Abelardo Ahumada

Capítulo 25 por Abelardo Ahumada

LA “TRADICIÓN DE XALISCO” Y SU CONEXIÓN CON LA “RELACIÓN DE MICHOACÁN”. – 

Tal y como lo acabamos de hacer notar, la “tradición que tenían los indios de la provincia de Xalisco” (que Tello conoció y relató),  coincide con algunos datos que sobre la historia tolteca se mencionaron en la primera parte de “Los Anales de Cuauhtitlán”, hoy lamentablemente perdida (pero de la que se conservan párrafos en una publicación de 1884); coincide asimismo con lo que sobre la “peregrinación de los aztecas” describen los códices Bouturini y Aubin, y llena el vacío histórico que en dichos documentos hay en entre el instante en que los aztecas se convirtieron en mexicas y aparecen, de repente, ya estando en Tula, señalando que, mucho antes de llegar allá, no sólo pasaron por “la provincia de los tarascos”, sino que permanecieron un tiempo allí; bautizaron la tierra con el nombre de Mechoacan (“lugar abundante en peces”); fundaron la ciudad de Huitzitzilan (o Tzintzuntzan); se mezclaron con los tarascos y les enseñaron un montón de cosas, porque, según esa versión, los tarascos eran un pueblo rudo y poco cultivado. 

Por otra parte, colocándose como en la antítesis de todo esto, don Eduardo Ruiz, culto abogado e historiador de ascendencia purépecha de finales del siglo XIX, expuso la hipótesis (“conjetura”, dice) de que sus antepasados tarascos hayan provenido “de algún sitio de Sudamérica”, y que, desde su perspectiva, es absurdo que se haya llegado a afirmar que los tarascos eran “de la misma familia de los azteca”.

En abondo de su propia hipótesis, y tal vez para escudarse cuando alguna otra persona le exigiera que aportara pruebas o algo por el estilo, el señor Ruiz se cuidó muy bien de ubicar su “conjetura” dentro de las leyendas que a él le tocó escuchar de sus ancestros, pero dice, sin embargo, que siendo él mismo conocedor del purépecha, y habiendo tenido el apoyo de otros señores de mayor edad que asimismo tenían el conocimiento de otras variantes dialectales, porque “el tarasco no se habla de igual manera en los diversos pueblos de Michoacán”, tuvo la curiosidad de hacer un análisis comparativo de otros idiomas indígenas que se hablaban en algunas regiones de los Andes, encontrándose por ejemplo con que hay “palabras iguales o parecidas a algunas del tarasco (…) aunque tengan diversa significación”. Como “Tumbes, lugar á donde se retiraban á orar solitarios los hombres”, según los incas, y “Tumbí, (que) en tarasco, es el mancebo, el soltero o el solitario”. O como “el colibrí, llamado zunzún en la América meridional, y zinzun en tarasco”. 

Y no por menos él dice que tales estudios los hizo “extensivos á la historia de otros pueblos americanos, en busca de una etnografía y una filología semejantes á las de los tarascos; y con sorpresa descubrí una grande analogía entre el Perú y el Michoacán antiguos. Los dos pueblos tenían iguales instituciones, las mismas prácticas religiosas, parecidas leyendas, y los dos eran adoradores del sol”.

Señalando asimismo que: “En el Perú, en Venezuela, en otras regiones de la América del Sur y en las Antillas hallamos muchos nombres tarascos, sobre cuya particularidad hemos ele insistir en la presente obra”.

Yo no sé nada del purépecha (o tarasco), e ignoro cómo tengan catalogado a don Eduardo Ruiz los historiadores actuales de Michoacán, pero si anoto todo esto es porque él mismo hizo referencia a un libro antiquísimo del siglo XVI que nos puede ilustrar mucho al respecto, y que por su título original se conoce como la “Relación de las cerimonias y rictos y población y gobernación de los indios de la Provincia de Mechuacán hecha al ilustrísimo señor don Antonio de Mendoza, virrey y gobernador desta Nueva España”. Y que, para abreviar, es muchísimo más conocida como “La Relación de Michoacán”, que ya hemos citado aquí.

Esta obra, considerada por Jean Marie G. Le Clézio como “la primera obra literaria en América”, fue  escrita en castellano por otro fraile franciscano que se llamaba Jerónimo de Alcalá, entre 1539 y 1541. Pero aun cuando yo podría coincidir con la apreciación de Le Clézio en cuanto que dicha obra haya podido ser la primera literaria escrita en castellano, no admito que sea la primera obra histórica-literaria tal cual, porque sería tanto como decir que “La relación de Michoacán” es anterior a “Los Anales de Cuauhtitlán” y otros códices nahuas evidentemente más antiguos. 

Todo eso sin dejar de señalar que, en su caso, la versión purépecha, traspasada oralmente al fraile por unos grandes personajes michoaques que se la sabían de memoria, sería muchísimo más antigua que la que le entregó este religioso en castellano al virrey Mendoza. Pues fue el mismo fraile quien, en el Prólogo de su obra (dirigido personalmente al virrey), con sincera humildad explicó que él no es el autor, sino el recopilador y traductor de la misma: “Pues Ilustrísimo Señor, esta escriptura y relación presentan a Vuestra Señoría los viejos desta cibdad de Michuacan, y yo también en su nombre, no como autor, sino como intérprete dellos”.

Esta fuente, para que los lectores le tomen más interés al asunto, aparece compilada entre los más antiguos y notables documentos que hablan a propósito de lo que ocurrió desde mucho antes de la conquista española del Occidente de lo que hoy es nuestro país, y tuvo como informantes (al igual que las relaciones recogidas después por Sahagún y Tello), a unos viejos memoriosos, aparentemente ya cristianizados, que vivían aún tanto en “el barrio de Páscuaro” (o Pátzcuaro), como en la ciudad de Tzintzúntzan. En cuyos conventos fray Jerónimo estuvo trabajando durante varios años. Fungiendo específicamente en el de “Páscuaro” como “padre guardián”.   

Y como riqueza informativa adicional, cabe mencionar también que contiene 44 láminas a color que algún “carari” (tlacuilo o dibujante de códices) hizo, se supone que  por instrucción de los viejos, para ilustrar todo aquello de lo que le estaban hablando al fraile. Al que, por cierto, “retrató” al menos una vez, cuando le estaba entregando el texto al virrey.

Esta valiosa obra estuvo, de manera similar a las de Sahagún y Tello, a punto de no volver a ser vista jamás, porque al poco tiempo de que había sido entregada por el “interprete” a don Antonio de Mendoza, pasó a formar parte de los cajones en donde se iban acumulando los papeles de la Nueva España, hasta ir a parar, algunos años después, al archivo de la biblioteca del gran Convento de El Escorial, muy cerca de Madrid. En donde al parecer fue hallada y publicada por primera ocasión en 1869. 

No voy, sin embargo, a referir todo lo que se ha dicho o escrito sobre “La Relación de Michoacán” y su autor-traductor, y sólo aportaré unos cuantos datos sobre la vida de éste, y me referiré a ciertos párrafos y capítulos del libro en los que, “aunque usted no lo crea”, como dijera Ripley, los viejos de Michoacánse conectaron”, muy a su modo, con “la tradición” expuesta por los viejos de la Provincia de Xalisco”. Nada más, pero nada menos.

LA TRAVESÍA PERSONAL DE FRAY JERÓNIMO DE ALCALÁ. –

En cuanto a su autor y/o recopilador, cabe decir que fray Jerónimo de Alcalá fue, como fray Bernardino de Sahagún y fray Antonio Tello, otro notable franciscano más. Sólo que llegó a la Nueva España “entre 1530 y 1532”, lo que significa varios años antes que el primero y casi un siglo antes que el segundo. 

Hasta donde se ha podido saber, fray Jerónimo parece haber nacido en Alcalá de Henares (la misma ciudad en que nació don Miguel de Cervantes) hacia 1508, y que llegó a Tzintzuntzan, ya ordenado sacerdote, “poco más o menos” a los 23 años de edad, cuando solamente existían las Diócesis de Tlaxcala y México, y antes de que fuera erigida la de Michoacán.

Llegó pues, allí, por órdenes de su compañero y padre superior, fray Juan de Zumárraga, primer obispo de la diócesis de México. Con quien al parecer tuvo cierta amistad, pues todavía en 1541, a la edad de 33 años, apareció como su testigo en un litigio de carácter administrativo.

De conformidad con algunos leves apuntes que sobre su propio carácter e intereses hizo, fray Jerónimo era un individuo inquisitivo y curioso, que además tenía cierta facilidad para aprender idiomas, porque aparte del castellano, evidentemente hablaba y en escribía en latín; leyó en su oportunidad algunos clásicos y varios libros de La Biblia, a los que hizo leves referencias. Y por lo visto tuvo un especial interés en aprender el purépecha o tarasco, porque la misma gente de la región, en al menos dos testimonios que al respecto existen, dicen que “fue el primero que compuso esta lengua”, para dar a entender que fue el primero que la supo traducir y poner por escrito, llegando a redactar, antes que este otro libro básico, un catecismo que se distribuyó entre los demás frailes de la región para que ellos y sus ayudantes catequizaran con él.

Sabemos, por testimonios suyos y de otras personas, que antes de quedarse como misionero “de planta” en el entonces naciente convento de Tzintzuntzan, capital de la nación purépecha y sus dominios, anduvo (o estuvo) durante un poco tiempo también en la Villa de Colima, y que, en 1539, cuando pasó por primera vez el virrey por ahí, para irse a supervisar la construcción de los barcos en el Puerto de Navidad, el mandatario se percató de que  él era el clérigo que mejor entendía y hablaba en la lengua tarasca, y que, por lo mismo, le pidió que dedicara un tiempo a tratar de enterarse más y mejor de todo lo que se pudiera saber sobre ese pueblo. Dando como resultado que se pusiese a trabajar en el libro que se convirtió en “La Relación de Michoacán”, que le entregó al virrey cuando, en 1541, acompañado por numerosas huestes, volvió a pasar por allí en su marcha hacia Nueva Galicia, con el propósito de “pacificar” a los indios que no dejaban de atacar a los españoles que hacían enormes y vanos esfuerzos para vivir permanentemente en la tercera población de Guadalajara. 

Y como, por otra parte, ya no hay, con posterioridad a 1545, ninguna otra noticia sobre su persona,  se supone que haya muerto ese mismo año, cuando él apenas había llegado a los 37.

LA TRADICIÓN DE LOS VIEJOS DE MICHOACÁN. –

Fray Jerónimo mismo dice que desde antes de que el virrey le diera, por decir así el empujón, o el visto bueno para que se dedicara a indagar sobre aquel pueblo, él tuvo “un deseo natural (…) de querer investigar entre estos nuevos cristianos” cómo era “la vida que tenían en su infidelidad” (lo que equivale a decir “antes de ser bautizados y que se convirtieran al cristianismo”. Nota de A. A.); en qué consistían “sus creencias, cuáles eran sus costumbres y su gobernación, y de dónde vinieron”. 

Datos que menciono con especial interés no sólo porque terminaron constituyendo el contenido  del libro, sino para resaltar que de lo único que yo pretendo hablar en este momento aquí, es de una pequeña parte de las respuestas que encontró a su quinta y última pregunta.

En ese sentido yo ya había dicho que la primera persona por la que tuve noticia de la existencia de esta antigua fuente documental, fue don Eduardo Ruiz, michoacano de ascendencia purépecha que en 1891 publicó su libro “Michoacán, paisajes, tradiciones y leyendas”.

Pero lo que intencionalmente no mencioné, es la muy mala impresión que don Eduardo tuvo acerca de la obra de fray Jerónimo, y que voy a tratar de resumir en este momento:

“En la misma Biblioteca del Escorial hay un Códice Original (…) Esta obra se ha publicado en dos ediciones. Yo tengo la de Madrid, librería de M. Murillo, 1875. (…) 

“Ha sido la fuente única de donde han tomado noticias de la historia antigua de Michoacán el abate Brasseur de Bourbourg en su “Histoire des nations civilisées du Mexique;” el Sr. Orozco y Berra en su obra citada; el Sr. Chavero en el primer tomo de “México a través de los siglos;” el Sr. Payno en su “Ensayo de una historia de Michoacán”, Carbajal y otros escritores que en trabajos de poca importancia se han ocupado de esta materia. (…)

“Es probable que (los informantes del fraile) no hayan sido los pocos sacerdotes indios que sobrevivieron á la conquista, sino ancianos que alguna ó algunas veces oyeron los discursos históricos que en las fiestas pronunciaban los sacerdotes. Sus recuerdos entonces tenían que ser confusos y vagos; y por lo que se ve en la lectura de la Relación, el estilo de aquellos viejos es del tocio iliterato. (Y) si á esto se agrega la falta de ilustración que se nota en el fraile que escribió lo que le dictaban, no nos extrañará que ese documento aparezca, como en efecto aparece, desaliñado, oscuro, incoherente y en muchas ocasiones absurdo. Esto mismo explica el horrible estropeo que ha sufrido allí el idioma tarasco escribiéndose las mismas palabras unas veces de un modo y otras de diversa manera”.

Como se ve, la crítica de don Eduardo es dura y, por lo pronto le negó a la obra prácticamente toda credibilidad. Tanto que terminó su prólogo diciendo que él prefería quedarse con las historias y las leyendas que su padre y varios otros señores de edad le comunicaron al respecto

Pero ¿aun dando por ciertas las feroces críticas que don Eduardo hizo a “La Relación”, no tendría ésta ningún otro valor histórico, sociológico, etnológico o antropológico? O ¿sabría él muchísimo más cosas que las que de ella tomaron todos los notables historiadores que él mismo mencionó?

A mí, por lo pronto, aquellas expresiones negativas de don Eduardo Ruiz, más que invitarme a no leer la obra, me motivaron para saber qué tan cierto es lo que él decía de ella. Y como los cajones de los catálogos de la “Biblioteca Central, Profr. Rafaela Suárez” me quedaban a sólo unos pasos de mi escritorio, pues me fui a buscarla.

Continuará.

PIES DE FOTOS. –

  1. Ilustración a tinta que aparece en la primera página impresa de la obra de don Eduardo Ruiz publicada en 1891.
  2. Lámina # 1 de la “Relación de Michoacán”, en la que se “retrata” a fray Jerónimo de Alcalá, y a sus informantes, entregando la obra al primer virrey de la Nueva España.
  3. 44 láminas a color dan claro soporte a lo que los viejos informantes les platicaron al fraile.
  4. Cualquiera que conozca Morelia o Pátzcuaro podría creer que este edificio estuvo en alguna de esas ciudades, pero se equivocaría, porque es (o fue) el Palacio Arzobispal de Alcalá, el terruño natal de fray Jerónimo.
Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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