Abelardo Ahumada

VISLUMBRES

PRELUDIOS DE LA CONQUISTA

Capítulo 44

Abelardo Ahumada

Si damos por cierto el dato de que algunos de los tecos, matlazincas, mexicas y demás guerreros que los michoaques capturaron en el segundo enfrentamiento que hubo entre los ejércitos de Zuangua y Moctezuma fueron sacrificados en Tzintzúntzan, y de que otros quedaron en la condición de esclavos, sería una inocentada creer que con tal hecho terminó la muy antigua confrontación que había entre esos pueblos. Puesto que, como siempre ocurre entre los pueblos guerreros, lo más probable es que los familiares y amigos de quienes perdieron entonces la vida o la libertad, se hayan quedado rumiando la idea de vengarse. Por lo que, previéndolo, y antes de que todos aquéllos pudieran organizarse de nuevo, todo parece indicar que Zuangua retomó la iniciativa y decidió al menos un par de cosas: la primera, reconstruir las fortificaciones que tenía en Taximaroa, e instalar una fuerte guarnición allí, para tratar de repeler en su caso a los mexicas; y la segunda, emprender un nuevo ataque, por su cuenta, contra los tecos del occidente, antes de que aquéllos lograran organizarse.

Sin soslayar la primera acción, pero fijando más sus miras en el segundo aspecto, Eduardo Ruiz dice que para llevar a cabo ese otro ataque a los pueblos tecos situados en la parte central de lo que hoy es el Estado de Jalisco, y de los que estaban situados al sur y al occidente de los Volcanes de Coliman, el cazonci se volvió a apoyar en ciertos pueblos “chichimecas y otomíes que tenía sujetos”, así como con los matlazincas de Charo, los uetaméchas de Tierra Caliente, algunos chontales, y que lo mismo hizo con los tecos nahuatlatos  “de Tuspa, Tamazula y Tzapotlan”, sometidos desde los tiempos de Tzitzicpandácuare.                                      

Ubicados, pues ya, en la región situada al occidente de los dominios michoaques, conviene recordar también que una de las últimas decisiones políticas que había tomado Zuangua en contra de los tecos y de los aztecas, fue la de quitarles el derecho de paso que desde tiempos remotos aquéllos habían tenido por sus territorios y, acorde con esto último, Ruiz dice que fue “a fines de 1502 o principios de 1503”, cuando ya “siendo de edad de más de cuarenta años”, Zuangua “hizo algunas campañas hacia el Poniente, sometiendo a los pueblos de “la laguna de Chapalan en lo que hoy es Estado de Jalisco”. Fijando, según dice, la “raya” (o línea fronteriza) más noroccidental “de Mechoacan en el sitio en que hoy está Guadalajara”. Agregando que los michoacanos habrían puesto una mojonera allí y fundado “un pueblo (al que le pusieron) el nombre de Huriato (o Huriata) que significa “donde se pone el sol”. Punto máximo del ataque michoaque, desde donde “el rey volvió (a Tzintzuntzan) cargado de despojos y con muchos prisioneros”.

No agrega Ruiz nada más al respecto, pero desando yo tener una idea más clara sobre esa vaga noticia, me puse a investigar en mis ratos libres, y en 1995 me encontré con que el doctor Miguel Galindo Velasco, en el Tomo I de sus “Apuntes para la historia de Colima”, publicado en 1923, escribió que, a raíz de la invasión anterior, ordenada por Tzitzitc-Pandácuare: “Los tecos perdieron completamente su independencia, y los tarascos ensancharon su dominio” y que, ya en tiempos de Zuangua, éste tuvo la intención de apoderarse de unas supuestas salinas que existían en Tzacoalco y, con ese propósito, el cazonci “mandó dos cuerpos de ejército para que atacaran simultáneamente a Tonalan y Tzayulan (Tonalá y Sayula). Fueron sangrientos combates en uno y en otro lugar. El cacique de Tzayulan, Cuantoma y su súbdito Tzitlali que había venido en su auxilio, fueron completamente derrotados en Acatlan (Acatlán de Juárez), por lo que tuvieron que retirarse hasta Cocolan” (Cocula)… mientras que “los de Tonalan y Tlaxomulco eran también vencidos”.

UNA INSÓLITA CONFERENCIA DE HISTORIA. –

Al leer todo eso me sorprendí porque empezaron a surgir detalles de algunos acontecimientos y nombres de personajes que, si bien estaban aparentemente ligados con lo que habían escrito los más antiguos historiadores michoacanos, no fueron mencionados por las fuentes a que ellos hicieron referencia. Así que, ¿habría otras fuentes y alguna tradición en Colima y Jalisco, en las que estuvieran basando Galindo y algunos otros historiadores?

Meditando sobre esas históricas “novedades” debo reconocer que me quedé unos momentos como alelado, pero de repente, a los pocos segundos recordé que unos doce años atrás, invitado, según más tarde supe, por su muy amigo, arquitecto Gonzalo Villa Chávez, vino a Colima nada menos que el escritor Juan Rulfo, para hablar, ¿quién lo creyera?, de la historia antigua de Jalisco y Colima, y para comentar, entre otros asuntos, algo relacionado con el tema que en estos precisos renglones estamos tratando de dilucidar.

De Juan Rulfo yo no sabía fue fuese un apasionado de la historia regional. Pero dado que fue invitado por un amigo suyo que, aparte, era el director de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Colima, supuse que Gonzalo Villa Chávez sí sabía de esas aficiones, y que por eso lo invitó a dar esa conferencia, que, según han escrito algunos de los biógrafos del escritor, parece haber sido la última que dio en su vida.

La cita con el famoso escritor sayulense (y/o sangabrielino) fue, según las notas que pude registrar,  la noche del 22 de diciembre de 1983, en el espacio que actualmente se conoce como “Foro Pablo Silva García” y, como lamentablemente suele acontecer, hubo muy poca  concurrencia, aunque no tan exigua que les pudiera dar vergüenza a los organizadores.

Yo, para mi tristeza, no tenía entonces ni una camarita instantánea con la que hubiese podido tomar algunas fotos de Rulfo y del evento; ni una grabadora con la que hubiese podido conservar las palabras que el escritor pronunció esa noche memorable. Pero como estuve muy atento a lo que él expuso de pie, y en ratos semisentado al borde de la mesa que le sirvió de presídium, puedo asegurar que, pese a haber advertido al inicio que él sólo había tomado unos apuntes de los libros de historia que “con todo y errores”, se enseñaban en las escuelas de Jalisco, por su dominio del tema, y por no haber leído nota alguna, entendí que Rulfo sabía más de esa parte de la historia que varios de mis compañeros más presumidillos y, por supuesto, muchísimo más que yo.

Mis recuerdos sobre dicha conferencia no eran, sin embargo, exactos, pero sí lo suficientes como para que pudiera yo afirmar que varias de sus tesis, y algunas de las hipótesis expresadas por ese Rulfo historiador, eran similares, por no decir idénticas, a las que el mencionado Galindo y no pocos historiadores jaliscienses que pude leer después sostuvieron sobre el mismo tema, enfatizando el activismo de un “reino” más o menos poderoso y dominante en la época y región que estamos estudiando, al que mencionan como el “Reino de Colima”, pero negando la existencia de una especie de organización tribal, a la que por decirle de algún modo, alguien denominó “La Confederación Chimalhuacana”. Confederación que, según la tradición en que todos esos autores se basan, habría existido incluso hasta la llegada de los conquistadores españoles, y habría sido conformada por un número indeterminado de pueblos de una región ubicada entre los actuales estados de Jalisco y Nayarit. 

Ya dije que mis recuerdos sobre la conferencia rulfiana eran vagos, pero, para mi fortuna, y dada su importancia, Villa Chávez (o alguien más) decidió grabarla y ordenar su transcripción. De manera, pues, que a sus palabras no se las llevó el viento, pues la publicaron posteriormente en una revista de la Facultad de Aquitectura que, si mal no recuerdo, se llamaba “Palapa”.

El título que no sé si Rulfo o sus transcriptores le pusieron a la charla fue: “¿Dónde quedó nuestra historia? Hipótesis sobre historia regional”. Y en ella se aborda, con sentido crítico,  el tema que se conoce como “La Guerra del Salitre”.

Años después, el contador Enrique Ceballos Ramos, que también asistió a esa charla, y al que más tarde conocí en la Sociedad Colimense de Estudios Históricos, tuvo la buena idea de rastrear la conferencia y de republicarla después en un libro que a dúo hizo con Raymundo Padilla Lozoya: “Historiando a Juan Rulfo”, en donde si alguien quisiera leerla completa lo puede hacer con extrema facilidad, pues está publicada en la Internet. Y de la que yo solamente quiero extraer algunos párrafos relacionados con nuestro tema:

“Sabemos por el Padre Fray Antonio Tello, primer cronista de Occidente, que quizá mucho antes del arribo de los conquistadores, ya existía el reino de Colima, cuyo señor se llamaba Tzome y que el vocablo Colímotl significa: conjunto de pueblos cercanos al viejo abuelo, así era la denominación que daban al volcán de Colima.

“También sabemos, y esto lo confirman Clavijero, Acosta y Torquemada, que el reino de Colima siempre conservó su independencia de sus vecinos los tarascos o purépechas, a pesar de que éstos tenían sometidos a varios pueblos del hoy estado de Jalisco, tales como Zapotlán, Tamazula, Sayula, Zacoalco, Teocuitatlán, San Marcos hasta Cocula; sitios donde, a pesar de que lo niegue el Padre Bravo Ugarte, se libraron guerras por la posesión del salitre o la sal de tequesquite en las riberas de las lagunas, donde todavía hay vestigios de esas luchas por los numerosos montículos, abundantes en restos de flechas y otros elementos bélicos.

“Y aquí viene otra vez el sentido hipotético. El Padre Ugarte niega que existiera la guerra del salitre. Pero, ¿qué nos dice la historia? ¿Por qué razón combatieron y ocuparon esas regiones lacustres los tarascos? La única respuesta es de que no tenían acceso a las salinas de Colima. Y aquí surgen otras preguntas. La primera es lógica: ¿Los tarascos nunca fundaron pueblos junto a la costa porque eran gente de tierra adentro o porque a pesar de que libraron guerras contra los mexicanos en su frontera oriental, la provincia de Zacatula conquistada por aquéllos, estaba todavía conectada con Colima, y era su paso hacia occidente? Quizá por esto se comprueba que los nombres (de la mayoría de pueblos) de Colima y Jalisco sean de origen náhuatl, y ninguno tenga nombre tarasco, a pesar de su vecindad”.

Dijo muchísimas cosas más Rulfo en esa conferencia, señalando errores, animadversiones y aciertos de algunos historiadores, pero por el momento me quiero quedar con lo que ya cité, y con algunas interrogantes que él mismo expuso, y que desde mi perspectiva son producto de una muy lógica reflexión y de un algo que con mucha frecuencia les falta a los historiadores de archivos y gabinetes: me refiero al conocimiento de los lugares en que se verificaron los hechos:

“El señor Bravo Ugarte nos dice – agregó Rulfo- que nunca existieron las guerras del salitre. (Pero) cualquiera de ustedes puede comprobar, al pasar por Teocuitatlán, Corona o Zacoalco, cómo está lleno (el suelo) de flechas y de hachas. Lógicamente no las pusieron ahí para adornar la laguna, sino que tuvieron un origen muy remoto, que es natural que haya habido esas guerras del salitre.

“Se sabe que los tarascos llegaron hasta Ahualulco, hasta Cocula. Pero, ¿por qué nunca conquistaron Colima? Ése es el problema ¿no?

“Si eran tan valientes, que los aztecas no pudieron con ellos, ¿por qué los colimotes o colimenses, que (supuestamente) eran más débiles, no pudieron ser conquistados? Y la prueba de que no lo lograron es que ellos necesitaban de la sal. Como los tlaxcaltecas también necesitaron de la sal y lucharon contra los aztecas, quienes les impedían el acceso a las zonas marítimas, eso igualmente les pudo pasar a los tarascos. Ellos no podían entrar a Colima porque se los impedía la provincia de Zacatula. Y los mismos colimenses los rechazaron cuantas veces intentaron entrar a su territorio”.

Los comentarios, las críticas y las dudas expuestas y formuladas por Rulfo me parecieron muy interesantes, pero ¿qué era lo que al respecto escribieron otros historiadores profesionales o de carrera?

DOS TRADICIONES CONFRONTADAS. –

Mi particular punto de partida en esta otra parte de la indagación fue, como ya dije, el texto que publicó el doctor Miguel Galindo en 1923, y que en resumen dice:  “Cuando los chimalhuacanos estaban a punto de ser derrotados y sometidos por el cazonci, “el rey de Colima se presentó en su auxilio” y,  habiendo, logrado reunir, entre otros, a los caciques Cuantoma, Tzitlali, Calicentli, Cuitlaxili, Minotlacoya y Opochtli  reunió a “un ejército numeroso en Tzacoalco, en donde esperó a los tarascos”, contribuyendo poderosamente a la derrota definitiva de aquéllos, y  generando en su orgullo acrecentado por el triunfo la idea de ser reconocido como gran tlatoani de todos los caciques chimalhuacanos involucrados en esta guerra”. Pero ¿fue cierto lo que Galindo escribió, y en qué se basó para eso?”

La pregunta no saltó sólo como un resorte de la curiosidad insatisfecha, sino porque su redactor nunca citó la fuente de la que él a su vez había sacado esa información. Así que lo más natural (y obligado) era que yo me interrogara al respecto y… Empecé a buscar, primero, obviamente, entre los escritos de los historiadores locales. 

Andando ya en esa búsqueda, vean ustedes que gran coincidencia, un día que estaba mirando uno de los aparadores de “La Casa Ceballos” (famosa tienda miscelánea que sigue estando en la contraesquina noroeste de la Catedral de Colima), en donde su antiguo propietario, Carlos El Caco Ceballos Silva, ¡papá de Enrique, el que acabo de mencionar!, exhibía libros de autores colimenses, vi dos que llamaron la atención, y quedaban al alcance de mis cortos emolumentos: uno era “El remoto pasado del Reino de Coliman”, del Dr. Jesús Figueroa Torres, publicado en 1973; y otro, más antiguo, de don Carlos Pizano y Saucedo, titulado simplemente “El Rey de Coliman”, publicado en 1955. En los que de inmediato me apliqué, para encontrarme con interesantísimos datos de los que, por fuerza de la necesidad, tendré que platicarles después.

PIES DE FOTO. –

1.- De conformidad con la tradición aquí expuesta, el cazonci de Mechoacan se habría empecinado en apropiarse de los salitrales de la laguna de Zacoalco.

2.- Como contraparte del ataque de Zuangua a los pueblos de la zona lacustre de Xalisco, habría aparecido en escena un gran cacique al que los españoles llamaron “Rey de Coliman”.

3.- Rulfo, quien muchas veces vino a Colima, volvió en diciembre de 1983, para dar una conferencia sobre la historia antigua de Colima y Jalisco, en la que, entre otros temas habló de “Las Guerras del Salitre”.

4. – Y, de conformidad con la historia, éste fue, básicamente, el escenario de aquellos episodios bélicos de la que yo prefiero llamar “Guerra Teco-Tarasca”.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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