Abelardo Ahumada

Capítulo 7  por Abelardo Ahumada

ALGUNOS ATISBOS SOBRE LA GEOGRAFÍA HUMANA EN EL SUR DE JALISCO Y COLIMA. –

Gracias, pues, a los esfuerzos que realizaron profesor Aniceto Castellanos y el doctor Miguel Galindo, los vestigios arqueológicos de El Chanal no desaparecieron y comenzaron a llamar la atención de los arqueólogos especializados. Pero, después de lo que se hizo en 1944 y 1945, ya nada se pudo (o se quiso) hacer en Colima por parte de las muy pichicatas autoridades políticas del entonces recién creado Instituto Nacional de Antropología e Historia, que prefirió dedicar sus recursos a la exploración de áreas digamos que espectaculares.

Afortunadamente, sin embargo, algunos arqueólogos estadounidenses que entre 1920 y 1930 habían estado estudiando algunas zonas indígenas de Arizona y Nuevo México, observaron que (más allá de que el maíz, la calabaza, el chile y otros productos que solían utilizar “los Indios Pueblos” no eran originarios de aquella región), había ciertas piezas y utensilios que no fueron manufacturados en sus áreas de estudio, sino, seguramente, “al sur de la frontera”. Con toda probabilidad en lo que la gente más versada en tales asuntos denomina “Mesoamérica”. Una gigantesca extensión que en sentido lato abarca “desde el Trópico de Cáncer hasta Guatemala.

Motivados por ese descubrimiento y otros interesantes detalles, dichos arqueólogos, concluyeron que desde mucho antes de que los españoles llegaran a las costas del Golfo de México, debió de haber existido “un corredor cultural” que, por decirlo de algún modo, conectara a los pueblos indios del suroeste de lo que hoy son los Estados Unidos, con los de (al menos) el noroeste de lo que hoy es México. Coincidiendo en ese sentido con algunos de sus colegas mexicanos que habían sospechado lo mismo, pero en sentido inverso.

Cuando estuvieron ya más o menos seguros de eso, parecen haber establecido contacto con algunos académicos que trabajaban para el gobierno de México y, una vez expuesto el asunto, llegaron al acuerdo de venir a explorar, desde el punto de vista arqueológico, algunos sitios de Sonora y Sinaloa.

No piensen los lectores que a continuación haré una muy amplia relación de los trabajos que varios de ellos realizaron, pero sí quiero mencionar a un gran personaje que entonces tuvo mucho qué ver con la historia y la geografía de Colima: me refiero a Carl Sauer, que sin ser arqueólogo (sino Doctor en Geografía por la Universidad de Chicago), tuvo que ver, asimismo, con las labores que varios arqueólogos, que fueron sus alumnos, y a los que les tocó venir en esas expediciones.

Y es que, más que especializarse en el manejo de mapas y todas esas cosas, Sauer se interesó por la Geografía Humana, a la que sólo se puede estudiar “sobre el terreno”.

Por las causas y motivaciones que hayan sido, Sauer dejó Chicago y se trasladó a California, contratado por la Universidad de Berkeley, donde trabajó desde 1923 hasta 1957), primero como catedrático y luego como director del Departamento de Geografía.

En aquellos primeros años de permanencia en sitios que fueron conquistados por los españoles, parece que llegó a sus manos un ejemplar del libro “Naufragios y comentarios”, en el que Alvar Núñez Cabeza de Vaca, narra la larguísima caminata que él y unos cuantos compañeros suyos hicieron desde La Florida (en 1527) hasta la ciudad de México (en 1536), atravesando por lo que más tarde fueron los territorios de Luisiana,  Texas, Nuevo México, Arizona, Sonora, Sinaloa, Jalisco y demás.

Y es de creer también que estuvo leyendo todo lo que se refirió a la expedición que, desde la incipiente Guadalajara, encabezaron fray Marcos de Niza y Francisco Vázquez de Coronado hacia los territorios del suroeste de los E. U., decidiéndose, en consecuencia, a realizar un “trabajo de acompañamiento”, podríamos decir, con los arqueólogos que desde su universidad vinieron a México para explorar “el corredor cultural” que se mencionó.

Ignoro cómo y cuándo se interesó el académico por estudiar el área del Sur de Jalisco y Colima, pero, por lo que sucedió después, es de creer que la primera vez que estuvo aquí fue durante los años 30as, y Ernesto Terríquez Zámano, quien es el colimense que más sabe al respecto, dice que Sauer volvió a venir después, según se deduce de la copia de una carta que envió desde Colima, el 10 de febrero de 1941, dando como su domicilio temporal “el Hotel Occidental“, que si mal no recuerdo era mejor conocido por nuestros padres como “el hotel de La Güera Plaza”. Ubicado en la esquina suroriental del cruce de las calles 16 de Septiembre y Gildardo Gómez.

Menciona Terríquez también, que Sauer “fue pionero en más de unos aspectos relacionados con la historia Colonial de Latinoamérica. Y ENCAUZÓ A UN GRAN NÚMERO DE SUS ALUMNOS AL ESTUDIO DE CUESTIONES QUE, ANTERIORMENTE, HABÍAN SIDO ELUDIDAS POR LOS INVESTIGADORES TRADICIONALES”. Contribuyendo grandemente así a la “reconstrucción de la vida cotidiana de los pueblos indígenas de México, [mediante] el estudio de su geografía y sus recursos, de su flora, de su fauna”, Etc.

En relación a esa estancia en nuestro terruño, creo que, inquieto y curioso como seguramente fue, debió de indagar sobre todo lo que se estaba haciendo en Colima en torno a lo que era su principal motivo de interés, y que, muy fiel a su costumbre de “no quedarse en su gabinete”, salió a recorrer los lugares, contratando algunos guías locales. Pues como resultado del trabajo de campo que realizó en Colima, y de la información documental a la que tuvo un concentrado acceso, Sauer escribió un libro interesantísimo que tituló “Colima de la Nueva España en el siglo XVI”, que por primera vez apareció traducido al español en 1976, y del que tengo un ejemplar traducido por Ernesto Terríquez y René González, publicado en 1990.

Libro al que más adelante me referiré con mayor profundidad y extensión, pero del que por lo pronto me quedo con un análisis que hizo Sauer sobre los lenguajes que en el siglo XVI se hablaban en el área, subrayando que, contra lo que se había pensado antes, en el sentido de que el náhuatl se hablaba en todo el Occidente de México, él descubrió que no era así, y que el punto extremo en los aborígenes de aquella época hablaban náhuatl, fue, “el área que al presente tiene el estado de Colima”. Así como ciertas zonas de Tuxpan, Sayula y otros pueblos del Sur de Jalisco. No obstante que este náhuatl no haya sido idéntico al que hablaban los aztecas.

Hay, por otra parte, otra anotación del geógrafo que quiero resaltar: “Lo que nosotros [en 1942] sabemos del viejo Colima es muy magro y no sabremos [por los documentos] mucho más que esto, hasta que LA RICA ARQUEOLOGÍA DE COLIMA SEA DEBIDAMENTE ESTUDIADA… [Puesto que] la explotación colonial barrió con las formas [de vida y las instituciones] nativas”.

ISABEL KELLY Y MARÍA AHUMADA. –

De manera muy especial quiero hacer notar que Sauer no sólo fue un gran lector de las fuentes documentales del siglo XVI, que con gran frecuencia cita y relaciona en su libro sobre Colima, sino un gran andariego que lo mismo estuvo en diversos pueblos del Sur de Jalisco y Colima, que en los municipios vecinos de Michoacán. Siendo capaz de escribir, por ejemplo, lo siguiente: “[Respecto de] Alima sé que este rico y ancho valle (al que Lebrón de Quiñones calculó en 1554 que tenía hasta quince mil almas) está muy pobremente desarrollado y deshabitado al presente. [Sin embargo] he caminado sobre las ruinas de un gran pueblo aborigen, el cual parece ser el original Alima. Ruinas de habitaciones y montículos que se extienden por cerca de una legua”.

Al llegar a este punto los lectores tal vez se preguntarán a qué viene todo lo que acabo de decir, o de qué modo se relaciona con lo que estábamos comentando en los capítulos anteriores. Y para responder a eso, les digo que “ahora viene lo bueno”:

El ser Sauer el jefe o director del Departamento de Geografía de su famosa universidad, no sólo había promovido a sus alumnos para que realizaran algunas investigaciones similares a las que él mismo solía realizar, sino les proporcionó los recursos, o “les enseñó el caminito” para gestionarlos y conseguirlos de fundaciones particulares y otras universidades.

En ese contexto, sabemos muy bien que hacia 1939 vino hasta Colima una de sus alumnas más entusiastas y adelantadas que, aparte de haber estudiado la Geografía Humana con él, se estaba especializando en la arqueología. Esa mujer, brillante, trabajadora, que no desdeñaba la posibilidad de trabajar bajo los rayos del Sol, o de tener que transportarse inclusive en mula a lo más agreste de las regiones que decidía estudiar, se llamaba Isabel Kelly.

Esta gran señora vino, pues, a nuestra región a sugerencia del maestro Sauer, quien seguramente le advirtió sobre “la rica arqueología de Colima” que él había logrado atisbar sobre las superficies de algunos sitios del territorio estatal. Y no venía sin experiencia, sino después de haber hecho sus pininos, primero en California, al estudiar los vestigios dejados por la tribu Miwok, bajo la dirección del experto arqueólogo Alfred L. Kroeber; y luego en Chiametla y Culiacán, Sinaloa. Cuando precisamente se logró identificar el “complejo Aztatlán”. Pueblo con vínculos y/o antecedentes toltecas al que ya varias veces hemos mencionado aquí.

La muy joven arqueóloga estuvo dos temporadas de trabajo en Colima (la de 1940-1941, y la de 1941-1942), dotada con becas de trabajo que le proporcionó la Guggenheim Fellowships, riquísima fundación establecida en 1925 por John Simon Guggenheim, para apoyar (y de algún modo premiar) a “aquellos que han podido demostrar una excepcional capacidad en su trayectoria estudiantil o una excepcional capacidad para las artes”. Así que al menos durante dichas temporadas no le faltó el dinero, y pudo recorrer no nada más El Chanal, que estamos comentando, sino la totalidad del estado y algunos municipios de los estados vecinos de Jalisco y Michoacán, contando siempre con expertos guías locales.

Durante esas estancias, la señora Kelly buscó a ciertas personas de las que le habían dado algunas interesantes referencias, y contactó, entre otras, a doña María Ahumada de Gómez, quien la llegó a hospedar en su amplia casa de la calle Guerrero.

Más allá de los muchos datos anecdóticos que se pueden referir al respecto, la doctora Kelly, hizo una invaluable aportación para la arqueología y la historia de Colima, pues habiendo visto unas extrañas “vasijas acinturadas tipo bule”, preguntó si sabían dónde habían sido localizadas. Le dijeron que “por los rumbos de la hacienda de La Capacha”, que en realidad era un sitio muy cerca de la ranchería de El Chanal.

Se hizo trasladar allá, logró conseguir algunas otras piezas más de ambos lugares y, como tenía recursos y el apoyo de una universidad y una fundación, las hizo fechar con el famoso método del Carbono 14, habiéndose encontrado con la novedad de que, a pesar de proceder de dos sitios sumamente cercanos, las piezas de La Capacha fueron elaboradas entre los 1870 y los 1450 años ¡antes de Cristo! Mientras que las de El Chanal, fueron fechadas entre los 1290 y los 1460 años ¡después de Cristo! Lo que equivale a decir que entre un sitio y otro hubo una diferencia de entre 1000 y 1500 años.

Doña María Ahumada Peregrina era mi tía abuela, y yo, de niño, oí decir a los parientes más viejos que, cuando “La Gringa” (como popularmente llamaban en Colima a la doctora Kelly) solía pasar algunos días en casa de doña María, de repente llegaban algunas señoras de aspecto campesino, que entre los pliegues de sus acostumbrados rebozos llevaban algunas piezas cerámicas, para ver si ella o doña María se las podían comprar. Y que lo mismo hacían algunos jornaleros que, metidos en sus costalillos, les llevaban también “monos” y vasijas para lo mismo.

El saqueo de las piezas arqueológicas en esa época “estaba en grande”, y ellas lo sabían muy bien, pero como lo podían parar, prefirieron tratar de recuperar esas piezas para que no se fueran definitivamente se Colima. Debiéndose de conformar con preguntarle a sus vendedores más o menos de dónde habían sido extraídas. Pero encontrándose con muchas respuestas evasivas.

EL CHANAL Y OTROS PUNTOS DE CONTACTO. –

Doña María Ahumada no tuvo hijos directos, pero sí tuvo muchísimos ahijados. Y entre éstos, de Coquimatlán, al niño Jesús Amezcua Pizano, a quien le brindó su casa, comida y algunos apoyos económicos para que pudiera estudiar en Colima.

Jesús (quien varias décadas después sería mi colega y amigo) estudió para profesor, y más tarde cursó la Normal Superior en Tlaxcala, en donde, para graduarse como Licenciado en Historia, en 1982 presentó (junto con Carmen Solorio Peredia) una tesis a la que, en honor -creo- a su madrina, tituló: “El arte prehispánico de Colima, y su importancia dentro de las Culturas de Occidente “. Tesis de la que en 1995 me hizo el favor de regalar un ejemplar que le quedaba.

El museo en cuestión fue fundado el 19 de septiembre de 1963, y se ubicó originalmente en un rincón del Palacio de Gobierno del Estado, pero en 1982, cuando Amezcua y Solorio trabajaron su tesis, apenas tenía dos años de haber sido reubicado y ampliado en un sitio especial que se le dio en la Casa de la Cultura de Colima, inaugurada por la gobernadora Griselda Álvarez Ponce de León, el 6 de noviembre de 1980.

Del Prólogo de esa tesis extraigo el siguiente párrafo: “El Museo de las Culturas de Occidente María Ahumada de Gómez, de Colima, Col., es […] uno de los más completos en cuanto a información de los grupos humanos más representativos de esta entidad en particular. Sus piezas son en cierto modo, las voces anónimas de la gran masa de pobladores de estas tierras, quienes en forma un tanto anecdótica (sic) nos revelan todas sus facetas culturales”.

Pero ¿cuáles fueron todas esas facetas?… La respuesta quedará pendiente.

PIES DE FOTO. –

1.- Carl Sauer, eminente geógrafo estadounidense hizo profundos estudios en nuestra entidad y escribió un libro que se titula: “Colima de la Nueva España en el siglo XVI”.

2.- Experto en Geografía Humana, Sauer impulsó a varios de sus alumnos a estudiarla “sobre terreno”. Y cumpliendo fielmente con esa consigna, Isabel Kelly, alumna brillante, vino a estudiar la arqueología y la geografía de Colima.

3.- Kelly realizó importantes estudios en varios sitios arqueológicos de Colima, encontrándose con que “la cultura Capacha” data, por ejemplo, de hasta 1500 años antes de Cristo.

4.- Gran sorpresa se llevaron los colimotes cuando Kelly anunció que ciertas piezas halladas en El Chanal le permitieron deducir que este importante sitio estuvo habitado entre el 1290 y el 1460 después de Cristo.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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