Por OMAR ALAN MARTÍNEZ OSEGUERA.

“Reza como si todo dependiera de Dios. Trabaja como si todo dependiera de ti” (San Agustín); esta cita es el atinado comienzo para la comprensión del significado del trabajo, lo que ella quiere expresar más allá de una cuestión de creencia, es la trascendencia que representa el trabajo para la vida del hombre; si por trascendencia hablamos de aquello que está más allá, será sencillo comprender que el trabajo es para el hombre la oportunidad de ir más allá de sí mismo, dar sentido a su vida, grabar su nombre en la historia e influir en ella, formar parte del progreso de los tiempos y reconocer como significativa y valida su existencia; la cual no vive sólo sino en conjunto con lo otro o las cosas y con otros o sus semejantes. Resulta vital tomar en cuenta que para que esto suceda el hombre está marcado por sus circunstancias particulares, además requiere hacer uso de sus: habilidades, inteligencia, voluntad, libertad y valores; sin embargo no puede desentenderse de la cosmovisión y cultura en la cual se encuentra inserto.

    La trascendencia del trabajo para el hombre, también le pone en riesgo de caer en el activismo y pasar de trabajar para vivir a vivir para trabajar, considérese que está actividad debe tender a exaltar la dignidad del hombre así como a permitir su desarrollo; ya que de no ser así se podría caer en el riesgo de cosificar a la persona o lo que es lo mismo que la trascendencia de este acto se denigre a un ámbito meramente eficientista, productivo como generador exclusivamente de riquezas materiales y no de promoción, desarrollo y dignificación de la persona.

    “Lo que con mucho trabajo se adquiere, más se ama” (Aristóteles). El ámbito de la realización personal se ve inseparable de la presencia del trabajo, puesto que precisamente aquí es donde el individuo se desenvuelve, devela su identidad, adquiere y desarrolla habilidades, soluciona problemas, se vuelve productivo, trasciende, manifiesta su dignidad y se relaciona con otros.  Está actividad es la forma por la cual el hombre explota sus potencialidades y da sentido al ser y hacer de su existencia, aunque esta actividad no es el sentido de la misma; ya que forma del complejo tejido del cual se compone la realidad del hombre; sin embargo, no puede desentenderse de la ética, es decir, que no puede deslindarse de los lineamientos que conducen al orden como al bienestar común, aunque la cultura actual fomente el materialismo, la despersonalización y la inmediatez del frenesí del la producción como del consumo de bienes.

    “Nunca se piense al hombre como un medio sino como fin” (Emmanuel Kant), esta cita resulta la clara evidencia de que el trabajo es la actividad humana que remitida al ser social del hombre y a su necesidad de los otros para desarrollarse integralmente, es imprescindible la para su existencia; ya que no solo se trata de satisfacer sus necesidades materiales sino de desenvolverse en el tejido social del cual forma parte y por el cual  plenifica su existencia, es decir, en comunión el hombre es capaz de pensar en un nosotros que se enriquece, desarrolla, dignifica, significa y complementa mutuamente. Ciertamente la comunión impregnada por la cosmovisión de los pueblos requiere de la ética como parámetro, pero sólo será posible generar autenticas comunidades cuando el hombre trascienda de sí; al ser capaz de encontrarse como respetar al otro, de forma que  la búsqueda del bien común sea el fruto de la cooperación y de la necesidad por experimentar una vida justa, buena y verdadera. Aunque hoy pudiera parece que el trabajo es para sobrevivir  a como dé lugar sin importar ¿Cuál, dónde y cómo?

OMAR ALAN MARTÌNEZ OSEGUERA.
  • MAESTRO EN ALTA DIRECCIÓN, FILÓSOFO Y COLABORADOR EDITORIAL.
  • APASIONADO POR LA APLICACIÓN DE LA FILOSOFÍA EN TEMAS DE ACTUALIDAD.

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