Mientras que no demasiado lejos de Toluca, hacia el Poniente, estaban (y siguen estando) Zitácuaro y Taximaroa (Ciudad Hidalgo), ya bajo el dominio michoaque. Siendo toda esa área, pues, el escenario en que se desarrolló la guerra que luego habría de involucrar a los tarascos, y de rebote incluso a los colimecas.

UNA VISIÓN MÁS DETALLADA. –

Continuando con la narración de fray Diego Durán nos dice que, en la época que estamos reseñando, Toluca y Matlatzinco se contaban “como una sola provincia”, y que “reinaban o eran cabeza de ellos dos señores muy valerosos y de mucha autoridad, que se llamaban, el uno Chimaltecutli, que regía la parcialidad de Toluca, y el otro se llamaba Chalchiuhquiauh, que regía la parcialidad de los matlatzincas”… En tanto que “en Tenantzinco gobernaba un señor que se llamaba Tezozomoctli”.

Colateralmente quiero precisar que, según un colega del Estado de México, “matlazincas era el nombre que los aztecas daban a unos pueblos que, según fuentes antiguas, entre sus quehaceres se dedicaban a tejer redes”. En tanto que, atenidos a la posición geográfica que esos pueblos tenían entre el reino mexica y el reino michoaque, “los tarascos les decían ‘pirindas’, que en ese idioma quiere decir ‘los de en medio”. Dato que me parece incluso exacto.

Volviendo al relato de fray Diego Durán, dice asimismo que “el (señor) de Toluca tenía tres hijos muy valientes, mozos atrevidos y osados para acometer cualquier cosa por ardua que fuese”, y que Tezozomoctli “tenía otros tres o cuatro mancebos que no menos presumían de su gentileza y gallardía”.

Y el caso fue que “entre estos mozos empezó a haber cosquillas y envidias y a tener bandos y contiendas, todo fundado en niñerías”. Pero como “los tolucanos” (sic) empezaron a decirle a los otros que les harían la guerra, el señor de Tenantzinco, viendo que el padre de aquéllos no les ponía freno, y hasta parecía darles “su consentimiento”, reunió a los viejos del pueblo y, habiendo tomado consejo de ellos, “se fue a México él en persona, y puesto ante el rey Axayácatl, le contó todo lo que con los señores de Toluca le pasaba y la mala vecindad que le hacían, corriéndole (o metiéndose a) sus tierras y amenazándolos muy a menudo. Suplicándole que como él era vasallo de México, tomase aquella injuria como propia y le favoreciese y le prestase ayuda contra ellos”.

Cuenta que el rey lo consoló, le dijo que estaría al pendiente del asunto, y le regaló de paso una “rodela y una espada muy galanas”.

Inmediatamente el cronista añade algo muy significativo: que “las niñerías” acabadas de mencionar, terminaron dando pie a la guerra cuyo análisis nos ocupa, pues dice que: “Ido Tezozomoctli”, Axayácatl se quedó “ocupado en edificar el lugar” en donde colocarían una gran piedra, “muy bien labrada” que le serviría como “mesa para sus sacrificios y oblaciones”, mientras que unos excelentes canteros se afanaban por terminar la que se convertiría en la famosa ’Piedra del Sol’. Y que estando en esas labores, se le ocurrió buscar el modo de aprovechar las quejas de Tezozomoctli para conseguir las víctimas propicias que se necesitarían los días que, en diferentes fechas, se tenía previsto  ‘consagrar’ dichas piedras, y que, para ello fue con Tlacaélel, su más viejo y principal asesor, a exponerle el asunto.

Tlacaélel era, desde mucho tiempo atrás, quien detentaba el cargo de ‘Cihuacóatl’, que era el segundo puesto de gobierno más importante del reino mexica. Traducido directamente ese nombre significa “Mujer Serpiente”, pero no he podido encontrar ninguna explicación del motivo por el que se le llamaba así.

Muy al margen de esa duda, el caso fue que el astutísimo Tlacaélel, aconsejó al novel monarca poner una trampa a sus enemigos mediante una solicitud de servicio. Pues dice Durán que, una vez terminada esa entrevista, Axayácatl “envío sus mensajeros a los dos señores de aquella provincia (se refiere a los matlatzincas), haciéndoles saber” que, como él estaba ya casi listo para colocar aquellas dos grandes piedras ‘sagradas’ “en su templo y santuario”, necesitaba que “de favor” le enviaran desde Toluca y sus alrededores, “madera de cedro y de pino” para cubrir las piezas en donde se hallarían. 

Pero los mensajeros llegaron, según eso, con altanería. De tal modo que cuando los escuchó “el señor de Toluca, les respondió: ‘más parece que venís a mandarnos que a pedirnos (un favor)”. Pero que, por cubrir las apariencias, les indicó que lo esperaran mientras consultaba con sus propios consejeros, quienes, sintiendo que su provincia era suficientemente fuerte, le dijeron que no tenían por qué acatar semejantes órdenes.

Y sigue diciendo Durán que cuando los mensajeros volvieron a México con esa respuesta, Axayácatl, acostumbrado a imponer sus caprichos, se encolerizó y mandó traer a Tlacaélel, a quien transportaron “en andas porque ya era muy viejo”, y que él, “con rostro sosegado, le respondió: ‘Hijo, no te alborotes’.

El complemento de esa respuesta contiene, desde mi perspectiva, la causa de lo que finalmente ocurrió, y con base en ello lo transcribiré, aclarándolo lo mejor que pueda: 

“Has de saber – le dijo Tlacaélel al joven Axayácatl-, que desde que gobernaba mi hermano Moctezuma Ilhuicamina (1440-1469), viendo que los matlatzincas se pudiesen eventualmente coaligar con los michoacanos y nos pudieran dar un sobresalto y un sinsabor, yo fui del parecer de que se sujetara y sometiera a esa provincia (pero no se atendió mi sugerencia). Por lo que esto que tú ves ahora, de que no nos temen ni nos quieren obedecer, deriva de no haberlos sujetado entonces. Por lo tanto, valeroso mancebo, quiero ver yo, antes de morir, que tú sujetes esa provincia a la mexicana, como están sujetas las demás”.

Una vez recibido este consejo, que en realidad era una orden, puesto que Tlacaélel era el verdadero “Poder tras del trono”, Axayácatl, monarca novato, mandó a sus generales hacer todos los preparativos para salir a guerrear, y envió, de entre los nobles, algunos  mensajeros a los reyes de Texcoco y Tacuba, y a mensajeros ordinarios a los caciques de las otras provincias cercanas, solicitándoles acudir a México, “para tratar con ellos un asunto de suma importancia”.

No sé cómo pudo haberse llevado a cabo aquella  extraordinaria asamblea, pero Durán nos da a entender que cuando Axayácatl tomó la palabra, lo hizo para poner a sus aliados en antecedentes de lo que había pasado con los “tolucanos”, y para decirles que “quería ir a castigar la inobediencia de los matlatzincas y traer esclavos para hacer la estrena de las piedras y mesas del templo que había hecho para los sacrificios”. Decisión sobre la que “los reyes y los señores dijeron que les placía, y en llegando a sus tierras, mandaron apercibir sus gentes con toda la priesa (prisa) posible”.

Por lo que ya nos podemos ir comenzando a imaginar lo que sucedió.

Continuará.

PIES DE FOTO.- 

1.- Éste era, aproximadamente, el territorio matlazinca, por el que michoaques y mexicas y sus respectivos aliados peleaban. Y tal vez por eso los michoaques les decían a los matlazincas: “pirindas”, que en su lengua quiere decir “los de en medio”.

2.- Tlacaélel, nacido hacia 1398, fue, durante 45 años, el verdadero “poder tras del trono mexica”, y aconsejó a Axayácatl (en 1475), sujetar a los pueblos matlazincas. 

3. – Una causa asociada a la realización de esta guerra, fue que Axayácatl quería conseguir una gran cantidad de víctimas para sacrificar “el día de la estrena” de una nueva y gran piedra que había mandado labrar.

4.- En una de las láminas del también llamado “Códice Durán” aparece Axayácatl (izquierda) peleando contra el jefe de los matlazincas, que lo hirió en una pierna.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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